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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

viernes, 4 de mayo de 2018

Un cuento de un viaje y unas arepas de plátano maduro





Un viaje en autobús a lo largo de un país en crisis
Primera parte



I.
La cola para pagar en el otrora humilde mercado devenido en elitesco era moderadamente larga. La inevitable discusión de los compradores sobre la crisis económica agobiaba nuevamente a Amelia, a tal punto que se prometía no volver para reincidir cada vez que su vecina le avisaba que había llegado pollo, carne, pasta o arroz. Su sueldo se le evaporaba en tres cositas básicas. Ni pensar en chocolate, aceite de oliva virgen, chorizo, aceitunas o vino. A estas alturas de la crisis ya no le importaría la calidad del vino. El bacalao o los mariscos eran un anhelo lejano, perdido en las brumas de una vida entonces mejor. El jamón lo había sacrificado hacía meses. Y la carne… estaba como en Japón. Impagable.  Sólo que los japoneses comían mucho pescado y Amelia no. El pollo lo veía en los emoticones del whatsapp y en Animal Planet. Y los huevos, bueno, había mucha clase de huevos. Amelia no había probado de ninguna hacía buen rato. Y luego había gente que se creía en un exclusivo club de veganos.

No soportaba a los compradores de esa tienda por muchas razones. La de mayor peso era la sapiencia que exudaban a mares sobre los políticos, el dólar, el mejor país para mudarse, los hijos que habían emigrado y les enviaban remesas maravillosas que cambiaban a un escandaloso valor equivalente a lo me da la gana de pedir mientras medio país se moría de mengua. Le irritaba cómo hablaban de que con cien dólares se compraba comida para un mes en Chile o en las Antípodas cuando ella sabía perfectamente que con esos cien dólares sólo se podía comprar una dieta básica sin pretensiones. Que si querías comprar además de lo usual esas exquisiteces que antes comías y ahora eran placeres prohibidos, el sueldo básico allende los mares o las fronteras no alcanzaba para ello y menos con alquiler de vivienda, pagos de internet, ropa de invierno y remesas. Que ese cuento se lo metieran a otros, aunque tenía que reconocer que esa dieta básica en el exterior era mejor que lo que se estaba consumiendo en el país.

Lo que más le estallaba el alma era el convencimiento colectivo sobre la culpa de la oposición en la interminable crisis. Para ellos, la oposición no iba a detentar el poder hasta que se llevara un baño de pueblo. Pueblo era un término de la narrativa oficial inculcado a los ciudadanos. La voz gubernamental definía pueblo como todos los habitantes del país oficial, del maravilloso país existente sólo en los medios de comunicación gubernamentales, cuyos ingresos no permitían el vivir cómodamente por culpa de una guerra económica desplegada desde una clase empresarial opositora y nefasta, que los hacía dependientes de las dádivas del régimen e incondicionalmente arrodillados ante él.  El resto no era pueblo. Esto es, pueblo no eran los vecinos de cola de Amelia. Pueblo no era la gente que no estaba de acuerdo con el gobierno. Pueblo no eran los compradores que pasaban por la caja de ese mercado. Amelia veía los numeritos que aparecían en pantalla cuando los no-pueblo terminaban de pasar su compra y le entraba esa desagradable sensación en las piernas y un vacío raro en el estómago que le anunciaba el miedo. El miedo de pasar hambre. El miedo de no saber en qué iba a hacer con su vida. El miedo de no saber enfrentar el cambio para sobrevivir, para volver a vivir como antes. De dónde sus compañeros de cola obtenían el dinero, no lo sabía. Remesas en dólares cambiados en el mercado paralelo. Narcos. Enchufados del gobierno. Gerentes de multinacionales con salarios en dólares. Bachaqueros de cuello blanco. Todo confuso. Un mundo que no entendía. Con unas compras millonarias el no-pueblo de ese mercado reclamaba a los políticos de oposición su escaso conocimiento del pueblo pero no saludaban al vigilante del mercado, a las señoras de la limpieza ni le daban las gracias a la cajera y se subían en sus vehículos de vidrios oscuros con el aire acondicionado a millón. Tal vez éstos eran subespecies del pueblo. Para ellos no existían. Para el gobierno sí.

II.
Amelia canceló el pan y el queso con los que prepararía su sándwich para la jornada del día siguiente. Con agua y el pan con queso tendría suficiente para un viaje de casi cinco horas. La verdad no tenía ganas de pagar las cantidades exorbitantes que pedían por bebidas y arepas oliendo a diesel en los restaurantes de la carretera y al llegar a su destino podría comer adecuadamente. 

 Fue a comprar su pasaje al terminal de autobuses.
-Señor, buenas. Por favor, necesito un pasaje para mañana.
-Mami, espera un momento. El que atendía la taquilla comenzó a preguntarle sus datos, incluyendo el número de teléfono.
- ¿Y eso para qué? le preguntó Amelia
-Mami, lo pide el terminal.
Amelia le dio otro número para quedarse pensando que si se tenían un accidente en el camino iban a llamar a nadie a ninguna parte para recoger su cadáver en la morgue de un hospital y su cuerpo quedaría eternamente oliendo a formol en una camilla fría de la escuela de medicina para que unos estudiantes le disecaran el longissimus thoracis o el nervio trigémino, pero es que eso de darle el número a un desconocido con tantas noticias de secuestros y extorsiones y todo lo demás… pero también cayó en cuenta que ahora ella era pueblo y no habría nadie interesado en secuestrarla. En medio de esas disquisiciones enfrente de la taquilla, un joven grande y robusto acompañado de una chica, asomó su cabeza en la ventanilla delante de la de ella y sin una disculpa, le preguntó al empleado,
 -Chico, ¿hay pasaje para mañana?
- Sí, si hay.
Amelia lo mira fijamente y le dice –Joven, yo estoy comprando mi pasaje, ¿puede esperar, por favor? Es mi turno.
Agresivo, el tipo la increpa, – Yo no la estoy molestando, sólo es una pregunta, si está estresada vaya a ponerse sobre una mata de tuna.
Amelia recogió su pasaje. Mientras hacía las maletas en casa le sobrevino la duda de si ese hombre sería su compañero de viaje al día siguiente. 

En la maleta más resistente metió la ropa dentro de una funda de almohada y entre las piernas de los pantalones que iban adentro, envolvió medio kilo de café, un kilo de arroz y tres latas pequeñas de atún que le habían enviado de España. Completó la funda con un ejemplar muy ajado de A case of need de Michael Crichton, un tapa dura de Crímenes imaginarios de Patricia Highsmith y La Quinta Reina de Ford Madox Ford; dobló la funda y la tapizó con otro pantalón y papeles varios. Si la guardia nacional le revisaba la maleta no se lo iba a hacer fácil. La cerró y la forró con una bolsa de plástico negra. En el maletín de mano metió la ropa interior, el champú que le habían enviado de Canadá y una lata de pote gallego, todo envuelto en una bolsa. Le dolería mucho perder el arroz o el café en las manos de un guardia, pero más el champú y mucho más el pote gallego. En la cartera guardó unos billetes sin valor, su documentación y el teléfono. En el pantalón que iba a llevar puesto, los billetes de mayor denominación que no pagaban un cartón de huevos, un poco de papel sanitario y las llaves de casa.
Preparó su sándwich. Añadió unas rodajas de tomate y espolvoreó un poco de orégano. Lo guardó en su cartera. Dejó arreglados los zapatos de goma, la franela más invisible que tenía y se fue a acostar con el convencimiento de que todo iba a salir bien. Que podría viajar como el pueblo en una buseta, en un país donde la gente normal había dejado de usar sus vehículos para viajes largos por no estar en capacidad de enfrentar los costos de su mantenimiento.

Fin de la primera parte

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Cuando los plátanos estén tan maduros que no se puedan freír, se pueden cocinar en agua con sal. Sancochados, se dice. Cuando estén blandos, se trituran con un tenedor, se les echa sal al gusto y se mezclan con harina de maíz marca "Escasa". Se mezcla bien con el agua de la cocción del plátano, un poco de margarina o mantequilla marca "Estratosféricas" y se hacen arepas. Es importante que no se dejen cocinar mucho a fuego alto  porque el plátano maduro tiene mucho azúcar y se queman rápido. Si no se quieren tan dulces se puede añadir yuca cocida, ají dulce o picante o queso blanco rallado...

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 The Saturday Evening Post fue fundada en 1821 y se convirtió paulatinamente en la revista de mayor circulación en Estados Unidos. Publicaba artículos de eventos actuales, editoriales, piezas humorísticas, ilustraciones, una columna de misivas, poesía, tiras cómicas...  Muchas de sus portadas se hicieron populares, como las creadas por Norman Rockwell. Cuentos de Ray Bradbury, Agatha Christie, Edgar Allan Poe, F. Scott Fitzgerald, William Faulkner, entre otros, fueron publicados en formato serial.

Norman Percevel Rockwell (1894-1978) fue un ilustrador, fotógrafo y pintor estadounidense.Durante cincuenta años fue ilustrador en The Saturday Evening Post.

Un viaje en autobús a lo largo de un país en crisis es de mi autoría.



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