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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

martes, 22 de marzo de 2016

Un cuento triste aliviado por el sabor de los mangos


Hacia el crepúsculo



Cuando despuntó el día, Inés despertó gracias a la luz que se filtraba a través del limonero que estaba tras la ventana de su habitación. Parecía que iba a ser un día claro, sin las nubes que habían acompañado al anterior y que la habían sometido a una jornada gris. Cada vez que amanecía así de bonito era inevitable acordarse cuando llegó a la casa, un día de mayo.
Primavera en el jardín de Villa Borghese
Lawrence Alma-Tadema (1877)

Una mañana igual a ésta, diez años atrás, despertó en medio de un fragante olor a azahar que provenía de los limoneros y naranjos en flor y que se colaba por todos los rincones de su habitación. Después de vivir mucho tiempo en un apartamento en el centro de la ciudad, rodeada del humo y ruido de los camiones, esto había sido como una mudanza al paraíso. Por primera vez viviría en una casa con jardín donde podría ver correr a los animales. Al fin una sala independiente de un comedor, una estancia donde coser y tejer, una habitación con baño que no tuviera que compartir, una estantería donde poner los libros que atesoraba y un gran jardín con tierra para sembrar. Podría poner un enrejado y criar unas gallinas que le darían todos los días un huevo fresco para comer. Vestir la cama con un cubrecama mullido de color vivo. Intentar tejer tapetes en crochet para la mesita de noche y así el jarrón de las flores no dejaría su marca en la madera. Sembrar árboles de mango para que colmaran la casa de olor dulzón y las flores caídas hicieran un colchón sobre la tierra hambrienta de abono. En época de muda las hojas colorearían de amarillo el piso del patio. Recoger la fruta, grande, llena de pulpa, jugosa, con una vara que tuviera una lata en un extremo para que al soltarla de la rama nodriza no cayera en el piso y se dañara. Tener siempre una cucharilla en el patio para comerla fresca sin apenas abrir la concha y el jugo caerle por la comisura de los labios. Tener un nieto para darle de comer los mismos mangos que el árbol pariría** año tras año a la par que crecería su cuerpecito, aunque cambiase el clima, se enamorasen los jóvenes o muriesen los vecinos. Todos los años por mayo vendría una nueva cosecha. Se sonrió al pensar que su nieto sonreiría feliz al verse su ropita manchada de mango. Todas las fotos que le tomaría en ese patio lo enseñarían sin dientes con sus pequeños labios empapados de color dorado. Hacer mermeladas con la fruta para conservarlas en envases de vidrio que adornaría con lazos y que le durarían casi un año.

Como todos los días desde que llegó al asilo, Inés quiere ver a plenitud el cielo abierto. Desde su cama sólo puede distinguirlo por trocitos a través de las ramas del limonero. Quiere ver los pájaros, atrapar al gato que deambula por el jardín y maúlla todas las noches bajo su ventana para sentir su ronronear al acariciarlo. Quiere coger los mangos de las ramas bajas del árbol, sentir cómo le cae el jugo por la barbilla cuando lo coma aunque le manche la única bata de dormir que tiene. Quiere poder morder un mango verde salpicado de sal. Como todos los días desde hace diez años menos un día, Inés sólo quiere abandonar la vejez para empezar de nuevo.


Mangos. Óleo de Francisco Oller. 1901-1903*
El mango (Mangifera indica L.) es una fruta tropical. Los registros históricos sugieren que su cultivo se originó en India hace cuatro mil años y luego pasó a Malasia, Filipinas e Indochina entre los años 300-400 d.C. Los portugueses comenzaron el mercado de mangos hacia 1498 y se cree que los españoles lo trajeron a Suramérica en el siglo XVII.  Antes de 1970, el mango era poco conocido fuera de los países tropicales. De todas las variedades (¡1000 reportadas!) sólo unas pocas son explotadas comercialmente. En la actualidad, es cultivado en 3,7 millones de hectáreas en todo el mundo y ocupa el segundo lugar como cultivo tropical en términos de producción, sólo detrás de los plátanos (bananas). India aporta el 52% de la producción mundial.
Del mango se aprovecha todo. Las hojas tiernas son ampliamente usadas en la medicina tradicional como anti-inflamatorias para ponerlas como emplastos en las articulaciones inflamadas o en té para aliviar los dolores musculares causados por el chikungunya. Si funcionan, no sé, pero mis vecinos acostumbran a pedírmelas en esos y otros casos que tienen que ver con dolores articulares. 
Las frutas proveen energía (gracias a su alto contenido de azúcar), fibra, proteínas, micronutrientes. La piel del mango contiene cantidades respetables de calcio, potasio, magnesio, hierro y zinc. Y la pulpa, provitamina A y ácido ascórbico. En este caso, la pulpa provee una condición importante para la preservación del ácido ascórbico si se compara con los cítricos o con otros vegetales. Y muy importante, algunas variedades de mango son tan ricas que son adictivas. Pero más de 300 gramos de mango al día nos mantendrá sentados en el baño.
En su visita a Venezuela en una época de mangos, le ofrecí a José Manuel unos mangos de casa, de color amarillo rojizo, con un peso promedio de 600 gramos para que los comiera en su habitación de hotel. Jugosos, dulces, de pulpa intensamente amarilla y con un efecto laxante excelente. 
Al día siguiente, al inicio de un viaje a los Andes, ya no quiso probar los trozos que le ofrecí para el camino. Pero al llegar a la posada andina, aceptó la fruta entera que había llevado para completar nuestras comidas. Guardé uno para mí. Al reunirnos para cenar, nos confesamos mutuamente riéndonos a carcajadas que no habíamos aguantado las ansias de comerlos y literalmente los habíamos engullido sobre el lavamanos del baño para que éste recogiera el jugo. 

Uno de los placeres de la vida es comer un mango sin diplomacias, más si está recién bajado del árbol. Por cierto, sé que para algunas/os el comer mango con las manos, chupándose la pulpa y sacándose las hilachas de entre los dientes  es motivo de divorcio :).

En Venezuela hay mangos de hilacha, de bocado, de agua, pecho de paloma, redondo, mangas. Los mangos de bocado son pequeños, de pulpa dura, más bien seca, que se pueden comer con todo y piel. Los mangos de hilacha son una variedad un poco incómoda para sonreír después de comerla. La manga es grande, alargada, pero poco dulce. Los llamados mangos de agua son dulces, como los que le di a José Manuel. Y luego hay unos mangos que venden en la autopista regional del centro y que dicen son injertados con piña o manzana. Cuento chino. Son caros pero la gente los compra. Y como en el caso de todos los regalos de la tierra, el sabor no sólo depende de la variedad. El suelo y las condiciones climáticas también aportan lo suyo.

Un postre típico venezolano es la jalea de mango. Todos los años, de enero a abril, los árboles de mango dispersos a lo largo del país se cubren de flores y el aire se llena del aroma dulzón. Hacia mayo, ya se pueden ver los frutos verdes e incluso pintones. Hay algunos árboles más tempraneros y otros díscolos que todo el año tienen flores y frutos. Y si en ese año hace mucho calor, los árboles agradecidos aumentan su producción.

La pulpa en trozos de diez mangos verdes se coloca en una olla grande con cuatro tazas de agua y se cocinan a fuego medio hasta que ablanden. Se dejan enfriar y se licúan en la misma agua donde se cocinaron. Se agrega  ¼ kilo de azúcar o panela rallada y el jugo de un limón. Se cocina a fuego alto mientras se mueve la mezcla continuamente para evitar los grumos y que se adhiera a las paredes. Para saber si está listo, se pasa la paleta por el centro de la olla y si se ve el camino dejado por la paleta, ya está. Se vacía en un recipiente resistente al calor, se deja reposar y luego se lleva a la nevera. Generalmente se sirve frío, cortado en rebanadas. Con queso crema es deliciosa y si se atreven, encima de un carpaccio de mango verde.

Uno de los pasatiempos favoritos de los venezolanos es comer mango verde con sal. Que se lo añadan ahora a las ensaladas en restaurantes con un toque de vinagre balsámico y nombres rimbombantes es cobrar un ojo de la cara por una tradición de años. En la escasez de estos tiempos pululan los vendedores de mango verde a lo largo de las avenidas, cortando las rebanadas en plena calle, echándole sal y vendiéndolos en bolsitas. 


"Aspiraba el olor de los campos y se sentía transportado como en una suave aura de arrobamientos: era la tierra fecunda que le absorbía como a un abono virtuoso que, a su vez, debiera multiplicarle su fecundidad"
Rómulo Gallegos: Reinaldo Solar (1920). 




* Lawrence Alma-Tadema (1836-1912) fue un pintor neerlandés de la época victoriana. Francisco Manuel Oller (1833-1917) fue un pintor impresionista puertoriqueño que expresó la belleza de los frutos tropicales.  Las pinturas son the athenaeum.org.
Hacia el crepúsculo es de mi autoría.

**Para los lectores extranjeros, en el medio rural venezolano se acostumbra a decir de un árbol con frutos "la mata parió o la mata está parida".


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