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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

sábado, 4 de junio de 2016

Una historia en una clínica y frutas confitadas para olvidarla



Y es que al corazón le disgusta la espera



Melancolía. Edvard Munch (1894)

Cuando Bruno pensó seriamente en ir al médico ya tenía mucho tiempo sintiéndose mal. Esas palpitaciones le habían empezado lentamente. En un principio creyó que era debido a la ristra de años aciagos en los que habían sucedido vaguadas, asesinatos, muchos asesinatos, ¿sabes que secuestraron a la hija de mi prima y también al vecino de ella?, avenidas trancadas por protestas que lo tenían horas interminables dentro del autobús y siempre pensando en que lo iban a atracar, las colas que habían convertido su vida en no-vida, la falta de azúcar, harina, aceite, margarina, café, arroz, papel de baño, crema de dientes, jabón para bañarse, para lavar ropa, leche en cualquier presentación, el kilo de queso a 1/5 de su sueldo, su carro sin batería y sin un caucho, los hongos en los pies porque no hay antimicótico… Qué angustia. Todos los días un rollo nuevo así de eterno. Tantos años sin una alegría. Eso es, se dijo Bruno, necesito una alegría. Adiós tristeza y oyó a Michel Legrand. Adiós tristeza y oyó a Ana Gabriel. Adiós tristeza y oyó a Los Secretos. No mejoró nada. Se fue de vacaciones a casa de familiares pero las noticias le perseguían, se metiera profundo en los páramos merideños o en la costa del cabo San Román, y aunque no había periódicos o televisión y la señal del celular era malísima, la abundancia de otrora había sido sustituida por escasez y eso ya decía cómo andaba la cosa. La de papel higiénico era tan evidente que comer arepa ya ni servía para evitar cagar porque tampoco se conseguía harina de maíz.


Después –Bruno no recuerda cuándo- el corazón que saltaba desbocado de cuando en vez cambió al palpitar de un caballo desbocado, de noche, de día, a todas horas, no importaba en que onda alfa, gamma o beta se pusiera, cuántos programas de comedia le entretuvieran o cuántos días pasara deprimido cuando Marta -su esposa- inventaba mil pretextos para evitar estar con él. Dejó de ver los noticieros, ahogó el celular en el fregadero de la cocina con bastante agua caliente -no tenía jabón- redujo el café a una taza en el desayuno sin gran sacrificio - tampoco había café-. No volvió a tomar bebidas de cola pues la compañía que hacía la Coca-Cola se había quedado sin azúcar y odiaba a muerte la uvita y la naranjita y ni el dichoso té artificial que antes servían en todos lados y ahora era literalmente impagable. Una ofensa, ese té, se auto-convencía mientras salivaba abundantemente en pleno calor al ver a los nuevos ricos-bachaqueros-boliburgueses chupándoselo con fruición a través del pitillo. El periódico, sólo los domingos cada quince días para el crucigrama de la revista y la página de farándula internacional: le gustaba ver en qué malgastaban los ricos su dinero, porque ya ni le daba el sueldo para el periódico e internet se lo cortaban con más frecuencia que en Zimbabue. El episodio del Urdangarín, la infanta de España y el desfalco al estado le fascinaba porque finalmente unos poderosos iban a pagar por sus desmanes. Aquí sólo pagaba el pobre bobo que denunciaba el robo. Lástima que la cosa era en otro país. En este hay suficiente para llenar años de revistas Hola, de Wikileaks, de Panamá papers, le decía a Marta. Fíjate, hasta el peluquero de la hija del finado está en la nómina del ministerio de relaciones exteriores.

Contó de trescientos hacia atrás –sentía el pum,pum,pum, pumpumpumpum- mientras oía a la señora a la que se le había quemado el carro y no tenía su cheque del seguro y llorando a moco tendido le preguntaba desde el otro lado del escritorio ¿y es que a usted nunca le ha faltado el dinero? La señora olía a Chanel número cinco y la muy viva mentía como una bellaca diciendo que estaba pelando cuando probablemente saldría con el cheque para redondearse el reloj que le faltaba y bachaquear el desodorante que había traído de Miami. Cuando llegó un corredor que creía tener a Dios agarrado por la barba y le reclamó que no habían salido a tiempo sus pólizas, aguantó las ganas de cogerlo por el pescuezo y doblárselo como pollo antes de la cazuela. Sonrió y le dijo los mejores buenos días que jamás nadie había oído de un oficinista con la esperanza de que la buena vibra tuviera algún efecto en su corazón. Después le dio dinero al viejito paralítico del semáforo, acarició al canino cuasi-monstruo de Tasmania de los vecinos –pum,pum,pum pum-. Le compró tres rifas de beneficencia a la antipática de la hija de su vecina, la misma que le escupía el chicle cuando pasaba para que se le pegara en el zapato y finalmente, para completar su día de buenas acciones, retiró sin rechistar el carro del comprador previo en la caja del supermercado aunque tuvo ganas de cortarle la mano mientras el fulano se hizo el loco y coló a tres amigas en la fila. Bruno vio el reloj pensando en que se le iba la vida en las colas.

El gato negro, E.L.Kirchner (1926)
En un arranque de amor animal, Bruno adoptó en un refugio al Misu, un gato negro con mirada traicionera, porque leyó que el ronroneo de los gatos creca del cuerpo bajaba la tensión.  Se lo llevó a dormir con él en la cama y se sintió complacido. Era peludito y caliente hasta que su esposa se quejó que el gato se echaba encima de una de sus nalgas a afilarse las uñas cuando tenía hambre, a eso de las cuatro de la mañana, y la verdad, Marta, yo sé que no te gustan los gatos, pero hay un dicho holandés que dice que desconfíes de las mujeres a las que no le gustan los gatos. Los holandeses pueden comerse a los gatos en su salsa y el Misu terminó en la casa de la anciana de al lado, pero todas las mañanas le recordaba a Marta su existencia rociando las flores de su jardín con una orina espesa, aceitosa, olorosa.

A Bruno le aconsejaron que leyera libros de autoayuda y porque calmaban el espíritu. Como si éste gobernara el corazón, pero tenía que intentarlo. Después de todo, los egipcios dejaban el corazón en la momia mientras que sacaban el cerebro por la nariz, pues creían que el corazón era el centro de la razón y la vida. Después de leer el primer libro de cómo ser exitoso se angustió al darse cuenta que era un fracasado y que tenía que iniciar un negocio nuevo, pumpumpumpum pum pum. El segundo lo llevó a querer recorrer el Camino de Santiago, por el cual probablemente nunca transitaría porque no tenía dinero y el tercero era sobre una vaca del que no entendió absolutamente nada. Por recomendación de un cura amigo comenzó a leer la liturgia de las horas todas las mañanas, pero por falta de tiempo lo hacía mientras  estaba sentado en el váter. Luego se suponía debía entrar unos minutos en meditación, en los que no meditaba nada porque la concentración la necesitaba para que fuera exitoso lo que estaba haciendo. Si meditaba, no pujaba. 

Entre tanta angustia y en la misma onda de espiritualidad, se fue en enero a la procesión de la Divina Pastora. Entre chicheros, vendedores de limonada y cepillados, guardias prepotentes que no dejaban acercarse, viejitas con sombreros de paja, niñitos vestidos de pastores y niñitas de Virgen María se hincó de rodillas en el asfalto y sin hipocresía, con absoluta ingenuidad, elevó sus prédicas a la Virgen con las lágrimas cayéndole por las mejillas mezclándose con el acre sudor. Le prometió a la imagen que se zarandeaba entre policías, creyentes y portadores que si el corazón no le volvía a echar bromas iría en peregrinación todos los catorce de enero hasta que se muriera.

 - Como sea, te lo juro. Cada catorce de enero.

En la espera del cumplimiento de su solicitud, metió en su billetera con un por si acaso dos estampitas de José Gregorio Hernández, un escapulario de la Virgen del Carmen bendecido en catedral y una oración del padre Pío de Pietrelcina, pero se la robó un malandro unos días después cuando se formó un atajaperros en la cola para la harina. Fue a las misas de sanación del padre que se vestía de Batman y de las que aparentemente todo el mundo salía sano menos él. Un año después, pues, Marta, fíjate que no, que hasta las vírgenes y los santos se olvidaron de tu esposo. El pum,pum cardíaco seguía inmisericorde.

Siguiendo el consejo de su cuñada, Bruno decidió invocar a los espíritus de la sabana, a Yemanyá y a María Lionza. Podía haberle pedido a otros seres míticos, pero tuvo miedo porque al finado presidente se le había ocurrido conjurarlos y mira lo que le pasó. Un conocido le guió en Sorte para que un negro pintarrajeado y medio desnudo le fumara un puro y lo empapara con un jarabe maloliente mientras invocaba a los espíritus meneando las caderas encima de su vientre. El sortilegio no le funcionó porque la fe se le quitó apenas comenzó el ensalme por el terror de que una mapanare le mordiera un dedo del pie mientras estaba acostado alrededor del círculo de tiza blanco y porque lo que colgaba de la entrepierna del brujo olía peor que el jarabe que le había echado. Salió oloroso y mareado para tirarse vestido en el chinchorro de una choza y cuando a la mañana siguiente se montó en un autobús que se paraba cada diez minutos a subir desconocidos en la carretera, decidió que ya estaba bueno de espiritualidades.

Alguna vez se le ocurrió que el golpeteo cardíaco era otra cosa, como cuando ganaba un poco en la lotería, el sexo sorpresivo de su esposa los miércoles a pesar de que lo acostumbraban rutinariamente los sábados en la noche, o el aplacado en el baño después que la espectacular secretaria de la oficina le pusiera los 500 centímetros cúbicos encima de su escritorio sólo sostenidos por unas cintas finísimas que amenazaban con romperse en un leve esfuerzo de inspiración. Pero después de mucho tiempo y dado que su ritmo cardíaco no se aplacaba durante eventos serenos ni desgraciados, Bruno supo que sí, que sí le estaba fallando allá adentro. Más aún, hasta su amigo el Ruperto no se le paraba como antes. Temía que le diera un infarto, así de loco le brincaba el corazón cuando su soldado comenzaba a ponerse enhiesto sin orden de su capitán. Descubrió aterrado que su corazón no tenía nada que ver con su ánimo, sus deseos, el trabajo en la compañía de seguros o con las noticias de televisión. Que ese músculo autónomo, obra maestra de una ingeniería superior con cuatro cavidades, válvulas, tuberías y electricidad tenía definitivamente una falla mecánica y necesitaba llevarlo a un taller. Y Marta, ¿a cuál?

El día en que ya no pudo almorzar sin que percibiera que el corazón golpeaba el borde de la mesa, como carro con bujías descompensadas y lo sentía en la ingle y en el alma, se fue a acostar temprano sin avisar. Pero cuando a medianoche se despertó con los saltos de la corriente sanguínea en la yugular, usualmente pacífica como un riachuelo en verano e imperceptible como un susurro a menos que le pongas encima los dedos índice y corazón, zarandeó a Marta dejándole la saliva espesa pegada al pabellón auricular para decirle  que tenía que ir al cardiólogo rápido, Marta, que ahora si me muero, no es broma. Y Marta, fastidiada, entre sueños, mañana.

Hombre ante la puerta, E. Munch(1889)
Un tipo muy bueno, pero con muchos pacientes, le dijeron varios en la oficina. La secretaria del consultorio le informó después de pasar toda la mañana intentando comunicarse, que se fuera tempranito al día siguiente porque el doctor sólo veía a diez  pacientes los martes y los jueves ¿Y qué es tempranito?, le preguntó. Pues mire, yo llego a las siete para anotar y ya está el cupo lleno. Pero, ¿a qué hora? Señor, tempranito. En el trabajo le dijeron que era a golpe de cinco. Recordó a Laureano, a golpe de cinco significa en Venezuela una hora indefinida entre las cuatro y las cinco. Que esperanza.
Bruno se levantó a las tres de la madrugada para bañarse minuciosamente, se puso unos calzoncillos sin agujeros y nada extravagantes por si lo desnudaban. Tenía unos imitando piel de tigre que se había comprado en un arranque de exotismo para levantar el ánimo a Marta, pero definitivamente no eran los más apropiados para esto, además que se le salía un testículo por un lado. No tomó café para que la cosa no le saliera muy alterada y llamó a un taxi de 24 horas que quince minutos después se pasó de largo. Se paró en mitad de la calle mirando para todos lados por aquello de inseguridad –en realidad, la sensación de inseguridad, gobierno dixit- y gritó taxi botando los pulmones en el intento, con la esperanza de que el tipo tuviera los vidrios abajo y lo oyera.  Vio como las luces de retroceso se encendieron y cómo aquel carro aceleró a toda mecha hasta que casi le aterrizó en los pies –pumpumpumpumpumpum sin pausas-. Dos luces de la casa vecina se encendieron y oyó otro grito destemplado que no era suyo ¡aquí queremos dormir, desgraciado! debía ser Rolando el de enfrente que de cuando en vez le alteraba el espíritu con un reguetón a todo volumen a las cinco de la mañana. 
-  Me perdí un pelo porque a´sta hora todo es igual
le dijo el taxista desde la oscuridad y es que ni siquiera encendió la luz interna en un carro que olía a vainilla.
-   - A que se va pa´l médico, ¿verdad? 
Con un sí resignado, Bruno se preguntó qué cara de moribundo tendría, pero no, el chófer le dijo con ganas de hablar,
-  - Es que a esta hora todos se van para la clínica, ahora es como en el hospital, hay que madrugar para conseguir una consulta. Y si es p´al cardiólogo más, a mi mamá le dio un yeyo el otro día con la tensión, mi hermana nos asustó ayer con una taquicardia que no se le controla y que es el colesterol que le tapó las venas, dijo el médico. Y menos mal que el ministerio les paga el seguro allá en la clínica porque en el hospital tardan un mes en tener la cita y a veces cuando se la dan el médico no va ese día y le corren para otro mes. Y a usted que le pasa, bueno yo de metiche, si quiere no me dice.
Pues nada, que sé yo, me estoy poniendo viejo, le dijo sin mucho detalle.
-  - Es que ahora hay que tener cuidado, comemos muy mal, ya no hay comida, si no hacemos las colas hay que pagarle a los desgraciados de los bachaqueros, y fíjese que ahora venden aceite frito porque del otro no hayagarramos mucha rabia, esto de la política nos está matando,  respondió el taxista, en un intento de sondear la orientación de su pasajero.
-  - Fíjese que los domingos ya no se podía ver televisión, una cadena interminable todo el día con el finado y ahora ya ni los domingos, toda la semana. Y es que el hombre habla puras pendejadas, vive en la isla de la fantasía o en una burbuja, y nada que se baja de ese puesto, usted no ve cómo nos tienen muriéndonos de mengua. Y todavía sale la mujer esa a decir en la onu que hay comida para tres países, será que ella vive en niu yor y le pagan en dólares y luego mienten que aquí todo está perfecto y usted no ve cómo nos estamos matando en las colas y los niños se están muriendo por falta de tratamiento y aún nos tenemos que calar a esos hijos de la grandísima a mentirnos en la cara. Y los otros países ven esto y hacen como que si nada pasa para que le sigan dando petróleo.  Para qué decir más, usted ya sabe. No tengo televisión por cable, justificó.
Al pasar las luces del estadio vacío encendidas a esa hora, pero que riñones, y después la factura me viene con multa porque dejo la luz del baño encendida y me quitan la luz tres horas diarias y el recibo no baja y no encienden el aire acondicionado en la oficina y no tengo ni desodorante para el mal olor del sudor. Después de dos o tres banalidades sobre la comida importada que ya no viene y las disquisiciones de que antes comíamos directo de la tierra y por eso no nos enfermábamos y de cobrarle el doble porque es extra-horario, el taxista dejó a Bruno en la puerta de la emergencia donde estaban un vendedor de café con sus termos y un guardia de seguridad. El resto de la calle sólo tenía soledad, un letrero de neón encendido de una farmacia con una falla que sonaba a bichos electrocutados, una tienda de ropa infantil que no tenía ropa, otra de bisutería que sólo vendía bolsas plásticas y dos buhoneros acomodando sus puestos para el día.
Buenos días, siéntese en una de esas sillas, la puerta de acceso a los consultorios la abrimos a las seis, murmuró el vigilante.
Preguntó con un saludo amable a las sombras de la sala quiénes venían para el doctor González. Del fondo de una cobija surgió una voz femenina.
- - Usted es el sexto. El señor de allá es el primero, llegó anoche como a las 12.
Se sentó para observar alrededor. Una dama cincuentona en mono y zapatos de deporte tejiendo a dos agujas una bufanda de color morado chillón. Otra vestida de militar ¿reserva? anotando en un cuaderno marca gobierno. El señor de las 12, acostado a lo largo de dos sillas, goteándole la saliva que ya hacía un charquito en el piso. De los otros encobijados no acertó a distinguir más que los termos en el piso y unas bolsas de plástico con papel higiénico y unos pañitos de felpa. No hay papel en el baño de una clínica privada, pensó, urgido de repente por la idea de dos horas por delante sin nada que hacer y su escrupulosa costumbre diaria a las seis y media sin importar lo que comiera el día anterior. 

En la próxima hora se completó el cupo, de manera que cuando abrieron el pasillo de los consultorios a las seis de la mañana, Bruno pudo ver la cara de sus colegas de espera. Como si el amanecer despertara también las relaciones, comenzaron a hablar entre ellos. Bruno extrañó a Marta porque tenía un don milagroso para enterarse de lo que le pasaba a los demás en las esperas de los médicos y hasta se abrazaba con la gente al despedirse, como si tal. La señora del libro comenzó a preguntar para dónde iban los compañeros de la noche. Los encobijados no venían para el cardiólogo. Estaban a la espera del cirujano que le operaría un ojo destripado por una tuna al hijo adolescente. Que era ordeñador, pero muy loco, que agarraba el caballo después de ordeñar y se iba por esos montes y que en una de esas no vio la tuna y se le clavó en el ojo. Bruno, compasivo, se atrevió a preguntar si le había dolido. Mucho, le dijo el muchacho en un decir que sudó por entender, pero más cuando me la saqué y se me vació el ojo. El señor le paga todo, le dijo la madre. Vinimos ayer noche para la operación a las siete. De dónde venían ni entendió. La militar tampoco venía para el cardiólogo. Su madre estaba en terapia intensiva porque le dio un desmayo y nadie sabía lo que tenía. El señor de las 12 seguía rendido hasta que el guardia lo zarandeó para avisarle que tenía que moverse al consultorio, tal vez asqueado por la ya laguna alineada con la silla. El séptimo paciente era un joven veintitantos con cara displicente que sin nadie le preguntara dijo había viajado tres horas y le estaba guardando el cupo a su papá que dormía en casa de un amigo. Los restantes, dos mujeres y un hombre, venían juntos también de lejos y en la conversación grupal se dieron cuenta que los cuatro últimos cupos eran de las misma ciudad, por lo que se sintieron en confianza.

Habiéndose sentado frente al consultorio y con su sexto cupo seguro, la urgencia de Bruno se completó y se fue hasta el único baño abierto. A diferencia de Marta y la mayoría de las mujeres, que siempre llevan en la cartera dos metros de papel porque nunca hay cuando lo necesitas y menos ahora, en aquellas carteras que parecen la de Mary Poppins en la que sale a relucir el lápiz labial, las llaves, la polvera,  la billetera, condones, toallas sanitarias, una agenda, lentes de sol, de aumento, ganchos para el pelo, gomitas, bolígrafos de todos los colores, pero él,  ¿dónde iba a guardar el papel? ¿en el bolsillo de delante? Se acordó de Aquiles Nazoa ¿no ves este bulto tan levantado al lado del corazón y que parece que en la casaca cargo una hallaca por precaución? Con la mala suerte que tengo ahora, me hubieran atracado por robarme el papel detectado en el bolsillo. Un fogonazo de ironía le iluminó el semblante. Y aún hay más: por cada compra que haga de la gymmaster recibirá papel higiénico para todo un año. No espere más. Llame ya. La carcajada de Bruno resonó en el minúsculo local.

Sentado en la poceta y rodeado de olores de los usuarios de la noche, la taquicardia de Bruno pareció calmarse por un rato y surgieron las dudas. ¿Y será que no es nada? ¿Qué debo irme a casa? ¿Que el problema es que tengo que defecar más a menudo? Calculó cómo hacer para limpiarse. ¿Qué adminículo podía usar? Nada, pues la mano. Con mucho asco, empapó la mano con agua y la pasó repetidas veces por el orificio inconfesable hasta que quedó mojado y limpio. Mojada también quedó su ropa, la tapa del váter, el piso del baño, pero no podía hacer más nada.  Miró la papelera del baño por si había quedado un papel un poco limpio pero ni eso. Sólo había una miríada de restos inconfesables. Es que cada cabeza es un mundo, se quejó Bruno, ¿qué trabajo cuesta envolver bien los pañales, las toallas sanitarias y dejar caer los papeles con el sucio hacia abajo? Es como ver la foto de quien estuvo sentado antes allí. Con el ADN obtenido de los depósitos y la base de datos que tienen los mormones, facilito se les seguía el rastro hasta los ascendientes de la séptima generación. Bruno se imaginó haciendo la anamnesis a los dueños de las excreciones. Sexo: Femenino. Edad, con una desviación estándar de más o menos 2 años: mayor de 13 años. Color de pelo: negro. Última comida que ingirió: caraotas negras. Aguantando una náusea espontánea, se lavó cien veces las manos con abundante agua raspando sin piedad un pegoste que estaba en el lavamanos y parecía detergente hasta obtener unos microgramos con que sacarse sus vergüenzas. ¿Y es que cuando pagamos la consulta no incluye mantenimiento de sanitarios? Se acordó de sus tiempos en el comedor de la universidad. Hoy, ocnis. Objetos comestibles no identificados. Hoy serían osnis. Objetos sanitarios no identificados. Se sonrió de su propio chiste delante del espejo mellado. El ruido de unos pasos apurados ¿la secretaria? hizo que terminara.
Pues no, no era la secretaria. Era la paciente número once cuya cara destemplada al ver todas las sillas ocupadas hizo que Bruno se sintiera reconfortado por haberse levantado tan temprano. La señora diez aún de pie con unos tacones kilométricos, movió sus numerosas y grandes pulseras de moda haciendo un ruido extraño para tan temprano y con un goce interno que se le transfirió a la cara, sonrió a la supuesta once para decirle que tendría que venir el jueves. No hay más cupo, chica.

La señora diez reanudó con fruición, muy satisfecha de hacerle perder la cita a la otra, la conversación con los siete, ocho y nueve, de la que Bruno se había perdido por estar en el baño.



- La verdad es que no me trataron mal, me dieron de comer. Es que estuve secuestrado dos meses, decía el séptimo con deleite.



- Pidieron tres millones. Tres qué, le preguntó Bruno inocente. Tres mil millones de los viejos, pero es que mi papá contactó a un alto pana del ejército que también tiene un alto pana en la policía y arreglaron con los secuestradores por la mitad y bueno, también un detallito para los intermediarios. Querían una camioneta cada uno, pero que va, tuvimos que vender unas novillas para pagarle a los secuestradores y no daba para eso. Pero quedaron contentos y se pusieron a la orden para cualquier cosa, ustedes saben, es bueno tener esos contactos. Ahora ando armado y que no se atrevan con nosotros porque les meto cuatro tiros.


Tiempo, vida, madurez. H. O. Sohlberg (fecha desconocida) 



La conversación derivó entonces hacia la mafia de los sindicatos y de repente Bruno percibió que sus compañeros pacientes concluían con absoluta convicción sobre la situación del país como si hubieran obtenido un doctorado en políticas públicas en Oxford  o si la violencia diaria fuera un pedazo sucio de ese papel del baño que se tira en la basura y ya. El ambiente se puso desagradable para un Bruno impotente, dolido de la indiferencia y la boca del estómago vacío se le contrajo en un espasmo y el pumpumpumpum. Se le torció el gesto para decir que era muy temprano para esos temas y se rieron de él, mostrando los colmillos como vampiros recién alimentados, sorbiéndose el maligno placer de los sucesos violentos con la punta de la lengua. Todos menos el paciente uno que comenzó a tambalearse en el asiento, en un choque convulsivo al que nadie le prestó atención en un principio, pero cuando la tembladera se transmitió a lo largo de toda la fila de asientos adheridos a la pared como si estuviera sucediendo un terremoto, corrieron hacia la salida y chocaron con la secretaria del consultorio que le gritó al guardia trajera al médico de emergencia. Bruno sintió como un tacón de la diez se clavaba inmisericorde en su pie derecho. Entre el agite de los pacientes –que ironía-, el corre-corre de las enfermeras, el camillero y el médico preguntando con quién venía el señor y que nadie sabía y quién va a pagar la cuenta y la mirada estupefacta de las señoras nueve y diez, Bruno cayó en cuenta que tenía un paciente menos por delante. Que saldría de esta pesadilla antes de lo esperado con un récipe reconfortante en la mano para volver a su vida normal.


Después de averiguar que el paciente uno estaba a buen recaudo en la emergencia -sólo por buena nota porque no era su problema- y que habían logrado llamar a un familiar con tarjeta de débito, crédito o cheque conformable, además de avisarle al Dr. González, la secretaria regresó y abrió la puerta del consultorio con una buena cola detrás, no sin antes saludar con un cariñoso buenos días a todos los presentes. Qué extraño, pensó Bruno, en estos tiempos de amargura colectiva. El amor rápidamente se transformó en ladrido de perro guardián cuando comenzaron a apelotonarse desesperados los pacientes del doctor González, de Vallenilla, de Ukumoto y de todos los demás  médicos que veían en el mismo consultorio cardiológico. ¿Es usted primera vez? Le preguntó a Bruno sexto-González ¿trajo exámenes? ¿Exámenes de qué?  de sangre, orina, heces, radiografías, pruebas de esfuerzo, tomografías, resonancias magnéticas, eco cardiogramas, eco-estrés, respiró y siguió electroencefalograma, lo que se tenga hecho. ¿Pero como los voy a traer si es que no he venido nunca para acá ni me los ha mandado el médico? ¿Y usted cree que yo soy adivina? Espérese afuera a que yo lo llame, sin levantar la mirada.  Bruno se fijó en la lista a través del vidrio quien era el quinto, un tal Celedón Borges cuyo nombre apareció escrito en el papel sin que hubiera oído mencionarlo y una cuarta-González, una tal María algo. Así sabría cuándo le tocaba por si volvía al baño o decidía comerse un cachito en el cafetín. Suspicaz debido a la volubilidad de la dama, le preguntó a qué hora llegaba el médico. Pues depende, pero generalmente está aquí a las 9. O sea, cinco horas después que él. Y aún me va a cobrar por esperarlo. Si yo me tardara ese tiempo para atenderlo en la oficina, el médico pediría hablar con el gerente para que me despidieran por ineficiente ¿Le costaría mucho al médico asignar horas específicas de llegada?

Bruno decidió darse una vuelta por el cafetín después de calcular que a media hora por paciente y suponiendo que el hombre llegara efectivamente a las nueve, pues a él lo estaría examinando alrededor de las doce. Haciendo un cálculo rápido, en ocho horas de espera podía haber atravesado el Atlántico rumbo a Europa o habría cumplido una jornada completa de trabajo.  No había cachitos pero se decidió con unos buenos días por delante por un sándwich de jamón y queso y un marrón grande por los que pagó diez veces más que si lo hubiera traído de casa. La cajera le espetó que no tenía sencillo y por los billetes que le debía haber dado de vuelto le puso sobre el mostrador tres caramelos de mango, sabor y color artificial que odiaba a muerte. Tartrazina número 5 con full glucosa. La cajera no esperó más y le respondió viendo la cara que puso, bueno, mi amor, eso es lo que hay, lo tomas o lo dejas. Muy temprano para armarle un rollo. Cogió los caramelos y se los metió en el bolsillo. Se sentó en una mesa tambaleante, con unas gotas de café secas y añejas pegadas en su superficie y probó el sándwich que estaba escuálido de jamón y un queso que dejaba mucho que desear, pero el café compensó el resto. La visión de una niña-madre amamantando una bebé muy pequeña le recordó las becas pro-embarazo del fallecido presidente-líder eterno.

Interior, luz desde la ventana. H. Le Sidaner (1931)
A esa hora de la mañana, con el sol fresco filtrándose por las ventanas del cafetín y las plantas que se colaban sobre un medio techo de vidrio, todo parecía tan tranquilo y hermoso, hasta que una ambulancia haciendo escándalo con la sirena le recordó que lo iban a llamar para el electrocardiograma. Se acercó apurado a la sala de espera para darse cuenta que no había un solo asiento vacío. Los puestos del neumonólogo, el endocrinólogo y el cirujano cardiovascular del mismo pasillo estaban completos. Sobre un escritorio vacío había una hoja de papel con una nota al margen. Por curiosidad franqueó a un grupo de gente alrededor del escritorio para leer Debido a que el doctor estuvo ausente en un congreso, esta semana sólo se atenderán los pacientes de la semana pasada por orden de llegada. Las emergencias se atenderán después de las cinco de la tarde.  Bruno preguntó en silencio un enredo de palabras a las caras ansiosas de los aspirantes a la consulta. La próxima semana serán atendidos los de esta semana que serán pacientes de la semana pasada ¿y cuándo atenderán pacientes de una presente semana?

Después de la séptima caminata de norte a sur del pasillo y viceversa, vislumbró un vacío al lado de una anciana en camilla que ocupaba el frente de tres puestos y se fue presuroso a sentar en el asiento calentado por la larga espera de su predecesor. La verdad es que las piernas le rozaban el borde de la camilla, pero estaba tan cansado…Un obrero limpiaba los pisos pasando la mopa por encima de los zapatos sin pedir perdón, ensimismado con la música que le salía de los audífonos a sus oídos. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Un cuento y una tortilla dulce de pan para calmar la desesperanza

Arial 72

Amantes sentados al pie de un sauce. 
C. Pisarro (1901)
Cuando Matilde adulta se enamoró, no fue esa cosa violenta en la que ves al tipo y caes en sus brazos inmediatamente. No, fue de una forma paulatina, de esa en la que ves al tipo y te hace un cosquilleo allí en alguna parte, pero no más por el momento. Te gusta el pelo, la cara, la sonrisa y si además está bien vestido, afeitado o con barba cuidada y huele bien, pues mejor, pero hasta ahí.  Todo eso le vio Matilde a Joaquín la primera vez y eso que estaba cansada por pedalear los diez kilómetros que había entre los pueblos de ambos un día de paseo y no tenía costumbre de tratar a los hombres. No era aquello de ponerse a sonreírle así no más con las amigas alrededor, pero sí que se le dibujó una sonrisa cristalina cuando él les brindó los refrescos. Desde esa ocasión hasta la próxima pasaron dos años cuando se tropezaron en un autobús de la intercomunal. En cuanto lo vio Matilde supo que algo se le había revuelto allá adentro y eso que sus convencionalismos eran tan arraigados en su ser como el respirar. Casi nacieron con ella, dicho claramente. Él le invitó un café alrededor del cual fue un buen oyente para las confidencias de una Matilde inocente y de poco roce y luego a una reunión de familia unos días después, a dónde ella asistió inventando una excusa a su madre. Esa noche hubo más química: la mano en la cintura de ella, el aliento de él en el cuello, la respiración de ambos, agitada pero extraña al baile pausado, las piernas de él atreviéndose un poco entre las tímidas de ella, las caderas masculinas cada vez más ciertas y cerca hasta que sintió sorprendida un tal vez teléfono en el bolsillo,  la invitación ansiosa en voz profunda a un verte el próximo fin de semana. El fin de semana se transformó en varios días seguidos y diez kilómetros ida por vuelta de él y alguna vez de ella en autobús, en bicicleta, en cola, como fuera. Matilde adulta no tenía carro y Joaquín, a veces. El amor le entró despacio a Matilde, como había sido todo en su vida, sin prisas. Pero una vez que lo sintió se le inoculó peligrosamente en su vida pacífica llena de sueños para hacerla despertar por un brevísimo tiempo.



Matilde niña/adolescente no había conocido hombre en casa, ni padre, ni hermano. Era un hogar de dos mujeres. Había ido desde muy pequeña a un colegio de monjas donde alternar con un hombre era casi un pecado, asi fuera un infante de deseos aún no desarrollados. Sentada sola en el banquito de piedra del patio veía cómo sus amigas se escapan en horas del recreo para hablar con los muchachos que se asomaban a la reja y le pasaban a escondidas cigarrillos encendidos que aspiraban apuradas antes de que sonara el timbre y que luego disfrazaban con caramelos de menta y un agua de azahar que llevaban en las mochilas por precaución. Matilde no había ido ni siquiera a una fiesta mixta porque su madre siempre le decía que habría tiempo para eso y veía con envidia cómo comentaban el lunes lo buena que había estado la del sábado y quién había besado a quién. Matilde entrando en la vida adulta no pasó de hablar con sus anteriores compañeras de colegio o las amigas de su madre que iban a hacerse los vestidos. Se limitaba a estar cosiendo todo el día en casa para mantenerse ambas o pagando facturas donde sólo había hombres jubilados y anodinos en bermudas. - Ya verás, habrá tiempo para ello, otra vez su madre cuando se atrevía a compartir que no hacía vida social.

Matilde pasaba los fines de semana viendo en la televisión las películas románticas con actrices rubias deslumbrantes y galanes arrebatadores de músculos marcados. Lo mejor de todo era cuando venía la noche porque al acostarse creaba sus sueños, en los que ella era protagonista del romance y su pareja la llevaba a pasear en un descapotable carísimo por un pueblo italiano desde cuya colina se veía el mar azul intenso. Y después le hacía el amor hasta morir entre unas cortinas de lino finísimo ondeando al viento templado en una habitación de su villa capresa. Así pasaron sus cuarenta años. Sí, cuarenta. Cuarenta años en los que percibió apenas cómo su piel se secaba y sus protuberancias cedían sin cortapisas a la gravedad.

La pareja. Óleo de P. Picasso (1895-1899)
Cuando Matilde adulta decidió que se iba a acostar con Joaquín no se planteó duda alguna porque se imaginó esa primera vez como la de sus sueños. Ya tenían tres meses de sólo besos escondidos bajo la excusa de comprar una baguette o unas frutas para desaparecer de casa sin tanta pregunta. Muy al principio, unos besos tímidos que luego crecieron en una intensidad que los dejaba agotados porque no llegaban a ninguna parte. A ninguna. Y eso que las manos de Joaquín ya no tenían control, eran como apéndices independientes del cerebro que se movían ansiosas y buscaban sin encontrar, como tentáculos cargados de ventosas que se adherían a cualquier parte dejando un desastre de ropas revueltas, cabellos desordenados, botones y ojales sin concierto. Matilde se rebelaba mientras y también después sin comprender qué no le gustaba de esa relación, sola en su baño, viendo el encaje que tanto apreciaba de sus blusas arrugado y sobado por las manos grandes y desbocadas de Joaquín.

Pareja caminando entre columnas de árboles. V. Van Gogh (1890)
A pesar de su decisión, no encontraba ningún momento adecuado para su gran paso: siempre había una luz que se encendía de repente, un ruido molesto y repetitivo, la conversación de alguien alrededor, una puerta que se abría y cerraba, el perro que ladraba, la pelea de dos gatos machos por una hembra. Los sitios más privados en ambos pueblos eran hoteles muy pequeños o posadas de la tía o de la cuñada o de la hermana de la amiga de alguno de los dos y ni pensar en dejar que todo el mundo se enterara que habían ido a hacer el amor. Era como si lo anunciaran en el periódico, Una vecina perdió su inocencia a los cuarenta años, en primera plana y en letra Arial 72. Salir del pueblo ni se consideraba porque no podía dejar a su madre sin excusa creíble. Una noche en mitad del monte, ya con los pantalones abajo, Joaquín repugnó a la pequeña víbora que se deslizó por sus nalgas atraída por el calor y los sudores sin más consecuencia que un susto y una apurada recogida de ropas. Pero algo no iba bien. Todo le salía torcido. Matilde notaba que su amor no era de ese tipo romántico que había esperado tantos años, sino un agobio de hormonas y apuros y jadeos y tocamientos y desesperos que no incluían una mano por la cabeza o la cogida de una mano sólo para acariciarla suavemente. Nunca existieron un simple roce de labios o una mirada de horas de ojos con ojos. Y cada ocasión en la que se reunían, no era para comer tranquilamente un helado o hablar del futuro, sólo servía para aumentar el malhumor de Joaquín y su insistencia.

El amor. G. Klimt (1895)
No mucho después, Joaquín ya no respetaba ni los espacios públicos. Cualquier árbol, cualquier pared, servía para reclamar mientras Matilde luchaba por imaginar la villa italiana y el descapotable hasta que abría los ojos y se le cortaban las ganas cuando veía a la familia de cinco hijos comiendo pollo frito sobre el mantel de cuadros en la grama a escasos pasos de ellos, o el ruido del jardinero cortando la maleza que tapizaba la pared. Cuando le dijo a Joaquín que sí, que ya, que no dudaba más, que iba finalmente a concluir con lo empezado y estaban a punto de ejecutarlo en el banco de la plaza a medianoche cuando sólo los grillos alteraban el silencio, un policía los alumbró con la linterna al mismo tiempo que les reconvenía para que se fuesen a un sitio más privado. Matilde quedó con un dolor de vientre desconocido que la sorprendió amargamente. La noche siguiente, en el carro de-a-veces de Joaquín en un terreno abandonado, pensó que su cuerpo iba a abandonar la adolescencia porque ya no había más ropa que sacar y ya no se conocía a si misma, cuando una luz los iluminó intensamente. - Su documentación, por favor, le señaló el mismo agente de la noche anterior. Matilde encima de Joaquín rebuscó en su bolso, mientras él, incómodo, no podía moverse para extraerla del bolsillo trasero del pantalón desplazado. La luz inmisericorde indagando las características de los cuerpos descubiertos le hizo cerrar los ojos, mientras el oficial se reía entre dientes esperando la documentación que no se encontraba, avergonzada ella por verse explorada y él por la imposibilidad de sacarla delicadamente de encima. Aunque el silencio pudo cortarse con las palabras, éstas no salieron de ninguno de los dos. Cuando Joaquín estacionó para dejar a Matilde a cien metros de su casa ni siquiera le dijo buenas noches.
Quince días después Matilde aún no sabía de Joaquín.  Un mes después, Matilde tomó el autobús y fue a buscarlo. Ya no usó excusas. Joaquín se le había metido en el alma. Ya no había galán italiano que la hiciera dormir ilusionada. Ya no dormía. Que la publicidad se fuera al cuerno.


Matilde adulta volvió a su pueblo después de ver a Joaquín con una de sus amigas a la que llevaba del brazo y le brindaba una sonrisa cómplice. Volvió a su rutina de todos los días y noches después que ese día vio a ambos en la puerta del hotel de la tía o de la cuñada o de la hermana de su amiga y la saludaron con un insípido qué tal, mientras avanzaban hacia su interior sin temor a la Arial 72.

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Mujer cosiendo. Carbón de A. Guillaumin  (1890)
Toda la noche he dormido contigo
Junto al mar, en la isla.
Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño
Entre el fuego y el agua.

Tal vez muy tarde
Nuestros sueños se unieron
En lo alto o en el fondo,
Arriba como ramas que un mismo viento mueve,
Abajo como rojas raíces que se tocan. […]

La noche en la isla
Pablo Neruda 

Para calmar la desesperanza, no hay nada mejor que una tortilla de pan calientita, recién salida de la sartén. En estos días, inventé una con cambur. Tomé una receta tradicional de mi madre pero la modifiqué un poco. Aproveché pan viejo y un cambur muy maduro que es un pecado desperdiciar. La cantidad de pan depende de lo que haya en existencia. Lo importante es que al mezclar con leche quede una pasta no muy líquida pero tampoco muy seca, por lo que hay que tener paciencia y esperar que el pan absorba la leche. Un consejo: si se calienta un poco la leche con un palito de canela y unas ralladuras de limón, mejor. A esa pasta se le añade el cambur machacado, media cucharada (de las grandes) de mantequilla o margarina, azúcar al gusto (si se usa pan dulce se pone menos azúcar), huevos batidos levemente (unos tres, pero dependiendo de la cantidad de pan) y luego todo lo que se quiera para adornar esa pasta. Pasas, frutas confitadas, frutos secos, canela, un chorrito de ron o ninguna de ellas si se desea simple. Todo se mezcla muy bien.  Se calienta la sartén de teflón con margarina (¡tanto el teflón y la margarina son importantísimos para que no se adhiera la tortilla!), se sirve la pasta de pan+azúcar+mantequilla+huevos en ella y a fuego muy bajo se cocina unos treinta minutos hasta que la tortilla se desplace al mover la sartén con un rápido movimiento de muñeca. Se le da la vuelta con una tapa y se sirve nuevamente en la sartén para cocinar el otro lado pero por un poco menos de tiempo. Cuando ambos lados estén listos (y se nota porque la cubierta de la tortilla ha adquirido un color marrón oscuro sin quemar), se traslada a una fuente y se espolvorea azúcar o canela si se quiere. Créanme: si se come caliente es más rica. Sabe a hogar.

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Arial 72 es de mi autoría.

El amor es de Gustav Klimt (1862-1918), un pintor austríaco representante del modernismo vienés. Más que una simple pintura de un par de amantes, Klimt amplió el contexto de esta obra para incluir una mayor visión del mundo. Las dos figuras centrales, como actores en una escena, son observadas por cabezas femeninas que personifican la juventud, la vejez y la muerte, representando la inexorable transitoriedad de la vida y el amor. En esta pintura, Klimt incorpora por primera vez  en sus obras el marco que ocupa casi la mitad de la figura, creando una pintura dentro de otra.

Pablo Picasso fue un pintor y escultor español (1881-1973), de impresionante trayectoria artística en el siglo XX.
Vincent Van Gogh (1853-1890) fue un  pintor neerlandés, uno de los principales exponentes del post-impresionismo.
Armand Guillaumin (1841-1927), pintor francés de estilo impresionista, caracterizado por el uso de colores fuertes y la búsqueda de la luz en sus pinturas.
Pablo Neruda (1904-1973) fue un poeta chileno, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971.