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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

miércoles, 25 de mayo de 2016

Un cuento y una tortilla dulce de pan para calmar la desesperanza

Arial 72

Amantes sentados al pie de un sauce. 
C. Pisarro (1901)
Cuando Matilde adulta se enamoró, no fue esa cosa violenta en la que ves al tipo y caes en sus brazos inmediatamente. No, fue de una forma paulatina, de esa en la que ves al tipo y te hace un cosquilleo allí en alguna parte, pero no más por el momento. Te gusta el pelo, la cara, la sonrisa y si además está bien vestido, afeitado o con barba cuidada y huele bien, pues mejor, pero hasta ahí.  Todo eso le vio Matilde a Joaquín la primera vez y eso que estaba cansada por pedalear los diez kilómetros que había entre los pueblos de ambos un día de paseo y no tenía costumbre de tratar a los hombres. No era aquello de ponerse a sonreírle así no más con las amigas alrededor, pero sí que se le dibujó una sonrisa cristalina cuando él les brindó los refrescos. Desde esa ocasión hasta la próxima pasaron dos años cuando se tropezaron en un autobús de la intercomunal. En cuanto lo vio Matilde supo que algo se le había revuelto allá adentro y eso que sus convencionalismos eran tan arraigados en su ser como el respirar. Casi nacieron con ella, dicho claramente. Él le invitó un café alrededor del cual fue un buen oyente para las confidencias de una Matilde inocente y de poco roce y luego a una reunión de familia unos días después, a dónde ella asistió inventando una excusa a su madre. Esa noche hubo más química: la mano en la cintura de ella, el aliento de él en el cuello, la respiración de ambos, agitada pero extraña al baile pausado, las piernas de él atreviéndose un poco entre las tímidas de ella, las caderas masculinas cada vez más ciertas y cerca hasta que sintió sorprendida un tal vez teléfono en el bolsillo,  la invitación ansiosa en voz profunda a un verte el próximo fin de semana. El fin de semana se transformó en varios días seguidos y diez kilómetros ida por vuelta de él y alguna vez de ella en autobús, en bicicleta, en cola, como fuera. Matilde adulta no tenía carro y Joaquín, a veces. El amor le entró despacio a Matilde, como había sido todo en su vida, sin prisas. Pero una vez que lo sintió se le inoculó peligrosamente en su vida pacífica llena de sueños para hacerla despertar por un brevísimo tiempo.



Matilde niña/adolescente no había conocido hombre en casa, ni padre, ni hermano. Era un hogar de dos mujeres. Había ido desde muy pequeña a un colegio de monjas donde alternar con un hombre era casi un pecado, asi fuera un infante de deseos aún no desarrollados. Sentada sola en el banquito de piedra del patio veía cómo sus amigas se escapan en horas del recreo para hablar con los muchachos que se asomaban a la reja y le pasaban a escondidas cigarrillos encendidos que aspiraban apuradas antes de que sonara el timbre y que luego disfrazaban con caramelos de menta y un agua de azahar que llevaban en las mochilas por precaución. Matilde no había ido ni siquiera a una fiesta mixta porque su madre siempre le decía que habría tiempo para eso y veía con envidia cómo comentaban el lunes lo buena que había estado la del sábado y quién había besado a quién. Matilde entrando en la vida adulta no pasó de hablar con sus anteriores compañeras de colegio o las amigas de su madre que iban a hacerse los vestidos. Se limitaba a estar cosiendo todo el día en casa para mantenerse ambas o pagando facturas donde sólo había hombres jubilados y anodinos en bermudas. - Ya verás, habrá tiempo para ello, otra vez su madre cuando se atrevía a compartir que no hacía vida social.

Matilde pasaba los fines de semana viendo en la televisión las películas románticas con actrices rubias deslumbrantes y galanes arrebatadores de músculos marcados. Lo mejor de todo era cuando venía la noche porque al acostarse creaba sus sueños, en los que ella era protagonista del romance y su pareja la llevaba a pasear en un descapotable carísimo por un pueblo italiano desde cuya colina se veía el mar azul intenso. Y después le hacía el amor hasta morir entre unas cortinas de lino finísimo ondeando al viento templado en una habitación de su villa capresa. Así pasaron sus cuarenta años. Sí, cuarenta. Cuarenta años en los que percibió apenas cómo su piel se secaba y sus protuberancias cedían sin cortapisas a la gravedad.

La pareja. Óleo de P. Picasso (1895-1899)
Cuando Matilde adulta decidió que se iba a acostar con Joaquín no se planteó duda alguna porque se imaginó esa primera vez como la de sus sueños. Ya tenían tres meses de sólo besos escondidos bajo la excusa de comprar una baguette o unas frutas para desaparecer de casa sin tanta pregunta. Muy al principio, unos besos tímidos que luego crecieron en una intensidad que los dejaba agotados porque no llegaban a ninguna parte. A ninguna. Y eso que las manos de Joaquín ya no tenían control, eran como apéndices independientes del cerebro que se movían ansiosas y buscaban sin encontrar, como tentáculos cargados de ventosas que se adherían a cualquier parte dejando un desastre de ropas revueltas, cabellos desordenados, botones y ojales sin concierto. Matilde se rebelaba mientras y también después sin comprender qué no le gustaba de esa relación, sola en su baño, viendo el encaje que tanto apreciaba de sus blusas arrugado y sobado por las manos grandes y desbocadas de Joaquín.

Pareja caminando entre columnas de árboles. V. Van Gogh (1890)
A pesar de su decisión, no encontraba ningún momento adecuado para su gran paso: siempre había una luz que se encendía de repente, un ruido molesto y repetitivo, la conversación de alguien alrededor, una puerta que se abría y cerraba, el perro que ladraba, la pelea de dos gatos machos por una hembra. Los sitios más privados en ambos pueblos eran hoteles muy pequeños o posadas de la tía o de la cuñada o de la hermana de la amiga de alguno de los dos y ni pensar en dejar que todo el mundo se enterara que habían ido a hacer el amor. Era como si lo anunciaran en el periódico, Una vecina perdió su inocencia a los cuarenta años, en primera plana y en letra Arial 72. Salir del pueblo ni se consideraba porque no podía dejar a su madre sin excusa creíble. Una noche en mitad del monte, ya con los pantalones abajo, Joaquín repugnó a la pequeña víbora que se deslizó por sus nalgas atraída por el calor y los sudores sin más consecuencia que un susto y una apurada recogida de ropas. Pero algo no iba bien. Todo le salía torcido. Matilde notaba que su amor no era de ese tipo romántico que había esperado tantos años, sino un agobio de hormonas y apuros y jadeos y tocamientos y desesperos que no incluían una mano por la cabeza o la cogida de una mano sólo para acariciarla suavemente. Nunca existieron un simple roce de labios o una mirada de horas de ojos con ojos. Y cada ocasión en la que se reunían, no era para comer tranquilamente un helado o hablar del futuro, sólo servía para aumentar el malhumor de Joaquín y su insistencia.

El amor. G. Klimt (1895)
No mucho después, Joaquín ya no respetaba ni los espacios públicos. Cualquier árbol, cualquier pared, servía para reclamar mientras Matilde luchaba por imaginar la villa italiana y el descapotable hasta que abría los ojos y se le cortaban las ganas cuando veía a la familia de cinco hijos comiendo pollo frito sobre el mantel de cuadros en la grama a escasos pasos de ellos, o el ruido del jardinero cortando la maleza que tapizaba la pared. Cuando le dijo a Joaquín que sí, que ya, que no dudaba más, que iba finalmente a concluir con lo empezado y estaban a punto de ejecutarlo en el banco de la plaza a medianoche cuando sólo los grillos alteraban el silencio, un policía los alumbró con la linterna al mismo tiempo que les reconvenía para que se fuesen a un sitio más privado. Matilde quedó con un dolor de vientre desconocido que la sorprendió amargamente. La noche siguiente, en el carro de-a-veces de Joaquín en un terreno abandonado, pensó que su cuerpo iba a abandonar la adolescencia porque ya no había más ropa que sacar y ya no se conocía a si misma, cuando una luz los iluminó intensamente. - Su documentación, por favor, le señaló el mismo agente de la noche anterior. Matilde encima de Joaquín rebuscó en su bolso, mientras él, incómodo, no podía moverse para extraerla del bolsillo trasero del pantalón desplazado. La luz inmisericorde indagando las características de los cuerpos descubiertos le hizo cerrar los ojos, mientras el oficial se reía entre dientes esperando la documentación que no se encontraba, avergonzada ella por verse explorada y él por la imposibilidad de sacarla delicadamente de encima. Aunque el silencio pudo cortarse con las palabras, éstas no salieron de ninguno de los dos. Cuando Joaquín estacionó para dejar a Matilde a cien metros de su casa ni siquiera le dijo buenas noches.
Quince días después Matilde aún no sabía de Joaquín.  Un mes después, Matilde tomó el autobús y fue a buscarlo. Ya no usó excusas. Joaquín se le había metido en el alma. Ya no había galán italiano que la hiciera dormir ilusionada. Ya no dormía. Que la publicidad se fuera al cuerno.


Matilde adulta volvió a su pueblo después de ver a Joaquín con una de sus amigas a la que llevaba del brazo y le brindaba una sonrisa cómplice. Volvió a su rutina de todos los días y noches después que ese día vio a ambos en la puerta del hotel de la tía o de la cuñada o de la hermana de su amiga y la saludaron con un insípido qué tal, mientras avanzaban hacia su interior sin temor a la Arial 72.

***
Mujer cosiendo. Carbón de A. Guillaumin  (1890)
Toda la noche he dormido contigo
Junto al mar, en la isla.
Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño
Entre el fuego y el agua.

Tal vez muy tarde
Nuestros sueños se unieron
En lo alto o en el fondo,
Arriba como ramas que un mismo viento mueve,
Abajo como rojas raíces que se tocan. […]

La noche en la isla
Pablo Neruda 

Para calmar la desesperanza, no hay nada mejor que una tortilla de pan calientita, recién salida de la sartén. En estos días, inventé una con cambur. Tomé una receta tradicional de mi madre pero la modifiqué un poco. Aproveché pan viejo y un cambur muy maduro que es un pecado desperdiciar. La cantidad de pan depende de lo que haya en existencia. Lo importante es que al mezclar con leche quede una pasta no muy líquida pero tampoco muy seca, por lo que hay que tener paciencia y esperar que el pan absorba la leche. Un consejo: si se calienta un poco la leche con un palito de canela y unas ralladuras de limón, mejor. A esa pasta se le añade el cambur machacado, media cucharada (de las grandes) de mantequilla o margarina, azúcar al gusto (si se usa pan dulce se pone menos azúcar), huevos batidos levemente (unos tres, pero dependiendo de la cantidad de pan) y luego todo lo que se quiera para adornar esa pasta. Pasas, frutas confitadas, frutos secos, canela, un chorrito de ron o ninguna de ellas si se desea simple. Todo se mezcla muy bien.  Se calienta la sartén de teflón con margarina (¡tanto el teflón y la margarina son importantísimos para que no se adhiera la tortilla!), se sirve la pasta de pan+azúcar+mantequilla+huevos en ella y a fuego muy bajo se cocina unos treinta minutos hasta que la tortilla se desplace al mover la sartén con un rápido movimiento de muñeca. Se le da la vuelta con una tapa y se sirve nuevamente en la sartén para cocinar el otro lado pero por un poco menos de tiempo. Cuando ambos lados estén listos (y se nota porque la cubierta de la tortilla ha adquirido un color marrón oscuro sin quemar), se traslada a una fuente y se espolvorea azúcar o canela si se quiere. Créanme: si se come caliente es más rica. Sabe a hogar.

***
Arial 72 es de mi autoría.

El amor es de Gustav Klimt (1862-1918), un pintor austríaco representante del modernismo vienés. Más que una simple pintura de un par de amantes, Klimt amplió el contexto de esta obra para incluir una mayor visión del mundo. Las dos figuras centrales, como actores en una escena, son observadas por cabezas femeninas que personifican la juventud, la vejez y la muerte, representando la inexorable transitoriedad de la vida y el amor. En esta pintura, Klimt incorpora por primera vez  en sus obras el marco que ocupa casi la mitad de la figura, creando una pintura dentro de otra.

Pablo Picasso fue un pintor y escultor español (1881-1973), de impresionante trayectoria artística en el siglo XX.
Vincent Van Gogh (1853-1890) fue un  pintor neerlandés, uno de los principales exponentes del post-impresionismo.
Armand Guillaumin (1841-1927), pintor francés de estilo impresionista, caracterizado por el uso de colores fuertes y la búsqueda de la luz en sus pinturas.
Pablo Neruda (1904-1973) fue un poeta chileno, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971. 


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