Un viaje en autobús a lo largo de un país en crisis
Primera parte
I.
La cola para pagar en el otrora humilde
mercado devenido en elitesco era moderadamente larga. La inevitable discusión de
los compradores sobre la crisis económica agobiaba nuevamente a Amelia, a tal
punto que se prometía no volver para reincidir cada vez que su vecina le
avisaba que había llegado pollo, carne, pasta o arroz. Su sueldo se le
evaporaba en tres cositas básicas. Ni pensar en chocolate, aceite de oliva
virgen, chorizo, aceitunas o vino. A estas alturas de la crisis ya no le
importaría la calidad del vino. El bacalao o los mariscos eran un anhelo
lejano, perdido en las brumas de una vida entonces mejor. El jamón lo había
sacrificado hacía meses. Y la carne… estaba como en Japón. Impagable. Sólo que los japoneses comían mucho pescado y
Amelia no. El pollo lo veía en los emoticones del whatsapp y en Animal Planet. Y
los huevos, bueno, había mucha clase de huevos. Amelia no había probado de ninguna
hacía buen rato. Y luego había gente que se creía en un exclusivo club de
veganos.
No soportaba a los compradores de esa
tienda por muchas razones. La de mayor peso era la sapiencia que exudaban a
mares sobre los políticos, el dólar, el mejor país para mudarse, los hijos que
habían emigrado y les enviaban remesas maravillosas que cambiaban a un
escandaloso valor equivalente a lo me da la gana de pedir mientras medio país
se moría de mengua. Le irritaba cómo hablaban de que con cien dólares se
compraba comida para un mes en Chile o en las Antípodas cuando ella sabía
perfectamente que con esos cien dólares sólo se podía comprar una dieta básica
sin pretensiones. Que si querías comprar además de lo usual esas exquisiteces
que antes comías y ahora eran placeres prohibidos, el sueldo básico allende los
mares o las fronteras no alcanzaba para ello y menos con alquiler de vivienda,
pagos de internet, ropa de invierno y remesas. Que ese cuento se lo metieran a
otros, aunque tenía que reconocer que esa dieta básica en el exterior era mejor
que lo que se estaba consumiendo en el país.
Lo que más le estallaba el alma era el
convencimiento colectivo sobre la culpa de la oposición en la interminable
crisis. Para ellos, la oposición no iba a detentar el poder hasta que se
llevara un baño de pueblo. Pueblo era un término de la narrativa oficial inculcado
a los ciudadanos. La voz gubernamental definía pueblo como todos los habitantes
del país oficial, del maravilloso país existente sólo en los medios de
comunicación gubernamentales, cuyos ingresos no permitían el vivir cómodamente
por culpa de una guerra económica desplegada desde una clase empresarial
opositora y nefasta, que los hacía dependientes de las dádivas del régimen e
incondicionalmente arrodillados ante él.
El resto no era pueblo. Esto es, pueblo no eran los vecinos de cola de
Amelia. Pueblo no era la gente que no estaba de acuerdo con el gobierno. Pueblo
no eran los compradores que pasaban por la caja de ese mercado. Amelia veía los
numeritos que aparecían en pantalla cuando los no-pueblo terminaban de pasar su
compra y le entraba esa desagradable sensación en las piernas y un vacío raro
en el estómago que le anunciaba el miedo. El miedo de pasar hambre. El miedo de
no saber en qué iba a hacer con su vida. El miedo de no saber enfrentar el
cambio para sobrevivir, para volver a vivir como antes. De dónde sus compañeros
de cola obtenían el dinero, no lo sabía. Remesas en dólares cambiados en el
mercado paralelo. Narcos. Enchufados del gobierno. Gerentes de multinacionales
con salarios en dólares. Bachaqueros de cuello blanco. Todo confuso. Un mundo
que no entendía. Con unas compras millonarias el no-pueblo de ese mercado reclamaba
a los políticos de oposición su escaso conocimiento del pueblo pero no saludaban
al vigilante del mercado, a las señoras de la limpieza ni le daban las gracias
a la cajera y se subían en sus vehículos de vidrios oscuros con el aire
acondicionado a millón. Tal vez éstos eran subespecies del pueblo. Para ellos
no existían. Para el gobierno sí.
II.
Amelia canceló el pan y el queso con los que
prepararía su sándwich para la jornada del día siguiente. Con agua y el pan con
queso tendría suficiente para un viaje de casi cinco horas. La verdad no tenía
ganas de pagar las cantidades exorbitantes que pedían por bebidas y arepas
oliendo a diesel en los restaurantes de la carretera y al llegar a su destino
podría comer adecuadamente.
Fue a comprar su pasaje al terminal de
autobuses.
-Señor, buenas. Por favor, necesito un
pasaje para mañana.
-Mami, espera un momento. El que atendía
la taquilla comenzó a preguntarle sus datos, incluyendo el número de teléfono.
- ¿Y eso para qué? le preguntó Amelia
-Mami, lo pide el terminal.
Amelia le dio otro número para quedarse
pensando que si se tenían un accidente en
el camino iban a llamar a nadie a ninguna parte para recoger su cadáver en la
morgue de un hospital y su cuerpo quedaría eternamente oliendo a formol en una
camilla fría de la escuela de medicina para que unos estudiantes le disecaran el
longissimus thoracis o el nervio
trigémino, pero es que eso de darle el número a un desconocido con tantas
noticias de secuestros y extorsiones y todo lo demás… pero también cayó en
cuenta que ahora ella era pueblo y no habría nadie interesado en secuestrarla.
En medio de esas disquisiciones enfrente de la taquilla, un joven grande y robusto
acompañado de una chica, asomó su cabeza en la ventanilla delante de la de ella
y sin una disculpa, le preguntó al empleado,
-Chico, ¿hay pasaje para mañana?
- Sí, si hay.
Amelia lo mira fijamente y le dice
–Joven, yo estoy comprando mi pasaje, ¿puede esperar, por favor? Es mi turno.
Agresivo, el tipo la increpa, – Yo no la
estoy molestando, sólo es una pregunta, si está estresada vaya a ponerse sobre
una mata de tuna.
Amelia recogió su pasaje. Mientras hacía
las maletas en casa le sobrevino la duda de si ese hombre sería su compañero de
viaje al día siguiente.
En la maleta más resistente metió la ropa
dentro de una funda de almohada y entre las piernas de los pantalones que iban
adentro, envolvió medio kilo de café, un kilo de arroz y tres latas pequeñas de
atún que le habían enviado de España. Completó la funda con un ejemplar muy ajado
de A case of need de Michael Crichton,
un tapa dura de Crímenes imaginarios
de Patricia Highsmith y La Quinta Reina
de Ford Madox Ford; dobló la funda y la tapizó con otro pantalón y papeles
varios. Si la guardia nacional le revisaba la maleta no se lo iba a hacer
fácil. La cerró y la forró con una bolsa de plástico negra. En el maletín de
mano metió la ropa interior, el champú que le habían enviado de Canadá y una
lata de pote gallego, todo envuelto en una bolsa. Le dolería mucho perder el
arroz o el café en las manos de un guardia, pero más el champú y mucho más el
pote gallego. En la cartera guardó unos billetes sin valor, su documentación y
el teléfono. En el pantalón que iba a llevar puesto, los billetes de mayor
denominación que no pagaban un cartón de huevos, un poco de papel sanitario y
las llaves de casa.
Preparó su sándwich. Añadió unas rodajas
de tomate y espolvoreó un poco de orégano. Lo guardó en su cartera. Dejó
arreglados los zapatos de goma, la franela más invisible que tenía y se fue a
acostar con el convencimiento de que todo iba a salir bien. Que podría viajar
como el pueblo en una buseta, en un país donde la gente normal había dejado de
usar sus vehículos para viajes largos por no estar en capacidad de enfrentar
los costos de su mantenimiento.
Fin de la primera parte
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Cuando los plátanos estén tan maduros que no se puedan freír, se pueden cocinar en agua con sal. Sancochados, se dice. Cuando estén blandos, se trituran con un tenedor, se les echa sal al gusto y se mezclan con harina de maíz marca "Escasa". Se mezcla bien con el agua de la cocción del plátano, un poco de margarina o mantequilla marca "Estratosféricas" y se hacen arepas. Es importante que no se dejen cocinar mucho a fuego alto porque el plátano maduro tiene mucho azúcar y se queman rápido. Si no se quieren tan dulces se puede añadir yuca cocida, ají dulce o picante o queso blanco rallado...
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The Saturday Evening Post fue fundada en 1821 y se convirtió paulatinamente en la revista de mayor circulación en Estados Unidos. Publicaba artículos de eventos
actuales, editoriales, piezas humorísticas, ilustraciones, una columna
de misivas, poesía, tiras
cómicas... Muchas de sus portadas se hicieron populares, como las creadas por Norman Rockwell. Cuentos de Ray Bradbury, Agatha Christie, Edgar Allan Poe, F. Scott Fitzgerald, William Faulkner, entre otros, fueron publicados en formato serial.
Norman Percevel Rockwell (1894-1978) fue un ilustrador, fotógrafo y pintor estadounidense.Durante cincuenta años fue ilustrador en The Saturday Evening Post.
Un viaje en autobús a lo largo de un país en crisis es de mi autoría.
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