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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

viernes, 19 de agosto de 2016

Escribe que algo queda



Erato, musa de la poesía. E.J. Pointer (1870)
Escribe que algo queda, siempre me repitió mi tutor de tesis, un hombre honorable con un amor poco común por esta tierra que adoptó a sus padres. Cuando el desánimo me vence y Erato está de vacaciones en las Seychelles, me obligo a recordar esas palabras para no perder la esperanza de que las nuevas generaciones de venezolanos, los que están naciendo, los que están muy pequeños para tener memoria de estos días maltrechos, puedan algún día leer las páginas ciertas de aquellos que narramos la historia de hoy. Aunque siempre les quedará la duda razonable de que esa historia sea poco creíble, sobre todo si vence la mentira de aquellos que se creen dioses. 

Suelo acudir a comprar verduras en un negocio cuyos dueños las traen de Los Andes venezolanos. Es un sitio sin pretensiones, pequeño pero muy limpio y ordenado, tiene aire acondicionado y puntos electrónicos de venta, los empleados cantan mientras trabajan, ayudan a cargar las bolsas y las llevan al carro sin esperar propina, y todo eso se agradece porque las verduras se mantienen frescas, se hace la compra con comodidad y se paga con tarjeta de débito o crédito, recurso inestimable porque de lo contrario hay que cargar muchos billetes en un gran bolso para pagar. A pesar de ser el país con la más alta inflación del mundo (economistas dixit), el billete de máxima denominación no alcanza para comprar un huevo.  
Si no fuera por los precios cada vez mayores, este negocio de las verduras es el recuerdo del venezolano de bien antes de la hecatombe.


Mafalda. Quino (sin fecha)


Las historias que vienen a continuación están basadas en hecho reales y sólo una está aderezada con un poco de picardía. 

Calienticas, como diríamos aquí ante un hecho reciente.





***

Marbelys del Carmen apuró la taza de café en la mañana para ir a comprar las verduras. Era miércoles y sabía que si esperaba para el jueves los precios habrán subido un 20%. Los gochos* disculpan los aumentos porque no hay fertilizantes, semillas ni plaguicidas y si los consiguen es a precio de mercado negro. Marbelys comenzó comprando los cambures este año a 200 bolívares el kilo y ya están en 800, siete meses después. La auyama* que era la cosa más barata de este país ya está a nivel de verduras tradicionalmente más caras. Como no hay pasta, arroz o harinas pues hay que resolverse, como su amigo Alejandro que ya es experto haciendo empanadas de plátano o yuca para suplir la ausencia de la harina de maíz. 
Cuando Marbelys llegó al negocio no había casi nadie, así que se contentó pues siempre pasaba más de una hora en la cola para pagar debido a la lentitud de los puntos de venta cuando había mucha gente. Abrió las bolsas plásticas que siempre llevaba consigo para preservar el planeta y también porque por el precio de cada bolsa en el negocio daba propinas a media humanidad.  Antes las regalaban pero esa época ya se acabó.
Siguiendo su obsesivo orden de compra, se fue hasta el puesto de los plátanos, amarillos pero duros, los adecuados para unos plátanos fritos perfectos. Tenía un litro de aceite que había conseguido en un trueque: había dado a una conocida un paquete de dieciséis toallas sanitarias y un pote de mayonesa marca gobierno a cambio del aceite. No le había pesado mucho desprenderse de las toallas sanitarias literalmente inexistentes en los mercados porque ya no las necesitaba. De hecho, los paquetes que le quedaban eran lingotes de oro para los trueques por comida.

En el puesto de los plátanos se consiguió a una señora que se le antojó como ella. Normal. De familia. Profesional.  Alta, de pelo blanco, refinada, cutis blanco. Poco más de sesenta años. Pantalones vaqueros, camisa blanca impoluta, zarcillos de buen gusto. Un gran bolso al hombro. De buena calidad. Sin angustias. Ensimismada. Aislada del mundo. Escogía con delicadeza cada plátano, sólo para volverlo a dejar en el mismo sitio. Marbelys quería alcanzar los plátanos de la esquina pues se veían mejores, pero la señora normal no se movía de allí, como si los plátanos fueran su universo.

Como la señora normal aparentaba tener toda la vida por delante para escoger un plátano, Marbelys decidió tornar hacia el puesto de al lado en búsqueda de unas berenjenas, para hacerlas ahumadas que no llevaban tanto trabajo y se le podían echar al pan que compraría al salir de allí, luego de hacer la cola de una hora en la calle frente a la panadería. Las pondría a tostar en la placa de la cocina dándole vuelta hasta que la piel estuviese quemada por completo y luego le sacaría esa piel para desmenuzar la pulpa de la berenjena y mezclarla con mucho ajo, sal y el bendito aceite. Le pondría un toque de vinagre blanco porque hacía más de un año que el vinagre tinto se había vuelto un lujo que no podía darse.

Una vez que terminó de escoger las berenjenas, volteó a ver si podía volver a los plátanos. Efectivamente, la señora normal recién había terminado de escoger, sólo para introducir un hermoso plátano en el gran bolso que colgaba de su hombro. Marbelys no supo qué hacer. La señora normal acababa de meter un plátano en su bolso y su mano ajustaba con suma calma el contenido del mismo. Marbelys miró hacia todos lados a ver si alguien más había captado la misma escena. Nadie. Los empleados estaban en lo suyo, empacando ajíes o sacando hojas viejas a las coliflores. La señora normal ni la percibió cuando pasó delante de ella para dirigirse, sin sacar la mano del bolso, a unos escasos dos metros más allá hasta los calabacines, a los que aplicó la misma calma para escogerlos que la ejecutada con los plátanos. Cinco minutos después, un hermoso calabacín fue hacerle compañía al plátano en el bolso. Y así, la señora normal fue hasta cada uno de los puestos sin ninguna bolsa plástica en su mano para completar la comida del día. Marbelys se preguntó cómo iba a hacer para acomodar las acelgas en el bolso, pero le dio vergüenza seguir observando.
Marbelys terminó su compra y se fue a hacer la cola para pagar. La señora normal había desaparecido del local. No oyó llantos ni llamadas de atención. 
Rayma, Agosto 2016.


***
Yusleidy Coromoto lleva días molesta con su marido porque éste se niega a hacer colas para comprar alimentos y ya ella no puede inventar más con la dieta de verduras. Por muy creativa que se ponga, las verduras contienen mucha agua y la jauría de hijos que tienen se convierten en demonios de Tasmania después de las cinco de la tarde, porque los palitos de zanahorias al papelón y el ajoporro en salsa al tamarindo reducido le quedarán muy bien a Paulina Abascal y a Anna Olson, pero ellas tienen todo el azúcar que quieren y las harinas de cualquier tipo para satisfacer las demandas de glucosa a otras horas del día. Yusleidy se dió de baja en la televisión por cable para no ver las cosas de otros lados y sobre todo el el canal Gourmet,  para que sus hijos no le reclamaran cuándo iba a hacer el tiramisú o las masas básicas de Gross. Sentía que le subía la tensión cuando veía a la Olson abrir el cajón que contenía kilos de harina de trigo, de los que Yusleidy necesitaría apenas dos tazas para una pizza familiar. Un día vio a un argentino poner doce riñones de res a la parrilla y comenzó a salivar,  aunque años atrás le daban un asco indecible.

Como Yusleidy amenazó a su esposo de no volverse a acostar con él a menos que fuera con ella en búsqueda de alimentos, el hombre aceptó ir el miércoles con ella a los negocios del centro pero negándose rotundamente a hacer la cola de la madrugada. Sabiendo que no iban a encontrar nada importante de esa manera, Yusleidy aceptó sólo por cansancio. Estaba harta de buscar comida sola. En su recorrido por varios negocios indeciblemente sucios, no consiguieron nada de productos básicos, sólo uno que otro  "para sacar el sucio de la ropa" según decía la etiqueta, un eufemismo que definía un producto que no era jabón y que con seguridad iba a ser el responsable de más de una alergia en la piel, una pasta multi-limpiadora que servía para excusados tanto como para vajillas, pisos y quitar el olor de la orina de los gatos. Dos productos desconocidos, solitarios y huérfanos en estanterías vacías. 
Avizorando una próxima y larga temporada de abstinencia sexual, el esposo de Yusleidy le alertó sobre un aviso de tomates en el negocio de enfrente, con un precio realmente muy económico si se comparaba con los precios de los mercados de verduras
Yusleidy entró al negocio caluroso, sin aire acondicionado ni ventilador a pesar de unos inclementes cuarenta grados de temperatura y la primera visión que tuvo fue de desastre. El cilantro tenía las hojas amarillentas y secas con las raíces llenas de tierra; unas acelgas marrones reposaban abandonadas sobre una mesón; las papas tenían agujeros; las auyamas, la corteza hundida y drenaban un líquido espeso; los plátanos estaban negros. No era el negro del plátano para sancochar: era el negro de la pudrición. Los precios de todo eran una ganga. Si no fuera por el mal estado de todas las verduras, Yusleidy hubiera gritado de alegría al ver que eran precios del año pasado. Se dirigió a los tomates que garantizarían un cariñito a su esposo. Se veían grandes como tomates manzanos. Pero algo pasaba con los tomates. Nadie los escogía porque los hongos se habían instalado sobre la mayoría de ellos. Un joven se le acercó sigilosamente y le musitó:
-No los compre, se va a enfermar.
Invencible y pensando en una salsa de tomate para untar sobre el pan de la cena, las manos de Yusleidy revolotearon sobre las cajas hasta que encontró algunos sanos. Puso la bolsa sobre la balanza de plato que estaba en la mitad del negocio: un kilo y medio. Hizo la cola ante un mesón con tres balanzas electrónicas detrás de las cuales había mujeres cubiertas con hiyab. En un mal español, la mujer le dijo sin levantar la vista:
- Un kilo ochocientos. 

El marido de Yusleidy la esperaba afuera. Con absoluta certeza, ella le comentó que esas verduras provenían de los desechos del mercado y los dueños del lugar las revendían. Esa noche, el esposo de Yusleidy decidió que el hallazgo de los tomates bien valía una recompensa y comenzó a arrimarse a su esposa, quien  rechazó los acercamientos de su esposo. 
- ¿Y ahora qué te pasa? Compraste tomates baratos...


A Yusleidy ya no le importaban los tomates. Los había metido en la licuadora con un chorro de aceite, sal, pimienta y unas hojas de albahaca del jardín del vecino, una receta de su profesor hijo de italianos que ahora vivía en Rio de Janeiro. La salsa se la untó a los panes y los metió en el horno. Dos latas de sardinas y los panes con tomate fueron la cena de la noche.

No eran los tomates los que le habían sacado las ganas de sexo.   Es que no le salía de la cabeza la larga cola de la gente, habitantes como ella de un país petrolero cuyos gobernantes paseaban su arrogancia por el mundo, pagando por plátanos y auyamas podridas para satisfacer su hambre.


El hambre no es bueno para las relaciones de pareja, podría decir un sicólogo.



***
María Eglantina le había prometido a su hijo una BigMac doble si pasaba la última materia. Antes acostumbraba comprarle una todos los viernes para celebrar la finalización de los madrugones semanales y las comidas apuradas. Se ponían el pijama y se sentaban a comer la hamburguesa viendo una película comprada a la cablera.  Eran dos horas para pasar juntos, comiendo las papitas fritas con los dedos sin tenedores ni mesa arreglada. Pero una hamburguesa pasó a costar 1/3 de un sueldo mínimo y a desbalancear el presupuesto antes holgado de Maria Eglantina. De una semana sin ella, pasó a dos, a tres y luego a meses.

El viernes en la noche, Eglantina le dijo a su hijo que se vistiera para ir a comprar la hamburguesa. Al ver la soledad alrededor del negocio, confirmó lo que su corazón le venía diciendo hace tiempo. La gente no tenía dinero para comprar una hamburguesa. No había un solo carro en el estacionamiento a pesar de ser viernes y en el local en penumbras por ausencia de clientes sólo había una madre cubierta con hiyab y sus dos niños comiendo hamburguesas. Eglantina se acercó con su hijo a ver los precios impagables en el tablero y notó a un adolescente triste de zapatos rotos y ropa sucia apoyado en el mostrador. 
-Señora, por favor, ¿usted podría comprarme algo para comer?
Eglantina miró a su hijo con dolor. No pudo comprarle la hamburguesa. No tenía para comprar otra para el adolescente hambriento. 

No podía comprar una hamburguesa a su hijo biológico mientras su hijo de patria pasaba hambre.


(...) Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde la vida habita siniestramente sola.
Reaparece la fiera, recobra sus instintos,
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.

Arroja sus estudios y la sabiduría,
y se quita la máscara, la piel de la cultura,
los ojos de la ciencia, la corteza tardía
de los conocimientos que descubre y procura. (...)

Miguel Hernández, El hambre

***
Auyama: Calabaza, zapallo
Gocho: Oriundo de Los Andes venezolanos

Edward John Pointer (1836-1919), pintor inglés
Quino, Joaquín Salvador Lavado Tejón, (1932), es un humorista gráfico hispano-argentino. Su obra más conocida, Mafalda, fue publicada entre 1964 y 1973.
Rayma Suprani, reconocida dibujante venezolana.
Miguel Hernández Gilabert (1910 - 1942). Poeta y dramaturgo español.

lunes, 25 de julio de 2016

Las paradojas de este blog, el hambre y un puré de batata


Del Diccionario de la Real Academia Española, la forma f., del lat. paradoxa, -ōrum, y este del gr. [τὰ] παράδοξα [tà] parádoxa; propiamente 'lo contrario a la opinión común'.

1. adj. desus. paradójico.
2. f. Hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica.

3. f. Ret. Empleo de expresiones o frases que encierran una aparente contradicción entre sí, como en mira al avaro, en sus riquezas, pobre.


Mujer con libro. J. Gris (1925)

Paradoja 1. Escribir un blog sobre literatura cuando en las librerías venezolanas existe la orfandad de publicaciones y el dinero para comprar las que hay. El país de Bello, Gallegos, Garmendia, Pérez Bonalde, Uslar Pietri, Teresa de la Parra, Cadenas, Pocaterra y muchos otros, tiene las librerías cuasi vacías de libros y de compradores.

Los lectores venezolanos tienen hambre de libros desde hace varios años, pero saben que la oferta de nuevos títulos y clásicos en otras librerías de América Latina –por no hablar de España- es abrumadora. Hace unos años en FNAC Madrid, cuando la necesidad ya existía en Venezuela pero aún era poco reconocida y creíble para el resto del planeta, quedé literalmente paralizada. Mientras un español normal busca un título que le interese en particular porque tiene 70.000 títulos al año, como me espetó un dependiente displicente en La Casa del Libro, un hambriento lector de un país paulatinamente empobrecido carga en sus brazos una columna de ejemplares sólo para darse cuenta al llegar a la caja que es imposible pagarlos, bien porque si gasta esa cantidad no puede comer durante lo que le queda de su estadía, la tarjeta de crédito venezolana es rechazada por el punto de venta o como en la actualidad, la asignación de dólares que tan benevolentemente le aprobó el gobierno en su flamante tarjeta de crédito de la banca pública apenas representa –con fortuna- 60 dólares.

Recuerdo la visita del finado presidente venezolano a La Casa del Libro en la Gran Vía de Madrid en el año 2009. Según narró la prensa española, su visita no era para comprar libros, sino una de tipo sentimental para recordar la que había hecho a esa librería una década atrás. Cuando leí la noticia casi me comí el periódico (una especie también en riesgo de extinción en Venezuela) porque él había tenido la oportunidad de estar en la librería y pasar unos maravillosos cuarenta y cinco minutos seleccionando unos cuatro ejemplares que finalmente había adquirido. Para él como para otros miembros de su comitiva, de manera idéntica a lo que ocurre en el 2016, no existía el control de cambios que mantiene a los venezolanos bloqueados en la actualización cultural y tecnológica desde el año 2003. En ese entonces tuvo mucha publicidad porque el planteamiento de país había enamorado a los europeos y era una celebridad. Una celebridad que también asistió en ese mismo viaje a la Mostra de Venecia junto a Oliver Stone para ver el estreno de su documental South of the Border, una película en la que su director intenta explicar el fenómeno de la influencia del ex presidente en América Latina, financiado con el dinero de Venezuela, claro está. 


La biblioteca. E. Vuillard (1910-1911)

En La ladrona de los libros, Liesel Meminger es una niña de diez años que vive en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Es analfabeta, pero durante el funeral de su hermano recibe un libro que es incapaz de leer. A lo largo de la historia aprende a leer y escribir bajo la tutela de su padre adoptivo. En búsqueda de más libros para leer – también para salvarlos de los nazis- los roba a la dama de buena posición a quien su madre adoptiva le plancha la ropa. Como bien se señala en la historia, el lenguaje, la lectura y la escritura, siguen siendo marcadores sociales de bienestar. En nuestro país, o comes o compras libros. Y si tienes para adquirirlos, la oferta es pírrica. Alguien preguntará, ¿cómo hacen para mantenerse al día en literatura? La respuesta es: los milagros existen. Sólo que no todos los ciudadanos son bendecidos.



Paradoja 2. Escribir sobre recetas de cocina en un país donde hay escasez de alimentos. Hace poco le comenté a una compañera de trabajo sobre la receta de la tortilla de pan con cambur que fue motivo de una de las entradas anteriores de este blog (Un cuento y una tortilla dulce para calmar la desesperanza), dado que las madres de familia ya no saben cómo detener la pérdida de peso de sus hijos debido a las raciones menguadas o ingeniárselas cada día con lo que puede comprarse con un presupuesto exiguo. La tortilla dulce es un buen alimento porque se aprovecha el pan viejo, contiene huevos, leche, margarina y azúcar. Es la salvación cuando se tiene hambre y no hay otra cosa para comer. Me contestó que esa receta era imposible de ejecutar en su casa. Tenía que hacer cola diariamente para comprar pan racionado sólo suficiente para ese día, los huevos eran muy caros para su presupuesto con cuatro hijos y no se conseguía leche, azúcar ni margarina. 
Mi amiga Pilar me dió el link de una revista venezolana que publicó la receta de una torta de chocolate sin harina, azúcar ni mantequilla*. El dulce se lo dan los cambures (bananos) y la harina se sustituye por crema de arroz y maizina. Un eufemismo para ocultar lo que todo el mundo sabe: no hay harina de trigo ni azúcar de venta libre. Coca-Cola promociona la versión light en la televisión con un mensaje de “mantén la dieta”. El kilo de azúcar se consigue con facilidad en el mercado negro: alrededor de 1/5 de un sueldo mínimo. Un saco de 50 kilos de azúcar puede conseguirse a través de contactos ilegales: el sobreprecio de ese saco es de casi nueve veces su valor original. 


La nueva idea del gobierno venezolano es abastecer a la población con una bolsa de alimentos a precios regulados, a fin de controlar las inmensas colas que se forman desde el día anterior en los supermercados y evitar la venta de esos productos en el mercado negro a precios exorbitantes. 

Adquirí una de esas bolsas esta semana a precio solidario incluída la colaboración para quien empaqueta los productos. Una bolsa para una familia de tres personas contiene tres kilos de harina de maíz precocida marca gobierno, un kilo de arroz de la misma marca, un kilo de leche en polvo entera y un kilo de azúcar. Provisión de alimentos para un mes, hasta que vendan la próxima bolsa. Si se hace tortilla de pan, bizcocho o galletas queda poco azúcar para el café del día. Un kilo de leche rinde ocho litros de leche líquida. 250 gramos de arroz son la comida de un día. Un kilo de arroz alcanza para cuatro almuerzos. El mes tiene 30 días. Las expertas en arepas dicen que las hechas con esa harina deben amasarse mucho más y comerse calientes, de lo contrario no hay quien las coma.

Mi madre
odia las acelgas y ama las frituras y los dulces. Pasaron muchos años antes de que pudiera entender la razón y hoy la comprendo más que nunca. Porque durante la Guerra Civil todo estaba racionado y la gente del campo comía lo que sembraba. Las acelgas al vapor eran comida diaria en su casa y los dulces y el aceite brillaban por su ausencia o estaban racionados. La matanza del cerdo era un acontecimiento porque los subproductos daban para comer todo el año. Han pasado décadas desde que terminó la guerra, pero el impacto aún sobrevive en su conducta.

Almuerzo en Lone Locust, W. Uffer (1923)
Ahora, en este mi país otrora abundante, nunca en mi vida había deseado tanto comer cosas que antes podía comprar en el supermercado, por precio o por existencia. Las socorridas manzanas, aceite de oliva, mariscos, chorizos para un cocido o unas lentejas, jamón serrano, una sangría hecha en casa con un buen vino tinto, pimentón español, un arroz con leche caliente y espolvoreado con canela, aceitunas, pasta con una abundante salsa casera de tomate y queso parmesano, un risotto de champiñones, garbanzos, chocolate. Una ensaladilla rusa alguna vez hecha con langostinos ahora es equivalente a comer caviar de ese entonces. Una simple empanada gallega de atún, abundante en cebolla y pimientos fritos, es casi impensable por la escasez de harina de trigo y por los desbocados precios del atún. Nuestro plato tradicional, el pabellón criollo, de carne mechada, arroz, caraotas negras y tajadas de plátano frito acompañado de una arepa con natilla o suero de leche es hoy difícil de encontrar completo en los restaurantes económicos. 


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Keila Alejandra, una venezolana de a pie, cumple años la semana que viene. Como la torta de cumpleaños de un kilo en el interior del país vale 24.000 bolívares, casi mes y medio de un sueldo mínimo, la mamá de Keila Alejandra comienza a buscar familiares perdidos que contribuyan con el pago. 
- ¿Aló? María Auxiliadora?
- Ajá, ¿Quién habla?
- ¿Cómo estás, chica? Es Carmencita, tu prima, la hija de Soledad
- Carmencita, vale, ¡Qué de tiempo! ¿Y eso? ¡No te oía desde el velorio de la tía Carmen hace diez años!
- Bueno, tú sabes, mortificadísima con esta peladera, cansada, y ahora es el cumpleaños de Keilita, diez añitos y vale, que angustia. Ya no quiero que sufra más mi chama y quería hacerle una tortica, pues con unos refresquitos, porque con las cotufas* no se puede, los tequeños* tampoco, nada más para nosotros…
- Así estamos todos …chica y ¿por qué no le haces la tortica en la casa?
- Mi amor, ¿de dónde? Para empezar no tengo harina, ni azúcar, los huevos están carísimos…

Y así continuó la mamá de Alejandra hasta que la prima María Auxiliadora aceptó ayudar con una botella de refresco light. Esa llamada se repitió con las diez primas abandonadas desde el velorio de la tía Carmen y con las madrinas del bautizo, hasta que se completó para la fiestecita. 
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Esta semana oí a una dama comentar que no soportaba comer una arepa más. Si la bolsa de comida contiene tres kilos de harina de maíz y nada de proteína animal, eso da una idea de los estándares de nutrición que se están imponiendo a los venezolanos de menos recursos. La delgadez de muchos ciudadanos contrasta con la gordura de sus gobernantes. En La ciudad de Ember (2009), una película apocalíptica de ciencia-ficción basada en el libro homónimo, el alcalde de la ciudad incrementa a escondidas su ya abultada barriga en un almacén donde acapara alimentos que no obtienen los pobladores. 

La fiesta de Babette (El festín de Babette o en danés Babettes gæstebud), es una película danesa de 1987 basada en una historia corta del mismo nombre de Isak Dinesen. En 1871, durante una tormenta, Babette llega a una aldea en una costa desierta de Dinamarca, huyendo de Francia durante la represión de 1871. Es empleada como criada y cocinera en la casa de dos ancianas solteras hijas de un pastor protestante y cuya frugalidad en los alimentos es justificada porque el placer en el disfrute de los sabores es un pecado. Babette descubre catorce años después que ha ganado la lotería y destina toda esa fortuna en una cena de celebración del centenario del pastor. Aunque no lo manifiestan, los comensales paladean los manjares satisfaciendo el hambre eterna producto de las privaciones. En Los Juegos del Hambre, la abundancia de comida que se les ofrece a los concursantes antes de los juegos contrasta violentamente con el ansia de comida en los distritos vasallos. 
Me temo que cuando esto acabe vamos a llenar las despensas de alimentos hasta reventar.

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Ipomoea batatas, llamada batata, papa dulce, camote o boniato, es una planta cultivada en gran parte del mundo por su raíz comestible. 

Contiene grandes cantidades de almidón, vitaminas, fibra y minerales, y destaca su contenido de potasio. En valor energético supera a la papa (patata) y posee cantidades importantes de provitamina A y de B1, C y E. Cuanto más amarillenta es, más betacaroteno posee. Incluso, la batata fue introducida en África para corregir el déficit de vitamina A en algunas poblaciones. 

En Venezuela, la batata es consumida principalmente en forma de buñuelos, en dulce como el Juan Sabroso, en el oriente del país acompañando el pescado o también como batata frita en lajas. Pero hay además una ventaja económica para consumir batata. Es más barata que la papa (hasta que lean esto y los vendedores le suban el precio debido a su demanda) y el puré de batata es exquisito. 

Para hacer el puré, hay que averiguar antes si alguien tiene nuez moscada, porque ya sabemos lo que pasa aquí y es ingrediente esencial para el sabor de este puré. O sea, hay que llamar a las diez primas perdidas o robarse una nuez del frasco que tiene treinta años en la cocina de la abuela. 

La batata se cocina en su piel hasta ablandar, se pela y se pone en una olla. Con un tenedor, un aplasta papas o pisapuré se hace un puré tal como se haría uno de papas, pero se mezcla con natilla y un poco de leche, y se le espolvorea nuez moscada recién molida, sal y pimienta. Es todo. Debo aclarar que si la batata es roja, como en algunas variedades, al cocinarla queda de un característico color marrón que en puré parece otra cosa. Convenzan a su familia o invitados que una vez probado el puré ya no les importará el color. :)

El diálogo de la mamá de Alejandra es ficticio.

* Cotufas: Palomitas de maiz, canguil
* Tequeños: Masa de harina de trigo en forma de bastón romo rellena de queso blanco y frita.
* Torta de chocolate http://ve.emedemujer.com/saborexpress/recetas/sin-harina-azucar-elabora-esta-torta-chocolate/

Juan Gris (José Victoriano González-Pérez) pintor español (1887-1927), maestro del cubismo.

Jean-Édouard Vuillard, pintor francés (1868-1940), perteneciente al grupo de los nabís, un grupo de artistas franceses de finales del siglo XIX, caracterizados por pintar lo exótico sobre cualquier clase de materiales.

Walter Ufer (1876-1936), pintor alemán criado en Estados Unidos, conocido por sus pinturas de los pueblos indígenas americanos.