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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

lunes, 25 de julio de 2016

Las paradojas de este blog, el hambre y un puré de batata


Del Diccionario de la Real Academia Española, la forma f., del lat. paradoxa, -ōrum, y este del gr. [τὰ] παράδοξα [tà] parádoxa; propiamente 'lo contrario a la opinión común'.

1. adj. desus. paradójico.
2. f. Hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica.

3. f. Ret. Empleo de expresiones o frases que encierran una aparente contradicción entre sí, como en mira al avaro, en sus riquezas, pobre.


Mujer con libro. J. Gris (1925)

Paradoja 1. Escribir un blog sobre literatura cuando en las librerías venezolanas existe la orfandad de publicaciones y el dinero para comprar las que hay. El país de Bello, Gallegos, Garmendia, Pérez Bonalde, Uslar Pietri, Teresa de la Parra, Cadenas, Pocaterra y muchos otros, tiene las librerías cuasi vacías de libros y de compradores.

Los lectores venezolanos tienen hambre de libros desde hace varios años, pero saben que la oferta de nuevos títulos y clásicos en otras librerías de América Latina –por no hablar de España- es abrumadora. Hace unos años en FNAC Madrid, cuando la necesidad ya existía en Venezuela pero aún era poco reconocida y creíble para el resto del planeta, quedé literalmente paralizada. Mientras un español normal busca un título que le interese en particular porque tiene 70.000 títulos al año, como me espetó un dependiente displicente en La Casa del Libro, un hambriento lector de un país paulatinamente empobrecido carga en sus brazos una columna de ejemplares sólo para darse cuenta al llegar a la caja que es imposible pagarlos, bien porque si gasta esa cantidad no puede comer durante lo que le queda de su estadía, la tarjeta de crédito venezolana es rechazada por el punto de venta o como en la actualidad, la asignación de dólares que tan benevolentemente le aprobó el gobierno en su flamante tarjeta de crédito de la banca pública apenas representa –con fortuna- 60 dólares.

Recuerdo la visita del finado presidente venezolano a La Casa del Libro en la Gran Vía de Madrid en el año 2009. Según narró la prensa española, su visita no era para comprar libros, sino una de tipo sentimental para recordar la que había hecho a esa librería una década atrás. Cuando leí la noticia casi me comí el periódico (una especie también en riesgo de extinción en Venezuela) porque él había tenido la oportunidad de estar en la librería y pasar unos maravillosos cuarenta y cinco minutos seleccionando unos cuatro ejemplares que finalmente había adquirido. Para él como para otros miembros de su comitiva, de manera idéntica a lo que ocurre en el 2016, no existía el control de cambios que mantiene a los venezolanos bloqueados en la actualización cultural y tecnológica desde el año 2003. En ese entonces tuvo mucha publicidad porque el planteamiento de país había enamorado a los europeos y era una celebridad. Una celebridad que también asistió en ese mismo viaje a la Mostra de Venecia junto a Oliver Stone para ver el estreno de su documental South of the Border, una película en la que su director intenta explicar el fenómeno de la influencia del ex presidente en América Latina, financiado con el dinero de Venezuela, claro está. 


La biblioteca. E. Vuillard (1910-1911)

En La ladrona de los libros, Liesel Meminger es una niña de diez años que vive en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Es analfabeta, pero durante el funeral de su hermano recibe un libro que es incapaz de leer. A lo largo de la historia aprende a leer y escribir bajo la tutela de su padre adoptivo. En búsqueda de más libros para leer – también para salvarlos de los nazis- los roba a la dama de buena posición a quien su madre adoptiva le plancha la ropa. Como bien se señala en la historia, el lenguaje, la lectura y la escritura, siguen siendo marcadores sociales de bienestar. En nuestro país, o comes o compras libros. Y si tienes para adquirirlos, la oferta es pírrica. Alguien preguntará, ¿cómo hacen para mantenerse al día en literatura? La respuesta es: los milagros existen. Sólo que no todos los ciudadanos son bendecidos.



Paradoja 2. Escribir sobre recetas de cocina en un país donde hay escasez de alimentos. Hace poco le comenté a una compañera de trabajo sobre la receta de la tortilla de pan con cambur que fue motivo de una de las entradas anteriores de este blog (Un cuento y una tortilla dulce para calmar la desesperanza), dado que las madres de familia ya no saben cómo detener la pérdida de peso de sus hijos debido a las raciones menguadas o ingeniárselas cada día con lo que puede comprarse con un presupuesto exiguo. La tortilla dulce es un buen alimento porque se aprovecha el pan viejo, contiene huevos, leche, margarina y azúcar. Es la salvación cuando se tiene hambre y no hay otra cosa para comer. Me contestó que esa receta era imposible de ejecutar en su casa. Tenía que hacer cola diariamente para comprar pan racionado sólo suficiente para ese día, los huevos eran muy caros para su presupuesto con cuatro hijos y no se conseguía leche, azúcar ni margarina. 
Mi amiga Pilar me dió el link de una revista venezolana que publicó la receta de una torta de chocolate sin harina, azúcar ni mantequilla*. El dulce se lo dan los cambures (bananos) y la harina se sustituye por crema de arroz y maizina. Un eufemismo para ocultar lo que todo el mundo sabe: no hay harina de trigo ni azúcar de venta libre. Coca-Cola promociona la versión light en la televisión con un mensaje de “mantén la dieta”. El kilo de azúcar se consigue con facilidad en el mercado negro: alrededor de 1/5 de un sueldo mínimo. Un saco de 50 kilos de azúcar puede conseguirse a través de contactos ilegales: el sobreprecio de ese saco es de casi nueve veces su valor original. 


La nueva idea del gobierno venezolano es abastecer a la población con una bolsa de alimentos a precios regulados, a fin de controlar las inmensas colas que se forman desde el día anterior en los supermercados y evitar la venta de esos productos en el mercado negro a precios exorbitantes. 

Adquirí una de esas bolsas esta semana a precio solidario incluída la colaboración para quien empaqueta los productos. Una bolsa para una familia de tres personas contiene tres kilos de harina de maíz precocida marca gobierno, un kilo de arroz de la misma marca, un kilo de leche en polvo entera y un kilo de azúcar. Provisión de alimentos para un mes, hasta que vendan la próxima bolsa. Si se hace tortilla de pan, bizcocho o galletas queda poco azúcar para el café del día. Un kilo de leche rinde ocho litros de leche líquida. 250 gramos de arroz son la comida de un día. Un kilo de arroz alcanza para cuatro almuerzos. El mes tiene 30 días. Las expertas en arepas dicen que las hechas con esa harina deben amasarse mucho más y comerse calientes, de lo contrario no hay quien las coma.

Mi madre
odia las acelgas y ama las frituras y los dulces. Pasaron muchos años antes de que pudiera entender la razón y hoy la comprendo más que nunca. Porque durante la Guerra Civil todo estaba racionado y la gente del campo comía lo que sembraba. Las acelgas al vapor eran comida diaria en su casa y los dulces y el aceite brillaban por su ausencia o estaban racionados. La matanza del cerdo era un acontecimiento porque los subproductos daban para comer todo el año. Han pasado décadas desde que terminó la guerra, pero el impacto aún sobrevive en su conducta.

Almuerzo en Lone Locust, W. Uffer (1923)
Ahora, en este mi país otrora abundante, nunca en mi vida había deseado tanto comer cosas que antes podía comprar en el supermercado, por precio o por existencia. Las socorridas manzanas, aceite de oliva, mariscos, chorizos para un cocido o unas lentejas, jamón serrano, una sangría hecha en casa con un buen vino tinto, pimentón español, un arroz con leche caliente y espolvoreado con canela, aceitunas, pasta con una abundante salsa casera de tomate y queso parmesano, un risotto de champiñones, garbanzos, chocolate. Una ensaladilla rusa alguna vez hecha con langostinos ahora es equivalente a comer caviar de ese entonces. Una simple empanada gallega de atún, abundante en cebolla y pimientos fritos, es casi impensable por la escasez de harina de trigo y por los desbocados precios del atún. Nuestro plato tradicional, el pabellón criollo, de carne mechada, arroz, caraotas negras y tajadas de plátano frito acompañado de una arepa con natilla o suero de leche es hoy difícil de encontrar completo en los restaurantes económicos. 


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Keila Alejandra, una venezolana de a pie, cumple años la semana que viene. Como la torta de cumpleaños de un kilo en el interior del país vale 24.000 bolívares, casi mes y medio de un sueldo mínimo, la mamá de Keila Alejandra comienza a buscar familiares perdidos que contribuyan con el pago. 
- ¿Aló? María Auxiliadora?
- Ajá, ¿Quién habla?
- ¿Cómo estás, chica? Es Carmencita, tu prima, la hija de Soledad
- Carmencita, vale, ¡Qué de tiempo! ¿Y eso? ¡No te oía desde el velorio de la tía Carmen hace diez años!
- Bueno, tú sabes, mortificadísima con esta peladera, cansada, y ahora es el cumpleaños de Keilita, diez añitos y vale, que angustia. Ya no quiero que sufra más mi chama y quería hacerle una tortica, pues con unos refresquitos, porque con las cotufas* no se puede, los tequeños* tampoco, nada más para nosotros…
- Así estamos todos …chica y ¿por qué no le haces la tortica en la casa?
- Mi amor, ¿de dónde? Para empezar no tengo harina, ni azúcar, los huevos están carísimos…

Y así continuó la mamá de Alejandra hasta que la prima María Auxiliadora aceptó ayudar con una botella de refresco light. Esa llamada se repitió con las diez primas abandonadas desde el velorio de la tía Carmen y con las madrinas del bautizo, hasta que se completó para la fiestecita. 
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Esta semana oí a una dama comentar que no soportaba comer una arepa más. Si la bolsa de comida contiene tres kilos de harina de maíz y nada de proteína animal, eso da una idea de los estándares de nutrición que se están imponiendo a los venezolanos de menos recursos. La delgadez de muchos ciudadanos contrasta con la gordura de sus gobernantes. En La ciudad de Ember (2009), una película apocalíptica de ciencia-ficción basada en el libro homónimo, el alcalde de la ciudad incrementa a escondidas su ya abultada barriga en un almacén donde acapara alimentos que no obtienen los pobladores. 

La fiesta de Babette (El festín de Babette o en danés Babettes gæstebud), es una película danesa de 1987 basada en una historia corta del mismo nombre de Isak Dinesen. En 1871, durante una tormenta, Babette llega a una aldea en una costa desierta de Dinamarca, huyendo de Francia durante la represión de 1871. Es empleada como criada y cocinera en la casa de dos ancianas solteras hijas de un pastor protestante y cuya frugalidad en los alimentos es justificada porque el placer en el disfrute de los sabores es un pecado. Babette descubre catorce años después que ha ganado la lotería y destina toda esa fortuna en una cena de celebración del centenario del pastor. Aunque no lo manifiestan, los comensales paladean los manjares satisfaciendo el hambre eterna producto de las privaciones. En Los Juegos del Hambre, la abundancia de comida que se les ofrece a los concursantes antes de los juegos contrasta violentamente con el ansia de comida en los distritos vasallos. 
Me temo que cuando esto acabe vamos a llenar las despensas de alimentos hasta reventar.

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Ipomoea batatas, llamada batata, papa dulce, camote o boniato, es una planta cultivada en gran parte del mundo por su raíz comestible. 

Contiene grandes cantidades de almidón, vitaminas, fibra y minerales, y destaca su contenido de potasio. En valor energético supera a la papa (patata) y posee cantidades importantes de provitamina A y de B1, C y E. Cuanto más amarillenta es, más betacaroteno posee. Incluso, la batata fue introducida en África para corregir el déficit de vitamina A en algunas poblaciones. 

En Venezuela, la batata es consumida principalmente en forma de buñuelos, en dulce como el Juan Sabroso, en el oriente del país acompañando el pescado o también como batata frita en lajas. Pero hay además una ventaja económica para consumir batata. Es más barata que la papa (hasta que lean esto y los vendedores le suban el precio debido a su demanda) y el puré de batata es exquisito. 

Para hacer el puré, hay que averiguar antes si alguien tiene nuez moscada, porque ya sabemos lo que pasa aquí y es ingrediente esencial para el sabor de este puré. O sea, hay que llamar a las diez primas perdidas o robarse una nuez del frasco que tiene treinta años en la cocina de la abuela. 

La batata se cocina en su piel hasta ablandar, se pela y se pone en una olla. Con un tenedor, un aplasta papas o pisapuré se hace un puré tal como se haría uno de papas, pero se mezcla con natilla y un poco de leche, y se le espolvorea nuez moscada recién molida, sal y pimienta. Es todo. Debo aclarar que si la batata es roja, como en algunas variedades, al cocinarla queda de un característico color marrón que en puré parece otra cosa. Convenzan a su familia o invitados que una vez probado el puré ya no les importará el color. :)

El diálogo de la mamá de Alejandra es ficticio.

* Cotufas: Palomitas de maiz, canguil
* Tequeños: Masa de harina de trigo en forma de bastón romo rellena de queso blanco y frita.
* Torta de chocolate http://ve.emedemujer.com/saborexpress/recetas/sin-harina-azucar-elabora-esta-torta-chocolate/

Juan Gris (José Victoriano González-Pérez) pintor español (1887-1927), maestro del cubismo.

Jean-Édouard Vuillard, pintor francés (1868-1940), perteneciente al grupo de los nabís, un grupo de artistas franceses de finales del siglo XIX, caracterizados por pintar lo exótico sobre cualquier clase de materiales.

Walter Ufer (1876-1936), pintor alemán criado en Estados Unidos, conocido por sus pinturas de los pueblos indígenas americanos.

jueves, 7 de julio de 2016

La dulce venganza de la guasacaca




EL TIPO DEL SUPERMERCADO

Esta mañana fui al supermercado. No tenía muchas ganas de salir, así que me puse el blue jean para ir al mercado sin cinturón y la franela de salva al planeta que mañana es tarde, la que tiene cuello en V y con la que a veces  se me ve el sostén y el comienzo de los senos al agacharme, por eso me pongo uno que sea decente de forma y de color por si alguien quiere mirar, que le sea agradable a la vista. Cuando bajé del carro me aseguré de arreglar bien la franela por detrás porque cuando no uso cinturón se me desliza el pantalón hacia abajo gracias al robusto trasero que la conjugación de gametos me dio y me acordé que me había puesto la pantaleta Britney Jones-cuello tortuga, de las que llegan a la cintura y abarcan también todo el perímetro de las nalgas. Es que cuando no tienes ánimos es un fastidio esas pantaletas que se meten hasta el infinito. Le di al botoncito de la alarma del carro y nada, no funcionó, y le volví a dar hasta una octava vez cuando bajaron los seguros. Con el carácter un poco más agriado de cuando me levanté, vi que en el carro de al lado había una espectacular rubia que se estaba pintando los labios de un rojo subido mirándose en el retrovisor y que al abrir la puerta de su carro ésta rozó con la del mío. No exagero cuando le vi las piernas de tres metros de largo que salían de un minúsculo pantalón que apenas tapaba unas magníficas posaderas tipo torontos*, tal eran de compactas y redondas. Lo completaba con un hermosísimo top sin tirantes de color blanco que realzaba el bronceado obtenido en una – creo yo- playa nudista porque no se le veía ni una sola marca en los hombros. También cuando le vi las piernas me acordé que las mías no pasarían el examen del depilado. Y es que soy una fiel creyente en que el vello sólo sirve para los pechos y las piernas masculinas. Las mujeres deberíamos someternos a un knockout del gen que codifica para la proteína del vello, si es que éste no afectara también la cabellera. Tan sólo imaginar que tienes un accidente y te tienen que cortar el pantalón y salen aquellos vellos por doquier, pues es un papelón. O que vas al dermatólogo a verte un lunar que te salió en la cara y te manda a sacar toda la ropa para mirarte toda la piel con una lupa y tienes dos semanas sin depilarte. Un horror. 

Nada, no era mi día. Había dormido mal, no tenía trabajo, la inflación se estaba comiendo mis ahorros y me había dado cuenta después de ver a la rubia en una de total, absoluta y completa cochina envidia que no había podido pagarme mi usual tratamiento de cabello, tinte incluido, porque le había dado el valor de la peluquería de dos meses al muchacho de 20 años que iba a arreglar el jardín una vez al mes. Y esta mañana, los miembros de mi grupo masculino de whatsapp se esmeraron en subir fotos de senos, traseros y mujeres hermosas para cumplir sus fantasías más alocadas sin apreciar que del otro lado de la pantalla estaba yo y tal vez sus mujeres que de cuando en vez les auscultan el teléfono.

Mafalda, Quino (sin fecha).
 En vista de que las horas siguientes no pintaban mucho mejor, si seguía acordándome de la depilación, el pelo y las mujeres perfectas, me aprovisioné de antidepresivos de venta libre. Metí en el carrito de la compra dos bolsas grandes de hojuelas de maíz azucaradas, cuatro barras de chocolates de leche de las grandes, dos de taza, dos bolsas de bombones rellenos con pasas, otra con avellanas, galletas rellenas de una asquerosa crema de falsa vainilla y un pote de helado con tres tipos de chocolate. Pasé por las verduras y escogí mango verde, ají dulce, cebollas y mucho cilantro, mucho, para hacer una guasacaca y regalarla con un enorme lazo rojo a mis queridos amigos de whatsapp que odian el cilantro a muerte. Compré dos barras de un hermoso pan campesino lleno de miga, recién salido del horno, para meterle el chocolate, calentarlo y dejar que el chocolate derretido me cayera por las comisuras de los labios, en una actitud de total guarrería. Y luego, me fui a las neveras de los lácteos en busca de un yogurt de fresa supuestamente alemán, con trescientos por ciento de grasa y todo el azúcar del mundo. Como dijo Scarlett O´Hara en la última línea de Lo que el viento se llevó, mañana será otro día, para apagar las voces de mi conciencia que reclamaban la pérdida de mi figura otrora de sílfide.

Cuando tuve que buscar los lentes para encontrar el yogurt, cada vez más irascible porque gracias a la presbicia no lograba ver el made in Germany ni la palabra Joghurt por ningún lado, una mano rozó con la mía. La de un tipo. Casi a punto de insulto, giré para espetarle un epíteto, como el de verderón, por ejemplo. Pero no pude. Quedé muda. La ira fue sustituida por la admiración y lo único que se me pasó por la cabeza fue una palabra perfecta para la ocasión, quedé astonished. Astonished por el hombre más sensacionalmente sexi que había visto en mi vida. Un individuo de dos metros, con un cuerpazo de Chris Hemsworth. No, era Chris Hemsworth,  ¿qué hacía Chris Hemsworth poniendo potes de leche en una nevera de supermercado? ¿Un anuncio publicitario? ¿Cámaras escondidas? Lo miré de arriba abajo, las piernas, los pectorales, las hebras de cabello rubio cayendo por delante de sus ojos azul intenso y no pude ver el centro de su equilibrio, denominado por algunos la entrepierna, porque lo tenía tapado con el delantal. Y yo allí, sin depilar, sin teñir, con la franela más burda que podía haberme puesto, con el abdomen rodeado de una llanta Pirelli que no desaparecía con todo el ejercicio del mundo ni con una dieta de hambre, mirando semejante espectáculo con ojos de presbicia y sin poder quitar la cara de arrobamiento que me dominaba. El Chris ni pidió perdón por haberme rozado la mano y siguió tarareando una canción que sonaba a un terrible hip-hop desafinado que en mi enajenación no estropeaba nada la escultural imagen en la que estaba constituido. Cuando finalmente se dio cuenta que yo lo estaba mirando y fijó sus ojos azules infinitos en los míos, la leche y los jugos desaparecieron para dar paso a una desbocada y unilateral catarata de atracción que duró fentosegundos hasta que un brazo bronceado y escultural que terminaba en un top blanco sin mangas, se atravesó entre él y yo, para terminar de desgraciar mi día.

De repente, la catarata volvió a ser un lago pacífico en un verano sin brisa dentro de unos envases UHT. La leche descremada y el Joghurt alemán aparecieron milagrosamente antes mis ojos sin lentes, cuando vi que el brazo bronceado pertenecía al segundo tipo más espectacular que había visto en mi vida y el que cogía ansioso la mano que creía había sido mía unos minutos antes. Regresé a los pasillos andados. Devolví los antidepresivos y las verduras que había escogido para la venganza contra mi grupo de whatsapp. Cuando llegué a casa y vi sus nuevos envíos de formas corporales femeninas de ensoñación, no hice más que reír. El tipo del supermercado me había alegrado el día. 

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La guasacaca es una salsa autóctona de Venezuela, compuesta por aguacate, cebolla, ajo, perejil, pimiento verde, cilantro, vinagre, aceite, sal y pimienta. No falta en las parrilladas, sean caseras o en un restaurant. La guasacaca provee el contraste de sabores con la carne o la yuca, que tiende a ser un poco desabrida. Como el aguacate está carísimo en Venezuela y el mango es un regalo de los dioses porque los árboles pululan por doquier, la guasacaca de mango verde se constituye en un elemento sustitutivo y de riquísimo sabor en estas épocas de escasez. Se colocan troceados dos o tres mangos verdes y grandes en la licuadora, una cebolla mediana, tres o cuatro ajies dulces de los grandes, mucho cilantro, sal, pimienta, un chorro de aceite, de vinagre o de limón. Se licúa un buen rato, se mete a la nevera media hora y listo. Se le puede echar a todo lo que se les ocurra. Por cierto, la receta me la dió el jardinero :).


El tipo del supermercado es de mi autoría.


Torontos: Bombones venezolanos hechos de chocolate y con centro de avellana. El ex- presidente venezolano Luis Herrera Campins, siempre los llevaba en el bolsillo. Son adictivos. 
Para saber más de los torontos, https://www.savoy.com.ve