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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

domingo, 16 de octubre de 2016

Historias de gente que puede ser que exista



Cuando era pequeña, en casa se compraba de vez en cuando una revista llamada Selecciones de un impronunciable Reader´s Digest, de periodicidad mensual con temas variados. No sé ahora, pero lo que mis jóvenes neuronas registraron sobre esa revista eran las historias de tragedias humanas que impactaban por su crudo desarrollo pero edulcorado epílogo. Siempre terminaban con un final feliz en un estilo de autoayuda, de esa que no importa de qué tamaño sea tu cruz, siempre hay una más grande que la tuya así que no te quejes y que tu prójimo no sólo ha logrado salir ileso de esa carga sino que te presta la grúa con la que la llevó y hasta te toca a la puerta para darte un pie de lima muy dulce con crema batida, en el mejor estilo de un Key West Lime Pie.
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Dance Floor. Nils Dardel (1922)

En una de aburrimiento total, Carlos maneja buscando qué hacer,  dónde ir a bailar una milonga o tomarse unas cervezas en una ciudad desierta a las once de la noche, cada día más arruinada.Tuvo un trabajo muy bien remunerado hasta el año pasado, pero ahora ve pasar los días y su vida en el mejor estilo de la película de Hugh Grant, ésa en la que es un tipo con mucho dinero que no hace nada gracias a una herencia de su padre y sólo encuentra solaz en conquistar mujeres a lo largo de su muy rutinaria vida. Carlos consiguió un contrato de cinco años como farmaceútico en una naciente compañía de medicinas obtenidas de extractos vegetales, un boom que funcionó cuando media humanidad decidió dedicarse al reciclaje, al naturismo y a la agricultura urbana. Todo orgánico, todo natural, pero Carlos sabía perfectamente que las plantas de las que se obtenían las medicinas eran regadas con el excremento de los millones de chinos que no sabían qué hacer con las deposiciones humanas y que llegaban empaquetaditas al vacío hasta los cultivos, con una etiqueta que nadie entendía pero si olía. Muy natural todo. Su trabajo concluyó el día que lo comentó a su pareja desconocida de baile bajo el influjo de unas cuantas pastillas para calmar la gripe y al día siguiente el bufete de su propiedad introdujo una demanda millonaria a la compañía de Carlos. El extracto que mejoraba los síntomas de la gripe también causaba una erección de doce horas en hombres mayores de cuarenta años.


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Sol, torre del aeropuerto. Robert Delaunay ( 1913)
Benjamín lleva planificando su viaje a la patria desde hace un año. Apenas compró el pasaje de avión y tan sólo por la ansiedad de la espera, sacó su maleta del armario, la desempolvó minuciosamente, la acarició,  la puso sobre una silla en su habitación y poco a poco fue colocando los calzoncillos casi nuevos, los calcetines que le había regalado su mamá y que nunca ponía –Benjamín, mi Benjamín, qué bien, aún los tienes y los usas, se imaginaba al enseñárselos después de los abrazos con olor a tortilla de patatas, cebolla y huevo semi-crudo. Al pasar dos meses de la compra del pasaje comenzó a adquirir los detallitos para la familia, para las primas buenasmozas con senos quirúrgicos que siempre le acariciaban la calvicie incipiente mientras él sonreía complacido, para las vecinas ancianas que le obsequiarían los chorizos madurados al viento de la sierra nevada, para los amigos fieles que le aguantaban diariamente las quejas de la soledad por whatsapp. Un mes antes del viaje ya tenía la maleta casi completa. Todo para dejar allá. Pasaría tres semanas deliciosas, olvidándose de su trabajo esclavizador, burlándose de sus compañeros de labor que lo ignoraban diplomáticamente aunque envidiosos porque nunca pondrían un pie en un avión ni para viajar a la capital, de la ciudad que era un infierno cada mañana por una rutina ensordecedora de bailoterapia callejera. Volvería a su pueblo natal en donde las macetas llenas de flores alegran la vista, dormiría en su cama sintiendo levantar sus sábanas por el viento fresco de la sierra, comería sus manjares favoritos, se dejaría achuchar por sus seres queridos, desayunaría sentado en las mesas de la acera leyendo el periódico sin enterarse del mundo a su alrededor. Ya tenía calculado el volumen de la maleta para llenarla de regreso con botellas del mejor brandy, unos tintos de reserva, chorizos, lomo embuchado, jamón serrano, garbanzos, lentejas pardiñas que nunca encontraba del otro lado, chocolate suizo, pimientos del Piquillo, pestiños, unos melocotones de piel sedosa que ocultaría muy bien, sus discos de música clásica que había dejado la última vez, los libros que anhelaba leer. 
Dos días antes del viaje reventaba de una felicidad absoluta cuando se cruzó con Heriberto, un inmigrante en su patria. Conocido, sólo un conocido, Heriberto le sonrió ampliamente para espetarle sin vergüenza que necesitaba le trajera algo. Benjamín tembló. Su viaje perfecto se comenzaba a derretir como gelatina al sol del Caribe. No te dejes influenciar. No pasa nada. No va a ser nada. Te va a pedir una foto de su esposa y sus dos niñas. La carta donde le dan la nacionalidad. El poster de media cuartilla del último concierto de Black Peas. Una crema de afeitar de cien gramos. Unos auriculares de diez gramos de color azul eléctrico enrollables en la esquina de la maleta. Unas medias de nylon. Una memoria minúscula. Un disco de Beyoncé. El certificado de un curso con sello húmedo. Diez segundos mirando la sonrisa fueron suficientes para empezar a sudar. 
En tono semi-agrio, Benjamín le comentó que no lo creía posible. 
–Cómo que no, hombre, siempre hay puesto para eso, la sonrisa de Heriberto comenzaba a transformarse en la del gato de Cheshire, misteriosa, cómplice. 
¿Serán condones? Sí, son condones con perfume europeo de Dolce & Gabana, se animaba Benjamín. 
–Es que no pesa nada, dijo Heriberto acentuando un ceceo artificialmente adquirido en su otra patria. 
- Pues, a ver, qué es? le urgió Benjamín. 
- Un balón de fútbol. 

450 gramos y 78 centímetros de diámetro, sacrificados en su maleta para un balón de fútbol que podía comprar en cualquier tienda deportiva local. 
- Es que no es igual si lo traes de allá. Es para una chica que me gusta. 
- Pues no, lo lamento, Benjamín le contestó firmemente, no sin antes sentir el frío en su estómago que le recordaba ese vaivén interno entre ser buena gente o un absoluto desgraciado.  Esta vez no se engañó. Ser un desgraciado siempre traía malas consecuencias.



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Sentada sobre el equipaje. E. Munch (1913-1915)
Alejandra comentó en su casa que la habían aceptado en un trabajo temporal en el exterior. Seis meses con un jugoso sueldo en un barato, pequeño y perdido país. Un compañero de trabajo, de esos de buenosdíascómoestás y no más, le pidió como favor le llevara unas cosas a su familia que estaba un poco necesitada en ese país, cosa que aceptó con gusto porque un favor así se le hace a cualquiera. Un día antes de partir y con una maleta repleta para seis meses de sabe Dios qué encontrarás allí, tocó a la puerta de su casa con una bolsa negra que arrastraba con un poco de esfuerzo. –Muchas gracias, compañera, buen viaje, aquí está el teléfono y la dirección, ellos no viven en la capital pero allá se arreglan, le dijo depositándola en la sala de su casa y dándole un apretón de manos.

Latas de atún, de sardinas, de guisantes, carne enlatada, jabones de tocador, tubos de crema dental, de afeitar, medias de algodón, ropa para niños. Alejandra calculó unos diez a quince kilos. Gritó, insultó para sus adentros e introdujo algunos de los productos en su maleta ya por sí pesada, preguntándose también sobre la precariedad del país a dónde viajaría. Dejó el resto por si alguien de su familia volaría a verla en ese tiempo. Le nombró a su colega la familia, la tía, a la abuela y toda la parentela junta cuando llegó al aeropuerto de destino y se dio cuenta que no había ascensor ni escaleras eléctricas para acceder a la calle, sino unas cuarenta escaleras que subir y por las que arrastró inmisericorde sus veinte kilos de peso que incluían las latas de comida.


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Se dice que la tarta de lima (Citrus auranifolia) es originaria de los Cayos de Florida desde principios del siglo XX. La cocinera de William Curry, un rescatador de naves naufragadas y primer millonario de Key West, parece haber hecho el pastel para él. Sin embargo, se cree que adaptó la receta de los pescadores locales, quienes necesitaban un postre que no requiriera horno en el barco. Las limas, la leche dulce enlatada y los huevos podían ser mantenidos en el barco sin refrigeración, y la mezcla de la leche condensada con el limón daría lugar a una pasta espesa por engrosamiento. La clara de los huevos muy batida daba el complemento perfecto para este pie que hoy es el postre típico en Key West. Debido a que los huevos crudos pueden portar Salmonella, el pie se hornea en la actualidad. Huevos, jugo y ralladura de lima, leche condensada, todo batido sobre una pasta de galletas y horneado por veinte minutos. Se lleva al refrigerador por ocho horas y se adorna con merengue o con crema batida. Vale decir que Hemingway la comió durante el tiempo que vivió en Key West.






El alma del poeta danza y delira sobre la ola de la vida, entre el clamor de vientos
y mareas.

Y cuando el sol esconde su frente y el cielo entristecido cae sobre el mar como los

párpados sobre los ojos fatigados, el poeta, dejando su pluma y con la cabeza en la mano,

deja huir su pensamiento hacia el abismo del silencio, hacia la niebla del eterno secreto.



El poeta. Rabindranath Tagore.

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Nils Dardel (1888-1943) pintor post-impresionista sueco.
Robert Delaunay (1885-1941), pintor francés, pionero del arte abstracto de prinicipios del siglo XX.
Rabindranath Tagore (1861-1941), poeta bengalí, Premio Nobel de Literatura en 1913.




viernes, 19 de agosto de 2016

Escribe que algo queda



Erato, musa de la poesía. E.J. Pointer (1870)
Escribe que algo queda, siempre me repitió mi tutor de tesis, un hombre honorable con un amor poco común por esta tierra que adoptó a sus padres. Cuando el desánimo me vence y Erato está de vacaciones en las Seychelles, me obligo a recordar esas palabras para no perder la esperanza de que las nuevas generaciones de venezolanos, los que están naciendo, los que están muy pequeños para tener memoria de estos días maltrechos, puedan algún día leer las páginas ciertas de aquellos que narramos la historia de hoy. Aunque siempre les quedará la duda razonable de que esa historia sea poco creíble, sobre todo si vence la mentira de aquellos que se creen dioses. 

Suelo acudir a comprar verduras en un negocio cuyos dueños las traen de Los Andes venezolanos. Es un sitio sin pretensiones, pequeño pero muy limpio y ordenado, tiene aire acondicionado y puntos electrónicos de venta, los empleados cantan mientras trabajan, ayudan a cargar las bolsas y las llevan al carro sin esperar propina, y todo eso se agradece porque las verduras se mantienen frescas, se hace la compra con comodidad y se paga con tarjeta de débito o crédito, recurso inestimable porque de lo contrario hay que cargar muchos billetes en un gran bolso para pagar. A pesar de ser el país con la más alta inflación del mundo (economistas dixit), el billete de máxima denominación no alcanza para comprar un huevo.  
Si no fuera por los precios cada vez mayores, este negocio de las verduras es el recuerdo del venezolano de bien antes de la hecatombe.


Mafalda. Quino (sin fecha)


Las historias que vienen a continuación están basadas en hecho reales y sólo una está aderezada con un poco de picardía. 

Calienticas, como diríamos aquí ante un hecho reciente.





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Marbelys del Carmen apuró la taza de café en la mañana para ir a comprar las verduras. Era miércoles y sabía que si esperaba para el jueves los precios habrán subido un 20%. Los gochos* disculpan los aumentos porque no hay fertilizantes, semillas ni plaguicidas y si los consiguen es a precio de mercado negro. Marbelys comenzó comprando los cambures este año a 200 bolívares el kilo y ya están en 800, siete meses después. La auyama* que era la cosa más barata de este país ya está a nivel de verduras tradicionalmente más caras. Como no hay pasta, arroz o harinas pues hay que resolverse, como su amigo Alejandro que ya es experto haciendo empanadas de plátano o yuca para suplir la ausencia de la harina de maíz. 
Cuando Marbelys llegó al negocio no había casi nadie, así que se contentó pues siempre pasaba más de una hora en la cola para pagar debido a la lentitud de los puntos de venta cuando había mucha gente. Abrió las bolsas plásticas que siempre llevaba consigo para preservar el planeta y también porque por el precio de cada bolsa en el negocio daba propinas a media humanidad.  Antes las regalaban pero esa época ya se acabó.
Siguiendo su obsesivo orden de compra, se fue hasta el puesto de los plátanos, amarillos pero duros, los adecuados para unos plátanos fritos perfectos. Tenía un litro de aceite que había conseguido en un trueque: había dado a una conocida un paquete de dieciséis toallas sanitarias y un pote de mayonesa marca gobierno a cambio del aceite. No le había pesado mucho desprenderse de las toallas sanitarias literalmente inexistentes en los mercados porque ya no las necesitaba. De hecho, los paquetes que le quedaban eran lingotes de oro para los trueques por comida.

En el puesto de los plátanos se consiguió a una señora que se le antojó como ella. Normal. De familia. Profesional.  Alta, de pelo blanco, refinada, cutis blanco. Poco más de sesenta años. Pantalones vaqueros, camisa blanca impoluta, zarcillos de buen gusto. Un gran bolso al hombro. De buena calidad. Sin angustias. Ensimismada. Aislada del mundo. Escogía con delicadeza cada plátano, sólo para volverlo a dejar en el mismo sitio. Marbelys quería alcanzar los plátanos de la esquina pues se veían mejores, pero la señora normal no se movía de allí, como si los plátanos fueran su universo.

Como la señora normal aparentaba tener toda la vida por delante para escoger un plátano, Marbelys decidió tornar hacia el puesto de al lado en búsqueda de unas berenjenas, para hacerlas ahumadas que no llevaban tanto trabajo y se le podían echar al pan que compraría al salir de allí, luego de hacer la cola de una hora en la calle frente a la panadería. Las pondría a tostar en la placa de la cocina dándole vuelta hasta que la piel estuviese quemada por completo y luego le sacaría esa piel para desmenuzar la pulpa de la berenjena y mezclarla con mucho ajo, sal y el bendito aceite. Le pondría un toque de vinagre blanco porque hacía más de un año que el vinagre tinto se había vuelto un lujo que no podía darse.

Una vez que terminó de escoger las berenjenas, volteó a ver si podía volver a los plátanos. Efectivamente, la señora normal recién había terminado de escoger, sólo para introducir un hermoso plátano en el gran bolso que colgaba de su hombro. Marbelys no supo qué hacer. La señora normal acababa de meter un plátano en su bolso y su mano ajustaba con suma calma el contenido del mismo. Marbelys miró hacia todos lados a ver si alguien más había captado la misma escena. Nadie. Los empleados estaban en lo suyo, empacando ajíes o sacando hojas viejas a las coliflores. La señora normal ni la percibió cuando pasó delante de ella para dirigirse, sin sacar la mano del bolso, a unos escasos dos metros más allá hasta los calabacines, a los que aplicó la misma calma para escogerlos que la ejecutada con los plátanos. Cinco minutos después, un hermoso calabacín fue hacerle compañía al plátano en el bolso. Y así, la señora normal fue hasta cada uno de los puestos sin ninguna bolsa plástica en su mano para completar la comida del día. Marbelys se preguntó cómo iba a hacer para acomodar las acelgas en el bolso, pero le dio vergüenza seguir observando.
Marbelys terminó su compra y se fue a hacer la cola para pagar. La señora normal había desaparecido del local. No oyó llantos ni llamadas de atención. 
Rayma, Agosto 2016.


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Yusleidy Coromoto lleva días molesta con su marido porque éste se niega a hacer colas para comprar alimentos y ya ella no puede inventar más con la dieta de verduras. Por muy creativa que se ponga, las verduras contienen mucha agua y la jauría de hijos que tienen se convierten en demonios de Tasmania después de las cinco de la tarde, porque los palitos de zanahorias al papelón y el ajoporro en salsa al tamarindo reducido le quedarán muy bien a Paulina Abascal y a Anna Olson, pero ellas tienen todo el azúcar que quieren y las harinas de cualquier tipo para satisfacer las demandas de glucosa a otras horas del día. Yusleidy se dió de baja en la televisión por cable para no ver las cosas de otros lados y sobre todo el el canal Gourmet,  para que sus hijos no le reclamaran cuándo iba a hacer el tiramisú o las masas básicas de Gross. Sentía que le subía la tensión cuando veía a la Olson abrir el cajón que contenía kilos de harina de trigo, de los que Yusleidy necesitaría apenas dos tazas para una pizza familiar. Un día vio a un argentino poner doce riñones de res a la parrilla y comenzó a salivar,  aunque años atrás le daban un asco indecible.

Como Yusleidy amenazó a su esposo de no volverse a acostar con él a menos que fuera con ella en búsqueda de alimentos, el hombre aceptó ir el miércoles con ella a los negocios del centro pero negándose rotundamente a hacer la cola de la madrugada. Sabiendo que no iban a encontrar nada importante de esa manera, Yusleidy aceptó sólo por cansancio. Estaba harta de buscar comida sola. En su recorrido por varios negocios indeciblemente sucios, no consiguieron nada de productos básicos, sólo uno que otro  "para sacar el sucio de la ropa" según decía la etiqueta, un eufemismo que definía un producto que no era jabón y que con seguridad iba a ser el responsable de más de una alergia en la piel, una pasta multi-limpiadora que servía para excusados tanto como para vajillas, pisos y quitar el olor de la orina de los gatos. Dos productos desconocidos, solitarios y huérfanos en estanterías vacías. 
Avizorando una próxima y larga temporada de abstinencia sexual, el esposo de Yusleidy le alertó sobre un aviso de tomates en el negocio de enfrente, con un precio realmente muy económico si se comparaba con los precios de los mercados de verduras
Yusleidy entró al negocio caluroso, sin aire acondicionado ni ventilador a pesar de unos inclementes cuarenta grados de temperatura y la primera visión que tuvo fue de desastre. El cilantro tenía las hojas amarillentas y secas con las raíces llenas de tierra; unas acelgas marrones reposaban abandonadas sobre una mesón; las papas tenían agujeros; las auyamas, la corteza hundida y drenaban un líquido espeso; los plátanos estaban negros. No era el negro del plátano para sancochar: era el negro de la pudrición. Los precios de todo eran una ganga. Si no fuera por el mal estado de todas las verduras, Yusleidy hubiera gritado de alegría al ver que eran precios del año pasado. Se dirigió a los tomates que garantizarían un cariñito a su esposo. Se veían grandes como tomates manzanos. Pero algo pasaba con los tomates. Nadie los escogía porque los hongos se habían instalado sobre la mayoría de ellos. Un joven se le acercó sigilosamente y le musitó:
-No los compre, se va a enfermar.
Invencible y pensando en una salsa de tomate para untar sobre el pan de la cena, las manos de Yusleidy revolotearon sobre las cajas hasta que encontró algunos sanos. Puso la bolsa sobre la balanza de plato que estaba en la mitad del negocio: un kilo y medio. Hizo la cola ante un mesón con tres balanzas electrónicas detrás de las cuales había mujeres cubiertas con hiyab. En un mal español, la mujer le dijo sin levantar la vista:
- Un kilo ochocientos. 

El marido de Yusleidy la esperaba afuera. Con absoluta certeza, ella le comentó que esas verduras provenían de los desechos del mercado y los dueños del lugar las revendían. Esa noche, el esposo de Yusleidy decidió que el hallazgo de los tomates bien valía una recompensa y comenzó a arrimarse a su esposa, quien  rechazó los acercamientos de su esposo. 
- ¿Y ahora qué te pasa? Compraste tomates baratos...


A Yusleidy ya no le importaban los tomates. Los había metido en la licuadora con un chorro de aceite, sal, pimienta y unas hojas de albahaca del jardín del vecino, una receta de su profesor hijo de italianos que ahora vivía en Rio de Janeiro. La salsa se la untó a los panes y los metió en el horno. Dos latas de sardinas y los panes con tomate fueron la cena de la noche.

No eran los tomates los que le habían sacado las ganas de sexo.   Es que no le salía de la cabeza la larga cola de la gente, habitantes como ella de un país petrolero cuyos gobernantes paseaban su arrogancia por el mundo, pagando por plátanos y auyamas podridas para satisfacer su hambre.


El hambre no es bueno para las relaciones de pareja, podría decir un sicólogo.



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María Eglantina le había prometido a su hijo una BigMac doble si pasaba la última materia. Antes acostumbraba comprarle una todos los viernes para celebrar la finalización de los madrugones semanales y las comidas apuradas. Se ponían el pijama y se sentaban a comer la hamburguesa viendo una película comprada a la cablera.  Eran dos horas para pasar juntos, comiendo las papitas fritas con los dedos sin tenedores ni mesa arreglada. Pero una hamburguesa pasó a costar 1/3 de un sueldo mínimo y a desbalancear el presupuesto antes holgado de Maria Eglantina. De una semana sin ella, pasó a dos, a tres y luego a meses.

El viernes en la noche, Eglantina le dijo a su hijo que se vistiera para ir a comprar la hamburguesa. Al ver la soledad alrededor del negocio, confirmó lo que su corazón le venía diciendo hace tiempo. La gente no tenía dinero para comprar una hamburguesa. No había un solo carro en el estacionamiento a pesar de ser viernes y en el local en penumbras por ausencia de clientes sólo había una madre cubierta con hiyab y sus dos niños comiendo hamburguesas. Eglantina se acercó con su hijo a ver los precios impagables en el tablero y notó a un adolescente triste de zapatos rotos y ropa sucia apoyado en el mostrador. 
-Señora, por favor, ¿usted podría comprarme algo para comer?
Eglantina miró a su hijo con dolor. No pudo comprarle la hamburguesa. No tenía para comprar otra para el adolescente hambriento. 

No podía comprar una hamburguesa a su hijo biológico mientras su hijo de patria pasaba hambre.


(...) Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde la vida habita siniestramente sola.
Reaparece la fiera, recobra sus instintos,
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.

Arroja sus estudios y la sabiduría,
y se quita la máscara, la piel de la cultura,
los ojos de la ciencia, la corteza tardía
de los conocimientos que descubre y procura. (...)

Miguel Hernández, El hambre

***
Auyama: Calabaza, zapallo
Gocho: Oriundo de Los Andes venezolanos

Edward John Pointer (1836-1919), pintor inglés
Quino, Joaquín Salvador Lavado Tejón, (1932), es un humorista gráfico hispano-argentino. Su obra más conocida, Mafalda, fue publicada entre 1964 y 1973.
Rayma Suprani, reconocida dibujante venezolana.
Miguel Hernández Gilabert (1910 - 1942). Poeta y dramaturgo español.