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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

viernes, 8 de abril de 2016

El menú en un extraño cuento sobre un hombre en el camino



                                                          Cruce de caminos

Después del distribuidor Nº 2 de la autopista central existe un cruce de caminos: el que lleva a la montaña y el que conduce al desierto. En ese cruce hay una baranda doblada, que alguna vez fue plateada y que evidentemente ha recibido múltiples contusiones y provoca ese tipo de comentarios ociosos de cuántos habrán chocado allí, que le habrá pasado al conductor, ya podía el gobernador cambiarla... 

Autoretrato contra un cielo azul. Edward Munch, 1908.
Todos los días pasaba por el cruce para llegar a mi oficina. Todos los días veía un individuo vestido de camisa blanca, pantalón gris y lentes negros de esos de agencia de espionaje, detrás de la baranda, de ida, a las ocho de la mañana y dos de la tarde; de venida, doce del mediodía y seis de la tarde. Incólume, impertérrito.
Me imagino que después de varios días me percaté que estaba allí, y al pasar el tiempo, comencé a preguntarme si el individuo tomaba el autobús a algún lado. Luego, si el individuo esperaba a alguien. Más tarde, si el individuo estaba perdido. Finalmente, si estaba loco para soportar el calor, la lluvia o el viento, día tras día, en el mismo sitio. Y ya, en el extremo de la curiosidad, me devolví de mi oficina a las nueve, otro día a las diez, a las tres, y hasta recorrí la vía, ida y venida, desde las ocho hasta las seis. Todo para descubrir, con legítima certeza, que el individuo permanecía todo el día en el mismo sitio.

Hubo un día especial en el que me detuve y le pregunté que hacía allí.

- Observo.

- ¿Qué observa?

- El mundo pasar. Por ejemplo, usted pasaba por esta vía cuatro veces al día. Luego varió la rutina y va y viene cada hora. Entonces me pregunto por qué cambió su esquema. Y filosofo sobre las costumbres de El Hombre.

- ¿Y no se cansa?

- No. Verá. Es sumamente divertido. Desde que estoy aquí, he visto cómo cambian las modas de los carros. Antes se estilaban los compactos de dos puertas. Ahora son las camionetas, de todos los colores y todos los estilos. A veces me entretengo viendo como las personas gesticulan dentro de los carros. O hablan solos pensando que nadie los ve. Otras veces veo a una pareja pegaditos y solo una mano de la mujer apoyada en el hombro del chofer. Ahí me excito pensando que siente él. Y es evidente porque disminuyen la velocidad. Claro, no se puede manejar y sentir al mismo tiempo. Cuando el tránsito se pone lento veo a los chóferes solitarios sacándose los mocos. Ayer mismo lo vi a usted...

- ¿Y siempre hizo esto?

- No. Antes era como usted. Viajaba cuatro veces al día por la misma vía, en el mismo carro, para el mismo trabajo, veía las mismas caras, conversaba sobre las mismas cosas.

- ¿Y cuándo decidió hacer esto?

- Bueno, un día observé a un individuo de camisa blanca y pantalón gris con lentes negros, en este mismo sitio. Y lo observé día tras día, a las mismas horas. Luego salía de la oficina a cualquier hora y siempre lo encontraba aquí. Finalmente recorrí la vía a cada hora del día y siempre lo ví. Hice lo mismo que usted. Detuve el carro y le pregunté exactamente lo mismo que usted me está preguntando a mí. Y él, a su vez, me contó la misma historia que luego me pasó a mí.

- ¿Y que le hizo a usted tomar su puesto?

- Bueno, ya estaba aburrido de hacer siempre lo mismo. Tenía enfermedad del corazón por las preocupaciones, el sedentarismo, las noticias de los periódicos, los políticos, el gobierno... Pero lo que definitivamente me decidió fue el día que vi el choque.

- ¿Cuál choque?

- El de un camión que se salió y pegó contra la baranda. Fue muy desagradable. El hombre vestido de camisa blanca y pantalón gris murió en el accidente. Y luego, cada día, comencé a extrañar verlo allí, detrás de la baranda. Y recordé lo divertido que se mostró hablándome de las modas de los carros, de la mujer con la mano en los pantalones del hombre, de la conducta de los chóferes en las colas. Y cada día me parecía más aburrido el trabajo y me parecía más atrayente pasar mi día observando a El Hombre y sacando conclusiones. Y también pensé que probablemente le hacía falta a otros chóferes verlo allí, porque no me va a negar usted que se le hace más llevadero el camino el elucubrar sobre lo que estoy haciendo aquí. Decidí hacer un acto de humanidad y tomé su puesto. Y le diré, me siento muy bien. Después de un tiempo, los autobuseros que cubren larga distancia ya me tienen confianza y me dejan cambures, cachapas con queso, o empanaditas de cazón y papelón con limón*. Y como esta vía tiene tanto tránsito, no paso hambre ni sed. O se detiene algún chofer y entabla conversación conmigo, y a veces ni eso hacía en mi casa porque siempre había algo que ver en la televisión. En la noche, la telenovela: No, no me molestes porque Sutanita se va a besar con Fulanito. A las 10 eran las noticias: no, ahora no porque van a anunciar la devaluación. En la mañana antes de salir, el programa de ejercicios para reducir el abdomen. A mediodía, las recetas de cocina. Los fines de semana, las películas de acción, los partidos de fútbol. Y no le digo de hacer lo otro: hoy me duele la cabeza, es muy tarde, quiero dormir. Y le digo, aquí me aprecian más. Al menos me prestan atención: me observan, me dan de comer, conversan conmigo...

Luego se volvió y comenzó a observar de nuevo la vía. Me despedí.

Ya hace un año que recorrí el camino a la oficina y me detuve asustado frente a la baranda. Un camión se había salido de la vía al estallar un caucho y embistió contra la baranda. Y fatalmente, el hombre de camisa blanca y pantalón gris yacía despatarrado contra el piso, con la cabeza destrozada.

Pasé quince días obsesionado con el choque. Cada día extrañaba más al individuo de camisa blanca y pantalón gris. 

Hace casi un año que abandoné la oficina. Hace casi un año me vestí por primera vez de camisa blanca y pantalón gris y me consagré a pasar las horas detrás de la baranda. Desde entonces la vida me parece más divertida. Precisamente hace una semana se detuvo el conductor de una camioneta roja y me hizo las mismas preguntas que yo hice hace un año, después que estuvo una semana yendo y viniendo a todas horas del día, observándome.

Hoy fue un día especial. El cielo estaba azul y sentí una brisa fría, muy agradable, cuando el camión perdió la vía y embistió la baranda. 
*****


En Venezuela, la palabra cambur define  a un tipo de banana que se come cruda. Como diría Llanos, española de Albacete, nosotros inventamos mucho con los nombres. Pero sorprendentemente, cambur deriva de un término que usan en las islas Canarias para nombrar a los camburi, una variedad de plátano. Existen en Venezuela otros tipos  con los nombres de titiaro, cuyaco, pineo enano, pineo gigante, concha verde, valery, cuyaco-pineo, gigante o lacatán, cambur morado, morado verde o injerto, cambur negro o criollo, plátano hartón, hartón enano, plátano dominico, dominico topocho, cambur ácido, cambur manzano, tornasol, mysore, topocho verde, topocho cenizo, topocho enano, ice cream,  topochos, guineos y manzanos, dependiendo de la variedad. 


En otras partes del mundo se les llama simplemente plátanos, pero en Venezuela la fruta a la que se le da el nombre de plátano se fríe, se sancocha o se hornea, pero no se come crudo por su alto contenido en fécula. Mejor dicho, no se debe comer crudo, pero mi madre adicta a estas musáceas no le importa meter una a la boca entre tajada y tajada que fríe en aceite bastante caliente. En Estados Unidos, el término para la fruta que se come cruda es "banana" mientras que los plátanos para cocinar son "plantains". En Ecuador, en la provincia de El Oro hay kilómetros y kilómetros de plantaciones de plátano (se estiman ¡214.000 hectáreas sembradas!  para el 10% de la producción total del mundo).
Para los europeos es una cuestión extraña lo de freír los plátanos. Para varios países de América Central y del Sur así como  asiáticos y africanos es indispensable en la mayoría de las comidas. Algún día contaré la historia de los patacones zulianos.

En una orgía gastronómica internacional en la que españoles, ecuatorianos y un italiano participamos como chefs y comensales, los plátanos que freí nunca hicieron el camino de la cocina hacia el comedor. Sólo salieron del plato donde los iba poniendo espolvoreados con sal directamente a la boca de Gianluca, Ángel y Paco que estaban alrededor. Calientes, crujientes, con una combinación perfecta del dulzor del plátano con la sal, estilo venezolano. Una vez se le ocurrió a don Paco de Albacete, ávido experimentador en sabores, tiras de jamón serrano por encima. Nada mal, debo decir.
En Curazao, isla holandesa frente a las costas occidentales de Venezuela, es muy común el plátano freído, como se le denomina en papiamento al plátano frito. Una curazoleña me dió la receta de un pastel de plátano con carne que es también es preparado en otros paises del Caribe. Se pueden freir varios plátanos maduros (y por tanto más dulces) en tajadas y en una fuente refractaria se van intercalando capas de plátano frito con carne molida de res ya cocida previamente con adobos, tomate, cebollas y etcéteras. Se remata el pastel con queso rallado y al horno. 

Con unos plátanos muy maduros una vez hice unas bolitas fritas con queso artesanal de cabra que tenía mucho sabor y olor, pero poca sal. El plátano lo cociné en agua hasta ablandar, lo escurrí, lo aplasté con un tenedor y le añadí mezclando el queso rallado, sal y pimienta. Hice las bolitas con la mano, las pasé por huevo batido y pan rallado y luego las freí. Muy ricas.

La cachapa es un plato típico de Venezuela y Colombia, como una tortilla, pero hecha de maiz tierno molido o rallado al que se le añade leche o agua, azúcar, sal y aceite.  
http://amantesdelacocina.com/cocina/2011/11/cachapa-venezolana/

Esa masa semilíquida se cocina a fuego moderadamente alto sobre una plancha engrasada. A la cachapa se le pone queso o mantequilla y se puede comer con la mano en puestos de la carretera o en restaurantes a cualquier hora del día. También se pueden conseguir ya listas en el supermercado o en mezclas para preparar en casa. Pero definitivamente, no hay comparación con las cachapas originales. Hay unas cachapas buenísimas en una restaurancito modesto en Hoyo de la Puerta en Caracas. 

Por cierto, es poco elegante decir cachapera en Venezuela y Puerto Rico. Es un término peyorativo que define una relación homosexual femenina. Pero debo confesar y perdonen lo prosaico, que en las colas enormes que están presentes en todos los rincones de Venezuela para comprar productos básicos y en las que las personas están casi adheridas unas con otras para no perder su puesto, la palabra que surge es mi cabeza es la de cachapera.

https://historiasdesobremesa.wordpress.com
El papelón o panela, como se le dice en Venezuela, es el resultado del secado del jugo de la caña de azúcar, antes de pasar por el proceso de purificación y se vende como unos pequeños bloques de color marrón oscuro. El papelón se usa con innumerables fines, pero todos relacionados con dulzor: en las hallacas, el café guayoyo, con limón para calmar el calor. Y últimamente, ante la ausencia de azúcar (en un país tradicionalmente conocido por su producción de azúcar), se vende un sospechoso papelón granulado con limón en bolsas. No es difícil suponer que el limón es realmente sabor a limón.
La receta original del papelón con limón es ésta: con mucha paciencia se coloca una panela en dos litros de agua y se deja en la nevera hasta que se deshaga. Se puede calentar el agua un poco con unos clavos de olor pero no mucho, porque no se quiere un almíbar. En ambos casos y en frío, se le añade limón al gusto. La exquisitez de esta bebida radica en la combinación perfecta entre el dulce del papelón y la acidez del limón.




Zapatazos. Pedro León Zapata (1929-2015)
 Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda,
ni llores sacudiéndote como quien estornuda,
ni sufras «pataletas» que al vecindario alarmen,
ni para prevenirlas compres gotas del Carmen.

No te sientes al lado de mi cajón mortuorio
usando a tus cuñadas como reclinatorio;
y cuando alguien, amada, se acerque a darte el pésame,
no te le abras de brazos en actitud de ¡bésame!

Hazte, amada, la sorda cuando algún güelefrito
dictamine, observándome, que he quedado igualito.
Y hazte la que no oye ni comprende ni mira
cuando alguno comente que parece mentira.

Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda:
Yo quiero ser un muerto como los de Neruda;
y por lo tanto, amada, no te enlutes ni llores:
¡Eso es para los muertos estilo Julio Florez!

No se te ocurra, amada, formar la gran «llorona»
cada vez que te anuncien que llegó una corona;
pero tampoco vayas a salir de indiscreta
a curiosear el nombre que tiene la tarjeta.

No grites, amada, que te lleve conmigo
y que sin mí te quedas como en «Tomo y obligo»,
ni vayas a ponerte, con la voz desgarrada,
a divulgar detalles de mi vida privada.

Amor, cuando yo muera no hagas lo que hacen todas;
no copies sus estilos, no repitas sus modas:
Que aunque en nieblas de olvido quede mi nombre extinto,
¡sepa al menos el mundo que fui un muerto distinto!

Amor, cuando yo muera... Aquiles Nazoa (1920-1976): escritor, poeta, periodista y humorista venezolano.

 
Cruce de caminos es de mi autoría. Fue publicado en La Vecina (2002). Editado por la Dirección de Cultura de la Universidad Francisco de Miranda, Venezuela. ISBN 980-245-013-8.

Pedro León Zapata fue un caricaturista, pintor y humorista venezolano. Durante 50 años publicó sus Zapatazos en el diario venezolano El Nacional. La imagen se obtuvo de venciclopedia.com.  
La imagen del óleo de Edward Munch es de the athenaeum.org.


















martes, 22 de marzo de 2016

Un cuento triste aliviado por el sabor de los mangos


Hacia el crepúsculo



Cuando despuntó el día, Inés despertó gracias a la luz que se filtraba a través del limonero que estaba tras la ventana de su habitación. Parecía que iba a ser un día claro, sin las nubes que habían acompañado al anterior y que la habían sometido a una jornada gris. Cada vez que amanecía así de bonito era inevitable acordarse cuando llegó a la casa, un día de mayo.
Primavera en el jardín de Villa Borghese
Lawrence Alma-Tadema (1877)

Una mañana igual a ésta, diez años atrás, despertó en medio de un fragante olor a azahar que provenía de los limoneros y naranjos en flor y que se colaba por todos los rincones de su habitación. Después de vivir mucho tiempo en un apartamento en el centro de la ciudad, rodeada del humo y ruido de los camiones, esto había sido como una mudanza al paraíso. Por primera vez viviría en una casa con jardín donde podría ver correr a los animales. Al fin una sala independiente de un comedor, una estancia donde coser y tejer, una habitación con baño que no tuviera que compartir, una estantería donde poner los libros que atesoraba y un gran jardín con tierra para sembrar. Podría poner un enrejado y criar unas gallinas que le darían todos los días un huevo fresco para comer. Vestir la cama con un cubrecama mullido de color vivo. Intentar tejer tapetes en crochet para la mesita de noche y así el jarrón de las flores no dejaría su marca en la madera. Sembrar árboles de mango para que colmaran la casa de olor dulzón y las flores caídas hicieran un colchón sobre la tierra hambrienta de abono. En época de muda las hojas colorearían de amarillo el piso del patio. Recoger la fruta, grande, llena de pulpa, jugosa, con una vara que tuviera una lata en un extremo para que al soltarla de la rama nodriza no cayera en el piso y se dañara. Tener siempre una cucharilla en el patio para comerla fresca sin apenas abrir la concha y el jugo caerle por la comisura de los labios. Tener un nieto para darle de comer los mismos mangos que el árbol pariría** año tras año a la par que crecería su cuerpecito, aunque cambiase el clima, se enamorasen los jóvenes o muriesen los vecinos. Todos los años por mayo vendría una nueva cosecha. Se sonrió al pensar que su nieto sonreiría feliz al verse su ropita manchada de mango. Todas las fotos que le tomaría en ese patio lo enseñarían sin dientes con sus pequeños labios empapados de color dorado. Hacer mermeladas con la fruta para conservarlas en envases de vidrio que adornaría con lazos y que le durarían casi un año.

Como todos los días desde que llegó al asilo, Inés quiere ver a plenitud el cielo abierto. Desde su cama sólo puede distinguirlo por trocitos a través de las ramas del limonero. Quiere ver los pájaros, atrapar al gato que deambula por el jardín y maúlla todas las noches bajo su ventana para sentir su ronronear al acariciarlo. Quiere coger los mangos de las ramas bajas del árbol, sentir cómo le cae el jugo por la barbilla cuando lo coma aunque le manche la única bata de dormir que tiene. Quiere poder morder un mango verde salpicado de sal. Como todos los días desde hace diez años menos un día, Inés sólo quiere abandonar la vejez para empezar de nuevo.


Mangos. Óleo de Francisco Oller. 1901-1903*
El mango (Mangifera indica L.) es una fruta tropical. Los registros históricos sugieren que su cultivo se originó en India hace cuatro mil años y luego pasó a Malasia, Filipinas e Indochina entre los años 300-400 d.C. Los portugueses comenzaron el mercado de mangos hacia 1498 y se cree que los españoles lo trajeron a Suramérica en el siglo XVII.  Antes de 1970, el mango era poco conocido fuera de los países tropicales. De todas las variedades (¡1000 reportadas!) sólo unas pocas son explotadas comercialmente. En la actualidad, es cultivado en 3,7 millones de hectáreas en todo el mundo y ocupa el segundo lugar como cultivo tropical en términos de producción, sólo detrás de los plátanos (bananas). India aporta el 52% de la producción mundial.
Del mango se aprovecha todo. Las hojas tiernas son ampliamente usadas en la medicina tradicional como anti-inflamatorias para ponerlas como emplastos en las articulaciones inflamadas o en té para aliviar los dolores musculares causados por el chikungunya. Si funcionan, no sé, pero mis vecinos acostumbran a pedírmelas en esos y otros casos que tienen que ver con dolores articulares. 
Las frutas proveen energía (gracias a su alto contenido de azúcar), fibra, proteínas, micronutrientes. La piel del mango contiene cantidades respetables de calcio, potasio, magnesio, hierro y zinc. Y la pulpa, provitamina A y ácido ascórbico. En este caso, la pulpa provee una condición importante para la preservación del ácido ascórbico si se compara con los cítricos o con otros vegetales. Y muy importante, algunas variedades de mango son tan ricas que son adictivas. Pero más de 300 gramos de mango al día nos mantendrá sentados en el baño.
En su visita a Venezuela en una época de mangos, le ofrecí a José Manuel unos mangos de casa, de color amarillo rojizo, con un peso promedio de 600 gramos para que los comiera en su habitación de hotel. Jugosos, dulces, de pulpa intensamente amarilla y con un efecto laxante excelente. 
Al día siguiente, al inicio de un viaje a los Andes, ya no quiso probar los trozos que le ofrecí para el camino. Pero al llegar a la posada andina, aceptó la fruta entera que había llevado para completar nuestras comidas. Guardé uno para mí. Al reunirnos para cenar, nos confesamos mutuamente riéndonos a carcajadas que no habíamos aguantado las ansias de comerlos y literalmente los habíamos engullido sobre el lavamanos del baño para que éste recogiera el jugo. 

Uno de los placeres de la vida es comer un mango sin diplomacias, más si está recién bajado del árbol. Por cierto, sé que para algunas/os el comer mango con las manos, chupándose la pulpa y sacándose las hilachas de entre los dientes  es motivo de divorcio :).

En Venezuela hay mangos de hilacha, de bocado, de agua, pecho de paloma, redondo, mangas. Los mangos de bocado son pequeños, de pulpa dura, más bien seca, que se pueden comer con todo y piel. Los mangos de hilacha son una variedad un poco incómoda para sonreír después de comerla. La manga es grande, alargada, pero poco dulce. Los llamados mangos de agua son dulces, como los que le di a José Manuel. Y luego hay unos mangos que venden en la autopista regional del centro y que dicen son injertados con piña o manzana. Cuento chino. Son caros pero la gente los compra. Y como en el caso de todos los regalos de la tierra, el sabor no sólo depende de la variedad. El suelo y las condiciones climáticas también aportan lo suyo.

Un postre típico venezolano es la jalea de mango. Todos los años, de enero a abril, los árboles de mango dispersos a lo largo del país se cubren de flores y el aire se llena del aroma dulzón. Hacia mayo, ya se pueden ver los frutos verdes e incluso pintones. Hay algunos árboles más tempraneros y otros díscolos que todo el año tienen flores y frutos. Y si en ese año hace mucho calor, los árboles agradecidos aumentan su producción.

La pulpa en trozos de diez mangos verdes se coloca en una olla grande con cuatro tazas de agua y se cocinan a fuego medio hasta que ablanden. Se dejan enfriar y se licúan en la misma agua donde se cocinaron. Se agrega  ¼ kilo de azúcar o panela rallada y el jugo de un limón. Se cocina a fuego alto mientras se mueve la mezcla continuamente para evitar los grumos y que se adhiera a las paredes. Para saber si está listo, se pasa la paleta por el centro de la olla y si se ve el camino dejado por la paleta, ya está. Se vacía en un recipiente resistente al calor, se deja reposar y luego se lleva a la nevera. Generalmente se sirve frío, cortado en rebanadas. Con queso crema es deliciosa y si se atreven, encima de un carpaccio de mango verde.

Uno de los pasatiempos favoritos de los venezolanos es comer mango verde con sal. Que se lo añadan ahora a las ensaladas en restaurantes con un toque de vinagre balsámico y nombres rimbombantes es cobrar un ojo de la cara por una tradición de años. En la escasez de estos tiempos pululan los vendedores de mango verde a lo largo de las avenidas, cortando las rebanadas en plena calle, echándole sal y vendiéndolos en bolsitas. 


"Aspiraba el olor de los campos y se sentía transportado como en una suave aura de arrobamientos: era la tierra fecunda que le absorbía como a un abono virtuoso que, a su vez, debiera multiplicarle su fecundidad"
Rómulo Gallegos: Reinaldo Solar (1920). 




* Lawrence Alma-Tadema (1836-1912) fue un pintor neerlandés de la época victoriana. Francisco Manuel Oller (1833-1917) fue un pintor impresionista puertoriqueño que expresó la belleza de los frutos tropicales.  Las pinturas son the athenaeum.org.
Hacia el crepúsculo es de mi autoría.

**Para los lectores extranjeros, en el medio rural venezolano se acostumbra a decir de un árbol con frutos "la mata parió o la mata está parida".