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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

viernes, 30 de octubre de 2020

Por el día de difuntos: Una historia sobre dos ratas, el flautista de Hamelín y la exquisita colada morada

II. 

 Rats! They fought the dogs and killed the cats,

And bit the babies in the cradles,

And ate the cheeses out of the vats, 

And licked the soup from the cooks' own ladle's, 

Split open the kegs of salted sprats, 

Made nests inside men's Sunday hats, 

And even spoiled the women's chats 

By drowning their speaking 

 With shrieking and squeaking 

In fifty different sharps and flats. 

The Pied Piper of Hamelin, Robert Browning (1812-1889) 

 

 II.
 ¡Ratas! Lucharon contra los perros y mataron a los gatos 
Y mordieron a los bebés en las cunas, 
Y comieron los quesos de las tinas, 
Y lamieron la sopa del propio cucharón de los cocineros,
 
 
 
 

THE PIED PIPER OF HAMELIN, Robert Brownig, ilustrado por Kate Greenaway, 1888.

 
Abrieron los barriles de boquerones salados, 
Hicieron nidos dentro de los sombreros dominicales de los hombres 
Y hasta echaron a perder las charlas de las mujeres 
Ahogando su habla 
Con chillidos y chirridos 
En cincuenta diferentes sostenidos y bemoles. 
El flautista de Hamelín, Robert Browning (1812-1889) 

 

En la parte de atrás de mi casa hay un lavadero. Nada extraño porque todas las casas tienen uno. Pero en éste habitaban dos ratas. Inicialmente pensé que era una. Había algo que se movía en la estantería un poco oxidada de cuatro travesaños, entre potes de pintura, cuerdas y paquetes de jabón, pero como no lograba ver, asumí que era un roedor que había venido del callejón. En la vieja urbanización hay un callejón que recorre la parte de atrás de todas las casas. Se hizo originalmente para que el agua de lluvia corriera y no las inundara y para también albergar las tuberías de aguas negras en el subsuelo. La modernidad llevó las tuberías hacia la calle, los vecinos se olvidaron de que existía un callejón, éste se transformó en un ecosistema detrás de la mayoría de las casas, pero en la nuestra existe un acceso por una pequeña puerta y eso nos permite tenerlo limpio. Está delimitado por paredes al este, al oeste y por  los muros posteriores de nuestra casa y la de los vecinos de atrás. Existen unos desagües que salen de las paredes casi a nivel de piso, por lo que hay paso libre para cualquier ser pequeño que los quiere atravesar. Entonces es posible que las ratas puedan haber llegado por ahí al lavadero.

Aparte del ruido que hacía lo que yo suponía era una rata, no me molestaba en demasía tenerla allí mientras no hiciera otra cosa, por ejemplo, depositar especies de Leptospira al orinar, huevos de céstodes zoonóticos al defecar o dejar pelos inmundos e indeseables cundidos de ácaros o pulgas transmisoras de la peste negra. 

Pero como no había garantía de que la rata no dejara algo de lo anterior , hablé con mi gato Pitufo, uno de los felinos que hay en casa. Dado que come, duerme y ejecuta sus necesidades fisiológicas en el patio, era el indicado. Lo cogí en brazos y mirándolo a los ojos en su cara impertérrita propia de un Lord inglés, le manifesté mi deseo de que ejerciera su labor de depredador a cambio de mimo, comida y cobijo. Aparte de merodear sin mucho interés alrededor de la estantería, Pitufo no cumplió su cometido y cada noche al ir al lavadero sentía el corretear de la que yo suponía era una rata. ¿Para qué iba el gato a perseguir a una rata si igual iba a comer cuando me cansara de sus maullidos lastimeros a la hora de su comida?

Decidí ser más drástica la noche en la que sí ví una rata gris encima de la batea y de cómo se lanzó a esconderse en la estantería. La ví encima. Encima. Donde se lava la ropa. Ya que el roedor había roto un acuerdo tácito de convivencia, moví la estantería y comenzó a practicar su deporte favorito, el que ejerció con afán en los siguientes días. De la estantería a detrás de la lavadora, pasando por los mil cachivaches existentes en un lavadero que nadie quiere arreglar, y de la lavadora a la estantería no sé en qué momento del día.  Cual ama de casa de las antiguas pero sin el pañuelo en la cabeza y el delantal, cada día tomé una escoba y comencé a golpear rítmicamente cuanta cosa había en su camino. El día que me amenazó con un chillido agudo, largo y terrorífico, le dije: Hasta aquí llegó el contrato amigable. Con amenazas no establezco relaciones. Y te vas. No me importa si no tienes dónde vivir.

Vacié completamente el lavadero. Descubrí cosas maravillosas perdidas desde hacía años, por ejemplo, el pote de cera para el carro que era una masa seca, tiesa y oscura o una pintura blanca que se había vuelto negra. Y escondidos, en una caja muy envuelta, dos sobres de veneno para rata totalmente nuevos, que yo misma había guardado hacía siglos con mil letreros de VENENO, NO TOCAR, TÓXICO, PELIGRO, por si alguien decidía meterse con ellos o envenenar a un prójimo. Limpiar el lavadero me llevó un día. Y no encontré roedor alguno.No puse el veneno. Si la rata se lo comía y quedaba media tuesca, era posible que Pitufo decidiera decapitarla y devorar algunas partes de ella.

Pasaron unos días en los que asumí que se había largado a recorrer el ecosistema vecino cuando una noche sin energía eléctrica oí nuevamente el ruido en la estantería. Con un bombillo de emergencia, comencé a mover la estantería pero no salió de ahí. Entre la batea y la estantería había un pedestal hueco de un lavamanos que debe ser parte del tesoro doméstico familiar. Y en el fondo del pedestal ví dos largas colas. Dos. O sea, había dos ratas. Moví el pedestal y una de ellas comenzó a quejarse con un grito penetrante. El pedestal le había pisado alguna parte del cuerpo. No duró cinco segundos gritando cuando levanté el pedestal y la dejé ir.  

Tardé varios días pensando cómo echar a las ratas. Usar un cepo era repetir los chillidos del pedestal... El veneno albergaba  la posibilidad de intoxicar al Pitufo. Usar un pegamento terrible en el que las patas quedan adheridas y dejar una rata amputada gritando su dolor, menos aún. 

No me gusta nada la leyenda de El Flautista de Hamelín, en ninguna de su versiones. 

Ni  en el verso de Goethe, Der Rattenfänger (es una traducción al español de una traducción autorizada en inglés por Richard Stokes)

 

Soy ese cantante celebrado

El cazador de ratas tan viajado,

De quien esta famosa vieja ciudad

Seguramente tiene una necesidad especial.

Y por muchas ratas que haya,

E incluso si también hubiese comadrejas;   

En este lugar me libraré de todas,

Una y todas deben marcharse.

Este alegre cantante

Es también de vez en cuando un cazador de niños,

Quien puede domesticar al más salvaje

Cuando canta sus cuentos dorados.

Y por muy desafiantes que sean los chicos,

Y por muy rebeldes que sean las chicas,

Sólo tengo que tocar mis cuerdas

Para que todos me sigan.

Este cantante polifacético

Es ocasionalmente un cazador de chicas;

Nunca llegó a un pueblo

Sin cautivar a muchas.

Y por tímidas que sean las chicas,

Y por mojigatas que sean las mujeres,

Todas ellas se debilitan de amor

Al sonido del canto y del mágico laúd.

Johann Wolfgang von Goethe 1749- 1832

ni el cuento de los hermanos Grimm, Los hijos de Hamelín; 

es escalofriante uno de los poemas más conocidos de Robert Browning, El flautista de Hamelín. 

La historia del flautista no tiene nada de cuento para niños. Es un relato terrible de una invasión por ratas en el pueblo de Hamelín en la Baja Sajonia en 1284: dice la leyenda que un atractivo flautista extranjero vestido de colores las sacó de allí, pero al reclamar su pago y negárselo la gente del pueblo, secuestró a 130 niños del pueblo y los ahogó en el río Weser donde había guiado a las ratas a morir. Las hipótesis más edulcoradas refieren que los niños fueron sacados del pueblo y mudados a una región cercana para evitar su muerte por la peste negra o que fueron reclutados por señores feudales de otras regiones.

 

Tomado de THE PIED PIPER OF HAMELIN, Robert Brownig, ilustrado por Kate Greenaway, 1888.

No voy a contar cómo desapareció de este mundo una de las ratas, un joven macho. Muerto quedó debajo del pedestal sin quejido alguno. Hasta hoy, el otro ejemplar lleva días sin aparecer después de haber consumido dosis de raticida suficiente para tres animales, pero la última ración de ayer desapareció del plato.

Los fantasmas de las ratas no comen ¿no es cierto?

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En Ecuador, como en otros países latinoamericanos, se celebra el Día de los Difuntos el dos de noviembre. Esta celebración va acompañada de una importante tradición gastronómica: la colada morada, una riquísima bebida espesa de color morado que se prepara con frutas típicas ecuatorianas, hierbas y especias. El consumo de la colada morada se remonta a hace más de 5000 años, desde que las culturas precolombinas que habitaban en los territorios de lo que hoy se denomina Ecuador, recolectaban frutas silvestres como el mortiño, las moras, las naranjillas e incluso las piñas de la zona subtropical.

 

 Su acompañante –las “guaguas” de pan–llevan rellenos de dulce y decoraciones externas. La colada morada representa y evoca la sangre del difunto, la “guagua” de pan simboliza su cuerpo. 

 

Para prepararla "se deben ‘parar’ tres ollas al fogón: una de sabores, una de olores, y una tercera olla de colores”. La de olores contiene yerbas; además de naranjilla y cortezas de piña. El “atado” de yerbas que le da aroma a la colada contiene cedrón, hierba luisa, flor de naranja, ataco, arrayán. La olla de sabores, tiene esencias de mora, mortiño y  fresas. La olla de colores, es a base de harina de maíz morado, que una vez molido e hidratado da el color característico a la colada (Villareal y Abad, 2017).

 

Luz Ordóñez de Guzmán ( 2019) preparando la colada morada para su familia en su casa de Loja, Ecuador (Foto: Ghina Espinosa Guzmán).


Preparar la colada morada es una tradición familiar, además de un evento público. En la ciudad de Loja, al sur de Ecuador, la alcaldía organiza la venta de la colada y las guaguas en tres sitios de la ciudad. Es imperdible detenerse en los puestos de la calle Mercadillo entre Bolívar y Bernardo Valdivieso, frente a la plaza de San Sebastián, a degustar la colada en vasos pequeños que ofrecen las vendedoras. Cada quien pone sus sabores en esta tradición y se vuelve a la que más gustó...
 
  
  Foto oficial de la alcaldía de Loja
 
Probé varias veces la colada calientita en la calle Mercadillo, cerquita de la casa de mi familia adoptiva, los Espinosa Guzmán,  y en una tarde de lluvia y frío en el acogedor hogar de los Aulestia, una encantadora familia quiteña. En todos los casos, fue una experiencia memorable y con gusto de volver a repetir.

Las vendedoras de la colada morada y las guaguas en la calle Mercadillo 

(Foto: Ghina Espinosa Guzmán, Loja, octubre 2020)



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Referencias

- The Project Gutenberg. EBook of The Pied Piper of Hamelin, by Robert Browning. 
https://www.gutenberg.org/files/18343/18343-h/18343-h.htm

- El poema de Goethe  lo traduje (humildemente) a su vez de una traducción al inglés de Richard Stokes, autor de  The Book of Lieder, Oxford Lieder (www.oxfordlieder.co.uk)

I am that celebrated singer,
The much-travelled ratcatcher,
Of whom this famous old city
Assuredly has special need.
And however many rats there are,
And even if there were weasels too;
I’ll rid the place of every one,
One and all, they must away.
Then this good-humoured singer
Is a child-catcher too from time to time,
Who can tame even the wildest,
When he sings his golden tales.
And however defiant the boys might be,
And however rebellious the girls,
I only have to pluck my strings,
For them all to follow me.
And then this many-sided singer
Is occasionally a girl-catcher;
He’s never arrived in any town,
Without captivating many.
And however bashful the girls might be,
And however prudish the women,
All of them grow weak with love
At the sound of magic lute and song.

-Villarreal, Karina & Abad, Andrés. (2017). Informe Técnico de Investigación LA COLADA MORADA COMO PATRIMONIO CULTURAL GASTRONÓMICO Y TURÍSTICO DE LA PARROQUIA CALDERÓN, DISTRITO METROPOLITANO DE QUITO. Qualitas. 14. 22-41.

 

 

 

viernes, 6 de marzo de 2020

Mi historia del 7 de marzo y los seis días en los que se apagó un país





Vivíamos en un mundo eléctrico, todo dependía de la electricidad, y de repente, se fue. Todo dejó de funcionar y no estábamos preparados. El miedo y la confusión dieron paso al pánico. Los más afortunados escaparon de las ciudades. Cayeron los gobiernos. Las milicias tomaron el poder controlando los alimentos y acaparando las armas. Seguimos sin saber la causa del apagón, pero esperamos que aparezca alguien y nos muestre el camino.

Apertura de Revolution,  una serie de televisión de ciencia ficción postapocalíptica .


Faltando un rato para las cinco de la tarde del jueves 7 de marzo del 2019 se fue la luz, como decimos coloquialmente. Levanté a mamá de su siesta e inicié todo el ritual correspondiente al baño, café, paseo en el patio. Encendí unas velas en el luscofusco, como dicen los gallegos a esa hora en la que no se ha ido totalmente la luz del día pero entra la penumbra que precede a la noche.  Pasaron las horas. Puse la cena a mamá. La preparé para acostarse. Esa noche comenzó un mantra que aún no ha cesado: ¿Y qué habrá pasado con la luz? Mi hijo me preguntó si creía que vendría la luz esa noche, y le respondí que sí, que los apagones no duraban tanto. Regué el jardín mientras oía a los vecinos reír en una oscuridad cerrada sin luna.  Me fui a acostar, pero cada hora abría los ojos para ver si las lucecitas de los suiches en la pared estaban encendidas...y no. Lo único que veía era el resplandor del teléfono de mi hijo que jugaba con frenesí para calmar la ansiedad. El silencio era opresivo. 
Parece mentira, pero hay ruidos normales en las ciudades normales, neveras, bombas de agua, televisores ajenos, alarmas, carros con choferes trasnochados. Esa noche se silenciaron. Como si los ventiladores del cielo necesitaran la energía eléctrica de la tierra, también se detuvo la brisa y una miríada de mosquitos apareció por todos lados. Ni las ranas cantaron esa noche.
Imagen de satélite del 7 de marzo (Fuente: NASA)
A las siete de la mañana del viernes, con el cansancio de haber dormido muy mal, me fijé de nuevo en las lucecitas de los suiches...y no. Llamé a mi hermana a Caracas y me dijo que tampoco tenía luz. Esa fue la última vez que hablé con ella en varios días. No pude comunicarme con nadie más; los celulares no funcionaban ni por telefonía ni internet. Salí a la puerta de casa y los vecinos me comentaron que habían oído sobre un problema en el Guri, la segunda hidroeléctrica más grande de Latinoamérica y la primera en estar en un solo país (la de Itapú  ocupa el primer lugar pero es compartida entre Brasil y Paraguay). No lo pensé dos veces y me fui a una cadena de farmacias. Me angustió ver en el camino que las panaderías estaban cerradas. No había mucha gente a esa hora en la farmacia, pero los que estaban llevaban agua y hielo. Compré dos galones de agua, una bolsa de hielo y un paquete de pan tipo croissant. No pensé en llevar otra cosa.  Encendí la radio y sólo había una emisora oficial en la que decían absolutamente nada del apagón, pero estaban retransmitiendo las alocuciones de un presidente fallecido hacía exactamente 6 años y tres días. Como tenía el tanque a medias, no quise seguir gastando gasolina y no salí más. Abrí la llave de agua del jardín y me di cuenta que sólo salía un hilito de agua. Llamé a mi hijo para que me ayudara a llenar cuanto recipiente vacío teníamos en casa, pero estaba muy acomodado en sus sueños y no me hizo ni medio de caso. Chequeé el nivel de agua en el  tanque y estaba a menos de la mitad. Una válvula de paso había quedado abierta y el riego del jardín de la noche anterior había sido a expensas del tanque. Llené todo lo que pude para cargarlo manomáticamente hasta que no salió más agua.
Gracias a que durante muchos años aprendí a enfriar muestras biológicas en campo, mezclé un volumen de sal con tres volúmenes de hielo en la única cava que había en casa. Allí metí carne y pollo. Lo que no cabía lo dejé en el congelador con unas moles de mango aún congelado. 

Como las velas se estaban acabando, comencé a pensar que había que hacer velas porque era probable que ya no se consiguieran. Descubrí que hacer velas en tubos de pasta dental vacíos era tremenda idea porque el hilo se podía agarrar con la tapa y al enfriarse la cera se cortaba con facilidad la cubierta cilíndrica del tubo.
http://www.brainlesstales.com/2011-01-12/a-candle-date
Mientras la derretía, recordé que tenía una bombona de gas vacía y la que estaba en uso debía estar acabándose. Había pedido el gas hacía seis meses y como no lo habían traído, hasta el día del apagón
hacía la comida en una cocinilla eléctrica. Conclusión, había que comer algo ligero que no llevara mucha cocción.  
En medio de una ausencia total de noticias, transcurrió todo el día sin electricidad. De verdad pensé que el problema se resolvería antes de llegar la noche... y no.


El sábado me levanté a las seis de la mañana, después de otra noche de dormir intermitente. Desperté a mi hijo y le dije que la situación pintaba muy mal y había que irse a la calle a buscar agua para beber y hielo. Se dio media vuelta en la cama, susurró algo sobre mi pesimismo y siguió durmiendo. Creo que todavía le quedaba carga en el teléfono y no había entrado en desesperación…Cogí el carro y me fui con un bidón vacío de agua, el de 18 litros, a una estación de servicio donde siempre había agua. En ese momento entendí lo que estábamos enfrentando. A las siete de la mañana la fila de carros para echar gasolina en esa estación con planta eléctrica era kilométrica. No había un solo bidón de agua a la venta. El resto de las estaciones de gasolina que no tenían planta estaban cerradas. Me devolví a casa y esperé a las ocho a que abriera la licorería donde habría agua y hielo. Me metí en el bolsillo del pantalón diez dólares porque asumí que no habría cómo pagar con tarjetas y me fui a pie. A las ocho y cinco había al menos veinte personas haciendo cola. No pasaban las tarjetas en los puntos de venta y la ausencia de billetes ya era crónica para entonces. Pregunté al encargado cuántos galones de agua y bolsas de hielo le quedaban. Me señaló cinco galones que estaban en el piso. El hielo, unas veinte bolsas, me explicó. Conté las personas de la fila. Volví a ver los galones. Percibiendo todo lo que me pasaba por la cabeza, acepto dólares, me dijo. Con muchísimo remordimiento (que todavía siento) tomé tres galones de agua, una bolsa de hielo y le pasé los diez dólares al encargado. En un país donde hasta entonces se movían los bolívares, me dio de vuelto tres billetes de un dólar. Pensé entonces que no había sido tan egoísta y había dejado dos galones de agua para alguien más, pero las horas por venir me hicieron dar cuenta de que en estas situaciones sobrevive el que tiene más dinero y menos escrúpulos.
Esa semana había comprado huevos, muchos huevos. En casa puede no haber carne, pero los huevos son imprescindibles ¿Qué hacía con los huevos? ¿Cuánto era que duraba la integridad de la cáscara de huevos fuera de refrigeración? ¿Qué iba a hacer con las verduras? Aunque hiciera sopa, ¿cómo la iba a guardar? Al meter el hielo, descubrí una panza de res en el congelador. La había guardado para hacer callos. ¿Cómo iba a preservar la panza si tardaba en llegar la luz? La leche líquida abierta se dañó el viernes, por lo que tenía que considerar en preparar lo que fuera en la cantidad necesaria para consumir en el momento.
Pasamos el día haciendo velas. Finalmente, la emisora oficial anunció por radio que el imperio norteamericano había afectado la hidroeléctrica del Guri mediante un ataque cibernético dirigido desde Washington. Que se esperaba restablecer el servicio en cualquier momento. Alguien asomó en la radio sobre la posibilidad de 48 horas para restablecer la electricidad. A estas alturas, la única con paciencia era mamá, la inmigrante sobreviviente de dos guerras.

Al llegar la tercera noche sin luz, me entró un desasosiego espantoso en la cocina y empecé a llorar. Había algo tremendo y deprimente en el ambiente.  Luego entendí. Tres noches sin luz de luna. No había brisa. No había ruido. Hacía un calor infernal. Estaba racionando el agua y el gas. No nos habíamos bañado. Estábamos comiendo mal. Iba a perder la comida que tanto me había costado. No teníamos información. Los teléfonos no servían. Las sábanas de la cama de mamá se acumulaban en un montón. Le imploré a Dios y a toda la corte celestial que volviera la luz esa noche... y no.

Al levantarme el domingo vi con espanto que había charcos de agua  que salían de las neveras en descongelación…nos fuimos a la calle a buscar más agua y hielo.  Es extraño, sabes que no hay agua ni luz y el agua que tomas no sacia la sed. Me comentó un vecino que si la llegaba a conseguir, el precio de la bolsa pequeña de hielo era de 15$. Vimos un camión que vendía  agua a 1$, pero no daban el bidón, en mitad de la calle vaciaban el agua en el que cada uno portaba, limpio o sucio. Conté cuántos le quedaban.  Teníamos ocho personas por delante con dos bidones cada una y había 27 en el camión. Delante de mí un hombre les hacía el puesto a cinco mujeres que aparecieron con dos bidones cada una, esto es, quedaba solo uno para nosotros. El hombre explicó que esas mujeres necesitaban mucha agua. Le comenté decentemente y en vano que mi madre estaba incapacitada y requería estar limpia e hidratada y le pedí al chofer del camión que vendiera uno por persona para que llegara a todos los que estábamos en la cola. Nada, se hizo el sordo. Apareció una señora con una camioneta llena de bidones vacíos. Le entregó un bulto de espagueti al chófer y éste le subió a la camioneta todos los bidones que le quedaban . Una escena similar la vivimos dos veces más ese día. Sin éxito. No conseguimos agua. A media tarde, una emisora de radio  privada consiguió una planta y pudo vencer el cerco informativo del gobierno. Así nos enteramos de cuáles estaciones tenían planta eléctrica y gasolina en sus depósitos. También informaron sobre los centros comerciales que estaban surtiendo de agua potable sin costo a los ciudadanos. No sé en zonas más populares, pero no ví ni un solo operativo del gobierno que nos ayudara en semejantes circunstancias.
Sobrevino otra noche más sin luz. Era tal el silencio que conversamos con los vecinos que estaban sentados en el balcón cruzando la calle. Incubé clavos de olor con alcohol para preparar repelente de mosquitos. Le volví a pedir a Dios que volviera la luz. Sentía que era demasiado para mí sola… la oscuridad, las preguntas de mi madre cada tres minutos sobre la ausencia de televisión, el no saber cómo y cuándo se resolvería la situación, el agua, el agua, el agua, el cansancio…Esa noche comencé a dibujar flores a la luz de las velas.
El lunes, el mango descongelado comenzó a verter por todos los resquicios de las neveras. Si lo comíamos, no había agua para bajar los baños. Las confituras de naranja que tardé siglos haciéndolas ya no servían. La yuca congelada se volvió puré. Tomé todas las bolsas y las tiré al compostero. La carne y el pollo estaban descongelados en la cava las volví al congelador donde aún quedaba un aire frío por un pollo entero con algo de hielo. La panza de res la cubrí con agua saturada con sal.
Ni hablar de mantener la limpieza en casa y en los baños. Como una vez instauró el alcalde de Londres, el excusado se bajaba con medio tobo de agua si se hacía el número dos y si no, sólo a final de la noche con el número uno. La cocina olía a demonios, a una mezcla de agua de carne y  mangos podridos. Las bandejas de desagüe permanecían repletas.  No me atrevía ni a usar el agua para bañarnos. Precalenté al sol la olla con agua para cocinar porque quería guardar lo que me quedaba de gas para hervir agua por si esto duraba más días. La hermana de una de mis vecinas ofreció cargarnos los teléfonos en la planta de su casa. Bueno pero no tan útil porque la telefonía y el internet seguían caídos. A veces salían los mensajes de texto. Esa noche soñé que llegaban los marines, la Cruz Roja, los cascos azules y en la mañana había carpas inmensas a lo largo de las avenidas con agua, comida y duchas.
El martes  nos avisaron que en una de las farmacias tenían un punto inalámbrico para ventas. Conseguimos agua potable. Compramos lo que no tenía que cocinarse. Ese día alimenté a los gatos como si fueran mascotas de Luis XIV en Versailles.  Le di toda la comida para ellos que tenía congelada. 

 






Seguí dibujando flores.  











Mi hijo casi pierde el pelo de la desesperación por ausencia tecnológica. Pintó paredes. Sembró plantas. Leyó de un libro. Así como se lee. De un libro, con páginas de papel. Le recordé que una de nuestras series favoritas era Revolution. Aprendió que la carencia de energía se ve bien en una serie de televisión, pero no en la vida real.


Callistemon citrinus
Al sexto día,  miércoles, fui Scarlet O´Hara. Mañana será otro día. Busqué un carbón de cuando los tiempos eran mejores  y probablemente daría positivo a C14. No me pregunten por qué no se me ocurrió antes. No lo sé. Saqué la parrillera  y llevé todo lo susceptible de ser asado para comer. Todo.

A las dos de la tarde no había podido encender el carbón. Intenté de todo.  Hojas secas, periódico, aceite vegetal usado, querosén, ramas secas, hojas secas del cepillo (Callistemon citrinus) llenas de terpenos y resinas inflamables, bailes tribales …y no. 

Hacia las tres  de la tarde, ya no aguanté mas y lloré como una Magdalena encima del carbón, maldije al gobierno, al muerto que arruinó al país, al vivo que lo sigue arruinando, a los ministros de energía eléctrica, a la mierda de vida a la que nos habían sometido, le eché la culpa al destino, a la mala suerte, a las malas decisiones, a los que me dejaron sola. O sea, no me quedó nadie por fuera. Cuando terminé con mi drama, me sequé las lágrimas con las manos tiznadas, soplé los mocos y usé el penúltimo fósforo que quedaba en la caja.  No sé si fue el Espíritu Santo, la saturación de sustancias inflamables o qué, pero el carbón encendió. 

Cociné toda la carne, la que se veía bien y la que no. Un ajoporro tristón. Medio pimiento. Comimos sin cubiertos, con las manos, sentados en el piso, con una cara de absoluta felicidad.  Hasta los gatos estaban allí. El resto de la carne asada la compartimos con los vecinos. 
http://www.afinidadelectrica.com/articulo.php?IdArticulo=85




Cuando entregué el último pedazo de carne, a las cuatro y media de la tarde, llegó la luz.  
 
Pero no el agua. 

Esa noche, en cadena nacional, el jefe del gobierno explicó la gravedad del ataque del imperio norteamericano (sic) que había desestabilizado la vida del país. Como colofón de su cadena, nos advirtió que tuviésemos velas, pilas, agua potable, comida en latas, porque a guisa de pitoniso dijo que los ataques se iban a repetir. Cuando mamá preguntó que había pasado, le respondimos que los marcianos habían atacado el Guri con unos rayos lanzados desde una nave interestelar. No había otra respuesta para justificar el robo sostenido a las arcas del estado que han impedido el mantenimiento de los servicios públicos desde hace más de veinte años. 

No habló de los muertos por fallar las diálisis o de los que estaban en medio de cirugías y las plantas no funcionaron. Pocos saben de los saqueos en otras ciudades, de las pérdidas millonarias de los comerciantes, de los transportistas, de los ciudadanos de a pie. Supe de algunos amigos que no perdieron nada porque algún conocido tenía planta en su casa y congeladores funcionando. No tuvimos esa suerte. No quise pensar cómo hicieron los ancianos para que alguien les llevara agua o comida en los edificios . Es probable que la solidaridad apareciera en múltiples casos. También supe de gente que se la tomó light y lo disfrutó. Con una madre anciana incapacitada y un hijo a mi cargo no podía darme ese lujo. Si alguien me pregunta qué cosa me hubiera aliviado esos días funestos, le respondería tener más gente a mi lado.

Un apagón de tres días sumergió de nuevo al país en la oscuridad un mes después. Creo que el gobierno explicó que el imperio había enviado drones con armas de largo alcance que dispararon sobre el Guri y sobre el centro de mando o que Gozzilla había destruído líneas de transmisión. Ya no sé. Esta vez no teníamos comida congelada. Esta vez tenía dos bombillos recargables que adquirí con una tarjeta de Amazon que guardaba como oro para comprarme unas pinturas acrílicas. Esta vez tenía gasolina en el carro, galones de agua, pastillas desinfectantes para agua, teléfonos cargados, el tanque de agua lleno, carbón fresco, dos bombonas de gas pagadas en dólares a un empleado corrupto de la compañía de gas estatal, comida no perecedera. Un año después estamos en grupos de whatsapp en los que avisan donde hay o no gasolina o luz.

Hay personas que no se acuerdan de lo que hacían cuando vino el apagón. Yo envejecí diez años en seis días. Cuando era pequeña, mamá siempre me contaba que el pelo de María Antonieta se había vuelto blanco una noche antes de ir al cadalso en octubre de 1793. Cierto o no, creo que desarrollé el síndrome de María Antonieta: mis canas se duplicaron durante esa semana. Recuerdo cada hora de cada día.   Y no quiero olvidarlo, más cuando los apagones continúan por desidia y corrupción. Y para no olvidarlo decidí registrar esta historia muy personal

Al gobierno no le importa el interior del país; sólo mantener la imagen de un país próspero abasteciendo de luz a la capital. Nuestra ciudad tiene racionamiento de cuatro horas diarias, generalmente a horas de mediodía o en la noche y bajas de intensidad varias veces al día. Hemos cambiado nuestras horas de preparar la comida, de bañarnos, de ver televisión. Nos hemos vuelto obsesivos con la carga de los bombillos ahorradores, las baterías de los teléfonos y los protectores de voltaje. A veces nos descuidamos y al percibirlo entramos en un bucle de desesperación. Hace poco, a mi madre hospitalizada no le pudieron hacer una tomografía porque el tomógrafo no funcionaba con la planta eléctrica. No pasó a mayores, pero la energía se restableció tres horas después de la emergencia.

Como consecuencia del desastre en el sistema eléctrico nacional, el país se inundó de plantas eléctricas para aquellos que pueden costearla y mantenerla. Durante el apagón,  las plantas de 500$ llegaron a venderse en 2000$.  Quienes la tienen debe hacer un esfuerzo adicional en pagar la corrupción porque escasea la  gasolina y el gas… y además es una tortura el ruido que generan. Durante el mega apagón detestaba el silencio. Ahora me desespero cuando se va la luz y comienzan a rugir las plantas eléctricas vecinas durante cuatro horas interminables sin misericordia. A veces siento que no aprendimos nada del apagón.  El egoísmo sigue inclinando la balanza en contra de la solidaridad.

Para volverse loco.



Mi colección Sin luz, de tarjetas con flores y huesos de res que pinto cuando no hay luz, va creciendo.