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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

domingo, 17 de abril de 2016

Un día cualquiera en el país de Marielba



Marielba se levantó a la una de la mañana. Cansada, como todos los martes después de dormir tres horas. Se vistió en penumbras, no para evitar despertar a su esposo, sino que tocaba el consabido racionamiento de luz. No dudó en escoger lo que debía ponerse, era martes, su día asignado para comprar y ya lo tenía apilado encima de la silla desde el día anterior. El bluejean más viejo, la franela rosa desleído sin dibujos, flores o imágenes que la identificaran con un pensamiento político en particular. Los zapatos de goma, los que ya tenían dos años de uso y a los que le había pegado la suela un poco desprendida con silicona. Cuando fue al baño a tientas, recordó que el tubo de pasta dental ya no se podía exprimir más. Encendió la vela que estaba en el lavamanos y se marchó a la cocina a buscar la tijera, regresó, cortó el tubo y raspó los restos de crema en el interior con el cepillo. Se enjuagó la cara y la boca con el agua del vaso porque no le tocaba el suministro de agua. No se echó desodorante. Le quedaba la pasta adherida al plástico y la necesitaría para mejor ocasión. Total, todos iban a oler a sudor y qué más daba. 

Mujer al frente de un espejo. G. Lemmen (1902)
Cuando se miró al espejo a la luz de la vela, éste le devolvió una imagen que no reconoció. Lo que más le dolió fue el reflejo sin zarcillos, sin pintura en los labios, las manchas en la cara que no podía tapar porque no tenía base y las ojeras oscuras y profundas como evidencia inocultable de una continua desesperación.

Bebió sin azúcar un café ácido que había quedado en la cafetera. Sabía que
apenas  había  café molido para las tres tazas del desayuno de su familia. Cogió las llaves del apartamento, se aseguró que la cédula de identidad estuviese en el bolsillo delantero del pantalón y el grueso fajo de billetes de la mayor denominación, el informe médico de su mamá y una botella de agua en la bandolera insignificante. Completó su atuendo con una bolsa de tela vacía y varias bolsas plásticas en su interior.

Su vecina Noelia
 la recogió en la puerta del ascensor. Sin mediar palabra. Esperaron abajo, tras las rejas del edificio, a que sonara la corneta del carro. Subieron en silencio. Cuando llegaron a la cerca del supermercado a las dos de la mañana, la cola ya daba vuelta al centro comercial. Le pagaron al chófer, sin gracias de por medio. Marielba escudriñó las caras de la cola en la oscuridad. No había facciones, sólo sombras formes en fila o tiradas en el piso envueltas en frazadas. Detalló quién estaba delante de ella. Un hombre oscuro con franela oscura. Se colocaron al final de la cola. Mudas.

Una hora después apareció la policía. Fue el único sonido que rompió la noche. Como autómatas, todos echaron la mano al bolsillo para entregar a unos oficiales desconocidos el  documento que les identificaba como habitantes del país donde apoyaban su humanidad. El único documento que garantizaba la inviolabilidad de su ciudadanía. El mismo que se había prostituido con el transcurrir de la ignominia. Con todas las cédulas atadas en una tira de goma, la policía desapareció robándose la individualidad en un manojo y todo volvió al silencio.

Al despuntar el amanecer, los ruidos de la cotidianidad comenzaron a surgir en la cola. La luz le permitió ver a Marielba quiénes la acompañaban. Conocidos de la zona, pocos. Conocidos de los martes, el resto de una línea de cuerpos difícil de cuantificar. Llevaba meses viéndolos, identificándolos por sus mochilas grandes,  sus hartas dotes de movilización y su enriquecimiento manifiesto a costa del sudor ajeno revendiendo a mucho más de su valor. Algunos de ellos no entrarían al supermercado. Esperarían a las siete de la mañana a sus empleadores de turno. Con suerte, Marielba tendría apenas diez o veinte personas delante de ella por cada uno de estos compatriotas que vivían de hacer cola. Calculó que ella y su vecina estarían en la segunda tanda de trescientas personas.

A las siete de la mañana, volvió un policía masticando una arepa con queso a devolverles las cédulas, nombrándolos uno por uno. La grasa del queso quedó impregnada en la suya, así que Marielba sacó de su bolsillo un trozo de papel absorbente de segunda y la limpió prolijamente. No perdía aún el asco de ver violada su foto, su nombre y su firma. Ya había aprendido que debía llevar la cédula vencida porque a una vecina le habían extraviado la suya. 

De repente, empezaron a empujarla hacia atrás. Eso era lo que más le desagradaba de la espera. No había posibilidad de espacio limpio en las colas. Las nalgas del individuo de delante se clavaron en su pubis, y volvió a recordar la ocasión en que los senos llenos de billetes de una de atrás se le habían empotrado sin misericordia en su espalda. Por eso había decidido no volver sola. Prefería que su vecina la tocara antes de sentir la profanación de su piel por un desconocido. Aún le quedaba algo de pudor.

Como una ráfaga de viento, una multitud de doscientas personas que aparecieron de la nada fueron colocándose en la cola a la vez que salían de ella quienes le habían cuidado su puesto.  Marielba y Noelia terminaron cien metros más allá de donde se habían situado de madrugada. Diez minutos después, el hombre oscuro de franela oscura salió de la cola para hablar con un grupo de personas que le entregaron en billetes el equivalente a su sueldo de profesora universitaria de un mes. Marielba supo en ese momento que esas veinte o treinta personas irían delante de ella. Se echó para atrás nuevamente. Quiso llorar pero las lágrimas se le habían secado hacía buen tiempo.  De allá adentro quiso salirle el instinto de protesta, pero el miedo a la violencia se lo había apagado hace rato .


Cuando abrieron el supermercado a las ocho de la mañana, se rompió el silencio para dar lugar a una algarabía de voces surgiendo de cuerpos apretados. Una a una, cada voz transmitió a la siguiente lo que venderían hoy.  Con sonrisas en los semblantes, harina de maíz, margarina, pasta, papel sanitario y tal vez jabón de tocador. A las ocho y media Marielba vió salir a los primeros compradores. A esos que estaban en la cola desde las tres de la tarde del día anterior. A través de las bolsas precarias vislumbró varios paquetes de harina, un pote de margarina, un paquete de pasta y en la mano, dos rollos de papel sanitario. Así al aire, sin plástico que lo cubriera,  Marielba pensó en un ataque de sarcasmo que para limpiarse las suciedades corporales no importaba mucho la contaminación de la calle impregnada en el papel.

A la una de la tarde, Marielba se vió finalmente frente a la puerta del supermercado. El agua se le había acabado hacía buen rato y ya no aguantaba la cadera, los pies, el alma. Había aprendido a no escuchar. Se agotaba mentalmente porque excepto por su vecina, el resto de las conversaciones que oía versaban sobre lo que había en otras colas, de cuánto iban a cobrar por lo que compraran, de cosas absurdas que lesionaban sus neuronas o del muerto más reciente por atraco a mano armada. Había aprendido a no delatarse, a no confesar inconscientemente que había obtenido dos títulos universitarios para tener que aguantar esta humillación. A punta de miedos había dejado de llevar el celular para tomar fotos de la multitud o de las estanterías vacías. Para qué arriesgarse en enviarlas si los países adormecidos por sus propios problemas habían dejado al suyo en el rincón de no molestar.

Cinco minutos después, un guardia nacional nada educado le escupió en la cara la noticia de que se habían acabado los productos regulados. En silencio, el espacio quedó vacío diez segundos después, como si los espectros hubieran vuelto a la oscuridad. Marielba no se resignó y entró al supermercado a ver si era verdad. Enfrente a las verduras, vió a los empleados del supermercado vendiendo los productos regulados a sus conocidos bajo amplias sonrisas a la par que cobrando por sus servicios.

Marielba se quejó ante una vigilante muda y sorda. Le dijo a una Noelia de mal humor que fueran a la farmacia. Aunque era tarde y no encontrarían ya nada, sintió que debía ir. Un pálpito, pues. Si hubiese pañales para adultos llevaba los dos requisitos que pedía la farmacia: su cédula y el informe médico de su mamá donde señalaba que eran necesarios para ella. Tal vez habría toallas sanitarias o champú o afeitadoras. No podía dejar acabar el día que le tocaba y llegar a casa con las manos vacías. Miró suplicante a Noelia.

Como cada semana, Marielba extrañó una estantería más de la farmacia. El centro del local parecía una sala de baile. Sólo el piso. El resto, estanterías con calcetines con costo de un octavo de sueldo mínimo, plásticos y refrescos. Algunas medicinas de venta libre. Alcohol. Nada más. Noelia y ella se repartieron el recorrido. Acostumbrada ya a revisar cada milímetro de las estanterías, Marielba se detuvo atónita en una de ellas. Detrás de dos filas de envases de desinfectantes para el piso olor a lavanda, la vió. Bolsa plástica de color morado. De ocho toallas sanitarias. De noche. Sintió taquicardia. No miró a los lados. Separó suavemente los potes de desinfectante de un tono morado que mimetizaba el paquete y lo tomó. No habían pasado cinco segundos cuando varias mujeres le increparon dónde lo había conseguido. No habló. Sólo lo abrazó como un billete de lotería con número ganador. Lo pagó y lo escondió en el bolso de tela. En silencio.


Pasaron por la panadería al salir. Marielba pidió dos barras de pan y miró por leche. El empleado le gruñó que sólo podía llevar una barra. No había leche, sólo la bebida láctea con la que engañaban a la gente desde hacía meses. 


Al salir de la panadería, en el primer escalón, Marielba sintió cómo la empujaban violentamente y cayó de rodillas en la calle. Al alzar la cabeza  vio una mujer que corría con su bolso de tela ante la mirada impasible del vigilante. Acostumbrada a hablar dos horas seguidas en clase, Marielba aceptó en ese momento que además de la dignidad, la tranquilidad y el confort,  le habían robado también el derecho a la expresión oral.


Entró al edificio, dejó a su vecina, llegó a casa. Encontró a su mamá viendo la cadena en la televisión. El presidente gritaba ante una multitud obligada que el país se había constituido en el mar de la felicidad a pesar de los intentos de la oligarquía por destruirlo. Su mamá le preguntó si había traido leche, que se había acabado esta mañana.


Sin responder, Marielba se fue al baño a orinar. Sentada en el excusado vió que el pantalón de los martes se había roto en la rodilla y en ésta tenía un raspón sangriento. Acordándose que no había agua para limpiarlo, extendió la mano para coger un poco de papel sanitario. Al tocar el rollo de cartón vacío, lo sacó de su sitio, y tragando las ganas de abandonarse a la violencia, lo arrimó a su cara para empaparlo con las lágrimas que manaron a raudales.

 
Jóvenes campesinas a orillas del río Lys. Emille Claus, sin fecha

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o que esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.


Orillas del Sar, Rosalía de Castro (1837-1885).


Un día cualquiera en el país de Marielba es de mi autoría.

Rosalía de Castro fue una escritora gallega de indispensable mención en el panorama literario español del siglo XIX.

Emile Claus fue un pintor impresionista belga (1849-1924), pionero del luminismo. George Lemmen (1865–1916) fue un pintor belga neo-impresionista. 



Las pinturas son de theathenaeum.org.

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