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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

jueves, 7 de julio de 2016

La dulce venganza de la guasacaca




EL TIPO DEL SUPERMERCADO

Esta mañana fui al supermercado. No tenía muchas ganas de salir, así que me puse el blue jean para ir al mercado sin cinturón y la franela de salva al planeta que mañana es tarde, la que tiene cuello en V y con la que a veces  se me ve el sostén y el comienzo de los senos al agacharme, por eso me pongo uno que sea decente de forma y de color por si alguien quiere mirar, que le sea agradable a la vista. Cuando bajé del carro me aseguré de arreglar bien la franela por detrás porque cuando no uso cinturón se me desliza el pantalón hacia abajo gracias al robusto trasero que la conjugación de gametos me dio y me acordé que me había puesto la pantaleta Britney Jones-cuello tortuga, de las que llegan a la cintura y abarcan también todo el perímetro de las nalgas. Es que cuando no tienes ánimos es un fastidio esas pantaletas que se meten hasta el infinito. Le di al botoncito de la alarma del carro y nada, no funcionó, y le volví a dar hasta una octava vez cuando bajaron los seguros. Con el carácter un poco más agriado de cuando me levanté, vi que en el carro de al lado había una espectacular rubia que se estaba pintando los labios de un rojo subido mirándose en el retrovisor y que al abrir la puerta de su carro ésta rozó con la del mío. No exagero cuando le vi las piernas de tres metros de largo que salían de un minúsculo pantalón que apenas tapaba unas magníficas posaderas tipo torontos*, tal eran de compactas y redondas. Lo completaba con un hermosísimo top sin tirantes de color blanco que realzaba el bronceado obtenido en una – creo yo- playa nudista porque no se le veía ni una sola marca en los hombros. También cuando le vi las piernas me acordé que las mías no pasarían el examen del depilado. Y es que soy una fiel creyente en que el vello sólo sirve para los pechos y las piernas masculinas. Las mujeres deberíamos someternos a un knockout del gen que codifica para la proteína del vello, si es que éste no afectara también la cabellera. Tan sólo imaginar que tienes un accidente y te tienen que cortar el pantalón y salen aquellos vellos por doquier, pues es un papelón. O que vas al dermatólogo a verte un lunar que te salió en la cara y te manda a sacar toda la ropa para mirarte toda la piel con una lupa y tienes dos semanas sin depilarte. Un horror. 

Nada, no era mi día. Había dormido mal, no tenía trabajo, la inflación se estaba comiendo mis ahorros y me había dado cuenta después de ver a la rubia en una de total, absoluta y completa cochina envidia que no había podido pagarme mi usual tratamiento de cabello, tinte incluido, porque le había dado el valor de la peluquería de dos meses al muchacho de 20 años que iba a arreglar el jardín una vez al mes. Y esta mañana, los miembros de mi grupo masculino de whatsapp se esmeraron en subir fotos de senos, traseros y mujeres hermosas para cumplir sus fantasías más alocadas sin apreciar que del otro lado de la pantalla estaba yo y tal vez sus mujeres que de cuando en vez les auscultan el teléfono.

Mafalda, Quino (sin fecha).
 En vista de que las horas siguientes no pintaban mucho mejor, si seguía acordándome de la depilación, el pelo y las mujeres perfectas, me aprovisioné de antidepresivos de venta libre. Metí en el carrito de la compra dos bolsas grandes de hojuelas de maíz azucaradas, cuatro barras de chocolates de leche de las grandes, dos de taza, dos bolsas de bombones rellenos con pasas, otra con avellanas, galletas rellenas de una asquerosa crema de falsa vainilla y un pote de helado con tres tipos de chocolate. Pasé por las verduras y escogí mango verde, ají dulce, cebollas y mucho cilantro, mucho, para hacer una guasacaca y regalarla con un enorme lazo rojo a mis queridos amigos de whatsapp que odian el cilantro a muerte. Compré dos barras de un hermoso pan campesino lleno de miga, recién salido del horno, para meterle el chocolate, calentarlo y dejar que el chocolate derretido me cayera por las comisuras de los labios, en una actitud de total guarrería. Y luego, me fui a las neveras de los lácteos en busca de un yogurt de fresa supuestamente alemán, con trescientos por ciento de grasa y todo el azúcar del mundo. Como dijo Scarlett O´Hara en la última línea de Lo que el viento se llevó, mañana será otro día, para apagar las voces de mi conciencia que reclamaban la pérdida de mi figura otrora de sílfide.

Cuando tuve que buscar los lentes para encontrar el yogurt, cada vez más irascible porque gracias a la presbicia no lograba ver el made in Germany ni la palabra Joghurt por ningún lado, una mano rozó con la mía. La de un tipo. Casi a punto de insulto, giré para espetarle un epíteto, como el de verderón, por ejemplo. Pero no pude. Quedé muda. La ira fue sustituida por la admiración y lo único que se me pasó por la cabeza fue una palabra perfecta para la ocasión, quedé astonished. Astonished por el hombre más sensacionalmente sexi que había visto en mi vida. Un individuo de dos metros, con un cuerpazo de Chris Hemsworth. No, era Chris Hemsworth,  ¿qué hacía Chris Hemsworth poniendo potes de leche en una nevera de supermercado? ¿Un anuncio publicitario? ¿Cámaras escondidas? Lo miré de arriba abajo, las piernas, los pectorales, las hebras de cabello rubio cayendo por delante de sus ojos azul intenso y no pude ver el centro de su equilibrio, denominado por algunos la entrepierna, porque lo tenía tapado con el delantal. Y yo allí, sin depilar, sin teñir, con la franela más burda que podía haberme puesto, con el abdomen rodeado de una llanta Pirelli que no desaparecía con todo el ejercicio del mundo ni con una dieta de hambre, mirando semejante espectáculo con ojos de presbicia y sin poder quitar la cara de arrobamiento que me dominaba. El Chris ni pidió perdón por haberme rozado la mano y siguió tarareando una canción que sonaba a un terrible hip-hop desafinado que en mi enajenación no estropeaba nada la escultural imagen en la que estaba constituido. Cuando finalmente se dio cuenta que yo lo estaba mirando y fijó sus ojos azules infinitos en los míos, la leche y los jugos desaparecieron para dar paso a una desbocada y unilateral catarata de atracción que duró fentosegundos hasta que un brazo bronceado y escultural que terminaba en un top blanco sin mangas, se atravesó entre él y yo, para terminar de desgraciar mi día.

De repente, la catarata volvió a ser un lago pacífico en un verano sin brisa dentro de unos envases UHT. La leche descremada y el Joghurt alemán aparecieron milagrosamente antes mis ojos sin lentes, cuando vi que el brazo bronceado pertenecía al segundo tipo más espectacular que había visto en mi vida y el que cogía ansioso la mano que creía había sido mía unos minutos antes. Regresé a los pasillos andados. Devolví los antidepresivos y las verduras que había escogido para la venganza contra mi grupo de whatsapp. Cuando llegué a casa y vi sus nuevos envíos de formas corporales femeninas de ensoñación, no hice más que reír. El tipo del supermercado me había alegrado el día. 

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La guasacaca es una salsa autóctona de Venezuela, compuesta por aguacate, cebolla, ajo, perejil, pimiento verde, cilantro, vinagre, aceite, sal y pimienta. No falta en las parrilladas, sean caseras o en un restaurant. La guasacaca provee el contraste de sabores con la carne o la yuca, que tiende a ser un poco desabrida. Como el aguacate está carísimo en Venezuela y el mango es un regalo de los dioses porque los árboles pululan por doquier, la guasacaca de mango verde se constituye en un elemento sustitutivo y de riquísimo sabor en estas épocas de escasez. Se colocan troceados dos o tres mangos verdes y grandes en la licuadora, una cebolla mediana, tres o cuatro ajies dulces de los grandes, mucho cilantro, sal, pimienta, un chorro de aceite, de vinagre o de limón. Se licúa un buen rato, se mete a la nevera media hora y listo. Se le puede echar a todo lo que se les ocurra. Por cierto, la receta me la dió el jardinero :).


El tipo del supermercado es de mi autoría.


Torontos: Bombones venezolanos hechos de chocolate y con centro de avellana. El ex- presidente venezolano Luis Herrera Campins, siempre los llevaba en el bolsillo. Son adictivos. 
Para saber más de los torontos, https://www.savoy.com.ve

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