Hace quince días me despedí de ti, mamá. Pensé que no durarías muchos días más desde que te pusiste malita otra vez, pero me sorprendió lo corto del tiempo entre un sueño plácido y profundo del que no disfrutabas hacía muchísimo y tu última y única sonrisa horas después.
Algunos me han preguntado cómo voy. No voy,
tan simple como eso. Pensé que digeriría esto de otra manera después de años de
verte sufrir tanto. Últimamente no tenías días buenos. Ya no hablabas. Ya no
sonreías cuando te cantaba Mi Buenos
Aires querido, que sabrá Dios por qué te gustaba tanto. Muchos dicen que es
una bendición tener una madre tantos años. No sé qué decir. Sentirte sufrir tanto
tiempo no fue bueno. Pero me haces falta, mamá.
Nos gustaba contar cuántos Papas habías
conocido. Te registramos desde Pío XI hasta Francisco. Ocho. Viviste dos
guerras grandes. Emigraste. Levantaste una vida allá y otra aquí. Pero el allá
nunca se perdió con el aquí. Me queda el
cara al sol de los franquistas y el venid muchachos
venid, sed espejo de excelsa virtud de los republicanos, el himno de España con letra,
los versos de Rosalía de Castro. Me queda el esmagar, el xeitoso y la luna lunera cascabelera. Me queda la
herencia y el amor por un país que apenas he vivido. Me queda tu nacionalidad. Me
queda el ADN común de la familia. Me quedan las blusas y las faldas que me
cosiste, las chaquetas perfectas, el traje de boda. Me queda tu amor por cuanto
perro y gato existiera. Aunque sé que
viviste mucho y no era justo pedirle más prórroga a tu vida, ahora me doy
cuenta de lo que me hace mucha falta. El hablar. Ya no tengo a quién contarle.
En esas horas después que cerraste
los ojos en mis brazos y el inevitable día de legalidades, me quedé acostada a tu
lado recordando el camino que recorrimos juntas estos casi seis años en este país
destrozado. No sé por qué te lo digo, porque tal vez me acompañaste por última
vez antes de irte a esa luz que viste cuando sonreíste. En estos años perdimos
ambas y ganamos las dos. Tú perdiste las piernas, tu movilidad, tu plácida e independiente vida. Yo perdí mi
vida como la conocía hasta el momento, mi casa, mi trabajo, mi alegría, el hijo
que adoptaste como propio y extrañaste diariamente hasta que lo sacaste de tus
recuerdos. No te reclamo nada. Te pido perdón por no haber hecho más, por no haber entendido a tiempo signos de enfermedad que pudieran haberte ahorrado dolor. Ganamos las dos, porque cuidarte
me enseñó a entender el sufrimiento, a sacar fuerzas que no sabía podía tener, a decidir sin el miedo que tantas veces me amenazó, a
conocer a las personas con quienes realmente se podía contar y a quiénes había
que olvidar, a dar gracias por tanta ayuda que recibimos, a comprender que una cosa es querer morirse y
otra morirse. Tú, porque moriste como siempre quisiste, en tu casa, en tu cama, con tus hijas.
Para ti todo tenía arreglo. Por
eso viviste 99 años. Por eso creo que el día que decidiste irte es porque supiste, muy allá en el fondo de tu
memoria, que yo podía arreglármelas sola.
Te dejo un enlace por si quieres oír otra vez a Gardel.
Sé que estás bien ahora.
Pero, cómo me hace falta contarte, mamá.
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