Cuando era pequeña, en casa se compraba de
vez en cuando una revista llamada Selecciones de un impronunciable Reader´s
Digest, de periodicidad mensual con temas variados. No sé ahora, pero lo que mis
jóvenes neuronas registraron sobre esa revista eran las historias de tragedias
humanas que impactaban por su crudo desarrollo pero edulcorado epílogo. Siempre
terminaban con un final feliz en un estilo de autoayuda, de esa que no importa
de qué tamaño sea tu cruz, siempre hay una más grande que la tuya así que no te
quejes y que tu prójimo no sólo ha logrado salir ileso de esa carga sino que te
presta la grúa con la que la llevó y hasta te toca a la puerta para darte un
pie de lima muy dulce con crema batida, en el mejor estilo de un Key West Lime
Pie.
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Dance Floor. Nils Dardel (1922)
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En una de aburrimiento total, Carlos
maneja buscando qué hacer, dónde ir a bailar una milonga o tomarse unas
cervezas en una ciudad desierta a las once de la noche, cada día más arruinada.Tuvo
un trabajo muy bien remunerado hasta el año pasado, pero ahora ve pasar los
días y su vida en el mejor estilo de la película de Hugh Grant, ésa en la que
es un tipo con mucho dinero que no hace nada gracias a una herencia de su padre y
sólo encuentra solaz en conquistar mujeres a lo largo de su muy rutinaria vida.
Carlos consiguió un contrato de cinco años como farmaceútico en una naciente compañía
de medicinas obtenidas de extractos vegetales, un boom que funcionó cuando
media humanidad decidió dedicarse al reciclaje, al naturismo y a la agricultura
urbana. Todo orgánico, todo natural, pero Carlos sabía perfectamente que las
plantas de las que se obtenían las medicinas eran regadas con el excremento de
los millones de chinos que no sabían qué hacer con las deposiciones humanas y
que llegaban empaquetaditas al vacío hasta los cultivos, con una etiqueta que
nadie entendía pero si olía. Muy natural todo. Su trabajo concluyó el día que
lo comentó a su pareja desconocida de baile bajo el influjo de unas cuantas pastillas
para calmar la gripe y al día siguiente el bufete de su propiedad introdujo una
demanda millonaria a la compañía de Carlos. El extracto que mejoraba los
síntomas de la gripe también causaba una erección de doce horas en hombres
mayores de cuarenta años.
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| Sol, torre del aeropuerto. Robert Delaunay ( 1913) |
Benjamín lleva planificando su
viaje a la patria desde hace un año. Apenas compró el pasaje de avión y tan
sólo por la ansiedad de la espera, sacó su maleta del armario, la desempolvó
minuciosamente, la acarició, la puso
sobre una silla en su habitación y poco a poco fue colocando los calzoncillos casi
nuevos, los calcetines que le había regalado su mamá y que nunca ponía –Benjamín,
mi Benjamín, qué bien, aún los tienes y los usas, se imaginaba al enseñárselos
después de los abrazos con olor a tortilla de patatas, cebolla y huevo semi-crudo.
Al pasar dos meses de la compra del pasaje comenzó a adquirir los detallitos
para la familia, para las primas buenasmozas con senos quirúrgicos que siempre
le acariciaban la calvicie incipiente mientras él sonreía complacido, para las
vecinas ancianas que le obsequiarían los chorizos madurados al viento de la
sierra nevada, para los amigos fieles que le aguantaban diariamente las quejas
de la soledad por whatsapp. Un mes antes del viaje ya tenía la maleta casi
completa. Todo para dejar allá. Pasaría tres semanas deliciosas, olvidándose de
su trabajo esclavizador, burlándose de sus compañeros de labor que lo ignoraban
diplomáticamente aunque envidiosos porque nunca pondrían un pie en un avión ni para
viajar a la capital, de la ciudad que era un infierno cada mañana por una
rutina ensordecedora de bailoterapia callejera. Volvería a su pueblo natal en donde
las macetas llenas de flores alegran la vista, dormiría en su cama sintiendo
levantar sus sábanas por el viento fresco de la sierra, comería sus manjares
favoritos, se dejaría achuchar por sus seres queridos, desayunaría sentado en las mesas de la acera leyendo el periódico sin enterarse del mundo a su alrededor. Ya tenía calculado el volumen de la maleta para llenarla de regreso con
botellas del mejor brandy, unos tintos de reserva, chorizos, lomo embuchado,
jamón serrano, garbanzos, lentejas pardiñas que nunca encontraba del otro lado,
chocolate suizo, pimientos del Piquillo, pestiños, unos melocotones de piel
sedosa que ocultaría muy bien, sus discos de música clásica que había dejado la
última vez, los libros que anhelaba leer.
Dos días antes del viaje reventaba de
una felicidad absoluta cuando se cruzó con Heriberto, un inmigrante en su patria. Conocido, sólo un conocido,
Heriberto le sonrió ampliamente para espetarle sin vergüenza que necesitaba le
trajera algo. Benjamín tembló. Su viaje perfecto se comenzaba a derretir como gelatina al sol del Caribe. No te dejes influenciar. No pasa nada. No
va a ser nada. Te va a pedir una foto de su esposa y sus dos niñas. La carta
donde le dan la nacionalidad. El poster de media cuartilla del último concierto
de Black Peas. Una crema de afeitar de cien gramos. Unos auriculares de diez
gramos de color azul eléctrico enrollables en la esquina de la maleta. Unas
medias de nylon. Una memoria minúscula. Un disco de Beyoncé. El certificado de
un curso con sello húmedo. Diez segundos mirando la sonrisa fueron suficientes
para empezar a sudar.
En tono semi-agrio, Benjamín le comentó que no lo creía
posible.
–Cómo que no, hombre, siempre hay puesto para eso, la sonrisa de
Heriberto comenzaba a transformarse en la del gato de Cheshire, misteriosa,
cómplice.
¿Serán condones? Sí, son condones con perfume europeo de Dolce & Gabana, se animaba
Benjamín.
–Es que no pesa nada, dijo Heriberto acentuando un ceceo
artificialmente adquirido en su otra patria.
- Pues, a ver, qué es? le urgió
Benjamín.
- Un balón de fútbol.
450 gramos y 78 centímetros de diámetro, sacrificados en su maleta para un
balón de fútbol que podía comprar en cualquier tienda deportiva local.
- Es que no es
igual si lo traes de allá. Es para una chica que me gusta.
- Pues no, lo lamento,
Benjamín le contestó firmemente, no sin antes sentir el frío en su estómago que
le recordaba ese vaivén interno entre ser buena gente o un absoluto desgraciado. Esta vez no se engañó. Ser un desgraciado siempre
traía malas consecuencias.
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| Sentada sobre el equipaje. E. Munch (1913-1915) |
Alejandra comentó en su casa que la
habían aceptado en un trabajo temporal en el exterior. Seis meses con un jugoso sueldo en un
barato, pequeño y perdido país. Un compañero de trabajo, de esos de buenosdíascómoestás y no más, le pidió
como favor le llevara unas cosas a su familia que estaba un poco necesitada en ese país,
cosa que aceptó con gusto porque un favor así se le hace a cualquiera. Un día antes
de partir y con una maleta repleta para seis meses de sabe Dios qué encontrarás
allí, tocó a la puerta de su casa con una bolsa negra que arrastraba con un
poco de esfuerzo. –Muchas gracias, compañera, buen viaje, aquí está el teléfono
y la dirección, ellos no viven en la capital pero allá se arreglan, le dijo depositándola
en la sala de su casa y dándole un apretón de manos.
Latas de atún, de sardinas, de
guisantes, carne enlatada, jabones de tocador, tubos de crema dental, de
afeitar, medias de algodón, ropa para niños. Alejandra calculó unos diez a
quince kilos. Gritó, insultó para sus adentros e introdujo algunos de los productos
en su maleta ya por sí pesada, preguntándose también sobre la precariedad del
país a dónde viajaría. Dejó el resto por si alguien de su familia volaría a
verla en ese tiempo. Le nombró a su colega la familia, la tía, a la abuela y toda
la parentela junta cuando llegó al aeropuerto de destino y se dio cuenta que no
había ascensor ni escaleras eléctricas para acceder a la calle, sino unas
cuarenta escaleras que subir y por las que arrastró inmisericorde sus veinte
kilos de peso que incluían las latas de comida.
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Se dice que la
tarta de lima (Citrus auranifolia) es
originaria de los Cayos de Florida desde principios del siglo XX. La cocinera
de William Curry, un rescatador de naves naufragadas y primer millonario de Key
West, parece haber hecho el pastel para él. Sin embargo, se cree que adaptó la
receta de los pescadores locales, quienes necesitaban un postre que no requiriera
horno en el barco. Las limas, la leche dulce enlatada y los huevos podían ser
mantenidos en el barco sin refrigeración, y la mezcla de la leche condensada con
el limón daría lugar a una pasta espesa por engrosamiento. La clara de los
huevos muy batida daba el complemento perfecto para este pie que hoy es el
postre típico en Key West. Debido a que los huevos crudos pueden portar Salmonella, el pie se hornea en la actualidad.
Huevos, jugo y ralladura de lima, leche condensada, todo batido sobre una pasta
de galletas y horneado por veinte minutos. Se lleva al refrigerador por ocho
horas y se adorna con merengue o con crema batida. Vale decir que Hemingway la comió durante el tiempo que vivió en Key West.
El alma del poeta danza y delira sobre la ola de la vida, entre el
clamor de vientos
y mareas.
Y cuando el sol esconde su frente y el cielo entristecido cae sobre el
mar como los
párpados sobre los ojos
fatigados, el poeta, dejando su pluma y con la cabeza en la mano,
deja huir su pensamiento hacia el
abismo del silencio, hacia la niebla del eterno secreto.
El
poeta. Rabindranath
Tagore.
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Nils Dardel (1888-1943) pintor post-impresionista sueco.
Robert Delaunay (1885-1941), pintor francés, pionero del arte abstracto de prinicipios del siglo XX.
Rabindranath
Tagore (1861-1941), poeta bengalí, Premio Nobel de Literatura en 1913.