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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

domingo, 17 de abril de 2016

Un día cualquiera en el país de Marielba



Marielba se levantó a la una de la mañana. Cansada, como todos los martes después de dormir tres horas. Se vistió en penumbras, no para evitar despertar a su esposo, sino que tocaba el consabido racionamiento de luz. No dudó en escoger lo que debía ponerse, era martes, su día asignado para comprar y ya lo tenía apilado encima de la silla desde el día anterior. El bluejean más viejo, la franela rosa desleído sin dibujos, flores o imágenes que la identificaran con un pensamiento político en particular. Los zapatos de goma, los que ya tenían dos años de uso y a los que le había pegado la suela un poco desprendida con silicona. Cuando fue al baño a tientas, recordó que el tubo de pasta dental ya no se podía exprimir más. Encendió la vela que estaba en el lavamanos y se marchó a la cocina a buscar la tijera, regresó, cortó el tubo y raspó los restos de crema en el interior con el cepillo. Se enjuagó la cara y la boca con el agua del vaso porque no le tocaba el suministro de agua. No se echó desodorante. Le quedaba la pasta adherida al plástico y la necesitaría para mejor ocasión. Total, todos iban a oler a sudor y qué más daba. 

Mujer al frente de un espejo. G. Lemmen (1902)
Cuando se miró al espejo a la luz de la vela, éste le devolvió una imagen que no reconoció. Lo que más le dolió fue el reflejo sin zarcillos, sin pintura en los labios, las manchas en la cara que no podía tapar porque no tenía base y las ojeras oscuras y profundas como evidencia inocultable de una continua desesperación.

Bebió sin azúcar un café ácido que había quedado en la cafetera. Sabía que
apenas  había  café molido para las tres tazas del desayuno de su familia. Cogió las llaves del apartamento, se aseguró que la cédula de identidad estuviese en el bolsillo delantero del pantalón y el grueso fajo de billetes de la mayor denominación, el informe médico de su mamá y una botella de agua en la bandolera insignificante. Completó su atuendo con una bolsa de tela vacía y varias bolsas plásticas en su interior.

Su vecina Noelia
 la recogió en la puerta del ascensor. Sin mediar palabra. Esperaron abajo, tras las rejas del edificio, a que sonara la corneta del carro. Subieron en silencio. Cuando llegaron a la cerca del supermercado a las dos de la mañana, la cola ya daba vuelta al centro comercial. Le pagaron al chófer, sin gracias de por medio. Marielba escudriñó las caras de la cola en la oscuridad. No había facciones, sólo sombras formes en fila o tiradas en el piso envueltas en frazadas. Detalló quién estaba delante de ella. Un hombre oscuro con franela oscura. Se colocaron al final de la cola. Mudas.

Una hora después apareció la policía. Fue el único sonido que rompió la noche. Como autómatas, todos echaron la mano al bolsillo para entregar a unos oficiales desconocidos el  documento que les identificaba como habitantes del país donde apoyaban su humanidad. El único documento que garantizaba la inviolabilidad de su ciudadanía. El mismo que se había prostituido con el transcurrir de la ignominia. Con todas las cédulas atadas en una tira de goma, la policía desapareció robándose la individualidad en un manojo y todo volvió al silencio.

Al despuntar el amanecer, los ruidos de la cotidianidad comenzaron a surgir en la cola. La luz le permitió ver a Marielba quiénes la acompañaban. Conocidos de la zona, pocos. Conocidos de los martes, el resto de una línea de cuerpos difícil de cuantificar. Llevaba meses viéndolos, identificándolos por sus mochilas grandes,  sus hartas dotes de movilización y su enriquecimiento manifiesto a costa del sudor ajeno revendiendo a mucho más de su valor. Algunos de ellos no entrarían al supermercado. Esperarían a las siete de la mañana a sus empleadores de turno. Con suerte, Marielba tendría apenas diez o veinte personas delante de ella por cada uno de estos compatriotas que vivían de hacer cola. Calculó que ella y su vecina estarían en la segunda tanda de trescientas personas.

A las siete de la mañana, volvió un policía masticando una arepa con queso a devolverles las cédulas, nombrándolos uno por uno. La grasa del queso quedó impregnada en la suya, así que Marielba sacó de su bolsillo un trozo de papel absorbente de segunda y la limpió prolijamente. No perdía aún el asco de ver violada su foto, su nombre y su firma. Ya había aprendido que debía llevar la cédula vencida porque a una vecina le habían extraviado la suya. 

De repente, empezaron a empujarla hacia atrás. Eso era lo que más le desagradaba de la espera. No había posibilidad de espacio limpio en las colas. Las nalgas del individuo de delante se clavaron en su pubis, y volvió a recordar la ocasión en que los senos llenos de billetes de una de atrás se le habían empotrado sin misericordia en su espalda. Por eso había decidido no volver sola. Prefería que su vecina la tocara antes de sentir la profanación de su piel por un desconocido. Aún le quedaba algo de pudor.

Como una ráfaga de viento, una multitud de doscientas personas que aparecieron de la nada fueron colocándose en la cola a la vez que salían de ella quienes le habían cuidado su puesto.  Marielba y Noelia terminaron cien metros más allá de donde se habían situado de madrugada. Diez minutos después, el hombre oscuro de franela oscura salió de la cola para hablar con un grupo de personas que le entregaron en billetes el equivalente a su sueldo de profesora universitaria de un mes. Marielba supo en ese momento que esas veinte o treinta personas irían delante de ella. Se echó para atrás nuevamente. Quiso llorar pero las lágrimas se le habían secado hacía buen tiempo.  De allá adentro quiso salirle el instinto de protesta, pero el miedo a la violencia se lo había apagado hace rato .


Cuando abrieron el supermercado a las ocho de la mañana, se rompió el silencio para dar lugar a una algarabía de voces surgiendo de cuerpos apretados. Una a una, cada voz transmitió a la siguiente lo que venderían hoy.  Con sonrisas en los semblantes, harina de maíz, margarina, pasta, papel sanitario y tal vez jabón de tocador. A las ocho y media Marielba vió salir a los primeros compradores. A esos que estaban en la cola desde las tres de la tarde del día anterior. A través de las bolsas precarias vislumbró varios paquetes de harina, un pote de margarina, un paquete de pasta y en la mano, dos rollos de papel sanitario. Así al aire, sin plástico que lo cubriera,  Marielba pensó en un ataque de sarcasmo que para limpiarse las suciedades corporales no importaba mucho la contaminación de la calle impregnada en el papel.

A la una de la tarde, Marielba se vió finalmente frente a la puerta del supermercado. El agua se le había acabado hacía buen rato y ya no aguantaba la cadera, los pies, el alma. Había aprendido a no escuchar. Se agotaba mentalmente porque excepto por su vecina, el resto de las conversaciones que oía versaban sobre lo que había en otras colas, de cuánto iban a cobrar por lo que compraran, de cosas absurdas que lesionaban sus neuronas o del muerto más reciente por atraco a mano armada. Había aprendido a no delatarse, a no confesar inconscientemente que había obtenido dos títulos universitarios para tener que aguantar esta humillación. A punta de miedos había dejado de llevar el celular para tomar fotos de la multitud o de las estanterías vacías. Para qué arriesgarse en enviarlas si los países adormecidos por sus propios problemas habían dejado al suyo en el rincón de no molestar.

Cinco minutos después, un guardia nacional nada educado le escupió en la cara la noticia de que se habían acabado los productos regulados. En silencio, el espacio quedó vacío diez segundos después, como si los espectros hubieran vuelto a la oscuridad. Marielba no se resignó y entró al supermercado a ver si era verdad. Enfrente a las verduras, vió a los empleados del supermercado vendiendo los productos regulados a sus conocidos bajo amplias sonrisas a la par que cobrando por sus servicios.

Marielba se quejó ante una vigilante muda y sorda. Le dijo a una Noelia de mal humor que fueran a la farmacia. Aunque era tarde y no encontrarían ya nada, sintió que debía ir. Un pálpito, pues. Si hubiese pañales para adultos llevaba los dos requisitos que pedía la farmacia: su cédula y el informe médico de su mamá donde señalaba que eran necesarios para ella. Tal vez habría toallas sanitarias o champú o afeitadoras. No podía dejar acabar el día que le tocaba y llegar a casa con las manos vacías. Miró suplicante a Noelia.

Como cada semana, Marielba extrañó una estantería más de la farmacia. El centro del local parecía una sala de baile. Sólo el piso. El resto, estanterías con calcetines con costo de un octavo de sueldo mínimo, plásticos y refrescos. Algunas medicinas de venta libre. Alcohol. Nada más. Noelia y ella se repartieron el recorrido. Acostumbrada ya a revisar cada milímetro de las estanterías, Marielba se detuvo atónita en una de ellas. Detrás de dos filas de envases de desinfectantes para el piso olor a lavanda, la vió. Bolsa plástica de color morado. De ocho toallas sanitarias. De noche. Sintió taquicardia. No miró a los lados. Separó suavemente los potes de desinfectante de un tono morado que mimetizaba el paquete y lo tomó. No habían pasado cinco segundos cuando varias mujeres le increparon dónde lo había conseguido. No habló. Sólo lo abrazó como un billete de lotería con número ganador. Lo pagó y lo escondió en el bolso de tela. En silencio.


Pasaron por la panadería al salir. Marielba pidió dos barras de pan y miró por leche. El empleado le gruñó que sólo podía llevar una barra. No había leche, sólo la bebida láctea con la que engañaban a la gente desde hacía meses. 


Al salir de la panadería, en el primer escalón, Marielba sintió cómo la empujaban violentamente y cayó de rodillas en la calle. Al alzar la cabeza  vio una mujer que corría con su bolso de tela ante la mirada impasible del vigilante. Acostumbrada a hablar dos horas seguidas en clase, Marielba aceptó en ese momento que además de la dignidad, la tranquilidad y el confort,  le habían robado también el derecho a la expresión oral.


Entró al edificio, dejó a su vecina, llegó a casa. Encontró a su mamá viendo la cadena en la televisión. El presidente gritaba ante una multitud obligada que el país se había constituido en el mar de la felicidad a pesar de los intentos de la oligarquía por destruirlo. Su mamá le preguntó si había traido leche, que se había acabado esta mañana.


Sin responder, Marielba se fue al baño a orinar. Sentada en el excusado vió que el pantalón de los martes se había roto en la rodilla y en ésta tenía un raspón sangriento. Acordándose que no había agua para limpiarlo, extendió la mano para coger un poco de papel sanitario. Al tocar el rollo de cartón vacío, lo sacó de su sitio, y tragando las ganas de abandonarse a la violencia, lo arrimó a su cara para empaparlo con las lágrimas que manaron a raudales.

 
Jóvenes campesinas a orillas del río Lys. Emille Claus, sin fecha

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o que esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.


Orillas del Sar, Rosalía de Castro (1837-1885).


Un día cualquiera en el país de Marielba es de mi autoría.

Rosalía de Castro fue una escritora gallega de indispensable mención en el panorama literario español del siglo XIX.

Emile Claus fue un pintor impresionista belga (1849-1924), pionero del luminismo. George Lemmen (1865–1916) fue un pintor belga neo-impresionista. 



Las pinturas son de theathenaeum.org.

viernes, 8 de abril de 2016

El menú en un extraño cuento sobre un hombre en el camino



                                                          Cruce de caminos

Después del distribuidor Nº 2 de la autopista central existe un cruce de caminos: el que lleva a la montaña y el que conduce al desierto. En ese cruce hay una baranda doblada, que alguna vez fue plateada y que evidentemente ha recibido múltiples contusiones y provoca ese tipo de comentarios ociosos de cuántos habrán chocado allí, que le habrá pasado al conductor, ya podía el gobernador cambiarla... 

Autoretrato contra un cielo azul. Edward Munch, 1908.
Todos los días pasaba por el cruce para llegar a mi oficina. Todos los días veía un individuo vestido de camisa blanca, pantalón gris y lentes negros de esos de agencia de espionaje, detrás de la baranda, de ida, a las ocho de la mañana y dos de la tarde; de venida, doce del mediodía y seis de la tarde. Incólume, impertérrito.
Me imagino que después de varios días me percaté que estaba allí, y al pasar el tiempo, comencé a preguntarme si el individuo tomaba el autobús a algún lado. Luego, si el individuo esperaba a alguien. Más tarde, si el individuo estaba perdido. Finalmente, si estaba loco para soportar el calor, la lluvia o el viento, día tras día, en el mismo sitio. Y ya, en el extremo de la curiosidad, me devolví de mi oficina a las nueve, otro día a las diez, a las tres, y hasta recorrí la vía, ida y venida, desde las ocho hasta las seis. Todo para descubrir, con legítima certeza, que el individuo permanecía todo el día en el mismo sitio.

Hubo un día especial en el que me detuve y le pregunté que hacía allí.

- Observo.

- ¿Qué observa?

- El mundo pasar. Por ejemplo, usted pasaba por esta vía cuatro veces al día. Luego varió la rutina y va y viene cada hora. Entonces me pregunto por qué cambió su esquema. Y filosofo sobre las costumbres de El Hombre.

- ¿Y no se cansa?

- No. Verá. Es sumamente divertido. Desde que estoy aquí, he visto cómo cambian las modas de los carros. Antes se estilaban los compactos de dos puertas. Ahora son las camionetas, de todos los colores y todos los estilos. A veces me entretengo viendo como las personas gesticulan dentro de los carros. O hablan solos pensando que nadie los ve. Otras veces veo a una pareja pegaditos y solo una mano de la mujer apoyada en el hombro del chofer. Ahí me excito pensando que siente él. Y es evidente porque disminuyen la velocidad. Claro, no se puede manejar y sentir al mismo tiempo. Cuando el tránsito se pone lento veo a los chóferes solitarios sacándose los mocos. Ayer mismo lo vi a usted...

- ¿Y siempre hizo esto?

- No. Antes era como usted. Viajaba cuatro veces al día por la misma vía, en el mismo carro, para el mismo trabajo, veía las mismas caras, conversaba sobre las mismas cosas.

- ¿Y cuándo decidió hacer esto?

- Bueno, un día observé a un individuo de camisa blanca y pantalón gris con lentes negros, en este mismo sitio. Y lo observé día tras día, a las mismas horas. Luego salía de la oficina a cualquier hora y siempre lo encontraba aquí. Finalmente recorrí la vía a cada hora del día y siempre lo ví. Hice lo mismo que usted. Detuve el carro y le pregunté exactamente lo mismo que usted me está preguntando a mí. Y él, a su vez, me contó la misma historia que luego me pasó a mí.

- ¿Y que le hizo a usted tomar su puesto?

- Bueno, ya estaba aburrido de hacer siempre lo mismo. Tenía enfermedad del corazón por las preocupaciones, el sedentarismo, las noticias de los periódicos, los políticos, el gobierno... Pero lo que definitivamente me decidió fue el día que vi el choque.

- ¿Cuál choque?

- El de un camión que se salió y pegó contra la baranda. Fue muy desagradable. El hombre vestido de camisa blanca y pantalón gris murió en el accidente. Y luego, cada día, comencé a extrañar verlo allí, detrás de la baranda. Y recordé lo divertido que se mostró hablándome de las modas de los carros, de la mujer con la mano en los pantalones del hombre, de la conducta de los chóferes en las colas. Y cada día me parecía más aburrido el trabajo y me parecía más atrayente pasar mi día observando a El Hombre y sacando conclusiones. Y también pensé que probablemente le hacía falta a otros chóferes verlo allí, porque no me va a negar usted que se le hace más llevadero el camino el elucubrar sobre lo que estoy haciendo aquí. Decidí hacer un acto de humanidad y tomé su puesto. Y le diré, me siento muy bien. Después de un tiempo, los autobuseros que cubren larga distancia ya me tienen confianza y me dejan cambures, cachapas con queso, o empanaditas de cazón y papelón con limón*. Y como esta vía tiene tanto tránsito, no paso hambre ni sed. O se detiene algún chofer y entabla conversación conmigo, y a veces ni eso hacía en mi casa porque siempre había algo que ver en la televisión. En la noche, la telenovela: No, no me molestes porque Sutanita se va a besar con Fulanito. A las 10 eran las noticias: no, ahora no porque van a anunciar la devaluación. En la mañana antes de salir, el programa de ejercicios para reducir el abdomen. A mediodía, las recetas de cocina. Los fines de semana, las películas de acción, los partidos de fútbol. Y no le digo de hacer lo otro: hoy me duele la cabeza, es muy tarde, quiero dormir. Y le digo, aquí me aprecian más. Al menos me prestan atención: me observan, me dan de comer, conversan conmigo...

Luego se volvió y comenzó a observar de nuevo la vía. Me despedí.

Ya hace un año que recorrí el camino a la oficina y me detuve asustado frente a la baranda. Un camión se había salido de la vía al estallar un caucho y embistió contra la baranda. Y fatalmente, el hombre de camisa blanca y pantalón gris yacía despatarrado contra el piso, con la cabeza destrozada.

Pasé quince días obsesionado con el choque. Cada día extrañaba más al individuo de camisa blanca y pantalón gris. 

Hace casi un año que abandoné la oficina. Hace casi un año me vestí por primera vez de camisa blanca y pantalón gris y me consagré a pasar las horas detrás de la baranda. Desde entonces la vida me parece más divertida. Precisamente hace una semana se detuvo el conductor de una camioneta roja y me hizo las mismas preguntas que yo hice hace un año, después que estuvo una semana yendo y viniendo a todas horas del día, observándome.

Hoy fue un día especial. El cielo estaba azul y sentí una brisa fría, muy agradable, cuando el camión perdió la vía y embistió la baranda. 
*****


En Venezuela, la palabra cambur define  a un tipo de banana que se come cruda. Como diría Llanos, española de Albacete, nosotros inventamos mucho con los nombres. Pero sorprendentemente, cambur deriva de un término que usan en las islas Canarias para nombrar a los camburi, una variedad de plátano. Existen en Venezuela otros tipos  con los nombres de titiaro, cuyaco, pineo enano, pineo gigante, concha verde, valery, cuyaco-pineo, gigante o lacatán, cambur morado, morado verde o injerto, cambur negro o criollo, plátano hartón, hartón enano, plátano dominico, dominico topocho, cambur ácido, cambur manzano, tornasol, mysore, topocho verde, topocho cenizo, topocho enano, ice cream,  topochos, guineos y manzanos, dependiendo de la variedad. 


En otras partes del mundo se les llama simplemente plátanos, pero en Venezuela la fruta a la que se le da el nombre de plátano se fríe, se sancocha o se hornea, pero no se come crudo por su alto contenido en fécula. Mejor dicho, no se debe comer crudo, pero mi madre adicta a estas musáceas no le importa meter una a la boca entre tajada y tajada que fríe en aceite bastante caliente. En Estados Unidos, el término para la fruta que se come cruda es "banana" mientras que los plátanos para cocinar son "plantains". En Ecuador, en la provincia de El Oro hay kilómetros y kilómetros de plantaciones de plátano (se estiman ¡214.000 hectáreas sembradas!  para el 10% de la producción total del mundo).
Para los europeos es una cuestión extraña lo de freír los plátanos. Para varios países de América Central y del Sur así como  asiáticos y africanos es indispensable en la mayoría de las comidas. Algún día contaré la historia de los patacones zulianos.

En una orgía gastronómica internacional en la que españoles, ecuatorianos y un italiano participamos como chefs y comensales, los plátanos que freí nunca hicieron el camino de la cocina hacia el comedor. Sólo salieron del plato donde los iba poniendo espolvoreados con sal directamente a la boca de Gianluca, Ángel y Paco que estaban alrededor. Calientes, crujientes, con una combinación perfecta del dulzor del plátano con la sal, estilo venezolano. Una vez se le ocurrió a don Paco de Albacete, ávido experimentador en sabores, tiras de jamón serrano por encima. Nada mal, debo decir.
En Curazao, isla holandesa frente a las costas occidentales de Venezuela, es muy común el plátano freído, como se le denomina en papiamento al plátano frito. Una curazoleña me dió la receta de un pastel de plátano con carne que es también es preparado en otros paises del Caribe. Se pueden freir varios plátanos maduros (y por tanto más dulces) en tajadas y en una fuente refractaria se van intercalando capas de plátano frito con carne molida de res ya cocida previamente con adobos, tomate, cebollas y etcéteras. Se remata el pastel con queso rallado y al horno. 

Con unos plátanos muy maduros una vez hice unas bolitas fritas con queso artesanal de cabra que tenía mucho sabor y olor, pero poca sal. El plátano lo cociné en agua hasta ablandar, lo escurrí, lo aplasté con un tenedor y le añadí mezclando el queso rallado, sal y pimienta. Hice las bolitas con la mano, las pasé por huevo batido y pan rallado y luego las freí. Muy ricas.

La cachapa es un plato típico de Venezuela y Colombia, como una tortilla, pero hecha de maiz tierno molido o rallado al que se le añade leche o agua, azúcar, sal y aceite.  
http://amantesdelacocina.com/cocina/2011/11/cachapa-venezolana/

Esa masa semilíquida se cocina a fuego moderadamente alto sobre una plancha engrasada. A la cachapa se le pone queso o mantequilla y se puede comer con la mano en puestos de la carretera o en restaurantes a cualquier hora del día. También se pueden conseguir ya listas en el supermercado o en mezclas para preparar en casa. Pero definitivamente, no hay comparación con las cachapas originales. Hay unas cachapas buenísimas en una restaurancito modesto en Hoyo de la Puerta en Caracas. 

Por cierto, es poco elegante decir cachapera en Venezuela y Puerto Rico. Es un término peyorativo que define una relación homosexual femenina. Pero debo confesar y perdonen lo prosaico, que en las colas enormes que están presentes en todos los rincones de Venezuela para comprar productos básicos y en las que las personas están casi adheridas unas con otras para no perder su puesto, la palabra que surge es mi cabeza es la de cachapera.

https://historiasdesobremesa.wordpress.com
El papelón o panela, como se le dice en Venezuela, es el resultado del secado del jugo de la caña de azúcar, antes de pasar por el proceso de purificación y se vende como unos pequeños bloques de color marrón oscuro. El papelón se usa con innumerables fines, pero todos relacionados con dulzor: en las hallacas, el café guayoyo, con limón para calmar el calor. Y últimamente, ante la ausencia de azúcar (en un país tradicionalmente conocido por su producción de azúcar), se vende un sospechoso papelón granulado con limón en bolsas. No es difícil suponer que el limón es realmente sabor a limón.
La receta original del papelón con limón es ésta: con mucha paciencia se coloca una panela en dos litros de agua y se deja en la nevera hasta que se deshaga. Se puede calentar el agua un poco con unos clavos de olor pero no mucho, porque no se quiere un almíbar. En ambos casos y en frío, se le añade limón al gusto. La exquisitez de esta bebida radica en la combinación perfecta entre el dulce del papelón y la acidez del limón.




Zapatazos. Pedro León Zapata (1929-2015)
 Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda,
ni llores sacudiéndote como quien estornuda,
ni sufras «pataletas» que al vecindario alarmen,
ni para prevenirlas compres gotas del Carmen.

No te sientes al lado de mi cajón mortuorio
usando a tus cuñadas como reclinatorio;
y cuando alguien, amada, se acerque a darte el pésame,
no te le abras de brazos en actitud de ¡bésame!

Hazte, amada, la sorda cuando algún güelefrito
dictamine, observándome, que he quedado igualito.
Y hazte la que no oye ni comprende ni mira
cuando alguno comente que parece mentira.

Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda:
Yo quiero ser un muerto como los de Neruda;
y por lo tanto, amada, no te enlutes ni llores:
¡Eso es para los muertos estilo Julio Florez!

No se te ocurra, amada, formar la gran «llorona»
cada vez que te anuncien que llegó una corona;
pero tampoco vayas a salir de indiscreta
a curiosear el nombre que tiene la tarjeta.

No grites, amada, que te lleve conmigo
y que sin mí te quedas como en «Tomo y obligo»,
ni vayas a ponerte, con la voz desgarrada,
a divulgar detalles de mi vida privada.

Amor, cuando yo muera no hagas lo que hacen todas;
no copies sus estilos, no repitas sus modas:
Que aunque en nieblas de olvido quede mi nombre extinto,
¡sepa al menos el mundo que fui un muerto distinto!

Amor, cuando yo muera... Aquiles Nazoa (1920-1976): escritor, poeta, periodista y humorista venezolano.

 
Cruce de caminos es de mi autoría. Fue publicado en La Vecina (2002). Editado por la Dirección de Cultura de la Universidad Francisco de Miranda, Venezuela. ISBN 980-245-013-8.

Pedro León Zapata fue un caricaturista, pintor y humorista venezolano. Durante 50 años publicó sus Zapatazos en el diario venezolano El Nacional. La imagen se obtuvo de venciclopedia.com.  
La imagen del óleo de Edward Munch es de the athenaeum.org.