Vivíamos en un mundo eléctrico, todo dependía
de la electricidad, y de repente, se fue. Todo dejó de funcionar y no estábamos
preparados. El miedo y la confusión dieron paso al pánico. Los más afortunados
escaparon de las ciudades. Cayeron los gobiernos. Las milicias tomaron el poder
controlando los alimentos y acaparando las armas. Seguimos sin saber la causa
del apagón, pero esperamos que aparezca alguien y nos muestre el camino.
Apertura de Revolution, una serie de
televisión de ciencia ficción postapocalíptica .
Faltando un rato para las cinco de la tarde del
jueves 7 de marzo del 2019 se fue la luz, como decimos coloquialmente. Levanté a mamá de su siesta e inicié todo el ritual correspondiente al baño, café, paseo en el patio. Encendí unas velas en el luscofusco, como dicen los
gallegos a esa hora en la que no se ha ido totalmente la luz del día pero entra
la penumbra que precede a la noche. Pasaron las horas. Puse la
cena a mamá. La preparé para acostarse. Esa noche comenzó un mantra que
aún no ha cesado: ¿Y qué habrá pasado con la luz? Mi hijo me preguntó si creía
que vendría la luz esa noche, y le respondí que sí, que los apagones no duraban
tanto. Regué el jardín mientras oía a los vecinos reír en una oscuridad cerrada
sin luna. Me fui a acostar, pero cada hora abría los ojos para ver si las
lucecitas de los suiches en la pared estaban encendidas...y no. Lo único que
veía era el resplandor del teléfono de mi hijo que jugaba con frenesí para
calmar la ansiedad. El silencio era opresivo.
Parece mentira, pero hay ruidos normales en las ciudades normales, neveras, bombas de agua, televisores ajenos, alarmas, carros con choferes trasnochados. Esa noche se silenciaron. Como si los ventiladores del cielo necesitaran la energía eléctrica de la tierra, también se detuvo la brisa y una miríada de mosquitos apareció por todos lados. Ni las ranas cantaron esa noche.
Parece mentira, pero hay ruidos normales en las ciudades normales, neveras, bombas de agua, televisores ajenos, alarmas, carros con choferes trasnochados. Esa noche se silenciaron. Como si los ventiladores del cielo necesitaran la energía eléctrica de la tierra, también se detuvo la brisa y una miríada de mosquitos apareció por todos lados. Ni las ranas cantaron esa noche.
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| Imagen de satélite del 7 de marzo (Fuente: NASA) |
A las siete de la mañana del viernes, con el cansancio de haber dormido muy mal, me fijé de nuevo en las
lucecitas de los suiches...y no. Llamé a mi hermana a Caracas y me dijo que tampoco
tenía luz. Esa fue la última vez que hablé con ella en varios días. No pude
comunicarme con nadie más; los celulares no funcionaban ni por telefonía ni
internet. Salí a la puerta de casa y los vecinos me comentaron que habían oído
sobre un problema en el Guri, la segunda hidroeléctrica más grande de
Latinoamérica y la primera en estar en un solo país (la de Itapú ocupa
el primer lugar pero es compartida entre Brasil y Paraguay). No lo pensé dos
veces y me fui a una cadena de farmacias. Me angustió
ver en el camino que las panaderías estaban cerradas. No había mucha gente a esa hora en la farmacia, pero
los que estaban llevaban agua y hielo. Compré dos galones de agua, una bolsa
de hielo y un paquete de pan tipo croissant. No pensé en llevar otra cosa. Encendí la radio y sólo había una emisora
oficial en la que decían absolutamente nada del apagón, pero estaban
retransmitiendo las alocuciones de un presidente fallecido hacía exactamente 6
años y tres días. Como tenía el tanque a medias, no quise seguir gastando
gasolina y no salí más. Abrí la llave de agua del jardín y me di cuenta que
sólo salía un hilito de agua. Llamé a mi hijo para que me ayudara a llenar
cuanto recipiente vacío teníamos en casa, pero estaba muy acomodado en sus
sueños y no me hizo ni medio de caso. Chequeé el nivel de agua en el tanque y estaba a menos de la mitad. Una válvula de paso había quedado abierta y el
riego del jardín de la noche anterior había sido a expensas del tanque. Llené
todo lo que pude para cargarlo manomáticamente hasta que
no salió más agua.
Gracias a que durante muchos años aprendí a enfriar muestras
biológicas en campo, mezclé un volumen de sal con tres volúmenes de hielo en la
única cava que había en casa. Allí metí carne y pollo. Lo que no cabía lo dejé
en el congelador con unas moles de mango aún congelado.
Como las velas se estaban acabando, comencé a pensar que había que hacer velas porque era probable que ya no se consiguieran. Descubrí que hacer velas en tubos de pasta dental vacíos era tremenda idea porque el hilo se podía agarrar con la tapa y al enfriarse la cera se cortaba con facilidad la cubierta cilíndrica del tubo.
Mientras la derretía, recordé que tenía una
bombona de gas vacía y la que estaba en uso debía estar acabándose.
Había pedido el gas hacía seis meses y como no lo habían traído, hasta el día del apagón hacía la comida en una cocinilla eléctrica. Conclusión,
había que comer algo ligero que no llevara mucha cocción.
En medio de una ausencia total de noticias, transcurrió todo el día sin electricidad. De verdad pensé que el problema se resolvería antes de llegar la noche... y no.
Como las velas se estaban acabando, comencé a pensar que había que hacer velas porque era probable que ya no se consiguieran. Descubrí que hacer velas en tubos de pasta dental vacíos era tremenda idea porque el hilo se podía agarrar con la tapa y al enfriarse la cera se cortaba con facilidad la cubierta cilíndrica del tubo.
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| http://www.brainlesstales.com/2011-01-12/a-candle-date |
En medio de una ausencia total de noticias, transcurrió todo el día sin electricidad. De verdad pensé que el problema se resolvería antes de llegar la noche... y no.
El sábado me levanté a las seis de la mañana,
después de otra noche de dormir intermitente. Desperté a mi hijo y le dije que
la situación pintaba muy mal y había que irse a la calle a buscar agua para
beber y hielo. Se dio media vuelta en la cama, susurró algo sobre mi pesimismo y siguió durmiendo. Creo que todavía le quedaba carga en el teléfono y
no había entrado en desesperación…Cogí el carro y me fui con un bidón vacío de
agua, el de 18 litros, a una estación de servicio donde siempre había agua. En
ese momento entendí lo que estábamos enfrentando. A las siete de la mañana la
fila de carros para echar gasolina en esa estación con planta eléctrica era
kilométrica. No había un solo bidón de agua a la venta. El resto de las
estaciones de gasolina que no tenían planta estaban cerradas. Me devolví a casa
y esperé a las ocho a que abriera la licorería donde habría agua y hielo. Me
metí en el bolsillo del pantalón diez dólares porque asumí que no habría cómo
pagar con tarjetas y me fui a pie. A las ocho y cinco había al menos veinte
personas haciendo cola. No pasaban las tarjetas en los puntos de venta y la
ausencia de billetes ya era crónica para entonces. Pregunté al encargado
cuántos galones de agua y bolsas de hielo le quedaban. Me señaló cinco galones
que estaban en el piso. El hielo, unas veinte bolsas, me explicó. Conté las
personas de la fila. Volví a ver los galones. Percibiendo todo lo que me pasaba
por la cabeza, acepto dólares, me
dijo. Con muchísimo remordimiento (que todavía siento) tomé tres galones de
agua, una bolsa de hielo y le pasé los diez dólares al encargado. En un país
donde hasta entonces se movían los bolívares, me dio de vuelto tres billetes de
un dólar. Pensé entonces que no había sido tan egoísta y había dejado dos
galones de agua para alguien más, pero las horas por venir me hicieron dar
cuenta de que en estas situaciones sobrevive el que tiene más dinero y menos
escrúpulos.
Esa semana había comprado huevos, muchos huevos. En casa puede
no haber carne, pero los huevos son imprescindibles ¿Qué hacía con los huevos? ¿Cuánto era que duraba la integridad de la
cáscara de huevos fuera de refrigeración? ¿Qué iba a hacer con las verduras?
Aunque hiciera sopa, ¿cómo la iba a guardar? Al meter el hielo, descubrí una
panza de res en el congelador. La había guardado para hacer callos. ¿Cómo iba a
preservar la panza si tardaba en llegar la luz? La leche líquida abierta se
dañó el viernes, por lo que tenía que considerar en preparar lo que fuera en la cantidad necesaria para consumir en el momento.
Pasamos el día haciendo velas. Finalmente, la
emisora oficial anunció por radio que el imperio norteamericano había afectado
la hidroeléctrica del Guri mediante un ataque cibernético dirigido desde
Washington. Que se esperaba restablecer el servicio en cualquier momento. Alguien
asomó en la radio sobre la posibilidad de 48 horas para restablecer la electricidad. A estas alturas, la única con paciencia era mamá, la inmigrante sobreviviente de dos guerras.
Al llegar la tercera noche sin luz, me entró un desasosiego espantoso en la cocina y empecé a llorar. Había algo tremendo y deprimente en el ambiente. Luego entendí. Tres noches sin luz de luna. No había brisa. No había ruido. Hacía un calor infernal. Estaba racionando el agua y el gas. No nos habíamos bañado. Estábamos comiendo mal. Iba a perder la comida que tanto me había costado. No teníamos información. Los teléfonos no servían. Las sábanas de la cama de mamá se acumulaban en un montón. Le imploré a Dios y a toda la corte celestial que volviera la luz esa noche... y no.
Al llegar la tercera noche sin luz, me entró un desasosiego espantoso en la cocina y empecé a llorar. Había algo tremendo y deprimente en el ambiente. Luego entendí. Tres noches sin luz de luna. No había brisa. No había ruido. Hacía un calor infernal. Estaba racionando el agua y el gas. No nos habíamos bañado. Estábamos comiendo mal. Iba a perder la comida que tanto me había costado. No teníamos información. Los teléfonos no servían. Las sábanas de la cama de mamá se acumulaban en un montón. Le imploré a Dios y a toda la corte celestial que volviera la luz esa noche... y no.
Al levantarme el domingo vi con espanto que había
charcos de agua que salían de las neveras en descongelación…nos fuimos a la
calle a buscar más agua y hielo. Es extraño, sabes que no hay agua ni luz y el agua que tomas no sacia la sed. Me comentó un vecino que si la llegaba a conseguir, el precio de la
bolsa pequeña de hielo era de 15$. Vimos un camión que vendía agua a
1$, pero no daban el bidón, en mitad de la calle vaciaban el agua en el que cada uno portaba, limpio o sucio. Conté cuántos le quedaban. Teníamos ocho personas por delante con dos bidones cada una y
había 27 en el camión. Delante de mí un hombre les hacía el puesto a cinco
mujeres que aparecieron con dos bidones cada una, esto es, quedaba solo uno
para nosotros. El hombre explicó que esas mujeres necesitaban mucha agua. Le comenté decentemente y en vano que mi madre estaba incapacitada y requería estar limpia e hidratada y le pedí al chofer del camión que vendiera uno por persona para que
llegara a todos los que estábamos en la cola. Nada, se hizo el sordo. Apareció
una señora con una camioneta llena de bidones vacíos. Le entregó un bulto de espagueti al chófer y éste le subió a la camioneta todos los bidones que le
quedaban . Una escena similar la vivimos dos veces más ese día. Sin
éxito. No conseguimos agua. A media tarde, una emisora de radio privada consiguió una planta y pudo vencer el
cerco informativo del gobierno. Así nos enteramos de cuáles estaciones tenían planta eléctrica y gasolina en sus depósitos.
También informaron sobre los centros comerciales que estaban surtiendo de agua potable sin costo a los ciudadanos. No sé en zonas más populares, pero no ví ni un solo operativo del gobierno que nos ayudara en semejantes circunstancias.
Sobrevino
otra noche más sin luz. Era tal el silencio que conversamos con los vecinos que
estaban sentados en el balcón cruzando la calle. Incubé clavos de olor con alcohol para preparar repelente de mosquitos. Le volví a pedir a Dios que
volviera la luz. Sentía que era demasiado para mí sola… la oscuridad, las preguntas de mi madre cada tres minutos sobre la ausencia de televisión, el no
saber cómo y cuándo se resolvería la situación, el agua, el agua, el agua, el
cansancio…Esa noche comencé a dibujar flores a la luz de las velas.
El lunes, el mango descongelado comenzó a verter
por todos los resquicios de las neveras. Si lo comíamos, no había agua para
bajar los baños. Las confituras de naranja que tardé siglos haciéndolas ya no servían. La yuca congelada se volvió puré. Tomé todas las bolsas y las tiré al compostero. La carne y el pollo estaban
descongelados en la cava y las volví al congelador donde aún quedaba un aire frío por un pollo entero con algo de hielo. La panza de res la cubrí con agua saturada con sal.
Ni hablar de mantener la limpieza en casa y en los baños. Como una vez instauró el alcalde de Londres, el excusado se bajaba con medio tobo de agua si se hacía el número dos y si no, sólo a final de la noche con el número uno. La cocina olía a demonios, a una mezcla de agua de carne y mangos podridos. Las bandejas de desagüe permanecían repletas. No me atrevía ni a usar el agua para bañarnos. Precalenté al sol la olla con agua para cocinar porque quería guardar lo que me quedaba de gas para hervir agua por si esto duraba más días. La hermana de una de mis vecinas ofreció cargarnos los teléfonos en la planta de su casa. Bueno pero no tan útil porque la telefonía y el internet seguían caídos. A veces salían los mensajes de texto. Esa noche soñé que llegaban los marines, la Cruz Roja, los cascos azules y en la mañana había carpas inmensas a lo largo de las avenidas con agua, comida y duchas.
Ni hablar de mantener la limpieza en casa y en los baños. Como una vez instauró el alcalde de Londres, el excusado se bajaba con medio tobo de agua si se hacía el número dos y si no, sólo a final de la noche con el número uno. La cocina olía a demonios, a una mezcla de agua de carne y mangos podridos. Las bandejas de desagüe permanecían repletas. No me atrevía ni a usar el agua para bañarnos. Precalenté al sol la olla con agua para cocinar porque quería guardar lo que me quedaba de gas para hervir agua por si esto duraba más días. La hermana de una de mis vecinas ofreció cargarnos los teléfonos en la planta de su casa. Bueno pero no tan útil porque la telefonía y el internet seguían caídos. A veces salían los mensajes de texto. Esa noche soñé que llegaban los marines, la Cruz Roja, los cascos azules y en la mañana había carpas inmensas a lo largo de las avenidas con agua, comida y duchas.
El martes nos avisaron que en una de las farmacias tenían un punto inalámbrico para ventas. Conseguimos agua potable. Compramos lo que no tenía que cocinarse. Ese día alimenté a los gatos como si fueran mascotas
de Luis XIV en Versailles. Le di toda la comida para
ellos que tenía congelada.
Seguí dibujando flores.
Mi hijo casi pierde el pelo de la desesperación por ausencia tecnológica. Pintó paredes. Sembró plantas. Leyó de un libro. Así como se lee. De un libro, con páginas de papel. Le recordé que una de nuestras series favoritas era Revolution. Aprendió que la carencia de energía se ve bien en una serie de televisión, pero no en la vida real.
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| Callistemon citrinus |
Al sexto día, miércoles, fui Scarlet O´Hara. Mañana será otro día. Busqué un carbón de cuando los tiempos eran mejores y probablemente daría positivo a C14. No me pregunten por qué no se me ocurrió antes. No lo sé. Saqué la parrillera y llevé todo lo susceptible de ser asado para comer. Todo.
A las dos de la tarde no había podido encender el carbón. Intenté de todo. Hojas secas, periódico, aceite vegetal usado, querosén, ramas secas, hojas secas del cepillo (Callistemon citrinus) llenas de terpenos y resinas inflamables, bailes tribales …y no.
Hacia las tres de la tarde, ya no aguanté mas y lloré como una Magdalena encima del carbón, maldije al gobierno, al muerto que arruinó al país, al vivo que lo sigue arruinando, a los ministros de energía eléctrica, a la mierda de vida a la que nos habían sometido, le eché la culpa al destino, a la mala suerte, a las malas decisiones, a los que me dejaron sola. O sea, no me quedó nadie por fuera. Cuando terminé con mi drama, me sequé las lágrimas con las manos tiznadas, soplé los mocos y usé el penúltimo fósforo que quedaba en la caja. No sé si fue el Espíritu Santo, la saturación de sustancias inflamables o qué, pero el carbón encendió.
Cociné toda la carne, la que se veía bien y la que no. Un ajoporro tristón. Medio pimiento. Comimos sin cubiertos, con las manos, sentados en el piso, con una cara de absoluta felicidad. Hasta los gatos estaban allí. El resto de la carne asada la compartimos con los vecinos.
Cuando entregué el último pedazo de carne, a las cuatro y media de la tarde, llegó la luz.
Pero no el agua.
A las dos de la tarde no había podido encender el carbón. Intenté de todo. Hojas secas, periódico, aceite vegetal usado, querosén, ramas secas, hojas secas del cepillo (Callistemon citrinus) llenas de terpenos y resinas inflamables, bailes tribales …y no.
Hacia las tres de la tarde, ya no aguanté mas y lloré como una Magdalena encima del carbón, maldije al gobierno, al muerto que arruinó al país, al vivo que lo sigue arruinando, a los ministros de energía eléctrica, a la mierda de vida a la que nos habían sometido, le eché la culpa al destino, a la mala suerte, a las malas decisiones, a los que me dejaron sola. O sea, no me quedó nadie por fuera. Cuando terminé con mi drama, me sequé las lágrimas con las manos tiznadas, soplé los mocos y usé el penúltimo fósforo que quedaba en la caja. No sé si fue el Espíritu Santo, la saturación de sustancias inflamables o qué, pero el carbón encendió.
Cociné toda la carne, la que se veía bien y la que no. Un ajoporro tristón. Medio pimiento. Comimos sin cubiertos, con las manos, sentados en el piso, con una cara de absoluta felicidad. Hasta los gatos estaban allí. El resto de la carne asada la compartimos con los vecinos.
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| http://www.afinidadelectrica.com/articulo.php?IdArticulo=85 |
Cuando entregué el último pedazo de carne, a las cuatro y media de la tarde, llegó la luz.
Pero no el agua.
Esa noche, en cadena nacional, el jefe del gobierno
explicó la gravedad del ataque del imperio norteamericano (sic) que había desestabilizado la vida
del país. Como colofón de su cadena, nos advirtió que
tuviésemos velas, pilas, agua potable, comida en latas, porque a guisa de pitoniso dijo que los ataques se
iban a repetir. Cuando mamá preguntó que había pasado, le respondimos que los
marcianos habían atacado el Guri con unos rayos lanzados desde una nave
interestelar. No había otra respuesta para justificar el robo sostenido a las
arcas del estado que han impedido el mantenimiento de los servicios públicos
desde hace más de veinte años.
No habló de los muertos por fallar las diálisis o de los que estaban en medio de cirugías y las plantas no funcionaron. Pocos saben de los saqueos en otras ciudades, de las pérdidas millonarias de los comerciantes, de los transportistas, de los ciudadanos de a pie. Supe de algunos amigos que no perdieron nada porque algún conocido tenía planta en su casa y congeladores funcionando. No tuvimos esa suerte. No quise pensar cómo hicieron los ancianos para que alguien les llevara agua o comida en los edificios . Es probable que la solidaridad apareciera en múltiples casos. También supe de gente que se la tomó light y lo disfrutó. Con una madre anciana incapacitada y un hijo a mi cargo no podía darme ese lujo. Si alguien me pregunta qué cosa me hubiera aliviado esos días funestos, le respondería tener más gente a mi lado.
No habló de los muertos por fallar las diálisis o de los que estaban en medio de cirugías y las plantas no funcionaron. Pocos saben de los saqueos en otras ciudades, de las pérdidas millonarias de los comerciantes, de los transportistas, de los ciudadanos de a pie. Supe de algunos amigos que no perdieron nada porque algún conocido tenía planta en su casa y congeladores funcionando. No tuvimos esa suerte. No quise pensar cómo hicieron los ancianos para que alguien les llevara agua o comida en los edificios . Es probable que la solidaridad apareciera en múltiples casos. También supe de gente que se la tomó light y lo disfrutó. Con una madre anciana incapacitada y un hijo a mi cargo no podía darme ese lujo. Si alguien me pregunta qué cosa me hubiera aliviado esos días funestos, le respondería tener más gente a mi lado.
Un apagón de tres días sumergió
de nuevo al país en la oscuridad un mes después. Creo que el gobierno explicó que el imperio había
enviado drones con armas de largo alcance que dispararon sobre el
Guri y sobre el centro de mando o que Gozzilla había destruído líneas de transmisión. Ya no sé. Esta vez no teníamos comida congelada. Esta vez tenía dos bombillos
recargables que adquirí con una tarjeta de Amazon que guardaba como oro para
comprarme unas pinturas acrílicas. Esta vez tenía gasolina en el carro, galones de agua, pastillas
desinfectantes para agua, teléfonos cargados, el tanque de agua lleno, carbón fresco, dos bombonas de gas pagadas en
dólares a un empleado corrupto de la compañía de gas
estatal, comida no perecedera. Un año después estamos en grupos de whatsapp en los que avisan donde hay o no gasolina o luz.
Hay personas que no se acuerdan de lo que hacían cuando vino el apagón. Yo envejecí diez años en seis días. Cuando era pequeña, mamá siempre me contaba que el pelo de María Antonieta se había vuelto blanco una noche antes de ir al cadalso en octubre de 1793. Cierto o no, creo que desarrollé el síndrome de María Antonieta: mis canas se duplicaron durante esa semana. Recuerdo cada hora de cada día. Y no quiero olvidarlo, más cuando los apagones continúan por desidia y corrupción. Y para no olvidarlo decidí registrar esta historia muy personal.
Al gobierno no le importa el interior del país; sólo mantener la imagen de un país próspero abasteciendo de luz a la capital. Nuestra ciudad tiene racionamiento de cuatro horas diarias, generalmente a horas de mediodía o en la noche y bajas de intensidad varias veces al día. Hemos cambiado nuestras horas de preparar la comida, de bañarnos, de ver televisión. Nos hemos vuelto obsesivos con la carga de los bombillos ahorradores, las baterías de los teléfonos y los protectores de voltaje. A veces nos descuidamos y al percibirlo entramos en un bucle de desesperación. Hace poco, a mi madre hospitalizada no le pudieron hacer una tomografía porque el tomógrafo no funcionaba con la planta eléctrica. No pasó a mayores, pero la energía se restableció tres horas después de la emergencia.
Al gobierno no le importa el interior del país; sólo mantener la imagen de un país próspero abasteciendo de luz a la capital. Nuestra ciudad tiene racionamiento de cuatro horas diarias, generalmente a horas de mediodía o en la noche y bajas de intensidad varias veces al día. Hemos cambiado nuestras horas de preparar la comida, de bañarnos, de ver televisión. Nos hemos vuelto obsesivos con la carga de los bombillos ahorradores, las baterías de los teléfonos y los protectores de voltaje. A veces nos descuidamos y al percibirlo entramos en un bucle de desesperación. Hace poco, a mi madre hospitalizada no le pudieron hacer una tomografía porque el tomógrafo no funcionaba con la planta eléctrica. No pasó a mayores, pero la energía se restableció tres horas después de la emergencia.
Como consecuencia del desastre en el sistema
eléctrico nacional, el país se inundó de plantas eléctricas para aquellos que
pueden costearla y mantenerla. Durante el apagón, las plantas de 500$ llegaron a
venderse en 2000$. Quienes la tienen debe hacer un esfuerzo adicional en pagar la corrupción porque escasea la
gasolina y el gas… y además es una tortura el ruido que generan. Durante el
mega apagón detestaba el silencio. Ahora me desespero cuando se va la luz y comienzan
a rugir las plantas eléctricas vecinas durante cuatro horas interminables sin misericordia. A veces siento que no aprendimos nada del apagón. El egoísmo sigue inclinando la balanza en contra de la solidaridad.
Para volverse loco.
Para volverse loco.

Mi colección Sin luz, de tarjetas con flores y huesos de res que pinto cuando no hay luz, va creciendo.
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