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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

sábado, 23 de abril de 2016

El sueño de Carlota en una noche de verano en Chapultepec


Princesa Carlota de Bélgica. de F.X. Winterhalter
María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia Coburgo y Orléans Borbón Dos Sicilias y de Habsburgo Lorena (1840-1927) fue conocida como la emperatriz Carlota de México. Si, de México. Un país con una raigambre y desarrollo de etnias indígenas como pocos en América. De una riqueza cultural impresionante. De tiempos pasados y presentes pletóricos de eventos políticos tumultuosos. El país de Moctezuma, de Cuauhtémoc, Malinche, Sor Juana Inés de la Cruz (“Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin saber que sois la ocasión de los mismo que culpáis...”), Miguel Hidalgo (el Grito de Dolores), Benito Juárez, Emiliano Zapata, Pancho Villa, Cantinflas, Frida Kahlo, Diego Rivera, Octavio Paz, de tantos otros…y de Fernando del Paso (1935-), escritor que acaba de recibir el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes y autor de Noticias del Imperio, entre otros libros.


Noticias del Imperio  (1987, impresa veinte veces en diez años) es una novela que aborda la segunda intervención francesa en México y la instauración del imperio mexicano con Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena como su emperador (llamado Maximiliano I de México) y su esposa Carlota como emperatriz. 


Maximiliano era el idealista hermano menor de Francisco José I de Austria y segundo en la línea de sucesión al trono del Imperio Austro-Húngaro, al que renunció por ser emperador de México. El reinado no concluyó exitosamente, como todos sabemos. Maximiliano fue fusilado en Querétaro en junio de 1867 y Carlota le sobrevivió sesenta años más, pero inmersa en la demencia que ya había comenzado durante la búsqueda de la salvación del imperio mexicano.


La novela está dividida en dos secuencias. En la primera, Carlota, encerrada en el castillo de Bouchout en Bélgica, le habla un monólogo lleno de amor infinito a un Maximiliano mudo por el fusilamiento y en cuyo primer párrafo se revelan los aires de grandeza de Carlota: “Yo soy María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la Reina Victoria de Inglaterra, Gran Maestre de la Cruz de San Carlos y Virreina de las provincias del Lombardovéneto acogidas por la piedad y la clemencia austriacas bajo las alas del águila bicéfala de la Casa de Habsburgo. Yo soy María Carlota Amelia Victoria, hija de Leopoldo Príncipe de Sajonia-Coburgo y Rey de Bélgica, a quien llamaban el Néstor de los Gobernantes y que me sentaba en sus piernas, acariciaba mis cabellos castaños y me decía que yo era la pequeña sílfide del palacio de Laeken. Yo soy María Carlota Amelia Clementina, hija de Luisa María de Orleáns, la reina santa de los ojos azules y la nariz borbona que murió de consunción y de tristeza por el exilio y la muerte de Luis Felipe, mi abuelo, que cuando todavía era Rey de Francia me llenaba el regazo de castañas y la cara de besos en los jardines de la Tullerías. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, sobrina del Príncipe Joinville y prima del Conde de París, hermana del Duque de Brabante que fue Rey de Bélgica y conquistador del Congo y hermana del Conde de Flandes, en cuyos brazos aprendí a bailar, cuando tenía diez años, a la sombra de los espinos en flor. Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del mundo, que nació en el Palacio de Schönbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir a un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichén Itza. Yo soy Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América: Tengo ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma”.


En la segunda parte, Carlota cuenta sobre sus visitas y súplicas –muchas veces como epístolas- a las cortes europeas e inclusive al Papa para que intercedieran en el conflicto mexicano. No fue un sueño ni atisbos de locura. Carlota realmente viajó a Europa a convencer a las casas reales y al poder eclesiástico, fracasando en su intento.  Huésped incómoda, fue la única mujer que ha dormido en El Vaticano. 
Dicen las malas lenguas que ante la imposibilidad de concebir un hijo con un Maximiliano infiel con el que ya no compartía lecho, acudió al auxilio de una herbolaria de la ciudad de México al que se le ha añadido que era partidaria de Benito Juárez y amante de su esposo. La herbolaria –según la historia oral- le preparó un brebaje de tehuinti, un hongo que en algunas de sus variedades se le conoce como alimento de dioses por su poder alucinógeno y que en altas concentraciones puede producir locura permanente.

Carlota confiesa en Noticias del Imperio "me di cuenta que si no encontraba mis recuerdos tendría que inventarlos... Estoy tan confundida que a veces no sé dónde termina la verdad de mis sueños y las mentiras de mi vida comienzan".


Hadas. Óleo de M.J. Lemaire (1908)

Puck: "Descansa, niña, en el suelo,
desecha tu incertidumbre,
pues así que el sol alumbre
pondré para tu consuelo 
en los ojos de tu amado
un jugo tan endiablado
que no tendrá mas anhelo
que vivir siempre a tu lado"

Tercer acto, escena segunda. 
Sueño de una noche de verano. 

William Shakespeare

:




Hace muchos años, visité el palacio de Carlota, el de Chapultepec. Comí luego quesadillas de huitlacoche en un puesto humilde a donde me llevó un  buen mexicano de "cuyo nombre no quiero acordarme" (Cervantes dixit). No es que no quiero acordarme, no puedo acordarme. Compré Noticias del Imperio después de recorrer una hora en metro y luego un buen rato en bus y a pie  hasta llegar al mercado de San Ángel. Tomé chocolate con chile, gracias a Quetzacoatl.

Quetzacoatl, el gran cultivador del paraíso, le dejó a su pueblo el árbol del cacao. Según Bernal Díaz del Castillo en su Conquista de la Nueva España (1568) sobre una comida con Hernán Cortés y Moctezuma " traían en unas como a maneras de copas de oro fino con cierta bebida hecha del mismo cacao; decían que era para tener aceso con mujeres y entonces no mirábamos en ello; mas lo que yo ví que traían sobre cincuenta jarros grandes, hechos de buen cacao con su espuma..."


Hoy, Día del Libro, deseo homenajear al mexicano Fernando del Paso con un volcán de chocolate, uno como el Popocatépetl, pero dulce :)
150 gramos de chocolate amargo o de cobertura y una cantidad igual de mantequilla se derriten a baño de maría; mientras tanto, se baten dos huevos con taza y media de azúcar; a esa mezcla se le añade media taza de harina cernida y el chocolate derretido junto con la mantequilla. Se refrigera durante una hora. Durante ese tiempo se calienta media taza de crema de leche (sin hervir) con media taza de chocolate derretido. Al enfriar, se hacen bolitas con la mano. La mezcla refrigerada se sirve en moldes individuales enmantequillados y en el centro de cada uno se coloca una bolita de crema+chocolate. Horno a 150 grados C durante 30 minutos. Pueden servirlos calientes con una bola de helado de mantecado :).

Además del volcán de chocolate, le doy las gracias por su discurso durante la ceremonia de entrega del Premio Cervantes en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Sus palabras –aunque dirigidas a la situación mexicana- son válidas para el resto de los pueblos americanos que hoy y siempre han sufrido y sufren opresión y arbitrariedades de sus gobiernos. Copiando sus palabras “No denunciarlo, eso sí que me daría vergüenza".

Feliz día del libro. Confieso que este día es mejor que el de mi cumpleaños.



F.X. Wnterhalter (1805-1873) fue un pintor alemán conocido por sus retratos a la realeza, sobre todo a la emperatriz Isabel de Austria, llamada Sisi. Esposa de Francisco José I.

Madeleinne Jeanne Lemaire (1845-1928) fue una pintora y acuarelista francesa, personaje público debido a sus reuniones con el "todo París" cultural de finales del siglo XIX e inicios del XX.

Las pinturas son theathenaeum.org.




domingo, 17 de abril de 2016

Un día cualquiera en el país de Marielba



Marielba se levantó a la una de la mañana. Cansada, como todos los martes después de dormir tres horas. Se vistió en penumbras, no para evitar despertar a su esposo, sino que tocaba el consabido racionamiento de luz. No dudó en escoger lo que debía ponerse, era martes, su día asignado para comprar y ya lo tenía apilado encima de la silla desde el día anterior. El bluejean más viejo, la franela rosa desleído sin dibujos, flores o imágenes que la identificaran con un pensamiento político en particular. Los zapatos de goma, los que ya tenían dos años de uso y a los que le había pegado la suela un poco desprendida con silicona. Cuando fue al baño a tientas, recordó que el tubo de pasta dental ya no se podía exprimir más. Encendió la vela que estaba en el lavamanos y se marchó a la cocina a buscar la tijera, regresó, cortó el tubo y raspó los restos de crema en el interior con el cepillo. Se enjuagó la cara y la boca con el agua del vaso porque no le tocaba el suministro de agua. No se echó desodorante. Le quedaba la pasta adherida al plástico y la necesitaría para mejor ocasión. Total, todos iban a oler a sudor y qué más daba. 

Mujer al frente de un espejo. G. Lemmen (1902)
Cuando se miró al espejo a la luz de la vela, éste le devolvió una imagen que no reconoció. Lo que más le dolió fue el reflejo sin zarcillos, sin pintura en los labios, las manchas en la cara que no podía tapar porque no tenía base y las ojeras oscuras y profundas como evidencia inocultable de una continua desesperación.

Bebió sin azúcar un café ácido que había quedado en la cafetera. Sabía que
apenas  había  café molido para las tres tazas del desayuno de su familia. Cogió las llaves del apartamento, se aseguró que la cédula de identidad estuviese en el bolsillo delantero del pantalón y el grueso fajo de billetes de la mayor denominación, el informe médico de su mamá y una botella de agua en la bandolera insignificante. Completó su atuendo con una bolsa de tela vacía y varias bolsas plásticas en su interior.

Su vecina Noelia
 la recogió en la puerta del ascensor. Sin mediar palabra. Esperaron abajo, tras las rejas del edificio, a que sonara la corneta del carro. Subieron en silencio. Cuando llegaron a la cerca del supermercado a las dos de la mañana, la cola ya daba vuelta al centro comercial. Le pagaron al chófer, sin gracias de por medio. Marielba escudriñó las caras de la cola en la oscuridad. No había facciones, sólo sombras formes en fila o tiradas en el piso envueltas en frazadas. Detalló quién estaba delante de ella. Un hombre oscuro con franela oscura. Se colocaron al final de la cola. Mudas.

Una hora después apareció la policía. Fue el único sonido que rompió la noche. Como autómatas, todos echaron la mano al bolsillo para entregar a unos oficiales desconocidos el  documento que les identificaba como habitantes del país donde apoyaban su humanidad. El único documento que garantizaba la inviolabilidad de su ciudadanía. El mismo que se había prostituido con el transcurrir de la ignominia. Con todas las cédulas atadas en una tira de goma, la policía desapareció robándose la individualidad en un manojo y todo volvió al silencio.

Al despuntar el amanecer, los ruidos de la cotidianidad comenzaron a surgir en la cola. La luz le permitió ver a Marielba quiénes la acompañaban. Conocidos de la zona, pocos. Conocidos de los martes, el resto de una línea de cuerpos difícil de cuantificar. Llevaba meses viéndolos, identificándolos por sus mochilas grandes,  sus hartas dotes de movilización y su enriquecimiento manifiesto a costa del sudor ajeno revendiendo a mucho más de su valor. Algunos de ellos no entrarían al supermercado. Esperarían a las siete de la mañana a sus empleadores de turno. Con suerte, Marielba tendría apenas diez o veinte personas delante de ella por cada uno de estos compatriotas que vivían de hacer cola. Calculó que ella y su vecina estarían en la segunda tanda de trescientas personas.

A las siete de la mañana, volvió un policía masticando una arepa con queso a devolverles las cédulas, nombrándolos uno por uno. La grasa del queso quedó impregnada en la suya, así que Marielba sacó de su bolsillo un trozo de papel absorbente de segunda y la limpió prolijamente. No perdía aún el asco de ver violada su foto, su nombre y su firma. Ya había aprendido que debía llevar la cédula vencida porque a una vecina le habían extraviado la suya. 

De repente, empezaron a empujarla hacia atrás. Eso era lo que más le desagradaba de la espera. No había posibilidad de espacio limpio en las colas. Las nalgas del individuo de delante se clavaron en su pubis, y volvió a recordar la ocasión en que los senos llenos de billetes de una de atrás se le habían empotrado sin misericordia en su espalda. Por eso había decidido no volver sola. Prefería que su vecina la tocara antes de sentir la profanación de su piel por un desconocido. Aún le quedaba algo de pudor.

Como una ráfaga de viento, una multitud de doscientas personas que aparecieron de la nada fueron colocándose en la cola a la vez que salían de ella quienes le habían cuidado su puesto.  Marielba y Noelia terminaron cien metros más allá de donde se habían situado de madrugada. Diez minutos después, el hombre oscuro de franela oscura salió de la cola para hablar con un grupo de personas que le entregaron en billetes el equivalente a su sueldo de profesora universitaria de un mes. Marielba supo en ese momento que esas veinte o treinta personas irían delante de ella. Se echó para atrás nuevamente. Quiso llorar pero las lágrimas se le habían secado hacía buen tiempo.  De allá adentro quiso salirle el instinto de protesta, pero el miedo a la violencia se lo había apagado hace rato .


Cuando abrieron el supermercado a las ocho de la mañana, se rompió el silencio para dar lugar a una algarabía de voces surgiendo de cuerpos apretados. Una a una, cada voz transmitió a la siguiente lo que venderían hoy.  Con sonrisas en los semblantes, harina de maíz, margarina, pasta, papel sanitario y tal vez jabón de tocador. A las ocho y media Marielba vió salir a los primeros compradores. A esos que estaban en la cola desde las tres de la tarde del día anterior. A través de las bolsas precarias vislumbró varios paquetes de harina, un pote de margarina, un paquete de pasta y en la mano, dos rollos de papel sanitario. Así al aire, sin plástico que lo cubriera,  Marielba pensó en un ataque de sarcasmo que para limpiarse las suciedades corporales no importaba mucho la contaminación de la calle impregnada en el papel.

A la una de la tarde, Marielba se vió finalmente frente a la puerta del supermercado. El agua se le había acabado hacía buen rato y ya no aguantaba la cadera, los pies, el alma. Había aprendido a no escuchar. Se agotaba mentalmente porque excepto por su vecina, el resto de las conversaciones que oía versaban sobre lo que había en otras colas, de cuánto iban a cobrar por lo que compraran, de cosas absurdas que lesionaban sus neuronas o del muerto más reciente por atraco a mano armada. Había aprendido a no delatarse, a no confesar inconscientemente que había obtenido dos títulos universitarios para tener que aguantar esta humillación. A punta de miedos había dejado de llevar el celular para tomar fotos de la multitud o de las estanterías vacías. Para qué arriesgarse en enviarlas si los países adormecidos por sus propios problemas habían dejado al suyo en el rincón de no molestar.

Cinco minutos después, un guardia nacional nada educado le escupió en la cara la noticia de que se habían acabado los productos regulados. En silencio, el espacio quedó vacío diez segundos después, como si los espectros hubieran vuelto a la oscuridad. Marielba no se resignó y entró al supermercado a ver si era verdad. Enfrente a las verduras, vió a los empleados del supermercado vendiendo los productos regulados a sus conocidos bajo amplias sonrisas a la par que cobrando por sus servicios.

Marielba se quejó ante una vigilante muda y sorda. Le dijo a una Noelia de mal humor que fueran a la farmacia. Aunque era tarde y no encontrarían ya nada, sintió que debía ir. Un pálpito, pues. Si hubiese pañales para adultos llevaba los dos requisitos que pedía la farmacia: su cédula y el informe médico de su mamá donde señalaba que eran necesarios para ella. Tal vez habría toallas sanitarias o champú o afeitadoras. No podía dejar acabar el día que le tocaba y llegar a casa con las manos vacías. Miró suplicante a Noelia.

Como cada semana, Marielba extrañó una estantería más de la farmacia. El centro del local parecía una sala de baile. Sólo el piso. El resto, estanterías con calcetines con costo de un octavo de sueldo mínimo, plásticos y refrescos. Algunas medicinas de venta libre. Alcohol. Nada más. Noelia y ella se repartieron el recorrido. Acostumbrada ya a revisar cada milímetro de las estanterías, Marielba se detuvo atónita en una de ellas. Detrás de dos filas de envases de desinfectantes para el piso olor a lavanda, la vió. Bolsa plástica de color morado. De ocho toallas sanitarias. De noche. Sintió taquicardia. No miró a los lados. Separó suavemente los potes de desinfectante de un tono morado que mimetizaba el paquete y lo tomó. No habían pasado cinco segundos cuando varias mujeres le increparon dónde lo había conseguido. No habló. Sólo lo abrazó como un billete de lotería con número ganador. Lo pagó y lo escondió en el bolso de tela. En silencio.


Pasaron por la panadería al salir. Marielba pidió dos barras de pan y miró por leche. El empleado le gruñó que sólo podía llevar una barra. No había leche, sólo la bebida láctea con la que engañaban a la gente desde hacía meses. 


Al salir de la panadería, en el primer escalón, Marielba sintió cómo la empujaban violentamente y cayó de rodillas en la calle. Al alzar la cabeza  vio una mujer que corría con su bolso de tela ante la mirada impasible del vigilante. Acostumbrada a hablar dos horas seguidas en clase, Marielba aceptó en ese momento que además de la dignidad, la tranquilidad y el confort,  le habían robado también el derecho a la expresión oral.


Entró al edificio, dejó a su vecina, llegó a casa. Encontró a su mamá viendo la cadena en la televisión. El presidente gritaba ante una multitud obligada que el país se había constituido en el mar de la felicidad a pesar de los intentos de la oligarquía por destruirlo. Su mamá le preguntó si había traido leche, que se había acabado esta mañana.


Sin responder, Marielba se fue al baño a orinar. Sentada en el excusado vió que el pantalón de los martes se había roto en la rodilla y en ésta tenía un raspón sangriento. Acordándose que no había agua para limpiarlo, extendió la mano para coger un poco de papel sanitario. Al tocar el rollo de cartón vacío, lo sacó de su sitio, y tragando las ganas de abandonarse a la violencia, lo arrimó a su cara para empaparlo con las lágrimas que manaron a raudales.

 
Jóvenes campesinas a orillas del río Lys. Emille Claus, sin fecha

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o que esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.


Orillas del Sar, Rosalía de Castro (1837-1885).


Un día cualquiera en el país de Marielba es de mi autoría.

Rosalía de Castro fue una escritora gallega de indispensable mención en el panorama literario español del siglo XIX.

Emile Claus fue un pintor impresionista belga (1849-1924), pionero del luminismo. George Lemmen (1865–1916) fue un pintor belga neo-impresionista. 



Las pinturas son de theathenaeum.org.