Arial 72
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| Amantes sentados al pie de un sauce. C. Pisarro (1901) |
Cuando
Matilde adulta se enamoró, no fue esa cosa violenta en la que ves al tipo y
caes en sus brazos inmediatamente. No, fue de una forma paulatina, de esa en la
que ves al tipo y te hace un cosquilleo allí en alguna parte, pero no más por
el momento. Te gusta el pelo, la cara, la sonrisa y si además está bien vestido,
afeitado o con barba cuidada y huele bien, pues mejor, pero hasta ahí. Todo eso le vio Matilde a Joaquín la primera
vez y eso que estaba cansada por pedalear los diez kilómetros que había entre
los pueblos de ambos un día de paseo y no tenía costumbre de tratar a los
hombres. No era aquello de ponerse a sonreírle así no más con las amigas
alrededor, pero sí que se le dibujó una sonrisa cristalina cuando él les brindó
los refrescos. Desde esa ocasión hasta la próxima pasaron dos años cuando se tropezaron
en un autobús de la intercomunal. En cuanto lo vio Matilde supo que algo se le había
revuelto allá adentro y eso que sus convencionalismos eran tan arraigados en su ser como el respirar. Casi nacieron con ella, dicho claramente. Él le invitó un café alrededor del cual fue un buen oyente
para las confidencias de una Matilde inocente y de poco roce y luego a una reunión de familia
unos días después, a dónde ella asistió inventando una excusa a su madre. Esa
noche hubo más química: la mano en la cintura de ella, el aliento de él en el
cuello, la respiración de ambos, agitada pero extraña al baile pausado, las
piernas de él atreviéndose un poco entre las tímidas de ella, las caderas masculinas
cada vez más ciertas y cerca hasta que sintió sorprendida un tal vez teléfono en
el bolsillo, la invitación ansiosa en
voz profunda a un verte el próximo fin de semana. El fin de semana se
transformó en varios días seguidos y diez kilómetros ida por vuelta de él y
alguna vez de ella en autobús, en bicicleta, en cola, como fuera. Matilde
adulta no tenía carro y Joaquín, a veces. El amor le entró despacio a Matilde,
como había sido todo en su vida, sin prisas. Pero una vez que lo sintió se le
inoculó peligrosamente en su vida pacífica llena de sueños para hacerla
despertar por un brevísimo tiempo.
Matilde niña/adolescente no había conocido hombre en casa, ni padre, ni hermano. Era un hogar de dos mujeres. Había ido desde muy pequeña a un colegio de monjas donde alternar con un hombre era casi un pecado, asi fuera un infante de deseos aún no desarrollados. Sentada sola en el banquito de piedra del patio veía cómo sus amigas se escapan en horas del recreo para hablar con los muchachos que se asomaban a la reja y le pasaban a escondidas cigarrillos encendidos que aspiraban apuradas antes de que sonara el timbre y que luego disfrazaban con caramelos de menta y un agua de azahar que llevaban en las mochilas por precaución. Matilde no había ido ni siquiera a una fiesta mixta porque su madre siempre le decía que habría tiempo para eso y veía con envidia cómo comentaban el lunes lo buena que había estado la del sábado y quién había besado a quién. Matilde entrando en la vida adulta no pasó de hablar con sus anteriores compañeras de colegio o las amigas de su madre que iban a hacerse los vestidos. Se limitaba a estar cosiendo todo el día en casa para mantenerse ambas o pagando facturas donde sólo había hombres jubilados y anodinos en bermudas. - Ya verás, habrá tiempo para ello, otra vez su madre cuando se atrevía a compartir que no hacía vida social.
Matilde
pasaba los fines de semana viendo en la televisión las películas románticas con
actrices rubias deslumbrantes y galanes arrebatadores de músculos marcados. Lo mejor de todo era
cuando venía la noche porque al acostarse creaba sus sueños, en los que ella era
protagonista del romance y su pareja la llevaba a pasear en un descapotable carísimo por un pueblo italiano desde cuya colina se veía el mar azul intenso. Y después le hacía el amor hasta morir entre unas cortinas de lino finísimo ondeando al viento templado en una
habitación de su villa capresa. Así pasaron sus cuarenta
años. Sí, cuarenta. Cuarenta años en los que percibió apenas cómo su piel se secaba y sus
protuberancias cedían sin cortapisas a la gravedad.
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| La pareja. Óleo de P. Picasso (1895-1899) |
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| Pareja caminando entre columnas de árboles. V. Van Gogh (1890) |
A
pesar de su decisión, no encontraba ningún momento adecuado para su gran paso: siempre había una luz que se encendía de repente, un ruido molesto y repetitivo, la
conversación de alguien alrededor, una puerta que se abría y cerraba, el perro que ladraba, la pelea de dos gatos machos por una hembra. Los
sitios más privados en ambos pueblos eran hoteles muy pequeños o posadas de la tía o de la cuñada o de la
hermana de la amiga de alguno de los dos y ni pensar en dejar que todo el mundo
se enterara que habían ido a hacer el amor. Era como si lo anunciaran en el
periódico, Una vecina perdió su inocencia
a los cuarenta años, en primera plana y en letra Arial 72. Salir del pueblo ni se consideraba porque no podía dejar a su madre sin excusa creíble. Una noche en
mitad del monte, ya con los pantalones abajo, Joaquín repugnó a la pequeña
víbora que se deslizó por sus nalgas atraída por el calor y los sudores sin más
consecuencia que un susto y una apurada recogida de ropas. Pero algo no iba
bien. Todo le salía torcido. Matilde notaba que su amor no era de ese tipo romántico que había
esperado tantos años, sino un agobio de hormonas y apuros y jadeos y
tocamientos y desesperos que no incluían una mano por la cabeza o la cogida de
una mano sólo para acariciarla suavemente. Nunca existieron un simple roce de labios
o una mirada de horas de ojos con ojos. Y cada ocasión en la que se reunían, no
era para comer tranquilamente un helado o hablar del futuro, sólo servía para
aumentar el malhumor de Joaquín y su insistencia.
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| El amor. G. Klimt (1895) |
No
mucho después, Joaquín ya no respetaba ni los espacios públicos. Cualquier
árbol, cualquier pared, servía para reclamar mientras Matilde luchaba por
imaginar la villa italiana y el descapotable hasta que abría los ojos y se le
cortaban las ganas cuando veía a la familia de cinco hijos comiendo pollo frito
sobre el mantel de cuadros en la grama a escasos pasos de ellos, o el ruido del
jardinero cortando la maleza que tapizaba la pared. Cuando le dijo a Joaquín
que sí, que ya, que no dudaba más, que iba finalmente a concluir con lo
empezado y estaban a punto de ejecutarlo en el banco de la plaza a medianoche
cuando sólo los grillos alteraban el silencio, un policía los alumbró con la
linterna al mismo tiempo que les reconvenía para que se fuesen a un sitio más
privado. Matilde quedó con un dolor de vientre desconocido que la sorprendió
amargamente. La noche siguiente, en el carro de-a-veces de Joaquín en un terreno abandonado, pensó
que su cuerpo iba a abandonar la adolescencia porque ya no había más ropa que
sacar y ya no se conocía a si misma, cuando una luz los iluminó intensamente. - Su documentación, por favor, le señaló el mismo agente de la noche anterior. Matilde encima de
Joaquín rebuscó en su bolso, mientras él, incómodo, no podía moverse para extraerla
del bolsillo trasero del pantalón desplazado. La luz inmisericorde indagando las
características de los cuerpos descubiertos le hizo cerrar los ojos, mientras
el oficial se reía entre dientes esperando la documentación que no se
encontraba, avergonzada ella por verse explorada y él por la imposibilidad de
sacarla delicadamente de encima. Aunque el silencio pudo cortarse con las palabras, éstas no
salieron de ninguno de los dos. Cuando Joaquín estacionó para dejar a Matilde a cien metros de su casa ni siquiera le dijo buenas
noches.
Quince
días después Matilde aún no sabía de Joaquín.
Un mes después, Matilde tomó el autobús y fue a buscarlo. Ya no usó excusas. Joaquín se le había metido en el alma. Ya no había galán
italiano que la hiciera dormir ilusionada. Ya no dormía. Que la publicidad se fuera al cuerno.
Matilde adulta volvió a su pueblo después
de ver a Joaquín con una de sus amigas a la que llevaba del brazo y le brindaba
una sonrisa cómplice. Volvió a su rutina de todos los días y noches después que
ese día vio a ambos en la puerta del hotel de la tía o de la cuñada o de la
hermana de su amiga y la saludaron con un insípido qué tal, mientras avanzaban hacia su interior sin temor a la Arial
72.
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| Mujer cosiendo. Carbón de A. Guillaumin (1890) |
Toda la noche he dormido contigo
Junto al mar, en la isla.
Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño
Entre el fuego y el agua.
Tal vez muy tarde
Nuestros sueños se unieron
En lo alto o en el fondo,
Arriba como ramas que un mismo viento mueve,
Abajo como rojas raíces que se tocan. […]
La noche en la isla,
Pablo Neruda
Para calmar la
desesperanza, no hay nada mejor que una tortilla de pan calientita, recién
salida de la sartén. En estos días, inventé una con cambur. Tomé una receta
tradicional de mi madre pero la modifiqué un poco. Aproveché pan viejo y un
cambur muy maduro que es un pecado desperdiciar. La cantidad de pan depende de
lo que haya en existencia. Lo importante es que al mezclar con leche quede una
pasta no muy líquida pero tampoco muy seca, por lo que hay que tener paciencia
y esperar que el pan absorba la leche. Un consejo: si se calienta un poco la
leche con un palito de canela y unas ralladuras de limón, mejor. A esa pasta se
le añade el cambur machacado, media cucharada (de las grandes) de mantequilla o
margarina, azúcar al gusto (si se usa pan dulce se pone menos azúcar), huevos
batidos levemente (unos tres, pero dependiendo de la cantidad de pan) y luego
todo lo que se quiera para adornar esa pasta. Pasas, frutas confitadas, frutos
secos, canela, un chorrito de ron o ninguna de ellas si se desea simple. Todo
se mezcla muy bien. Se calienta la
sartén de teflón con margarina (¡tanto el teflón y la margarina son
importantísimos para que no se adhiera la tortilla!), se sirve la pasta de
pan+azúcar+mantequilla+huevos en ella y a fuego muy bajo se cocina unos treinta
minutos hasta que la tortilla se desplace al mover la sartén con un rápido
movimiento de muñeca. Se le da la vuelta con una tapa y se sirve nuevamente en
la sartén para cocinar el otro lado pero por un poco menos de tiempo. Cuando
ambos lados estén listos (y se nota porque la cubierta de la tortilla ha
adquirido un color marrón oscuro sin quemar), se traslada a una fuente y se
espolvorea azúcar o canela si se quiere. Créanme: si se come caliente es más
rica. Sabe a hogar.
***
Arial 72 es de mi autoría.
El amor es de Gustav Klimt (1862-1918), un pintor austríaco representante del modernismo vienés. Más que una simple pintura de un par de amantes, Klimt amplió el contexto de esta obra para incluir una mayor visión del mundo. Las dos figuras centrales, como actores en una escena, son observadas por cabezas femeninas que personifican la juventud, la vejez y la muerte, representando la inexorable transitoriedad de la vida y el amor. En esta pintura, Klimt incorpora por primera vez en sus obras el marco que ocupa casi la mitad de la figura, creando una pintura dentro de otra.
El amor es de Gustav Klimt (1862-1918), un pintor austríaco representante del modernismo vienés. Más que una simple pintura de un par de amantes, Klimt amplió el contexto de esta obra para incluir una mayor visión del mundo. Las dos figuras centrales, como actores en una escena, son observadas por cabezas femeninas que personifican la juventud, la vejez y la muerte, representando la inexorable transitoriedad de la vida y el amor. En esta pintura, Klimt incorpora por primera vez en sus obras el marco que ocupa casi la mitad de la figura, creando una pintura dentro de otra.
Vincent Van Gogh (1853-1890) fue un pintor neerlandés, uno de los principales exponentes del post-impresionismo.
Armand Guillaumin (1841-1927), pintor francés de estilo impresionista, caracterizado por el uso de colores fuertes y la búsqueda de la luz en sus pinturas.
Pablo Neruda (1904-1973) fue un poeta chileno, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971.





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