Si me preguntaran por qué desapareció mi blog
durante un año, podría contestar que la tristeza es un poderoso acicate para
desanimarse y hacer desaparecer la inspiración. O para escribir cosas
depresivas y sacarse lo que uno tiene adentro, pero para entristecer a los
demás no es muy decente. Ha sido un año salvaje –pero para mal- en
acontecimientos personales, profesionales y ambientales… el ambiente económico
que ha llevado a gran parte de la población a literalmente huir del país y a
aquellos que por decisión propia no lo hemos hecho, a ver y ser sometidos a la
más brutal situación de miseria que hayamos conocido.
Es muy
difícil escribir un blog relacionado con comida en un país donde un
supermercado normal sólo tiene sal, comida concentrada para perros, limpiadores
de pocetas y muchas, pero muchas, estanterías vacías. Pero hay que comer y el
asunto es cómo. Llevo diciendo varias semanas a quién me quiere oír que cuando
esto acabe, si es que acaba y no con nosotros muertos, no voy a comer
yuca nunca más en mi vida. He hecho arepas de yuca, yuca sancochada, yuca
frita, tortilla de yuca, croquetas de yuca…y estoy entrando en paranoia porque
ahora recomiendan ponerle un dedo a la yuca que se compra fuera de sitios
autorizados, saborearse el dedo y si sabe amarga, tiene cianuro y es tóxica.
Díganme ustedes…
No he hecho
yuca en dulce porque hace unos tres años –cuando ya la cosa estaba poniéndose
turbia- mi esposo compraba unos pasteles de hojaldre con manzana y pagaba
una cantidad que no justificaba su sabor, ni tamaño, ni contenido, en una
“pastelería” que quedaba cerca de casa. En su defensa, no había mucho más dónde
escoger. El hojaldre estaba decente al principio, pero cuando las grasas
animales y vegetales desaparecieron del mercado, el hojaldre ya no era hojaldre
y tenía consistencia de una suela de zapato. Luego desapareció el azúcar y
usaron cocacola para endulzar. Finalmente, me cansé de decirle que el
relleno no era manzana. Que la manzana no tenía hilachas. Que la manzana no se
ponía tan oscura al cocinarla. Que la manzana no sabía a refresco de manzana.
Que la manzana sabía a manzana. Tanto le insistí, que con la confianza que le
había cogido a los dependientes de la tienda –así cualquiera, comprando
frecuentemente pasteles de manzana que no eran manzana-, le preguntó si de
verdad los pasteles eran de manzana. Sin un atisbo de vergüenza, el dependiente
le manifestó que no. ¡Bingo! –¿Y de qué son? –De yuca, señor.
Por eso no
he cocinado ninguna receta dulce con yuca. Tal vez me arrepienta y dentro de
veinte años cuando esté en las islas Fidji viviendo debajo de una palmera me
provoque volver a comer yuca otra vez…
En esta
situación tan complicada que estamos viviendo y habiendo crecido con unos
padres sobrevivientes de dos guerras que nos enseñaron a resistir aunque las
circunstancias fueran muy adversas, he resuelto iniciar mi propia empresa de
mermeladas porque hay algo que este bendito país siempre tendrá: las
frutas tropicales, frescas y recién cosechadas, sin refrigeración.
Aún tengo
algunos problemas logísticos propios de un país donde no hay inventarios
(etiquetas, frascos, tapas) y que no me dejan crecer con apoyo de amigos en otras ciudades. Inicié la producción con sabores poco
convencionales, como naranja con auyama, parchita, mango con naranja, citrón,
tomate de árbol, cabello de ángel. También hago las tradicionales, como guayaba al azahar y un chutney muy resuelto con mango y verduras
que le levanta los ánimos al más deprimido. El prototipo de mermelada de citrón
fue evaluado dentro de unos bollos calientitos hechos de harina de trigo muy
escasa, junto con nata de un productor local. Creánme que fue la
absoluta gloria. ¡Tan absoluta que voy a vender esa mermelada sólo a gente muy
especial!
Mi madre ha
resultado ser la probadora oficial ad honorem. Opina que todas son
riquísimas. Mi odontóloga es la crítica más feroz y la cliente
más fiel, pero es mi probadora certificada. Mi hermana, que es una artista en
Origami, adornó con corazones la edición especial del día de San Valentín y
diseñó en Excel todas las páginas de administración para no volverme loca en un futuro entre
inventarios, clientes y ventas. Mi amigo Fran ya había hecho el diseño de
la etiqueta en un tiempo en el que pensé vender mermeladas en Ecuador.
Para
finalizar esta entrada, quería contar que un muy buen amigo español a quien
quiero muchísimo, dictó hace unos años (muchos también de no verlo) una
conferencia en Venezuela sobre la tragedia del Prestige. Recuerdo de su conferencia
una expresión que aún tengo en la memoria: ante la marea negra del combustible
que había inundado las costas gallegas, había surgido una marea blanca, la de
los voluntarios vestidos de blanco que ayudaron durante muchos días a remover
la masa densa del combustible que se había adherido al paisaje marino. Para
nuestra familia, también ha habido una marea de gente amiga que allende los
mares y las fronteras de países hermanos nos ayudaron a sobrevivir en este año
fatídico enviando medicinas, insumos médicos y personales, comida, mensajes y
audios en whatsapp, abrazos virtuales, soporte anímico. También los amigos de
adentro han hecho todo lo posible por ayudarnos a capear el temporal, siendo
oídos, siendo manos, siendo conectores de información, siendo
donantes de sangre. Han aparecido desconocidos donando medicinas indispensables
sin pedir nada a cambio. Para todos mi más eterno agradecimiento.
Algo hay que
hacer. Pero aquellos que nos quedamos no podemos rendirnos.
Si logran
conseguir harina de trigo, va la receta de los bollos. Se hacen en sartén
tapada a fuego bajo, pero me ha resultado cocinar a fuego alto primero
un minuto y luego bajarlo durante cuatro a cinco minutos. Creo se pueden hacer
en horno y deben quedar mejor, pero como hay problemas con suministro de gas,
hay que resolver. Para unas diez unidades:
,
250 gramos
de harina
1 cucharada
de levadura seca
1 cucharada
de azúcar
Sal al gusto
125
mililitros de agua
30
mililitros de aceite vegetal
1
huevo
Mezclar
primero los ingredientes secos, luego los líquidos. Amasar unos diez minutos,
dejar reposar al menos media hora tapando con un paño húmedo en un sitio calientito. Amasar con
rodillo y cortar redondeles de un dedo de grosor. Cocinar por cada lado y
rellenar con mis mermeladas. Listo.
****************
"Las
dueñas no habían pensado dar ninguna recepción. Una cena sencilla con una taza
de café era el banquete más caro al que habían invitado a ningún huésped. Pero
los oscuros ojos de Babette se mostraron tan ansiosos y suplicantes como los de
un perro; así que consintieron en dejarle hacer lo que quisiera. Al oír esto,
el semblante de la cocinera se iluminó.
Pero tenía
más cosas que decir. Quería, dijo, preparar una cena francesa, una verdadera
cena francesa, por esta única vez. Martine y Philippa se miraron. No les gustó
la idea; se daban cuenta de que no se sabía qué podía significar. Pero la misma
extrañeza de la petición las desarmó. No tuvieron argumento que oponer a la
proposición de confeccionar una verdadera cena francesa"
La
fiesta de Babette, Isak Dinesen (1958)
Las pinturas son de acceso libre en
theathenaeum.org. Las fotos son de mi autoría.




