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| El pequeño Tim y Tom Cratchit el día de Navidad. Estudio sobre Un cuento de Navidad de Charles Dickens. J. Willcox Smith, circa 1912 |
Hace muchos años leí una historia
corta sobre un sacerdote católico prisionero en Hanoi, que había oficiado una
misa en Navidad para sus compañeros en mitad de la nieve que caía en el patio de
la prisión. El sacerdote había utilizado como hostia el mendrugo de pan que le habían
dado para su única comida del día. Ese pedazo de pan lo repartió con sus
compañeros. No hago más que pensar en esa historia en estos tiempos difíciles.
Los que apoyan el régimen dicen
que no hay crisis humanitaria en Venezuela, que la gente no pasa hambre o usan el eufemismo de "ahora se come más sano". Cuando
ves que las bolsas de basura están rotas y la comida podrida esparcida por toda
la calle con los huesos de pollo raspados hasta sus átomos, hay hambre. Cuando ves que la gente no espera a salir de
la panadería para comer la canilla de pan, vacía, sin jamón ni queso con qué
rellenarla y que esa canilla constituye su único desayuno o almuerzo, significa que hay hambre. Cuando vas al supermercado y ves las
estanterías llenas sólo de refrescos ligeros o jabón multiuso, te preguntas que van
a comer aquellos que reciben una pensión o las familias numerosas que
no ganan los diecinueve salarios mínimos que se requieren para cubrir una
canasta alimentaria. Cuando ves que un kilogramo de azúcar importado es un
tercio de la pensión de un anciano se te llena de coraje el alma pensando que
ni a un dulcito tienen derecho los
viejos, porque otro azúcar más barato no hay. Cuando los vecinos de todos los días, esos
que saludan y comentan lo mal que está el país saquean el negocio del vecino
hasta dejarlo en ruinas, las interrogantes te revuelven hasta el tuétano. Esta
semana he visto tanto dolor, rabia, miedo, preocupación, incertidumbre y
violencia que me siento indigna de escribir una sola receta de una comida que
muchos no podrán consumir esta Navidad. Por escasez, por falta de dinero, por tristeza,
por depresión, por soledad o porque este país ya no soporta más humillación.
Por ello, en esta Navidad, sólo pido
que todos los venezolanos, sin distingo de creencia política y religiosa, puedan quedar satisfechos al comer y que ese deseo se perpetúe
todo el año que viene.
Puedo desear también que esta
pesadilla que nos atormenta termine pronto. Pero eso sí necesita del esfuerzo de todos nosotros.
Que esta Navidad nos haga
reflexionar sobre lo que significa la palabra libertad. De lo fácil que es perderla y de lo difícil que es recuperarla.

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