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| Erato, musa de la poesía. E.J. Pointer (1870) |
Suelo acudir a comprar verduras en un negocio cuyos dueños las traen de Los Andes venezolanos. Es un sitio sin pretensiones, pequeño pero muy limpio y ordenado, tiene aire acondicionado y puntos electrónicos de venta, los empleados cantan mientras trabajan, ayudan a cargar las bolsas y las llevan al carro sin esperar propina, y todo eso se agradece porque las verduras se mantienen frescas, se hace la compra con comodidad y se paga con tarjeta de débito o crédito, recurso inestimable porque de lo contrario hay que cargar muchos billetes en un gran bolso para pagar.
A pesar de ser el país con la más alta inflación del mundo (economistas dixit), el billete de máxima denominación no alcanza para comprar un huevo.
Si no fuera por los precios cada vez mayores, este negocio de las verduras es el recuerdo del venezolano de bien antes de la hecatombe.
Si no fuera por los precios cada vez mayores, este negocio de las verduras es el recuerdo del venezolano de bien antes de la hecatombe.
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| Mafalda. Quino (sin fecha) |
Las historias que vienen a continuación están basadas en hecho reales y sólo una está aderezada con un poco de picardía.
Calienticas, como diríamos aquí ante un hecho reciente.
***
Marbelys del Carmen apuró la taza de café en la mañana para ir a comprar las verduras. Era miércoles y sabía que si esperaba para el jueves los precios habrán subido un 20%. Los gochos* disculpan los aumentos porque no hay fertilizantes, semillas ni plaguicidas y si los consiguen es a precio de mercado negro. Marbelys comenzó comprando los cambures este año a 200 bolívares el kilo y ya están en 800, siete meses después. La auyama* que era la cosa más barata de este país ya está a nivel de verduras tradicionalmente más caras. Como no hay pasta, arroz o harinas pues hay que resolverse, como su amigo Alejandro que ya es experto haciendo empanadas de plátano o yuca para suplir la ausencia de la harina de maíz.
Cuando Marbelys llegó al negocio no había casi nadie, así que se contentó pues siempre pasaba más de una hora en la cola para pagar debido a la lentitud de los puntos de venta cuando había mucha gente. Abrió las bolsas plásticas que siempre llevaba consigo para preservar el planeta y también porque por el precio de cada bolsa en el negocio daba propinas a media humanidad. Antes las regalaban pero esa época ya se acabó.
Siguiendo su obsesivo orden de compra, se fue hasta el puesto de los plátanos, amarillos pero duros, los adecuados para unos plátanos fritos perfectos. Tenía un litro de aceite que había conseguido en un trueque: había dado a una conocida un paquete de dieciséis toallas sanitarias y un pote de mayonesa marca gobierno a cambio del aceite. No le había pesado mucho desprenderse de las toallas sanitarias literalmente inexistentes en los mercados porque ya no las necesitaba. De hecho, los paquetes que le quedaban eran lingotes de oro para los trueques por comida.
Siguiendo su obsesivo orden de compra, se fue hasta el puesto de los plátanos, amarillos pero duros, los adecuados para unos plátanos fritos perfectos. Tenía un litro de aceite que había conseguido en un trueque: había dado a una conocida un paquete de dieciséis toallas sanitarias y un pote de mayonesa marca gobierno a cambio del aceite. No le había pesado mucho desprenderse de las toallas sanitarias literalmente inexistentes en los mercados porque ya no las necesitaba. De hecho, los paquetes que le quedaban eran lingotes de oro para los trueques por comida.
En el puesto de los plátanos se consiguió a una señora que se le antojó como ella. Normal. De familia. Profesional. Alta, de pelo blanco, refinada, cutis blanco. Poco más de sesenta años. Pantalones vaqueros, camisa blanca impoluta, zarcillos de buen gusto. Un gran bolso al hombro. De buena calidad. Sin angustias. Ensimismada. Aislada del mundo. Escogía con delicadeza cada plátano, sólo para volverlo a dejar en el mismo sitio. Marbelys quería alcanzar los plátanos de la esquina pues se veían mejores, pero la señora normal no se movía de allí, como si los plátanos fueran su universo.
Como la señora normal aparentaba tener toda la vida por delante para escoger un plátano, Marbelys decidió tornar hacia el puesto de al lado en búsqueda de unas berenjenas, para hacerlas ahumadas que no llevaban tanto trabajo y se le podían echar al pan que compraría al salir de allí, luego de hacer la cola de una hora en la calle frente a la panadería. Las pondría a tostar en la placa de la cocina dándole vuelta hasta que la piel estuviese quemada por completo y luego le sacaría esa piel para desmenuzar la pulpa de la berenjena y mezclarla con mucho ajo, sal y el bendito aceite. Le pondría un toque de vinagre blanco porque hacía más de un año que el vinagre tinto se había vuelto un lujo que no podía darse.
Una vez que terminó de escoger las berenjenas, volteó a ver si podía volver a los plátanos. Efectivamente, la señora normal recién había terminado de escoger, sólo para introducir un hermoso plátano en el gran bolso que colgaba de su hombro. Marbelys no supo qué hacer. La señora normal acababa de meter un plátano en su bolso y su mano ajustaba con suma calma el contenido del mismo. Marbelys miró hacia todos lados a ver si alguien más había captado la misma escena. Nadie. Los empleados estaban en lo suyo, empacando ajíes o sacando hojas viejas a las coliflores. La señora normal ni la percibió cuando pasó delante de ella para dirigirse, sin sacar la mano del bolso, a unos escasos dos metros más allá hasta los calabacines, a los que aplicó la misma calma para escogerlos que la ejecutada con los plátanos. Cinco minutos después, un hermoso calabacín fue hacerle compañía al plátano en el bolso. Y así, la señora normal fue hasta cada uno de los puestos sin ninguna bolsa plástica en su mano para completar la comida del día. Marbelys se preguntó cómo iba a hacer para acomodar las acelgas en el bolso, pero le dio vergüenza seguir observando.
Marbelys terminó su compra y se fue a hacer la cola para pagar. La señora normal había desaparecido del local. No oyó llantos ni llamadas de atención.
***
Yusleidy Coromoto lleva días molesta con su marido porque éste se niega a hacer colas para comprar alimentos y ya ella no puede inventar más con la dieta de verduras. Por muy creativa que se ponga, las verduras contienen mucha agua y la jauría de hijos que tienen se convierten en demonios de Tasmania después de las cinco de la tarde, porque los palitos de zanahorias al papelón y el ajoporro en salsa al tamarindo reducido le quedarán muy bien a Paulina Abascal y a Anna Olson, pero ellas tienen todo el azúcar que quieren y las harinas de cualquier tipo para satisfacer las demandas de glucosa a otras horas del día. Yusleidy se dió de baja en la televisión por cable para no ver las cosas de otros lados y sobre todo el el canal Gourmet, para que sus hijos no le reclamaran cuándo iba a hacer el tiramisú o las masas básicas de Gross. Sentía que le subía la tensión cuando veía a la Olson abrir el cajón que contenía kilos de harina de trigo, de los que Yusleidy necesitaría apenas dos tazas para una pizza familiar. Un día vio a un argentino poner doce riñones de res a la parrilla y comenzó a salivar, aunque años atrás le daban un asco indecible.
Como Yusleidy amenazó a su esposo de no volverse a acostar con él a menos que fuera con ella en búsqueda de alimentos, el hombre aceptó ir el miércoles con ella a los negocios del centro pero negándose rotundamente a hacer la cola de la madrugada. Sabiendo que no iban a encontrar nada importante de esa manera, Yusleidy aceptó sólo por cansancio. Estaba harta de buscar comida sola. En su recorrido por varios negocios indeciblemente sucios, no consiguieron nada de productos básicos, sólo uno que otro "para sacar el sucio de la ropa" según decía la etiqueta, un eufemismo que definía un producto que no era jabón y que con seguridad iba a ser el responsable de más de una alergia en la piel, una pasta multi-limpiadora que servía para excusados tanto como para vajillas, pisos y quitar el olor de la orina de los gatos. Dos productos desconocidos, solitarios y huérfanos en estanterías vacías.
Avizorando una próxima y larga temporada de abstinencia sexual, el esposo de Yusleidy le alertó sobre un aviso de tomates en el negocio de enfrente, con un precio realmente muy económico si se comparaba con los precios de los mercados de verduras.
Yusleidy entró al negocio caluroso, sin aire acondicionado ni ventilador a pesar de unos inclementes cuarenta grados de temperatura y la primera visión que tuvo fue de desastre. El cilantro tenía las hojas amarillentas y secas con las raíces llenas de tierra; unas acelgas marrones reposaban abandonadas sobre una mesón; las papas tenían agujeros; las auyamas, la corteza hundida y drenaban un líquido espeso; los plátanos estaban negros. No era el negro del plátano para sancochar: era el negro de la pudrición. Los precios de todo eran una ganga. Si no fuera por el mal estado de todas las verduras, Yusleidy hubiera gritado de alegría al ver que eran precios del año pasado. Se dirigió a los tomates que garantizarían un cariñito a su esposo. Se veían grandes como tomates manzanos. Pero algo pasaba con los tomates. Nadie los escogía porque los hongos se habían instalado sobre la mayoría de ellos. Un joven se le acercó sigilosamente y le musitó:
Avizorando una próxima y larga temporada de abstinencia sexual, el esposo de Yusleidy le alertó sobre un aviso de tomates en el negocio de enfrente, con un precio realmente muy económico si se comparaba con los precios de los mercados de verduras.
Yusleidy entró al negocio caluroso, sin aire acondicionado ni ventilador a pesar de unos inclementes cuarenta grados de temperatura y la primera visión que tuvo fue de desastre. El cilantro tenía las hojas amarillentas y secas con las raíces llenas de tierra; unas acelgas marrones reposaban abandonadas sobre una mesón; las papas tenían agujeros; las auyamas, la corteza hundida y drenaban un líquido espeso; los plátanos estaban negros. No era el negro del plátano para sancochar: era el negro de la pudrición. Los precios de todo eran una ganga. Si no fuera por el mal estado de todas las verduras, Yusleidy hubiera gritado de alegría al ver que eran precios del año pasado. Se dirigió a los tomates que garantizarían un cariñito a su esposo. Se veían grandes como tomates manzanos. Pero algo pasaba con los tomates. Nadie los escogía porque los hongos se habían instalado sobre la mayoría de ellos. Un joven se le acercó sigilosamente y le musitó:
-No los compre, se va a enfermar.
Invencible y pensando en una salsa de tomate para untar sobre el pan de la cena, las manos de Yusleidy revolotearon sobre las cajas hasta que encontró algunos sanos. Puso la bolsa sobre la balanza de plato que estaba en la mitad del negocio: un kilo y medio. Hizo la cola ante un mesón con tres balanzas electrónicas detrás de las cuales había mujeres cubiertas con hiyab. En un mal español, la mujer le dijo sin levantar la vista:
- Un kilo ochocientos.
El marido de Yusleidy la esperaba afuera. Con absoluta certeza, ella le comentó que esas verduras provenían de los desechos del mercado y los dueños del lugar las revendían. Esa noche, el esposo de Yusleidy decidió que el hallazgo de los tomates bien valía una recompensa y comenzó a arrimarse a su esposa, quien rechazó los acercamientos de su esposo.
- ¿Y ahora qué te pasa? Compraste tomates baratos...
A Yusleidy ya no le importaban los tomates. Los había metido en la licuadora con un chorro de aceite, sal, pimienta y unas hojas de albahaca del jardín del vecino, una receta de su profesor hijo de italianos que ahora vivía en Rio de Janeiro. La salsa se la untó a los panes y los metió en el horno. Dos latas de sardinas y los panes con tomate fueron la cena de la noche.
No eran los tomates los que le habían sacado las ganas de sexo. Es que no le salía de la cabeza la larga cola de la gente, habitantes como ella de un país petrolero cuyos gobernantes paseaban su arrogancia por el mundo, pagando por plátanos y auyamas podridas para satisfacer su hambre.
El hambre no es bueno para las relaciones de pareja, podría decir un sicólogo.
María Eglantina le había prometido a su hijo una BigMac doble si pasaba la última materia. Antes acostumbraba comprarle una todos los viernes para celebrar la finalización de los madrugones semanales y las comidas apuradas. Se ponían el pijama y se sentaban a comer la hamburguesa viendo una película comprada a la cablera. Eran dos horas para pasar juntos, comiendo las papitas fritas con los dedos sin tenedores ni mesa arreglada. Pero una hamburguesa pasó a costar 1/3 de un sueldo mínimo y a desbalancear el presupuesto antes holgado de Maria Eglantina. De una semana sin ella, pasó a dos, a tres y luego a meses.
El viernes en la noche, Eglantina le dijo a su hijo que se vistiera para ir a comprar la hamburguesa. Al ver la soledad alrededor del negocio, confirmó lo que su corazón le venía diciendo hace tiempo. La gente no tenía dinero para comprar una hamburguesa. No había un solo carro en el estacionamiento a pesar de ser viernes y en el local en penumbras por ausencia de clientes sólo había una madre cubierta con hiyab y sus dos niños comiendo hamburguesas. Eglantina se acercó con su hijo a ver los precios impagables en el tablero y notó a un adolescente triste de zapatos rotos y ropa sucia apoyado en el mostrador.
-Señora, por favor, ¿usted podría comprarme algo para comer?
Eglantina miró a su hijo con dolor. No pudo comprarle la hamburguesa. No tenía para comprar otra para el adolescente hambriento.
No podía comprar una hamburguesa a su hijo biológico mientras su hijo de patria pasaba hambre.
(...) Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde la vida habita siniestramente sola.
Reaparece la fiera, recobra sus instintos,
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.
Arroja sus estudios y la sabiduría,
y se quita la máscara, la piel de la cultura,
los ojos de la ciencia, la corteza tardía
de los conocimientos que descubre y procura. (...)
Miguel Hernández, El hambre
***
Auyama: Calabaza, zapallo
Gocho: Oriundo de Los Andes venezolanos
Edward John Pointer (1836-1919), pintor inglés
Quino, Joaquín Salvador Lavado Tejón, (1932), es un humorista gráfico hispano-argentino. Su obra más conocida, Mafalda, fue publicada entre 1964 y 1973.
Rayma Suprani, reconocida dibujante venezolana.
Miguel Hernández Gilabert (1910 - 1942). Poeta y dramaturgo español.


