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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

sábado, 30 de abril de 2016

Un cuento en formato del siglo XIX



 La esposa del viento



Abdulllah Amin Nasser fue a pedir la mano de Carmen Portillo el día que ésta cumplía quince años. Lo escogió precisamente porque sabía que el padre de Carmen iba a montar carne en leña con unas cervezas y después de diez, ni una más ni una menos, Portillo iba a aceptar su solicitud. Estaba absolutamente seguro. La descendencia de su futuro suegro la constituían diez hijos, contando seis hembras que había que ubicar pronto antes que se las montaran sin compromiso. También sospechaba que tendría que perder tiempo en la pedida pues se pondría un poco remolón, más caporal que padre, porque las muchachas llevaban la casa. Le comentaría que desde bien temprano recogían las hamacas, barrían los cuartos, preparaban la leña para cocinar las arepas, alimentaban a las gallinas y hasta se bañaban con el agua fría al amanecer sin rechistar.

La madre de los hijos Portillo, entre montada, parto, montada y otro parto ya no estaba para hacer ni decir nada, expresaba riéndose el esposo, sólo para sentarse en la hamaca debajo del enorme jabillo a ver volar el polvo, oír las hojas moverse con el viento y esperar que algún pajarito como por equivocación le dejara un recuerdo en la cabeza. Se había casado a los quince años sin mucha emoción ni conocimiento de su futuro marido y a los quince y nueve meses exactos ya había parido a Carmen. Desde ahí y sin descanso, todos los años trajo otro muchacho hasta que la naturaleza no la dejó más. Portillo se ufanaba de ello frecuentemente. Después que la montó por vez primera, rápido y sin cortesías, le había dejado en la mesa debajo del jabillo tres sacos de granos rojos, negros y blancos. Mezcló todos los granos en uno y le ordenó volverlos a sus sacos originales, separándolos por color, mientras él salía a los potreros a trajinar el ganado. Así la mantuvo ocupada hasta que parió y volvió a quedar embarazada nueve veces más con la misma prisa y crueldad que la primera. La costumbre enseñada por su padre, su abuelo y todos los parientes varones. Sin protestas. Los partos sobrevinieron en mitad de las labores de la cocina, pilando el maíz o separando granos. Todas las veces cortó el cordón con el cuchillo de la cocina, lavó el muchacho en la quebrada y siguió con lo suyo mientras lo tenía colgado del pecho. Diez hijos después, la madre Portillo no opinaba y sólo sonreía perdida, como si no estuviera. Tal vez acarició a Carmen cuando pequeña, pero ésta no se acordaba.

Para Abdulllah, lo que hacían las muchachas Portillo era adecuado para sus propósitos. Necesitaba una mujer calladita, hacendosa y que se dejara hacer. A los treinta y dos años cumplidos, sus piernas estaban robustas de tantos caminos recorridos primero a pie, después con una bicicleta y luego con moto para vender peines, espejos, chores, franelitas, alpargatas, chimó* del bueno, afeitadoras, jabones de tocador, frascos de colonia Jean Marie Farina, coloretes tenues y pinturas de labio sólo rosadito claro. A veces le pagaban la carne salada con cambures y caraotas, y éstos los cambiaba a otros por suero o natilla. Todo lo vendible o cambiable dentro de las posibilidades de la zona… menos condones. Ya sabía que si los compraba para vender era pérdida segura. Era tan tabú el tema como dibujar el cuerpo humano en el Islam. Un macho que se respeta no usa esas gomas. Hundidos en el vaivén de las hamacas después del almuerzo de granos, carne, arroz y espaguetti, todo mezclado en los platos de peltre, a los hombres que se reunían allí les gustaba comentar que la mujer no podía verse los pies durante los diez primeros años de estar juntos. Después ya no importaba. Estaban tan aguadas que nadie se las iba a quitar. Para eso estaban, para criar. Y una vez dicho esto se reían entre los dientes que aguantaban el palillito que Abdulllah les había vendido alguna vez. Sin competencia.

Joven campesina arreglando su pelo (1891)
La búsqueda de esposa por parte de Abdulllah había sido dedicada. Después de observar a los clientes y su descendencia femenina, puso sus ojos sobre las Portillo, y de ellas la mayor. Privaron algunos detalles menores para su escogencia: tenía más experiencia en las tareas caseras pues detrás de ella había una recua que cargó, limpió y alimentó. Pero la verdadera intención que le animaba era el apetito por las jovencitas de carnes duras y de piel suave como los dátiles que se derretían en la boca, carentes de colgajos de piel o dientes dañados, que no le protestaran el aliento o el olor en los pies y no les tuviera que pagar por servicios medianamente prestados como los de las mujeres estropeadas y apuradas de los burdeles que le negaban los labios. Una niña-casi mujer que le hiciera caricias al llegar a casa y le tuviera la comida preparada. Que estuviera bañadita con el pelo mojado oliendo a flores. Aunque, pensaba Abdulllah, Carmen, así como bonita bonita, no lo era. Los ojos eran más bien pequeños y nunca le había visto los dientes. No le conocía la risa ni la voz. Las piernas eran muy delgadas y los senos apenas apuntaban como capullos debajo de la ropa. El pelo negro muy largo siempre lo llevaba atado en una cola. Cuando iba a vender a la casa de los Portillo percibía que escapaba al oírlo llegar, sólo para llenarse del polvo traído por el viento que le cubría la piel y le colmaba las pestañas de copos amarillentos. 
Pero aunque le hubiera gustado una muchacha más agraciada, no tenía un universo en dónde escoger. No había muchas solteras porque con la primera regla se comprometían y se casaban sin esperar a la segunda. Luego estaba el asunto de la creencia. A los ojos de Alá (¡Bendito sea su Nombre!) era impura cualquier unión con una mujer de otra fe. Desde el principio supo que no iba a poder cumplir con ese precepto en muchos kilómetros, pero no había otra forma de conseguir mujer. Todas las Portillo eran cristianas, pero también era cierto que todo el mundo de por allí se decía cristiano. Tenía mucho que ver con que el hermano Zacarías pasara por las fincas casi todos los días, convenciendo con una soltura pasmosa mientras masticaba la arepa rellena de huevo revuelto, sobre la conveniencia de creer y leer el evangelio, no emborracharse, no hablar mal de los demás, no tener ni pensar en otras mujeres aparte de la suya propia y amenazar veladamente que de no cumplir esos y otros mandatos que se inventaba en el camino, se pudrirían inmisericordemente en los fuegos del infierno. Muy calientes. Por cierto, tan calientes como las brasas rojitas que reposaban en el fogón.


Fin de la primera parte. Continuará...



El 15 de julio de 1836 , el periódico francés La Presse inicia la publicación de La Condesa de Salisbury de Alejandro Dumas en el primer folletín romántico (roman-feuilleton) encartado en su periódico. Sus entregas se hicieron semanalmente hasta el 11 de septiembre del mismo año, manteniendo a todo el público pendiente del desenlace y por supuesto, comprando el periódico. Lo mismo ocurrió con una obra de Honoré de Balzac, La hija vieja, desde el 23 de octubre al 30 de noviembre del mismo año. Los misterios de París de Eugène Sue fueron publicados desde junio 1842 hasta octubre 1843.  El periódico Le Siècle tampoco se quedó atrás y publicó Los tres mosqueteros, El Vizconde de Bragelonne y El Conde de Montecristo de Dumas en el mismo formato. 

¿Qué tenían en común estas obras? Que fueron publicados como folletines en entregas periódicas y posteriormente reunidos en un libro.
Joven mujer leyendo con un caballero (1911)
El término folletín proviene del francés feuilleton y define a un género dramático de romances, aventuras o misterio. 
Los folletines estaban escritos en un estilo simplista y con argumentos inverosímiles. Como tenían un ritmo de producción muy rápido, no se exigía el preciosismo en el estilo y con frecuencia los textos se alargaban  con simples monosílabos o párrafos irrelevantes. La idea era dejar atrapado al lector con una historia que podía durar meses y así vender el periódico.
Debido a que la continuidad de las historias debían ser publicadas con regularidad, muchos de los textos no fueron escritos en su totalidad por los autores que los firmaban: Dumas padre llegó a tener más de cincuenta colaboradores. ¿Aparecen en la historia los nombres de esos colaboradores? No. Sólo Auguste Maquet es conocido públicamente como su colaborador y su asociación terminó en juicio, pues los enormes beneficios siempre se inclinaron hacia el bolsillo de Dumas.
Auguste Maquet


Una leyenda negra cuenta que Dumas padre le pregunta a su hijo (también del mismo nombre y autor de La dama de las camelias) si había leído su última novela. 
El hijo le respondió :-No. ¿La has leído tú?.


El hecho de publicar en folletines no significaba necesariamente que era literatura mala. Había un mercado editorial que respondía más al interés monetario que a la estética. Se publicaron obras de escaso valor pero también muchas otras de escritores reconocidos que pasaron a la historia. Entre ellas, La guerra y la paz de L. Tolstoi, Los hermanos Karamazov y Crimen y Castigo de F. Dostoyevski y La flecha negra de R.L. Stevenson fueron inicialmente leídas  en folletines. Charles Dickens publicó por entregas Los papeles póstumos del Club Pickwick, Oliver Twist, La vida y aventuras de Nicholas Nickelby, La tienda de antigüedades. Benito Pérez Galdós lo hizo en español con su Marianela. Una peculiar manera de entrar en la eternidad literaria.



La escritora (circa 1912)
 

Esta entrada está dedicada a los inspirados escritores que permanecen en el anonimato y sufren en silencio al saber que sus letras son pronunciadas, leídas o aplaudidas bajo la firma de otro.


Y también para aquellos que son plagiados sin enterarse ...


Signé, Dumas.






La esposa del viento es de mi autoría. El cuento resultó ganador del primer lugar en el Concurso de Cuento y Poesía 2013 de la Universidad Francisco de Miranda, Venezuela.

*El chimó (Colombia, Venezuela) es una pasta de tabaco con sal de urao (sesquicarbonato de sodio).

Joven campesina arreglando su pelo es de Camille Pisarro (1839-1930), uno de los padres del impressionismo francés.
Joven mujer leyendo con un caballero es de J. Singer Sargent (1856-1925), pintor norteamericano considerado el mejor retratista de su generación. Mil gracias a Bernardo González por la recomendación.
La escritora es de Mary Bradish Titcomb (1858-1920) pintora norteamericana de la escuela de Boston.

Las pinturas son de theathenaeum.org

 

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