Rats! They fought the dogs and killed the cats,
And bit the babies in the cradles,
And ate the cheeses out of the vats,
And licked the soup from the cooks' own ladle's,
Split open the kegs of salted sprats,
Made nests inside men's Sunday hats,
And even spoiled the women's chats
By drowning their speaking
With shrieking and squeaking
In fifty different sharps and flats.
The Pied Piper of Hamelin, Robert Browning (1812-1889)

THE PIED PIPER OF HAMELIN, Robert Brownig, ilustrado por Kate Greenaway, 1888.
En la parte de atrás de mi casa
hay un lavadero. Nada extraño porque todas las casas tienen uno. Pero
en éste habitaban dos ratas. Inicialmente pensé que era una. Había algo que se
movía en la estantería un poco oxidada de cuatro travesaños, entre potes de pintura, cuerdas y
paquetes de jabón, pero como no lograba ver, asumí que era un roedor
que había venido del callejón. En la vieja urbanización hay un callejón
que recorre la parte de atrás de todas las casas. Se hizo originalmente para que el agua de lluvia
corriera y no las inundara y para también albergar las tuberías de aguas
negras en el subsuelo. La modernidad llevó las tuberías hacia la
calle, los vecinos se olvidaron de que existía un callejón, éste se transformó
en un ecosistema detrás de la mayoría de las casas, pero en la nuestra existe un acceso por una pequeña
puerta y eso nos permite tenerlo limpio. Está delimitado por
paredes al este, al oeste y por los
muros posteriores de nuestra casa y la de los vecinos de atrás. Existen unos desagües
que salen de las paredes casi a nivel de piso, por lo que hay paso libre para
cualquier ser pequeño que los quiere atravesar. Entonces es posible que las
ratas puedan haber llegado por ahí al lavadero.
Aparte del ruido que hacía lo que yo suponía era una rata, no me
molestaba en demasía tenerla allí mientras no hiciera otra cosa, por ejemplo,
depositar especies de Leptospira al
orinar, huevos de céstodes zoonóticos al defecar o dejar pelos inmundos e
indeseables cundidos de ácaros o pulgas transmisoras de la peste negra.
Pero
como no había garantía de que la rata no dejara algo de lo anterior , hablé con mi gato Pitufo, uno de
los felinos que hay en casa. Dado que come, duerme y ejecuta sus
necesidades fisiológicas en el patio, era el indicado. Lo cogí en brazos y
mirándolo a los ojos en su cara impertérrita propia de un Lord inglés, le
manifesté mi deseo de que ejerciera su labor de depredador a cambio de mimo, comida
y cobijo. Aparte de merodear sin mucho interés alrededor de la estantería, Pitufo no cumplió su cometido y
cada noche al ir al lavadero sentía el corretear de la que yo suponía era una rata. ¿Para qué iba el
gato a perseguir a una rata si igual iba a comer cuando me cansara de sus
maullidos lastimeros a la hora de su comida?
Decidí ser más drástica la noche en la que sí ví una rata gris encima de la batea y de cómo se lanzó a esconderse en la estantería.
La ví encima. Encima. Donde se lava la ropa. Ya que el roedor había roto un acuerdo tácito de
convivencia, moví la estantería y comenzó a
practicar su deporte favorito, el que ejerció con afán en los siguientes días.
De la estantería a detrás de la lavadora, pasando por los mil cachivaches existentes
en un lavadero que nadie quiere arreglar, y de la lavadora a la estantería no
sé en qué momento del día. Cual ama de
casa de las antiguas pero sin el pañuelo en la cabeza y el delantal, cada día tomé
una escoba y comencé a golpear rítmicamente cuanta cosa había en su camino. El día
que me amenazó con un chillido agudo, largo y terrorífico, le dije: Hasta aquí llegó el contrato amigable. Con amenazas no establezco relaciones. Y te vas. No me importa si no tienes dónde vivir.
Vacié completamente el lavadero.
Descubrí cosas maravillosas perdidas desde hacía años, por ejemplo, el pote de
cera para el carro que era una masa seca, tiesa y oscura o una pintura blanca que se había vuelto negra. Y escondidos, en una caja muy envuelta, dos sobres de veneno
para rata totalmente nuevos, que yo misma había guardado hacía siglos con mil
letreros de VENENO, NO TOCAR, TÓXICO, PELIGRO, por si alguien decidía meterse
con ellos o envenenar a un prójimo. Limpiar el lavadero me llevó un día. Y no encontré roedor alguno.No puse el veneno. Si la rata se lo comía y quedaba media tuesca, era posible que Pitufo decidiera decapitarla y devorar algunas partes de ella.
Pasaron unos días en los que
asumí que se había largado a recorrer el ecosistema vecino cuando una noche sin energía eléctrica oí
nuevamente el ruido en la estantería. Con un bombillo de emergencia, comencé a
mover la estantería pero no salió de ahí. Entre la batea y la estantería había un
pedestal hueco de un lavamanos que debe ser parte del tesoro doméstico familiar. Y en el fondo del pedestal ví dos largas colas. Dos. O sea, había dos
ratas. Moví el pedestal y una de ellas comenzó a quejarse con un grito penetrante.
El pedestal le había pisado alguna parte del cuerpo. No duró cinco segundos
gritando cuando levanté el pedestal y la dejé ir.
Tardé varios días pensando cómo echar a las ratas. Usar un cepo era repetir los chillidos del pedestal... El veneno albergaba la posibilidad de intoxicar al Pitufo. Usar un pegamento terrible en el que las patas quedan adheridas y dejar una rata amputada gritando su dolor, menos aún.
No me gusta nada la leyenda de El
Flautista de Hamelín, en ninguna de su versiones.
Ni en el verso de Goethe, Der Rattenfänger (es una traducción al español de una traducción autorizada en inglés por Richard Stokes)
Soy ese cantante celebrado
El cazador de ratas tan viajado,
De quien esta famosa vieja ciudad
Seguramente tiene una necesidad especial.
Y por muchas ratas que haya,
E incluso si también hubiese comadrejas;
En este lugar me libraré de todas,
Una y todas deben marcharse.
Este alegre cantante
Es también de vez en cuando un cazador de niños,
Quien puede domesticar al más salvaje
Cuando canta sus cuentos dorados.
Y por muy desafiantes que sean los chicos,
Y por muy rebeldes que sean las chicas,
Sólo tengo que tocar mis cuerdas
Para que todos me sigan.
Este cantante polifacético
Es ocasionalmente un cazador de chicas;
Nunca llegó a un pueblo
Sin cautivar a muchas.
Y por tímidas que sean las chicas,
Y por mojigatas que sean las mujeres,
Todas ellas se debilitan de amor
Al sonido del canto y del mágico laúd.
Johann Wolfgang von Goethe 1749-
1832
ni el cuento de los hermanos
Grimm, Los hijos de Hamelín;
es escalofriante
uno de los poemas más conocidos de Robert Browning, El flautista de Hamelín.
La historia del flautista no tiene nada de
cuento para niños. Es un relato terrible de una invasión por ratas en el pueblo
de Hamelín en la Baja Sajonia en 1284: dice la leyenda que un atractivo flautista extranjero
vestido de colores las sacó de allí, pero al reclamar su pago y negárselo la
gente del pueblo, secuestró a 130 niños del pueblo y los ahogó en el río Weser donde
había guiado a las ratas a morir. Las hipótesis más edulcoradas refieren que
los niños fueron sacados del pueblo y mudados a una región cercana para evitar
su muerte por la peste negra o que fueron reclutados por señores feudales de
otras regiones.

Tomado de THE PIED PIPER OF HAMELIN, Robert Brownig, ilustrado por Kate Greenaway, 1888.
No voy a contar cómo
desapareció de este mundo una de las ratas, un joven macho. Muerto quedó debajo
del pedestal sin quejido alguno. Hasta hoy, el otro ejemplar lleva días sin aparecer
después de haber consumido dosis de raticida suficiente para tres animales,
pero la última ración de ayer desapareció del plato.
Los fantasmas de las
ratas no comen ¿no es cierto?
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En Ecuador, como en otros países latinoamericanos, se celebra el Día de los Difuntos el dos de noviembre. Esta celebración va acompañada de una importante tradición gastronómica: la colada morada, una riquísima bebida espesa de color morado que se prepara con frutas típicas ecuatorianas, hierbas y especias. El consumo de la colada morada se remonta a hace más de 5000 años, desde que las culturas precolombinas que habitaban en los territorios de lo que hoy se denomina Ecuador, recolectaban frutas silvestres como el mortiño, las moras, las naranjillas e incluso las piñas de la zona subtropical.
Su acompañante –las “guaguas” de pan–llevan
rellenos de dulce y decoraciones externas. La colada morada representa y evoca
la sangre del difunto, la “guagua” de pan simboliza su cuerpo.
Para prepararla "se deben ‘parar’ tres ollas al fogón: una de sabores, una de olores, y una tercera olla de colores”. La de olores contiene yerbas; además de naranjilla y cortezas de piña. El “atado” de yerbas que le da aroma a la colada contiene cedrón, hierba luisa, flor de naranja, ataco, arrayán. La olla de sabores, tiene esencias de mora, mortiño y fresas. La olla de colores, es a base de harina de maíz morado, que una vez molido e hidratado da el color característico a la colada (Villareal y Abad, 2017).
Las vendedoras de la colada morada y las guaguas en la calle Mercadillo
(Foto: Ghina Espinosa Guzmán, Loja, octubre 2020)
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Referencias
- The Project Gutenberg. EBook of The Pied Piper of Hamelin, by Robert Browning. https://www.gutenberg.org/files/18343/18343-h/18343-h.htm- El poema de Goethe lo traduje (humildemente) a su vez de una traducción al inglés de Richard Stokes, autor de The Book of Lieder, Oxford Lieder (www.oxfordlieder.co.uk)
-Villarreal, Karina & Abad, Andrés. (2017). Informe Técnico de Investigación LA COLADA MORADA COMO PATRIMONIO CULTURAL GASTRONÓMICO Y TURÍSTICO DE LA PARROQUIA CALDERÓN, DISTRITO METROPOLITANO DE QUITO. Qualitas. 14. 22-41.

Amé leer este post!<3
ResponderEliminarGracias...
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