La imagen del blog

"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

sábado, 5 de mayo de 2018

La segunda parte del cuento de un viaje





Un viaje en autobús a lo largo de un país en crisis
Segunda parte

A las siete y cuarenta y cinco de la mañana, Amelia arrastró su equipaje por el sucio piso del terminal. Preguntó el andén de salida a un cargador que se rascaba la entrepierna con deleite. El día anterior le habían dicho que a las ocho empezaban a subir los pasajeros. Allí estaba la buseta pero no había pasajeros.
Una chica pequeña y pechugona se le acercó con una libreta. –Nombre y cédula.
-¿Ya puedo dejar la maleta para subir? le pregunta Amelia. –Nombre y cédula, responde.
La chica le indica con un dedo que lleve las maletas a la parte de atrás de la buseta. El chófer le pregunta cuál de las dos va a meter allí. La envuelta en plástico fue colocada sobre un saco de cebollas. –Perdone, señor, pero mi ropa va a oler a cebolla, intentó bromear Amelia. –Pues ahí se queda, no hay más puesto, señalando otros dos sacos de cebolla y uno de yuca.
Amelia se preguntó dónde iría el equipaje de los veintinueve pasajeros restantes.  Una hora después, la encargada abrió la puerta de la buseta. Comenzaban a llegar otros pasajeros. Amelia subió y dio una mirada rápida. Todos los asientos estaban reclinados. Todas las semiventanas estaban abiertas. Eso sólo significaba una cosa. Todos los asientos estaban dañados y no podían enderezarse. La buseta no tenía aire acondicionado. Horror. Buscó el asiento menos inclinado, el que no tuviera obstáculos, el que estuviera al lado de una ventana que abriera… Segundos después oyó una voz atronadora. –Yo no le dije que subiera. Amelia descendió y esperó otros diez minutos. –Ya pueden subir. Cuando Amelia encontró el asiento que le convenía, la encargada le volvió a gritar. –En ese puesto no, ahí no va usted. Va en ése, señalando con un dedo al espacio que Amelia no entendía. 

Viaje en autobús, Norman Rockell.
Con el maletín a cuestas fue de adelante hacia atrás, hasta que le dijo que sí en un asiento hacia el pasillo. Si el pasaje no tenía puesto asignado, no entendía la presión de la encargada. Su maletín apenas cabía debajo del asiento, por lo que sus rodillas quedaron empotradas en el respaldar del anterior y sus pies encima del maletín. Poco después debió dar paso a su compañero de viaje, un veinteañero con granos en la cara. Noventa minutos después de la hora programada de salida se comenzó a llenar la buseta. Amelia entró en pánico. Todos llevaban maletas grandes y pequeñas, fardos cubiertos de bolsas negras, niños de todas las edades llevando refrescos y dulces en manos empegostadas, zapatos militares colgados del cuello de un policía. Las piezas pequeñas fueron colocadas en el compartimiento de arriba, pero las maletas que no cabían junto con los sacos de cebolla y yuca, pasaron a ocupar los pasillos. Esto es, no habría manera de salir a menos que se levantara las piernas por encima de ellas y se empujara los cuerpos y las piernas que sobresalían de los asientos. Del otro lado del pasillo, se sentó un joven robusto de piernas inmensas que atravesó en el mínimo espacio libre. Claustrofóbica eterna, Amelia sintió que le picaba la cara y le faltaba la respiración. Sentía mucho calor. Eran las nueve y media de la mañana y el sol penetraba por la ventana. No podía moverse. Completó el panorama el hombre del día anterior, el que la mandó a posarse en una tuna. Se sentó en el único asiento libre, justo el de delante de Amelia. Apoyó sus ciento veinte kilogramos de peso en el espaldar y sin remordimientos, se echó para atrás. No podía estirar las piernas. No podía moverse. No podía salir. La buseta era un féretro. Enterrada en vida. Y ella ni siquiera era catatónica.

Respiró profundo para no desmayarse y buscó desesperada algo en qué pensar. Sacó de su cartera el muy inapropiado The Dead Zone de Stephen King dadas las circunstancias y se enfrascó en la lectura para no percibir que estaba siendo sepultada. – ¿Es en inglés?, le preguntó su vecino.  -Yo sé algunas palabras. Ahí dice perro y en la otra línea, madre, metiendo su dedo en la página que estaba leyendo. Amelia buscó en toda la página y no encontró ningún perro ni una madre. La posible clase de inglés se vio suspendida sucesivamente por la entrada en el bus de un hombre pidiendo dinero para su nieta en terapia intensiva, luego por uno operado de próstata con la bolsa de orina colgando entre sus piernas y vendiendo buñuelos en una bolsa grasienta que rozó con el hombro de Amelia, una señora de uñas inmensamente largas que posó sobre su asiento explicándole que debía comprar anticonvulsivos para su hija, dos vendedores de tostones, otro de chucherías fritas. Para disgusto de Amelia todos sin excepción caminaron con la mercancía brincando entre maletas, chocando con los pasajeros sentados y reduciendo aún más el espacio disponible en la buseta. 
Una muchacha muy joven también subió para posarse, literalmente, a lo largo de los dos puestos de delante. Semi acostada, buscó como encender el equipo de sonido de la buseta y se inclinó para mostrar a todos los pasajeros unas nalgas turgentes bajo un bluejean de tela delgada que provocó el silencio de la mayoría masculina, sólo interrumpida por respiraciones entrecortadas y por un maracucho escandaloso que no conseguía enviar el capture de pantalla de la transferencia, así, el cap-tu-re,  para pagar el viaje y le pedía al chófer que en el transcurso del viaje le prometía que se lo iba a hacer llegar. El chófer le dijo que no salía hasta que no tuviera el capture en su teléfono. Amelia sospechaba que el retraso tenía que ver con la muchacha que se evaporada con el chófer por momentos y no por un pasajero que podía haber dejado en tierra si así lo hubiese querido.

Cerca de las diez el chófer encendió el autobús y finalmente arrancó, lo que constituyó un verdadero alivio para Amelia. El viaje transcurrió sin mayor complicación hasta una hora y media después. No había paso en ningún sentido de la carretera. 
A cuarenta grados de temperatura, sin aire acondicionado y con ventanas abiertas a la mitad, el pánico se apoderó de Amelia. Sus vecinos de viaje incluían nueve policías de ambos sexos, vestidos de civil, que desde la salida no hacían más que gritar a sus compañeros dispersos a lo largo de la buseta la cantidad de dinero que el gobierno le iba depositando por su fidelidad. Se sentía aturdida por el griterío, el calor, la incertidumbre de estar detenidos por horas en semejantes condiciones, molesta por la impuntualidad del chófer y por la pareja de delante que aprovechó el aburrimiento para comenzar a besarse y acariciarse, con más interés de él que de ella. Con cada rechazo el hombre se batía molesto en el asiento y empujaba las rodillas de Amelia. No pudo más y se levantó del asiento para rogarle al chófer que la dejara salir a la carretera. Apenas poner los pies en el asfalto respiró la libertad. 

Cuando se dio cuenta que detrás de ella bajaban todos los hombres del autobús para orinar en cualquier sitio, cruzó la carretera y se acercó a la maestra de la escuela que venía con sus bártulos bajo el brazo. Lo menos que quería ver eran los penes multicolores colgando de braguetas abiertas.


-Cuénteme, ¿qué está pasando allá?
- Estamos sin agua hace un mes, ya no se aguanta más.
- ¿Y por qué no van a hablar con el alcalde? Ustedes votaron por él…
- Porque se esconde. Y si lo agarramos, nos promete la cisterna de agua semanal como hizo durante la campaña, envía una y se olvida después. Estamos trancando casi a diario. Si no somos nosotros son las comunidades de más arriba. Además no llega el gas y estamos sin electricidad medio día completo.
-Ajá. Y dígame. ¿Ustedes van a votar por el presidente otra vez en estas elecciones?
- Sí, claro. En la comunidad que no tenga votos, le quita las cajas de comida. Y vivimos de eso. De otra manera no podemos comer.
La maestra se despidió muy cortésmente. Amelia ni se movió. La cola se incrementaba cada vez más de ambos lados de la carretera nacional. Un voluntario de la buseta que había ido a averiguar volvió con la noticia de que ya iban a levantar la protesta y el chófer comenzó a sonar la corneta y todos corrieron a subir al autobús y a pasar por encima de las maletas y a sentarse ansiosos… hasta que media hora más de espera y de sudores que ya salpicaban las humanidades, Amelia se volvió a levantar y pidió salir. El maracucho comenzó a vociferar que eran cuatro mujeres que tenían trancada la vía, no joda, es que ustedes no tienen bolas, aquí no hay hombres que las saquen del medio…
- ¿Es que usted es de Los Andes que no aguanta el calor? le preguntó la policía del besuqueo a Amelia.
Ni contestó. Volvieron todos a bajar a la carretera. El proceso se repitió cuatro veces más durante tres horas, el sube y baja, el corre que ya nos vamos, las cornetas. Amelia no se atrevía a comer el sándwich ni a terminar el agua, a pesar de que ya tenía la lengua pegada al paladar y el sudor le había empapado hasta las pantaletas. 
Cuando finalmente arrancaron, el chófer aceleró como si lo llevara el diablo. Eran las tres de la tarde y nadie había comido. Las botas militares guardadas en el compartimiento de arriba caían encima de la cabeza de un pasajero dormido. 
Pararon en la arepera establecida por la línea de autobuses.  Los pasajeros se bajaron para hacer la cola y pagar un precio astronómico por un refresco. Otros para hacer la cola del baño. Otra cola para capturar una mesa libre. No había dónde sentarse. Amelia quedó de pie, sacó su sándwich y lo llevaba a la mitad cuando se le acercó un anciano desdentado para pedirle le diese lo que le quedaba o si no quería, dinero.

 






Podía haber sido la Cenicienta dirigida por Kenneth Branagh. Ser compasiva y compartir lo que llevaba. Pero no. 

En ese momento Amelia era la Úrsula de La Sirenita y Maléfica de La Bella Durmiente. Las dos juntas, clonadas y repotenciadas. La propia bicha, pues. En un resquicio de un bondadoso otro yo, le comentó al hombre que ese pan era lo único que tenía y carecía de efectivo para darle. Nada de eso era falso. Los billetes los necesitaba para el taxi y el sándwich era su primera comida desde el desayuno a las seis de la mañana. Tal vez perdió la oportunidad de que el anciano fuera su hado padrino y le diera una avioneta Cesna que la iba a llevar a su destino en una hora. Y por ser malvada y bicha tendría que sufrir.

Estaba tan deshidratada que ni se le ocurrió ir a orinar. Tras la reja que rodeaba el baño, Amelia observó que una cuerda maltrecha y un hombre muy mal encarado sentado en un pupitre franqueaban el acceso. En una cartulina azul se leía
- “Son 3000 bs sin ececion para entrar al baño traiga o no traiga el papel”
Tras la cuerda, una señora mayor con malas pulgas repartía escasos treinta centímetros de papel sanitario a quien ya había pagado. Amelia recordó un viejo y asqueroso chiste de cómo limpiarse con poco papel.
Una usuaria se quejó que no había agua corriente en el baño, además que tenía que coger agua de un tonel para hacer una autolimpieza del excusado. Podían haber puesto  “si limpia le sale gratis el uso del baño”. Amelia se lavó la cara con un chorrito del agua de su botella.
Una eternidad después, el chófer salió del restaurant, abrió el autobús y arrancó de nuevo para detenerse a la media hora al lado de otro autobús. Ante las protestas de la gente,
-Es un compañero de línea accidentado, tengo que ayudarlo.
De nuevo, todos bajaron a la carretera. Una hora más. Ya el crepúsculo se asomaba tímidamente por el horizonte. –Vamos a llegar de noche, dijo alguno. Y allí aumentó la preocupación de Amelia. Si llegaban de noche al terminal de autobuses no conseguiría taxi para llegar a su destino y si aparecía uno podría no ser seguro o pedir mucho dinero para llevarla al otro lado de la ciudad. Una vez socorrido al compañero, el chófer se aseguró que llegaba a salvo a una estación de gasolina donde estuvieron un tiempo más y luego reanudó el viaje.
Comenzó a llover. Amelia se acercó al chófer y le pidió que al entrar en la ciudad se detuviera para dejarla en un centro comercial donde estaría más cerca de su destino. No tendría que desviarse, le rogó. Aprovechó que una familia completa se bajó en mitad de la carretera y subió su maleta con olor a cebolla a la buseta. Le pidió cortésmente al policía del primer puesto la ayudara. Sin respuesta. Se sentó al lado del chófer con sus dos maletas a los pies.

Yendo y viniendo. Norman Rockwell , 1947
Un poco más allá encontraron una alcabala de la guardia nacional. Al detenerse, el guardia le pidió al chófer hacerse a un lado y abrir la puerta. Amelia tembló por su maleta.Tal vez había demasiadas leyendas urbanas sobre la guardia, pero la señora de atrás se había extendido abundantemente en el viaje sobre las veces que le habían intentado retener los alimentos en esa misma carretera.

-Buenas tardes, pasajeros. Por favor tengan a mano su cédula de identidad, pidió el guardia que entró.
El guardia recogió las cédulas y se detuvo por minutos en cada una. Las devolvió. –Que tengan buen viaje. Nadie contestó. El policía de largas piernas preguntó al aire qué mas faltaría en el viaje.

Cuando finalmente entraron a la ciudad ya estaba anocheciendo y la avenida estaba repleta de gente esperando transporte para llegar a sus casas. Los camiones para ganado iban atiborrados de personas ante la ausencia del transporte público. El chófer se detuvo donde le pidió Amelia. Recogió su maletín de mano, su maleta con olor a cebolla y bajó de la buseta. Se dijo a sí misma que podría atravesar los ocho canales de la avenida sin contratiempos. Que podría conseguir quién la buscara sin tener que subir a un camión para vacas. Trastabillando con las maletas llegó al centro comercial, lamentando una vez más su vida de soledad en un país en crisis. 

Diez horas después de haberse subido a la buseta, Amelia había llegado a su destino. Un destino que estaba a cuatro horas y media de viaje en circunstancias normales. Ahora sí quería volver al mercado. Cuando sus vecinos de cola, los de los carros de lujo con aire acondicionado, le discutieran sobre los políticos que no habían recibido un baño de pueblo, los callaría con toda propiedad.

******************************************************

The Dead Zone (La zona muerta, Stephen King, 1979) es una novela que narra la historia de John Smith, un joven que tiene un accidente automovilístico y permanece cuatro años y medio en coma. Al despertar, descubre que puede ver el futuro de las personas con sólo tocarlas. El libro fue llevado a la televisión en formato de una serie que duró seis temporadas.

La imagen de EdoIlustrado es de Eduardo Sanabria (EDO) (Caracas, Venezuela, 1970). Sus caricaturas han sido publicadas en los periódicos venezolanos El Diario de Caracas, El Camaleón, Economía Hoy y El Mundo. 
 
Rayma Suprani (Caracas, Venezuela,1969) es una caricaturista venezolana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario