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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

martes, 20 de diciembre de 2016

En Navidad

El pequeño Tim y Tom Cratchit el día de Navidad.
Estudio sobre Un cuento de Navidad de Charles Dickens.
J. Willcox Smith, circa 1912
Hace muchos años leí una historia corta sobre un sacerdote católico prisionero en Hanoi, que había oficiado una misa en Navidad para sus compañeros en mitad de la nieve que caía en el patio de la prisión. El sacerdote había utilizado como hostia el mendrugo de pan que le habían dado para su única comida del día. Ese pedazo de pan lo repartió con sus compañeros. No hago más que pensar en esa historia en estos tiempos difíciles.

Los que apoyan el régimen dicen que no hay crisis humanitaria en Venezuela, que la gente no pasa hambre o usan el eufemismo de "ahora se come más sano". Cuando ves que las bolsas de basura están rotas y la comida podrida esparcida por toda la calle con los huesos de pollo raspados hasta sus átomos, hay hambre.  Cuando ves que la gente no espera a salir de la panadería para comer la canilla de pan, vacía, sin jamón ni queso con qué rellenarla y que esa canilla constituye su único desayuno o almuerzo, significa que hay hambre. Cuando vas al supermercado y ves las estanterías llenas sólo de refrescos ligeros o jabón multiuso, te preguntas que van a comer aquellos que reciben una pensión o las familias numerosas que no ganan los diecinueve salarios mínimos que se requieren para cubrir una canasta alimentaria. Cuando ves que un kilogramo de azúcar importado es un tercio de la pensión de un anciano se te llena de coraje el alma pensando que ni a un dulcito tienen  derecho los viejos, porque otro azúcar más barato no hay. Cuando los vecinos de todos los días, esos que saludan y comentan lo mal que está el país saquean el negocio del vecino hasta dejarlo en ruinas, las interrogantes te revuelven hasta el tuétano. Esta semana he visto tanto dolor, rabia, miedo, preocupación, incertidumbre y violencia que me siento indigna de escribir una sola receta de una comida que muchos no podrán consumir esta Navidad. Por escasez, por falta de dinero, por tristeza, por depresión, por soledad o porque este país ya no soporta más humillación.
Por ello, en esta Navidad, sólo pido que todos los venezolanos, sin distingo de creencia política y religiosa, puedan quedar satisfechos al comer y que ese deseo se perpetúe todo el año que viene. 

Puedo desear también que esta pesadilla que nos atormenta termine pronto. Pero eso sí necesita del esfuerzo de todos nosotros.


Que esta Navidad nos haga reflexionar sobre lo que significa la palabra libertad. De lo fácil que es perderla y de lo difícil que es recuperarla.

domingo, 16 de octubre de 2016

Historias de gente que puede ser que exista



Cuando era pequeña, en casa se compraba de vez en cuando una revista llamada Selecciones de un impronunciable Reader´s Digest, de periodicidad mensual con temas variados. No sé ahora, pero lo que mis jóvenes neuronas registraron sobre esa revista eran las historias de tragedias humanas que impactaban por su crudo desarrollo pero edulcorado epílogo. Siempre terminaban con un final feliz en un estilo de autoayuda, de esa que no importa de qué tamaño sea tu cruz, siempre hay una más grande que la tuya así que no te quejes y que tu prójimo no sólo ha logrado salir ileso de esa carga sino que te presta la grúa con la que la llevó y hasta te toca a la puerta para darte un pie de lima muy dulce con crema batida, en el mejor estilo de un Key West Lime Pie.
 ***



Dance Floor. Nils Dardel (1922)

En una de aburrimiento total, Carlos maneja buscando qué hacer,  dónde ir a bailar una milonga o tomarse unas cervezas en una ciudad desierta a las once de la noche, cada día más arruinada.Tuvo un trabajo muy bien remunerado hasta el año pasado, pero ahora ve pasar los días y su vida en el mejor estilo de la película de Hugh Grant, ésa en la que es un tipo con mucho dinero que no hace nada gracias a una herencia de su padre y sólo encuentra solaz en conquistar mujeres a lo largo de su muy rutinaria vida. Carlos consiguió un contrato de cinco años como farmaceútico en una naciente compañía de medicinas obtenidas de extractos vegetales, un boom que funcionó cuando media humanidad decidió dedicarse al reciclaje, al naturismo y a la agricultura urbana. Todo orgánico, todo natural, pero Carlos sabía perfectamente que las plantas de las que se obtenían las medicinas eran regadas con el excremento de los millones de chinos que no sabían qué hacer con las deposiciones humanas y que llegaban empaquetaditas al vacío hasta los cultivos, con una etiqueta que nadie entendía pero si olía. Muy natural todo. Su trabajo concluyó el día que lo comentó a su pareja desconocida de baile bajo el influjo de unas cuantas pastillas para calmar la gripe y al día siguiente el bufete de su propiedad introdujo una demanda millonaria a la compañía de Carlos. El extracto que mejoraba los síntomas de la gripe también causaba una erección de doce horas en hombres mayores de cuarenta años.


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Sol, torre del aeropuerto. Robert Delaunay ( 1913)
Benjamín lleva planificando su viaje a la patria desde hace un año. Apenas compró el pasaje de avión y tan sólo por la ansiedad de la espera, sacó su maleta del armario, la desempolvó minuciosamente, la acarició,  la puso sobre una silla en su habitación y poco a poco fue colocando los calzoncillos casi nuevos, los calcetines que le había regalado su mamá y que nunca ponía –Benjamín, mi Benjamín, qué bien, aún los tienes y los usas, se imaginaba al enseñárselos después de los abrazos con olor a tortilla de patatas, cebolla y huevo semi-crudo. Al pasar dos meses de la compra del pasaje comenzó a adquirir los detallitos para la familia, para las primas buenasmozas con senos quirúrgicos que siempre le acariciaban la calvicie incipiente mientras él sonreía complacido, para las vecinas ancianas que le obsequiarían los chorizos madurados al viento de la sierra nevada, para los amigos fieles que le aguantaban diariamente las quejas de la soledad por whatsapp. Un mes antes del viaje ya tenía la maleta casi completa. Todo para dejar allá. Pasaría tres semanas deliciosas, olvidándose de su trabajo esclavizador, burlándose de sus compañeros de labor que lo ignoraban diplomáticamente aunque envidiosos porque nunca pondrían un pie en un avión ni para viajar a la capital, de la ciudad que era un infierno cada mañana por una rutina ensordecedora de bailoterapia callejera. Volvería a su pueblo natal en donde las macetas llenas de flores alegran la vista, dormiría en su cama sintiendo levantar sus sábanas por el viento fresco de la sierra, comería sus manjares favoritos, se dejaría achuchar por sus seres queridos, desayunaría sentado en las mesas de la acera leyendo el periódico sin enterarse del mundo a su alrededor. Ya tenía calculado el volumen de la maleta para llenarla de regreso con botellas del mejor brandy, unos tintos de reserva, chorizos, lomo embuchado, jamón serrano, garbanzos, lentejas pardiñas que nunca encontraba del otro lado, chocolate suizo, pimientos del Piquillo, pestiños, unos melocotones de piel sedosa que ocultaría muy bien, sus discos de música clásica que había dejado la última vez, los libros que anhelaba leer. 
Dos días antes del viaje reventaba de una felicidad absoluta cuando se cruzó con Heriberto, un inmigrante en su patria. Conocido, sólo un conocido, Heriberto le sonrió ampliamente para espetarle sin vergüenza que necesitaba le trajera algo. Benjamín tembló. Su viaje perfecto se comenzaba a derretir como gelatina al sol del Caribe. No te dejes influenciar. No pasa nada. No va a ser nada. Te va a pedir una foto de su esposa y sus dos niñas. La carta donde le dan la nacionalidad. El poster de media cuartilla del último concierto de Black Peas. Una crema de afeitar de cien gramos. Unos auriculares de diez gramos de color azul eléctrico enrollables en la esquina de la maleta. Unas medias de nylon. Una memoria minúscula. Un disco de Beyoncé. El certificado de un curso con sello húmedo. Diez segundos mirando la sonrisa fueron suficientes para empezar a sudar. 
En tono semi-agrio, Benjamín le comentó que no lo creía posible. 
–Cómo que no, hombre, siempre hay puesto para eso, la sonrisa de Heriberto comenzaba a transformarse en la del gato de Cheshire, misteriosa, cómplice. 
¿Serán condones? Sí, son condones con perfume europeo de Dolce & Gabana, se animaba Benjamín. 
–Es que no pesa nada, dijo Heriberto acentuando un ceceo artificialmente adquirido en su otra patria. 
- Pues, a ver, qué es? le urgió Benjamín. 
- Un balón de fútbol. 

450 gramos y 78 centímetros de diámetro, sacrificados en su maleta para un balón de fútbol que podía comprar en cualquier tienda deportiva local. 
- Es que no es igual si lo traes de allá. Es para una chica que me gusta. 
- Pues no, lo lamento, Benjamín le contestó firmemente, no sin antes sentir el frío en su estómago que le recordaba ese vaivén interno entre ser buena gente o un absoluto desgraciado.  Esta vez no se engañó. Ser un desgraciado siempre traía malas consecuencias.



***

Sentada sobre el equipaje. E. Munch (1913-1915)
Alejandra comentó en su casa que la habían aceptado en un trabajo temporal en el exterior. Seis meses con un jugoso sueldo en un barato, pequeño y perdido país. Un compañero de trabajo, de esos de buenosdíascómoestás y no más, le pidió como favor le llevara unas cosas a su familia que estaba un poco necesitada en ese país, cosa que aceptó con gusto porque un favor así se le hace a cualquiera. Un día antes de partir y con una maleta repleta para seis meses de sabe Dios qué encontrarás allí, tocó a la puerta de su casa con una bolsa negra que arrastraba con un poco de esfuerzo. –Muchas gracias, compañera, buen viaje, aquí está el teléfono y la dirección, ellos no viven en la capital pero allá se arreglan, le dijo depositándola en la sala de su casa y dándole un apretón de manos.

Latas de atún, de sardinas, de guisantes, carne enlatada, jabones de tocador, tubos de crema dental, de afeitar, medias de algodón, ropa para niños. Alejandra calculó unos diez a quince kilos. Gritó, insultó para sus adentros e introdujo algunos de los productos en su maleta ya por sí pesada, preguntándose también sobre la precariedad del país a dónde viajaría. Dejó el resto por si alguien de su familia volaría a verla en ese tiempo. Le nombró a su colega la familia, la tía, a la abuela y toda la parentela junta cuando llegó al aeropuerto de destino y se dio cuenta que no había ascensor ni escaleras eléctricas para acceder a la calle, sino unas cuarenta escaleras que subir y por las que arrastró inmisericorde sus veinte kilos de peso que incluían las latas de comida.


***

Se dice que la tarta de lima (Citrus auranifolia) es originaria de los Cayos de Florida desde principios del siglo XX. La cocinera de William Curry, un rescatador de naves naufragadas y primer millonario de Key West, parece haber hecho el pastel para él. Sin embargo, se cree que adaptó la receta de los pescadores locales, quienes necesitaban un postre que no requiriera horno en el barco. Las limas, la leche dulce enlatada y los huevos podían ser mantenidos en el barco sin refrigeración, y la mezcla de la leche condensada con el limón daría lugar a una pasta espesa por engrosamiento. La clara de los huevos muy batida daba el complemento perfecto para este pie que hoy es el postre típico en Key West. Debido a que los huevos crudos pueden portar Salmonella, el pie se hornea en la actualidad. Huevos, jugo y ralladura de lima, leche condensada, todo batido sobre una pasta de galletas y horneado por veinte minutos. Se lleva al refrigerador por ocho horas y se adorna con merengue o con crema batida. Vale decir que Hemingway la comió durante el tiempo que vivió en Key West.






El alma del poeta danza y delira sobre la ola de la vida, entre el clamor de vientos
y mareas.

Y cuando el sol esconde su frente y el cielo entristecido cae sobre el mar como los

párpados sobre los ojos fatigados, el poeta, dejando su pluma y con la cabeza en la mano,

deja huir su pensamiento hacia el abismo del silencio, hacia la niebla del eterno secreto.



El poeta. Rabindranath Tagore.

 ***
Nils Dardel (1888-1943) pintor post-impresionista sueco.
Robert Delaunay (1885-1941), pintor francés, pionero del arte abstracto de prinicipios del siglo XX.
Rabindranath Tagore (1861-1941), poeta bengalí, Premio Nobel de Literatura en 1913.




viernes, 19 de agosto de 2016

Escribe que algo queda



Erato, musa de la poesía. E.J. Pointer (1870)
Escribe que algo queda, siempre me repitió mi tutor de tesis, un hombre honorable con un amor poco común por esta tierra que adoptó a sus padres. Cuando el desánimo me vence y Erato está de vacaciones en las Seychelles, me obligo a recordar esas palabras para no perder la esperanza de que las nuevas generaciones de venezolanos, los que están naciendo, los que están muy pequeños para tener memoria de estos días maltrechos, puedan algún día leer las páginas ciertas de aquellos que narramos la historia de hoy. Aunque siempre les quedará la duda razonable de que esa historia sea poco creíble, sobre todo si vence la mentira de aquellos que se creen dioses. 

Suelo acudir a comprar verduras en un negocio cuyos dueños las traen de Los Andes venezolanos. Es un sitio sin pretensiones, pequeño pero muy limpio y ordenado, tiene aire acondicionado y puntos electrónicos de venta, los empleados cantan mientras trabajan, ayudan a cargar las bolsas y las llevan al carro sin esperar propina, y todo eso se agradece porque las verduras se mantienen frescas, se hace la compra con comodidad y se paga con tarjeta de débito o crédito, recurso inestimable porque de lo contrario hay que cargar muchos billetes en un gran bolso para pagar. A pesar de ser el país con la más alta inflación del mundo (economistas dixit), el billete de máxima denominación no alcanza para comprar un huevo.  
Si no fuera por los precios cada vez mayores, este negocio de las verduras es el recuerdo del venezolano de bien antes de la hecatombe.


Mafalda. Quino (sin fecha)


Las historias que vienen a continuación están basadas en hecho reales y sólo una está aderezada con un poco de picardía. 

Calienticas, como diríamos aquí ante un hecho reciente.





***

Marbelys del Carmen apuró la taza de café en la mañana para ir a comprar las verduras. Era miércoles y sabía que si esperaba para el jueves los precios habrán subido un 20%. Los gochos* disculpan los aumentos porque no hay fertilizantes, semillas ni plaguicidas y si los consiguen es a precio de mercado negro. Marbelys comenzó comprando los cambures este año a 200 bolívares el kilo y ya están en 800, siete meses después. La auyama* que era la cosa más barata de este país ya está a nivel de verduras tradicionalmente más caras. Como no hay pasta, arroz o harinas pues hay que resolverse, como su amigo Alejandro que ya es experto haciendo empanadas de plátano o yuca para suplir la ausencia de la harina de maíz. 
Cuando Marbelys llegó al negocio no había casi nadie, así que se contentó pues siempre pasaba más de una hora en la cola para pagar debido a la lentitud de los puntos de venta cuando había mucha gente. Abrió las bolsas plásticas que siempre llevaba consigo para preservar el planeta y también porque por el precio de cada bolsa en el negocio daba propinas a media humanidad.  Antes las regalaban pero esa época ya se acabó.
Siguiendo su obsesivo orden de compra, se fue hasta el puesto de los plátanos, amarillos pero duros, los adecuados para unos plátanos fritos perfectos. Tenía un litro de aceite que había conseguido en un trueque: había dado a una conocida un paquete de dieciséis toallas sanitarias y un pote de mayonesa marca gobierno a cambio del aceite. No le había pesado mucho desprenderse de las toallas sanitarias literalmente inexistentes en los mercados porque ya no las necesitaba. De hecho, los paquetes que le quedaban eran lingotes de oro para los trueques por comida.

En el puesto de los plátanos se consiguió a una señora que se le antojó como ella. Normal. De familia. Profesional.  Alta, de pelo blanco, refinada, cutis blanco. Poco más de sesenta años. Pantalones vaqueros, camisa blanca impoluta, zarcillos de buen gusto. Un gran bolso al hombro. De buena calidad. Sin angustias. Ensimismada. Aislada del mundo. Escogía con delicadeza cada plátano, sólo para volverlo a dejar en el mismo sitio. Marbelys quería alcanzar los plátanos de la esquina pues se veían mejores, pero la señora normal no se movía de allí, como si los plátanos fueran su universo.

Como la señora normal aparentaba tener toda la vida por delante para escoger un plátano, Marbelys decidió tornar hacia el puesto de al lado en búsqueda de unas berenjenas, para hacerlas ahumadas que no llevaban tanto trabajo y se le podían echar al pan que compraría al salir de allí, luego de hacer la cola de una hora en la calle frente a la panadería. Las pondría a tostar en la placa de la cocina dándole vuelta hasta que la piel estuviese quemada por completo y luego le sacaría esa piel para desmenuzar la pulpa de la berenjena y mezclarla con mucho ajo, sal y el bendito aceite. Le pondría un toque de vinagre blanco porque hacía más de un año que el vinagre tinto se había vuelto un lujo que no podía darse.

Una vez que terminó de escoger las berenjenas, volteó a ver si podía volver a los plátanos. Efectivamente, la señora normal recién había terminado de escoger, sólo para introducir un hermoso plátano en el gran bolso que colgaba de su hombro. Marbelys no supo qué hacer. La señora normal acababa de meter un plátano en su bolso y su mano ajustaba con suma calma el contenido del mismo. Marbelys miró hacia todos lados a ver si alguien más había captado la misma escena. Nadie. Los empleados estaban en lo suyo, empacando ajíes o sacando hojas viejas a las coliflores. La señora normal ni la percibió cuando pasó delante de ella para dirigirse, sin sacar la mano del bolso, a unos escasos dos metros más allá hasta los calabacines, a los que aplicó la misma calma para escogerlos que la ejecutada con los plátanos. Cinco minutos después, un hermoso calabacín fue hacerle compañía al plátano en el bolso. Y así, la señora normal fue hasta cada uno de los puestos sin ninguna bolsa plástica en su mano para completar la comida del día. Marbelys se preguntó cómo iba a hacer para acomodar las acelgas en el bolso, pero le dio vergüenza seguir observando.
Marbelys terminó su compra y se fue a hacer la cola para pagar. La señora normal había desaparecido del local. No oyó llantos ni llamadas de atención. 
Rayma, Agosto 2016.


***
Yusleidy Coromoto lleva días molesta con su marido porque éste se niega a hacer colas para comprar alimentos y ya ella no puede inventar más con la dieta de verduras. Por muy creativa que se ponga, las verduras contienen mucha agua y la jauría de hijos que tienen se convierten en demonios de Tasmania después de las cinco de la tarde, porque los palitos de zanahorias al papelón y el ajoporro en salsa al tamarindo reducido le quedarán muy bien a Paulina Abascal y a Anna Olson, pero ellas tienen todo el azúcar que quieren y las harinas de cualquier tipo para satisfacer las demandas de glucosa a otras horas del día. Yusleidy se dió de baja en la televisión por cable para no ver las cosas de otros lados y sobre todo el el canal Gourmet,  para que sus hijos no le reclamaran cuándo iba a hacer el tiramisú o las masas básicas de Gross. Sentía que le subía la tensión cuando veía a la Olson abrir el cajón que contenía kilos de harina de trigo, de los que Yusleidy necesitaría apenas dos tazas para una pizza familiar. Un día vio a un argentino poner doce riñones de res a la parrilla y comenzó a salivar,  aunque años atrás le daban un asco indecible.

Como Yusleidy amenazó a su esposo de no volverse a acostar con él a menos que fuera con ella en búsqueda de alimentos, el hombre aceptó ir el miércoles con ella a los negocios del centro pero negándose rotundamente a hacer la cola de la madrugada. Sabiendo que no iban a encontrar nada importante de esa manera, Yusleidy aceptó sólo por cansancio. Estaba harta de buscar comida sola. En su recorrido por varios negocios indeciblemente sucios, no consiguieron nada de productos básicos, sólo uno que otro  "para sacar el sucio de la ropa" según decía la etiqueta, un eufemismo que definía un producto que no era jabón y que con seguridad iba a ser el responsable de más de una alergia en la piel, una pasta multi-limpiadora que servía para excusados tanto como para vajillas, pisos y quitar el olor de la orina de los gatos. Dos productos desconocidos, solitarios y huérfanos en estanterías vacías. 
Avizorando una próxima y larga temporada de abstinencia sexual, el esposo de Yusleidy le alertó sobre un aviso de tomates en el negocio de enfrente, con un precio realmente muy económico si se comparaba con los precios de los mercados de verduras
Yusleidy entró al negocio caluroso, sin aire acondicionado ni ventilador a pesar de unos inclementes cuarenta grados de temperatura y la primera visión que tuvo fue de desastre. El cilantro tenía las hojas amarillentas y secas con las raíces llenas de tierra; unas acelgas marrones reposaban abandonadas sobre una mesón; las papas tenían agujeros; las auyamas, la corteza hundida y drenaban un líquido espeso; los plátanos estaban negros. No era el negro del plátano para sancochar: era el negro de la pudrición. Los precios de todo eran una ganga. Si no fuera por el mal estado de todas las verduras, Yusleidy hubiera gritado de alegría al ver que eran precios del año pasado. Se dirigió a los tomates que garantizarían un cariñito a su esposo. Se veían grandes como tomates manzanos. Pero algo pasaba con los tomates. Nadie los escogía porque los hongos se habían instalado sobre la mayoría de ellos. Un joven se le acercó sigilosamente y le musitó:
-No los compre, se va a enfermar.
Invencible y pensando en una salsa de tomate para untar sobre el pan de la cena, las manos de Yusleidy revolotearon sobre las cajas hasta que encontró algunos sanos. Puso la bolsa sobre la balanza de plato que estaba en la mitad del negocio: un kilo y medio. Hizo la cola ante un mesón con tres balanzas electrónicas detrás de las cuales había mujeres cubiertas con hiyab. En un mal español, la mujer le dijo sin levantar la vista:
- Un kilo ochocientos. 

El marido de Yusleidy la esperaba afuera. Con absoluta certeza, ella le comentó que esas verduras provenían de los desechos del mercado y los dueños del lugar las revendían. Esa noche, el esposo de Yusleidy decidió que el hallazgo de los tomates bien valía una recompensa y comenzó a arrimarse a su esposa, quien  rechazó los acercamientos de su esposo. 
- ¿Y ahora qué te pasa? Compraste tomates baratos...


A Yusleidy ya no le importaban los tomates. Los había metido en la licuadora con un chorro de aceite, sal, pimienta y unas hojas de albahaca del jardín del vecino, una receta de su profesor hijo de italianos que ahora vivía en Rio de Janeiro. La salsa se la untó a los panes y los metió en el horno. Dos latas de sardinas y los panes con tomate fueron la cena de la noche.

No eran los tomates los que le habían sacado las ganas de sexo.   Es que no le salía de la cabeza la larga cola de la gente, habitantes como ella de un país petrolero cuyos gobernantes paseaban su arrogancia por el mundo, pagando por plátanos y auyamas podridas para satisfacer su hambre.


El hambre no es bueno para las relaciones de pareja, podría decir un sicólogo.



***
María Eglantina le había prometido a su hijo una BigMac doble si pasaba la última materia. Antes acostumbraba comprarle una todos los viernes para celebrar la finalización de los madrugones semanales y las comidas apuradas. Se ponían el pijama y se sentaban a comer la hamburguesa viendo una película comprada a la cablera.  Eran dos horas para pasar juntos, comiendo las papitas fritas con los dedos sin tenedores ni mesa arreglada. Pero una hamburguesa pasó a costar 1/3 de un sueldo mínimo y a desbalancear el presupuesto antes holgado de Maria Eglantina. De una semana sin ella, pasó a dos, a tres y luego a meses.

El viernes en la noche, Eglantina le dijo a su hijo que se vistiera para ir a comprar la hamburguesa. Al ver la soledad alrededor del negocio, confirmó lo que su corazón le venía diciendo hace tiempo. La gente no tenía dinero para comprar una hamburguesa. No había un solo carro en el estacionamiento a pesar de ser viernes y en el local en penumbras por ausencia de clientes sólo había una madre cubierta con hiyab y sus dos niños comiendo hamburguesas. Eglantina se acercó con su hijo a ver los precios impagables en el tablero y notó a un adolescente triste de zapatos rotos y ropa sucia apoyado en el mostrador. 
-Señora, por favor, ¿usted podría comprarme algo para comer?
Eglantina miró a su hijo con dolor. No pudo comprarle la hamburguesa. No tenía para comprar otra para el adolescente hambriento. 

No podía comprar una hamburguesa a su hijo biológico mientras su hijo de patria pasaba hambre.


(...) Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde la vida habita siniestramente sola.
Reaparece la fiera, recobra sus instintos,
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.

Arroja sus estudios y la sabiduría,
y se quita la máscara, la piel de la cultura,
los ojos de la ciencia, la corteza tardía
de los conocimientos que descubre y procura. (...)

Miguel Hernández, El hambre

***
Auyama: Calabaza, zapallo
Gocho: Oriundo de Los Andes venezolanos

Edward John Pointer (1836-1919), pintor inglés
Quino, Joaquín Salvador Lavado Tejón, (1932), es un humorista gráfico hispano-argentino. Su obra más conocida, Mafalda, fue publicada entre 1964 y 1973.
Rayma Suprani, reconocida dibujante venezolana.
Miguel Hernández Gilabert (1910 - 1942). Poeta y dramaturgo español.

lunes, 25 de julio de 2016

Las paradojas de este blog, el hambre y un puré de batata


Del Diccionario de la Real Academia Española, la forma f., del lat. paradoxa, -ōrum, y este del gr. [τὰ] παράδοξα [tà] parádoxa; propiamente 'lo contrario a la opinión común'.

1. adj. desus. paradójico.
2. f. Hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica.

3. f. Ret. Empleo de expresiones o frases que encierran una aparente contradicción entre sí, como en mira al avaro, en sus riquezas, pobre.


Mujer con libro. J. Gris (1925)

Paradoja 1. Escribir un blog sobre literatura cuando en las librerías venezolanas existe la orfandad de publicaciones y el dinero para comprar las que hay. El país de Bello, Gallegos, Garmendia, Pérez Bonalde, Uslar Pietri, Teresa de la Parra, Cadenas, Pocaterra y muchos otros, tiene las librerías cuasi vacías de libros y de compradores.

Los lectores venezolanos tienen hambre de libros desde hace varios años, pero saben que la oferta de nuevos títulos y clásicos en otras librerías de América Latina –por no hablar de España- es abrumadora. Hace unos años en FNAC Madrid, cuando la necesidad ya existía en Venezuela pero aún era poco reconocida y creíble para el resto del planeta, quedé literalmente paralizada. Mientras un español normal busca un título que le interese en particular porque tiene 70.000 títulos al año, como me espetó un dependiente displicente en La Casa del Libro, un hambriento lector de un país paulatinamente empobrecido carga en sus brazos una columna de ejemplares sólo para darse cuenta al llegar a la caja que es imposible pagarlos, bien porque si gasta esa cantidad no puede comer durante lo que le queda de su estadía, la tarjeta de crédito venezolana es rechazada por el punto de venta o como en la actualidad, la asignación de dólares que tan benevolentemente le aprobó el gobierno en su flamante tarjeta de crédito de la banca pública apenas representa –con fortuna- 60 dólares.

Recuerdo la visita del finado presidente venezolano a La Casa del Libro en la Gran Vía de Madrid en el año 2009. Según narró la prensa española, su visita no era para comprar libros, sino una de tipo sentimental para recordar la que había hecho a esa librería una década atrás. Cuando leí la noticia casi me comí el periódico (una especie también en riesgo de extinción en Venezuela) porque él había tenido la oportunidad de estar en la librería y pasar unos maravillosos cuarenta y cinco minutos seleccionando unos cuatro ejemplares que finalmente había adquirido. Para él como para otros miembros de su comitiva, de manera idéntica a lo que ocurre en el 2016, no existía el control de cambios que mantiene a los venezolanos bloqueados en la actualización cultural y tecnológica desde el año 2003. En ese entonces tuvo mucha publicidad porque el planteamiento de país había enamorado a los europeos y era una celebridad. Una celebridad que también asistió en ese mismo viaje a la Mostra de Venecia junto a Oliver Stone para ver el estreno de su documental South of the Border, una película en la que su director intenta explicar el fenómeno de la influencia del ex presidente en América Latina, financiado con el dinero de Venezuela, claro está. 


La biblioteca. E. Vuillard (1910-1911)

En La ladrona de los libros, Liesel Meminger es una niña de diez años que vive en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Es analfabeta, pero durante el funeral de su hermano recibe un libro que es incapaz de leer. A lo largo de la historia aprende a leer y escribir bajo la tutela de su padre adoptivo. En búsqueda de más libros para leer – también para salvarlos de los nazis- los roba a la dama de buena posición a quien su madre adoptiva le plancha la ropa. Como bien se señala en la historia, el lenguaje, la lectura y la escritura, siguen siendo marcadores sociales de bienestar. En nuestro país, o comes o compras libros. Y si tienes para adquirirlos, la oferta es pírrica. Alguien preguntará, ¿cómo hacen para mantenerse al día en literatura? La respuesta es: los milagros existen. Sólo que no todos los ciudadanos son bendecidos.



Paradoja 2. Escribir sobre recetas de cocina en un país donde hay escasez de alimentos. Hace poco le comenté a una compañera de trabajo sobre la receta de la tortilla de pan con cambur que fue motivo de una de las entradas anteriores de este blog (Un cuento y una tortilla dulce para calmar la desesperanza), dado que las madres de familia ya no saben cómo detener la pérdida de peso de sus hijos debido a las raciones menguadas o ingeniárselas cada día con lo que puede comprarse con un presupuesto exiguo. La tortilla dulce es un buen alimento porque se aprovecha el pan viejo, contiene huevos, leche, margarina y azúcar. Es la salvación cuando se tiene hambre y no hay otra cosa para comer. Me contestó que esa receta era imposible de ejecutar en su casa. Tenía que hacer cola diariamente para comprar pan racionado sólo suficiente para ese día, los huevos eran muy caros para su presupuesto con cuatro hijos y no se conseguía leche, azúcar ni margarina. 
Mi amiga Pilar me dió el link de una revista venezolana que publicó la receta de una torta de chocolate sin harina, azúcar ni mantequilla*. El dulce se lo dan los cambures (bananos) y la harina se sustituye por crema de arroz y maizina. Un eufemismo para ocultar lo que todo el mundo sabe: no hay harina de trigo ni azúcar de venta libre. Coca-Cola promociona la versión light en la televisión con un mensaje de “mantén la dieta”. El kilo de azúcar se consigue con facilidad en el mercado negro: alrededor de 1/5 de un sueldo mínimo. Un saco de 50 kilos de azúcar puede conseguirse a través de contactos ilegales: el sobreprecio de ese saco es de casi nueve veces su valor original. 


La nueva idea del gobierno venezolano es abastecer a la población con una bolsa de alimentos a precios regulados, a fin de controlar las inmensas colas que se forman desde el día anterior en los supermercados y evitar la venta de esos productos en el mercado negro a precios exorbitantes. 

Adquirí una de esas bolsas esta semana a precio solidario incluída la colaboración para quien empaqueta los productos. Una bolsa para una familia de tres personas contiene tres kilos de harina de maíz precocida marca gobierno, un kilo de arroz de la misma marca, un kilo de leche en polvo entera y un kilo de azúcar. Provisión de alimentos para un mes, hasta que vendan la próxima bolsa. Si se hace tortilla de pan, bizcocho o galletas queda poco azúcar para el café del día. Un kilo de leche rinde ocho litros de leche líquida. 250 gramos de arroz son la comida de un día. Un kilo de arroz alcanza para cuatro almuerzos. El mes tiene 30 días. Las expertas en arepas dicen que las hechas con esa harina deben amasarse mucho más y comerse calientes, de lo contrario no hay quien las coma.

Mi madre
odia las acelgas y ama las frituras y los dulces. Pasaron muchos años antes de que pudiera entender la razón y hoy la comprendo más que nunca. Porque durante la Guerra Civil todo estaba racionado y la gente del campo comía lo que sembraba. Las acelgas al vapor eran comida diaria en su casa y los dulces y el aceite brillaban por su ausencia o estaban racionados. La matanza del cerdo era un acontecimiento porque los subproductos daban para comer todo el año. Han pasado décadas desde que terminó la guerra, pero el impacto aún sobrevive en su conducta.

Almuerzo en Lone Locust, W. Uffer (1923)
Ahora, en este mi país otrora abundante, nunca en mi vida había deseado tanto comer cosas que antes podía comprar en el supermercado, por precio o por existencia. Las socorridas manzanas, aceite de oliva, mariscos, chorizos para un cocido o unas lentejas, jamón serrano, una sangría hecha en casa con un buen vino tinto, pimentón español, un arroz con leche caliente y espolvoreado con canela, aceitunas, pasta con una abundante salsa casera de tomate y queso parmesano, un risotto de champiñones, garbanzos, chocolate. Una ensaladilla rusa alguna vez hecha con langostinos ahora es equivalente a comer caviar de ese entonces. Una simple empanada gallega de atún, abundante en cebolla y pimientos fritos, es casi impensable por la escasez de harina de trigo y por los desbocados precios del atún. Nuestro plato tradicional, el pabellón criollo, de carne mechada, arroz, caraotas negras y tajadas de plátano frito acompañado de una arepa con natilla o suero de leche es hoy difícil de encontrar completo en los restaurantes económicos. 


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Keila Alejandra, una venezolana de a pie, cumple años la semana que viene. Como la torta de cumpleaños de un kilo en el interior del país vale 24.000 bolívares, casi mes y medio de un sueldo mínimo, la mamá de Keila Alejandra comienza a buscar familiares perdidos que contribuyan con el pago. 
- ¿Aló? María Auxiliadora?
- Ajá, ¿Quién habla?
- ¿Cómo estás, chica? Es Carmencita, tu prima, la hija de Soledad
- Carmencita, vale, ¡Qué de tiempo! ¿Y eso? ¡No te oía desde el velorio de la tía Carmen hace diez años!
- Bueno, tú sabes, mortificadísima con esta peladera, cansada, y ahora es el cumpleaños de Keilita, diez añitos y vale, que angustia. Ya no quiero que sufra más mi chama y quería hacerle una tortica, pues con unos refresquitos, porque con las cotufas* no se puede, los tequeños* tampoco, nada más para nosotros…
- Así estamos todos …chica y ¿por qué no le haces la tortica en la casa?
- Mi amor, ¿de dónde? Para empezar no tengo harina, ni azúcar, los huevos están carísimos…

Y así continuó la mamá de Alejandra hasta que la prima María Auxiliadora aceptó ayudar con una botella de refresco light. Esa llamada se repitió con las diez primas abandonadas desde el velorio de la tía Carmen y con las madrinas del bautizo, hasta que se completó para la fiestecita. 
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Esta semana oí a una dama comentar que no soportaba comer una arepa más. Si la bolsa de comida contiene tres kilos de harina de maíz y nada de proteína animal, eso da una idea de los estándares de nutrición que se están imponiendo a los venezolanos de menos recursos. La delgadez de muchos ciudadanos contrasta con la gordura de sus gobernantes. En La ciudad de Ember (2009), una película apocalíptica de ciencia-ficción basada en el libro homónimo, el alcalde de la ciudad incrementa a escondidas su ya abultada barriga en un almacén donde acapara alimentos que no obtienen los pobladores. 

La fiesta de Babette (El festín de Babette o en danés Babettes gæstebud), es una película danesa de 1987 basada en una historia corta del mismo nombre de Isak Dinesen. En 1871, durante una tormenta, Babette llega a una aldea en una costa desierta de Dinamarca, huyendo de Francia durante la represión de 1871. Es empleada como criada y cocinera en la casa de dos ancianas solteras hijas de un pastor protestante y cuya frugalidad en los alimentos es justificada porque el placer en el disfrute de los sabores es un pecado. Babette descubre catorce años después que ha ganado la lotería y destina toda esa fortuna en una cena de celebración del centenario del pastor. Aunque no lo manifiestan, los comensales paladean los manjares satisfaciendo el hambre eterna producto de las privaciones. En Los Juegos del Hambre, la abundancia de comida que se les ofrece a los concursantes antes de los juegos contrasta violentamente con el ansia de comida en los distritos vasallos. 
Me temo que cuando esto acabe vamos a llenar las despensas de alimentos hasta reventar.

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Ipomoea batatas, llamada batata, papa dulce, camote o boniato, es una planta cultivada en gran parte del mundo por su raíz comestible. 

Contiene grandes cantidades de almidón, vitaminas, fibra y minerales, y destaca su contenido de potasio. En valor energético supera a la papa (patata) y posee cantidades importantes de provitamina A y de B1, C y E. Cuanto más amarillenta es, más betacaroteno posee. Incluso, la batata fue introducida en África para corregir el déficit de vitamina A en algunas poblaciones. 

En Venezuela, la batata es consumida principalmente en forma de buñuelos, en dulce como el Juan Sabroso, en el oriente del país acompañando el pescado o también como batata frita en lajas. Pero hay además una ventaja económica para consumir batata. Es más barata que la papa (hasta que lean esto y los vendedores le suban el precio debido a su demanda) y el puré de batata es exquisito. 

Para hacer el puré, hay que averiguar antes si alguien tiene nuez moscada, porque ya sabemos lo que pasa aquí y es ingrediente esencial para el sabor de este puré. O sea, hay que llamar a las diez primas perdidas o robarse una nuez del frasco que tiene treinta años en la cocina de la abuela. 

La batata se cocina en su piel hasta ablandar, se pela y se pone en una olla. Con un tenedor, un aplasta papas o pisapuré se hace un puré tal como se haría uno de papas, pero se mezcla con natilla y un poco de leche, y se le espolvorea nuez moscada recién molida, sal y pimienta. Es todo. Debo aclarar que si la batata es roja, como en algunas variedades, al cocinarla queda de un característico color marrón que en puré parece otra cosa. Convenzan a su familia o invitados que una vez probado el puré ya no les importará el color. :)

El diálogo de la mamá de Alejandra es ficticio.

* Cotufas: Palomitas de maiz, canguil
* Tequeños: Masa de harina de trigo en forma de bastón romo rellena de queso blanco y frita.
* Torta de chocolate http://ve.emedemujer.com/saborexpress/recetas/sin-harina-azucar-elabora-esta-torta-chocolate/

Juan Gris (José Victoriano González-Pérez) pintor español (1887-1927), maestro del cubismo.

Jean-Édouard Vuillard, pintor francés (1868-1940), perteneciente al grupo de los nabís, un grupo de artistas franceses de finales del siglo XIX, caracterizados por pintar lo exótico sobre cualquier clase de materiales.

Walter Ufer (1876-1936), pintor alemán criado en Estados Unidos, conocido por sus pinturas de los pueblos indígenas americanos.

jueves, 7 de julio de 2016

La dulce venganza de la guasacaca




EL TIPO DEL SUPERMERCADO

Esta mañana fui al supermercado. No tenía muchas ganas de salir, así que me puse el blue jean para ir al mercado sin cinturón y la franela de salva al planeta que mañana es tarde, la que tiene cuello en V y con la que a veces  se me ve el sostén y el comienzo de los senos al agacharme, por eso me pongo uno que sea decente de forma y de color por si alguien quiere mirar, que le sea agradable a la vista. Cuando bajé del carro me aseguré de arreglar bien la franela por detrás porque cuando no uso cinturón se me desliza el pantalón hacia abajo gracias al robusto trasero que la conjugación de gametos me dio y me acordé que me había puesto la pantaleta Britney Jones-cuello tortuga, de las que llegan a la cintura y abarcan también todo el perímetro de las nalgas. Es que cuando no tienes ánimos es un fastidio esas pantaletas que se meten hasta el infinito. Le di al botoncito de la alarma del carro y nada, no funcionó, y le volví a dar hasta una octava vez cuando bajaron los seguros. Con el carácter un poco más agriado de cuando me levanté, vi que en el carro de al lado había una espectacular rubia que se estaba pintando los labios de un rojo subido mirándose en el retrovisor y que al abrir la puerta de su carro ésta rozó con la del mío. No exagero cuando le vi las piernas de tres metros de largo que salían de un minúsculo pantalón que apenas tapaba unas magníficas posaderas tipo torontos*, tal eran de compactas y redondas. Lo completaba con un hermosísimo top sin tirantes de color blanco que realzaba el bronceado obtenido en una – creo yo- playa nudista porque no se le veía ni una sola marca en los hombros. También cuando le vi las piernas me acordé que las mías no pasarían el examen del depilado. Y es que soy una fiel creyente en que el vello sólo sirve para los pechos y las piernas masculinas. Las mujeres deberíamos someternos a un knockout del gen que codifica para la proteína del vello, si es que éste no afectara también la cabellera. Tan sólo imaginar que tienes un accidente y te tienen que cortar el pantalón y salen aquellos vellos por doquier, pues es un papelón. O que vas al dermatólogo a verte un lunar que te salió en la cara y te manda a sacar toda la ropa para mirarte toda la piel con una lupa y tienes dos semanas sin depilarte. Un horror. 

Nada, no era mi día. Había dormido mal, no tenía trabajo, la inflación se estaba comiendo mis ahorros y me había dado cuenta después de ver a la rubia en una de total, absoluta y completa cochina envidia que no había podido pagarme mi usual tratamiento de cabello, tinte incluido, porque le había dado el valor de la peluquería de dos meses al muchacho de 20 años que iba a arreglar el jardín una vez al mes. Y esta mañana, los miembros de mi grupo masculino de whatsapp se esmeraron en subir fotos de senos, traseros y mujeres hermosas para cumplir sus fantasías más alocadas sin apreciar que del otro lado de la pantalla estaba yo y tal vez sus mujeres que de cuando en vez les auscultan el teléfono.

Mafalda, Quino (sin fecha).
 En vista de que las horas siguientes no pintaban mucho mejor, si seguía acordándome de la depilación, el pelo y las mujeres perfectas, me aprovisioné de antidepresivos de venta libre. Metí en el carrito de la compra dos bolsas grandes de hojuelas de maíz azucaradas, cuatro barras de chocolates de leche de las grandes, dos de taza, dos bolsas de bombones rellenos con pasas, otra con avellanas, galletas rellenas de una asquerosa crema de falsa vainilla y un pote de helado con tres tipos de chocolate. Pasé por las verduras y escogí mango verde, ají dulce, cebollas y mucho cilantro, mucho, para hacer una guasacaca y regalarla con un enorme lazo rojo a mis queridos amigos de whatsapp que odian el cilantro a muerte. Compré dos barras de un hermoso pan campesino lleno de miga, recién salido del horno, para meterle el chocolate, calentarlo y dejar que el chocolate derretido me cayera por las comisuras de los labios, en una actitud de total guarrería. Y luego, me fui a las neveras de los lácteos en busca de un yogurt de fresa supuestamente alemán, con trescientos por ciento de grasa y todo el azúcar del mundo. Como dijo Scarlett O´Hara en la última línea de Lo que el viento se llevó, mañana será otro día, para apagar las voces de mi conciencia que reclamaban la pérdida de mi figura otrora de sílfide.

Cuando tuve que buscar los lentes para encontrar el yogurt, cada vez más irascible porque gracias a la presbicia no lograba ver el made in Germany ni la palabra Joghurt por ningún lado, una mano rozó con la mía. La de un tipo. Casi a punto de insulto, giré para espetarle un epíteto, como el de verderón, por ejemplo. Pero no pude. Quedé muda. La ira fue sustituida por la admiración y lo único que se me pasó por la cabeza fue una palabra perfecta para la ocasión, quedé astonished. Astonished por el hombre más sensacionalmente sexi que había visto en mi vida. Un individuo de dos metros, con un cuerpazo de Chris Hemsworth. No, era Chris Hemsworth,  ¿qué hacía Chris Hemsworth poniendo potes de leche en una nevera de supermercado? ¿Un anuncio publicitario? ¿Cámaras escondidas? Lo miré de arriba abajo, las piernas, los pectorales, las hebras de cabello rubio cayendo por delante de sus ojos azul intenso y no pude ver el centro de su equilibrio, denominado por algunos la entrepierna, porque lo tenía tapado con el delantal. Y yo allí, sin depilar, sin teñir, con la franela más burda que podía haberme puesto, con el abdomen rodeado de una llanta Pirelli que no desaparecía con todo el ejercicio del mundo ni con una dieta de hambre, mirando semejante espectáculo con ojos de presbicia y sin poder quitar la cara de arrobamiento que me dominaba. El Chris ni pidió perdón por haberme rozado la mano y siguió tarareando una canción que sonaba a un terrible hip-hop desafinado que en mi enajenación no estropeaba nada la escultural imagen en la que estaba constituido. Cuando finalmente se dio cuenta que yo lo estaba mirando y fijó sus ojos azules infinitos en los míos, la leche y los jugos desaparecieron para dar paso a una desbocada y unilateral catarata de atracción que duró fentosegundos hasta que un brazo bronceado y escultural que terminaba en un top blanco sin mangas, se atravesó entre él y yo, para terminar de desgraciar mi día.

De repente, la catarata volvió a ser un lago pacífico en un verano sin brisa dentro de unos envases UHT. La leche descremada y el Joghurt alemán aparecieron milagrosamente antes mis ojos sin lentes, cuando vi que el brazo bronceado pertenecía al segundo tipo más espectacular que había visto en mi vida y el que cogía ansioso la mano que creía había sido mía unos minutos antes. Regresé a los pasillos andados. Devolví los antidepresivos y las verduras que había escogido para la venganza contra mi grupo de whatsapp. Cuando llegué a casa y vi sus nuevos envíos de formas corporales femeninas de ensoñación, no hice más que reír. El tipo del supermercado me había alegrado el día. 

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La guasacaca es una salsa autóctona de Venezuela, compuesta por aguacate, cebolla, ajo, perejil, pimiento verde, cilantro, vinagre, aceite, sal y pimienta. No falta en las parrilladas, sean caseras o en un restaurant. La guasacaca provee el contraste de sabores con la carne o la yuca, que tiende a ser un poco desabrida. Como el aguacate está carísimo en Venezuela y el mango es un regalo de los dioses porque los árboles pululan por doquier, la guasacaca de mango verde se constituye en un elemento sustitutivo y de riquísimo sabor en estas épocas de escasez. Se colocan troceados dos o tres mangos verdes y grandes en la licuadora, una cebolla mediana, tres o cuatro ajies dulces de los grandes, mucho cilantro, sal, pimienta, un chorro de aceite, de vinagre o de limón. Se licúa un buen rato, se mete a la nevera media hora y listo. Se le puede echar a todo lo que se les ocurra. Por cierto, la receta me la dió el jardinero :).


El tipo del supermercado es de mi autoría.


Torontos: Bombones venezolanos hechos de chocolate y con centro de avellana. El ex- presidente venezolano Luis Herrera Campins, siempre los llevaba en el bolsillo. Son adictivos. 
Para saber más de los torontos, https://www.savoy.com.ve