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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

miércoles, 25 de mayo de 2016

Un cuento y una tortilla dulce de pan para calmar la desesperanza

Arial 72

Amantes sentados al pie de un sauce. 
C. Pisarro (1901)
Cuando Matilde adulta se enamoró, no fue esa cosa violenta en la que ves al tipo y caes en sus brazos inmediatamente. No, fue de una forma paulatina, de esa en la que ves al tipo y te hace un cosquilleo allí en alguna parte, pero no más por el momento. Te gusta el pelo, la cara, la sonrisa y si además está bien vestido, afeitado o con barba cuidada y huele bien, pues mejor, pero hasta ahí.  Todo eso le vio Matilde a Joaquín la primera vez y eso que estaba cansada por pedalear los diez kilómetros que había entre los pueblos de ambos un día de paseo y no tenía costumbre de tratar a los hombres. No era aquello de ponerse a sonreírle así no más con las amigas alrededor, pero sí que se le dibujó una sonrisa cristalina cuando él les brindó los refrescos. Desde esa ocasión hasta la próxima pasaron dos años cuando se tropezaron en un autobús de la intercomunal. En cuanto lo vio Matilde supo que algo se le había revuelto allá adentro y eso que sus convencionalismos eran tan arraigados en su ser como el respirar. Casi nacieron con ella, dicho claramente. Él le invitó un café alrededor del cual fue un buen oyente para las confidencias de una Matilde inocente y de poco roce y luego a una reunión de familia unos días después, a dónde ella asistió inventando una excusa a su madre. Esa noche hubo más química: la mano en la cintura de ella, el aliento de él en el cuello, la respiración de ambos, agitada pero extraña al baile pausado, las piernas de él atreviéndose un poco entre las tímidas de ella, las caderas masculinas cada vez más ciertas y cerca hasta que sintió sorprendida un tal vez teléfono en el bolsillo,  la invitación ansiosa en voz profunda a un verte el próximo fin de semana. El fin de semana se transformó en varios días seguidos y diez kilómetros ida por vuelta de él y alguna vez de ella en autobús, en bicicleta, en cola, como fuera. Matilde adulta no tenía carro y Joaquín, a veces. El amor le entró despacio a Matilde, como había sido todo en su vida, sin prisas. Pero una vez que lo sintió se le inoculó peligrosamente en su vida pacífica llena de sueños para hacerla despertar por un brevísimo tiempo.



Matilde niña/adolescente no había conocido hombre en casa, ni padre, ni hermano. Era un hogar de dos mujeres. Había ido desde muy pequeña a un colegio de monjas donde alternar con un hombre era casi un pecado, asi fuera un infante de deseos aún no desarrollados. Sentada sola en el banquito de piedra del patio veía cómo sus amigas se escapan en horas del recreo para hablar con los muchachos que se asomaban a la reja y le pasaban a escondidas cigarrillos encendidos que aspiraban apuradas antes de que sonara el timbre y que luego disfrazaban con caramelos de menta y un agua de azahar que llevaban en las mochilas por precaución. Matilde no había ido ni siquiera a una fiesta mixta porque su madre siempre le decía que habría tiempo para eso y veía con envidia cómo comentaban el lunes lo buena que había estado la del sábado y quién había besado a quién. Matilde entrando en la vida adulta no pasó de hablar con sus anteriores compañeras de colegio o las amigas de su madre que iban a hacerse los vestidos. Se limitaba a estar cosiendo todo el día en casa para mantenerse ambas o pagando facturas donde sólo había hombres jubilados y anodinos en bermudas. - Ya verás, habrá tiempo para ello, otra vez su madre cuando se atrevía a compartir que no hacía vida social.

Matilde pasaba los fines de semana viendo en la televisión las películas románticas con actrices rubias deslumbrantes y galanes arrebatadores de músculos marcados. Lo mejor de todo era cuando venía la noche porque al acostarse creaba sus sueños, en los que ella era protagonista del romance y su pareja la llevaba a pasear en un descapotable carísimo por un pueblo italiano desde cuya colina se veía el mar azul intenso. Y después le hacía el amor hasta morir entre unas cortinas de lino finísimo ondeando al viento templado en una habitación de su villa capresa. Así pasaron sus cuarenta años. Sí, cuarenta. Cuarenta años en los que percibió apenas cómo su piel se secaba y sus protuberancias cedían sin cortapisas a la gravedad.

La pareja. Óleo de P. Picasso (1895-1899)
Cuando Matilde adulta decidió que se iba a acostar con Joaquín no se planteó duda alguna porque se imaginó esa primera vez como la de sus sueños. Ya tenían tres meses de sólo besos escondidos bajo la excusa de comprar una baguette o unas frutas para desaparecer de casa sin tanta pregunta. Muy al principio, unos besos tímidos que luego crecieron en una intensidad que los dejaba agotados porque no llegaban a ninguna parte. A ninguna. Y eso que las manos de Joaquín ya no tenían control, eran como apéndices independientes del cerebro que se movían ansiosas y buscaban sin encontrar, como tentáculos cargados de ventosas que se adherían a cualquier parte dejando un desastre de ropas revueltas, cabellos desordenados, botones y ojales sin concierto. Matilde se rebelaba mientras y también después sin comprender qué no le gustaba de esa relación, sola en su baño, viendo el encaje que tanto apreciaba de sus blusas arrugado y sobado por las manos grandes y desbocadas de Joaquín.

Pareja caminando entre columnas de árboles. V. Van Gogh (1890)
A pesar de su decisión, no encontraba ningún momento adecuado para su gran paso: siempre había una luz que se encendía de repente, un ruido molesto y repetitivo, la conversación de alguien alrededor, una puerta que se abría y cerraba, el perro que ladraba, la pelea de dos gatos machos por una hembra. Los sitios más privados en ambos pueblos eran hoteles muy pequeños o posadas de la tía o de la cuñada o de la hermana de la amiga de alguno de los dos y ni pensar en dejar que todo el mundo se enterara que habían ido a hacer el amor. Era como si lo anunciaran en el periódico, Una vecina perdió su inocencia a los cuarenta años, en primera plana y en letra Arial 72. Salir del pueblo ni se consideraba porque no podía dejar a su madre sin excusa creíble. Una noche en mitad del monte, ya con los pantalones abajo, Joaquín repugnó a la pequeña víbora que se deslizó por sus nalgas atraída por el calor y los sudores sin más consecuencia que un susto y una apurada recogida de ropas. Pero algo no iba bien. Todo le salía torcido. Matilde notaba que su amor no era de ese tipo romántico que había esperado tantos años, sino un agobio de hormonas y apuros y jadeos y tocamientos y desesperos que no incluían una mano por la cabeza o la cogida de una mano sólo para acariciarla suavemente. Nunca existieron un simple roce de labios o una mirada de horas de ojos con ojos. Y cada ocasión en la que se reunían, no era para comer tranquilamente un helado o hablar del futuro, sólo servía para aumentar el malhumor de Joaquín y su insistencia.

El amor. G. Klimt (1895)
No mucho después, Joaquín ya no respetaba ni los espacios públicos. Cualquier árbol, cualquier pared, servía para reclamar mientras Matilde luchaba por imaginar la villa italiana y el descapotable hasta que abría los ojos y se le cortaban las ganas cuando veía a la familia de cinco hijos comiendo pollo frito sobre el mantel de cuadros en la grama a escasos pasos de ellos, o el ruido del jardinero cortando la maleza que tapizaba la pared. Cuando le dijo a Joaquín que sí, que ya, que no dudaba más, que iba finalmente a concluir con lo empezado y estaban a punto de ejecutarlo en el banco de la plaza a medianoche cuando sólo los grillos alteraban el silencio, un policía los alumbró con la linterna al mismo tiempo que les reconvenía para que se fuesen a un sitio más privado. Matilde quedó con un dolor de vientre desconocido que la sorprendió amargamente. La noche siguiente, en el carro de-a-veces de Joaquín en un terreno abandonado, pensó que su cuerpo iba a abandonar la adolescencia porque ya no había más ropa que sacar y ya no se conocía a si misma, cuando una luz los iluminó intensamente. - Su documentación, por favor, le señaló el mismo agente de la noche anterior. Matilde encima de Joaquín rebuscó en su bolso, mientras él, incómodo, no podía moverse para extraerla del bolsillo trasero del pantalón desplazado. La luz inmisericorde indagando las características de los cuerpos descubiertos le hizo cerrar los ojos, mientras el oficial se reía entre dientes esperando la documentación que no se encontraba, avergonzada ella por verse explorada y él por la imposibilidad de sacarla delicadamente de encima. Aunque el silencio pudo cortarse con las palabras, éstas no salieron de ninguno de los dos. Cuando Joaquín estacionó para dejar a Matilde a cien metros de su casa ni siquiera le dijo buenas noches.
Quince días después Matilde aún no sabía de Joaquín.  Un mes después, Matilde tomó el autobús y fue a buscarlo. Ya no usó excusas. Joaquín se le había metido en el alma. Ya no había galán italiano que la hiciera dormir ilusionada. Ya no dormía. Que la publicidad se fuera al cuerno.


Matilde adulta volvió a su pueblo después de ver a Joaquín con una de sus amigas a la que llevaba del brazo y le brindaba una sonrisa cómplice. Volvió a su rutina de todos los días y noches después que ese día vio a ambos en la puerta del hotel de la tía o de la cuñada o de la hermana de su amiga y la saludaron con un insípido qué tal, mientras avanzaban hacia su interior sin temor a la Arial 72.

***
Mujer cosiendo. Carbón de A. Guillaumin  (1890)
Toda la noche he dormido contigo
Junto al mar, en la isla.
Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño
Entre el fuego y el agua.

Tal vez muy tarde
Nuestros sueños se unieron
En lo alto o en el fondo,
Arriba como ramas que un mismo viento mueve,
Abajo como rojas raíces que se tocan. […]

La noche en la isla
Pablo Neruda 

Para calmar la desesperanza, no hay nada mejor que una tortilla de pan calientita, recién salida de la sartén. En estos días, inventé una con cambur. Tomé una receta tradicional de mi madre pero la modifiqué un poco. Aproveché pan viejo y un cambur muy maduro que es un pecado desperdiciar. La cantidad de pan depende de lo que haya en existencia. Lo importante es que al mezclar con leche quede una pasta no muy líquida pero tampoco muy seca, por lo que hay que tener paciencia y esperar que el pan absorba la leche. Un consejo: si se calienta un poco la leche con un palito de canela y unas ralladuras de limón, mejor. A esa pasta se le añade el cambur machacado, media cucharada (de las grandes) de mantequilla o margarina, azúcar al gusto (si se usa pan dulce se pone menos azúcar), huevos batidos levemente (unos tres, pero dependiendo de la cantidad de pan) y luego todo lo que se quiera para adornar esa pasta. Pasas, frutas confitadas, frutos secos, canela, un chorrito de ron o ninguna de ellas si se desea simple. Todo se mezcla muy bien.  Se calienta la sartén de teflón con margarina (¡tanto el teflón y la margarina son importantísimos para que no se adhiera la tortilla!), se sirve la pasta de pan+azúcar+mantequilla+huevos en ella y a fuego muy bajo se cocina unos treinta minutos hasta que la tortilla se desplace al mover la sartén con un rápido movimiento de muñeca. Se le da la vuelta con una tapa y se sirve nuevamente en la sartén para cocinar el otro lado pero por un poco menos de tiempo. Cuando ambos lados estén listos (y se nota porque la cubierta de la tortilla ha adquirido un color marrón oscuro sin quemar), se traslada a una fuente y se espolvorea azúcar o canela si se quiere. Créanme: si se come caliente es más rica. Sabe a hogar.

***
Arial 72 es de mi autoría.

El amor es de Gustav Klimt (1862-1918), un pintor austríaco representante del modernismo vienés. Más que una simple pintura de un par de amantes, Klimt amplió el contexto de esta obra para incluir una mayor visión del mundo. Las dos figuras centrales, como actores en una escena, son observadas por cabezas femeninas que personifican la juventud, la vejez y la muerte, representando la inexorable transitoriedad de la vida y el amor. En esta pintura, Klimt incorpora por primera vez  en sus obras el marco que ocupa casi la mitad de la figura, creando una pintura dentro de otra.

Pablo Picasso fue un pintor y escultor español (1881-1973), de impresionante trayectoria artística en el siglo XX.
Vincent Van Gogh (1853-1890) fue un  pintor neerlandés, uno de los principales exponentes del post-impresionismo.
Armand Guillaumin (1841-1927), pintor francés de estilo impresionista, caracterizado por el uso de colores fuertes y la búsqueda de la luz en sus pinturas.
Pablo Neruda (1904-1973) fue un poeta chileno, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971. 


sábado, 7 de mayo de 2016

Carmen se confiesa ante el viento


En la entrega anterior de La esposa del viento...

Abdullah Amin Nasser, un comerciante de fe musulmana, va a pedir la mano de Carmen Portillo, una joven de casi quince años perteneciente a una familia rural muy numerosa y practicante de la fe cristiana. Aunque nunca ha hablado con Carmen y no es de su creencia, quiere tener a su lado una mujer joven que lo consienta. El hermano Zacarías, pastor de la localidad, acude a las fincas a recordar la conducta moral a seguir para no ir al infierno.


Las mujeres aceptaban todo lo que escuchaban del hermano Zacarías porque les parecía natural. No había competencia religiosa porque había que caminar mucho para ir hasta el único templo católico de esos montes y parecía muy salvaje eso de comerse el cuerpo de otro, aunque eso les asegurara un mundo mejor después de la muerte. Lo del canibalismo había sido muy bien inculcado por el hermano Zacarías y sus antecesores. Además, de cuando en vez, no tan lejos de las fincas se montaban unos espectáculos con música desafinada que le recordaban a Abdulllah la música de su niñez. Ñacañaca, ñacañaca, ñacañaca, tambores y maracas acompañados de un mantra desafinado repetido mil veces, alabado, alabado, alabado. Como la mayoría de las noches se dedicaban a sentarse en las hamacas y echar cuentos, las reuniones de la fe del hermano Zacarías traían alguna distracción... por lo que hombres, mujeres y niños iban para allá. Nadie se cuestionaba la existencia de otra fe. La pequeña capilla de los curas llevaba muchos años cerrada y los muchachos que pasaban por allí la tenían manchada de escupitajos de chimó, orines y también de otras secreciones.


El hermano Zacarías parecía tener su propia historia metida en el bolsillo, chismeada abiertamente tras el mostrador desvencijado del bar El macho que más mea por los usuales clientes varones después de unos cuantos tragos de aguardiente del bueno. Pero para algunas de las Portillo y unas cuantas –muchas - mujeres de la zona, el hermano además de ser un buen hombre era un tipo muy bien puesto, como también le había susurrado la mejor prostituta del burdel a Abdulllah sin que éste pudiera comprobar que lo decía con conocimiento de causa o simplemente por las ganas que le tenía. Pero la verdad era que nadie podía afirmar abiertamente que tenía un pasado pecaminoso, pues ni siquiera se le conocía mujer y de lo otro, tampoco.

Algunas veces en las reuniones de la fe, cuando el hermano Zacarías entraba como en trance, cerraba los ojos y sudaba y se ponía colorado y gritaba la grandeza del Señor, las fieles se imaginaban mucho más. Alabado sea Dios, suspiraban y se contorsionaban de adelante hacia atrás, acompañándolo en una cadencia que se violentaba in crescendo. Sólo así podían sentirse libres sin ser mal vistas o enterarse unos meses más tarde que tendrían otra boca que alimentar.

Iglesia del campo. Paul Gauguin (circa 1879)
Un día aburrido, las Portillo se enteraron por los muchachos que la iglesia estaba abierta y que un cura había venido a acomodarla. Caminaron mucho por la carretera polvorienta hasta llegar a ella.

En el interior, los ojos de las Portillo saltaban de una imagen de un buenmozo crucificado a un buenmozo que atendía a unas viejitas y movía para despertar a un borrachito que dormía olvidado en una esquina. El cura se acercó muy gentil a saludarlas,

- Padre Andrés para servirlas.

y les ofreció la mano, una blanca y tersa, sin callos, una que apretó suavemente, sin lastimar, las manos de las niñas. A su pregunta respondieron que no, los domingos no podían ir, que eran cristianas, que iban al culto.

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A la mayor de las Portillo no le gustaba el hermano Zacarías. Ni sus paroxismos, ni sus exclamaciones, ni los sudores que le mojaban todo el cuerpo y salpicaban a los que estaban próximos. Acompañaba a los demás para no tener que explicar. De hecho, no creía que debía hacer algo especial para asegurarse la salvación eterna, ni le importaba que existiera otra vida después. Lo de ella era quedarse en mitad del campo viendo como las hojas iban y venían empujadas por el viento, jugando como pequeños remolinos enredadas en briznas de paja seca. Respirar hondo, muy hondo, para llenar su pecho inmaduro del olor a verde que se le regalaba cuando llovía.
Pero en un amanecer que la embriagó con su azul puro delineado por los rayos del sol, le confesó al viento que le había gustado el padre Andrés.

El arroyo negro, J. Singer Sargent (1908)
-No, le dijo, no buscaba redención de su pecado en su confesión, sólo aliviar la angustia que le atenazaba el alma. Le musitó temerosa que había vuelto al templo y sentado atrás para no molestar, pero además había sentido un arrebato de timidez mezclado con algo que se le hacía difícil describir. Que en un golpe de brisa había recibido el olor del jabón que emanaba la sotana y se preguntó cómo olía lo demás en el cuerpo joven de aspecto agradable. También le confesó que al acercarse el sacerdote un calorcito le subió desde la barriga. Que sintió el corazón en el cuello latiendo desaforado, que un picor le surgió en los muslos y se asustó. Que no pudo responderle al saludo ni fue capaz de levantar los ojos. Que se sintió perdida cuando ese mismo día al final de la tarde notó que su cuerpo había finalmente florecido en rojo. Que esa noche entre hamacas las hermanas la miraron raro cuando comentaron entre risas que el padre Andrés no tenía mujer, pero que se condenarían los dos en los fuegos del infierno si él la tomaba

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El día que cumplió quince años, Carmen se enteró de sopetón que su padre la había dado en matrimonio al vendedor árabe. Ya era de noche cuando una hermana se lo susurró en el zaguán antes de que la mandaran a buscar. Mañana mismo, le había espetado su futuro esposo mirándola con fruición.

Abdulllah había cedido con la ceremonia cristiana con mucho aspaviento pero al final aceptó sin comprometerse con más. El padre organizó todo inmediatamente: mandó avisar al hermano Zacarías con uno de los muchachos y ordenó separar dos ovejos y un becerro en el corral. Muy diligente, el novio fue a buscar el vestido que ella se pondría y lo ofreció por mitad de costo aunque era de muy buena tela. Después de discutir un rato, el padre de Carmen aceptó el precio que a su juicio era exorbitante para un trapo y quedaron de acuerdo: el vestido se lo pagaría con una vaca preñada y el primer varón sería llamado como el padre, respetando la costumbre musulmana.

Esa noche, acostada sobre el banquito de madera en el patio, con la luna llenando sus ojos, Carmen sólo pensaba una cosa: al terminar la ceremonia tenía que hacer con el árabe lo mismo que su padre con su madre en la hamaca, el cerdo con la cerda, el toro con las vacas y el caballo de su padre con las yeguas de los vecinos. Sudor y jadeos ajenos sobre ella. Un año tras otro tendría un hijo. No sabía cómo era su futuro esposo, aparte de conocer las manos apuradas que le vendían todas las cosas y el sudor en el que siempre venía empapado y que hedía a especias, un olor que le traía la brisa apenas se bajaba del camión. El que tendría al día siguiente ella misma, ese olor de las bestias que es tan fuerte que hay que restregar bien la piel con jabón y mucha agua. No quería hacer otra cosa más que ir a la escuela o limpiar la casa o correr por la carretera empujada por el viento. Que no le preguntaran, que no la molestaran, que la dejaran hacer lo que siempre había hecho y nada más. Se preguntaba también si no habría algo más allá de tener hijos con un hombre y de permanecer sumisa mientras él se los hace. 

- ¿Por qué las veces que vio a su madre haciendo hijos permanecía con los ojos fijos en el techo como ida, como si no fuera con ella lo que pasaba allí?

Ya no podría quedarse por las noches bajo los árboles viendo las estrellas titilar y sintiendo la brisa en su cara, ni soñar con el cura solitario del templo. Desde que sus hermanas habían cuchicheado que los hombres de esa fe no podían casarse, se preguntaba frecuentemente si él no necesitaba a una mujer como los demás.  

- ¿Cómo sería que la tocara un hombre de voz tan dulce, andar pausado y oliendo a limpio? 
- ¿Cómo sería si ese hombre... la amara?

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Al día siguiente, a las doce y media,
vestida de blanco, salió al patio para escuchar al viento al que percibió molesto, impetuoso. El techo del corral de las gallinas se desprendió con furia y los remolinos llenaron todo de polvo amarillo. Pero a Carmen no le importó que se le ensuciaran los encajes del vestido.
Ráfaga de viento, J.B. Camille Corot (circa 1860-1870)


- Parece más niña de lo que es, pensó Abdulllah en cuanto la vio. Se había soltado el pelo y lo había rodeado con una cinta blanca porque se acordó de la virgen del templo en aquel domingo distinto, en el que el cura había hablado del viento en Cuaresma y de la necesidad de redimirse mediante la confesión y la comunión por las faltas cometidas durante ese tiempo especial. Que las culpas se las llevara el viento una vez limpias por los sacramentos. Le había gustado que lo dijera así porque Carmen siempre se confesaba al viento y también tomaba de él: intenso, caliente, ruidoso al chocar con las ventanas o sonar como campanillas al mover las vainas de semillas. Era tan poderoso que era el único que aliviaba el calor y que al mismo tiempo hacía correr a los penitentes.

Ante la inminencia de la ceremonia, viendo a su padre con las diez cervezas ya en su estómago y atisbando a ver si llegaba el hermano Zacarías, a Carmen se le acentuó el desasosiego que le había comenzado temprano. Aunque el viento estaba muy fuerte ese día y no se sentía calor, ya tenía empapadas las medias blancas de nylon y la pantaleta de encaje compradas a Abdullah y que su madre le había obligado a vestirse sin mediar palabra.
 
Delante del fogón, preparando la yuca y las arepas, las hermanas conversaban arreboladas sobre la noche que iba a pasar Carmen y los hermanos discutían en el corral quién era mejor sacrificando los ovejos. Abdulllah, quien había llegado poco antes de las diez, la había saludado sin hablar. Tenía puesto un terno blanco, la frente perlada de sudor y como siempre, despedía el inconfundible olor a especias. Sonreía nerviosamente y hablaba con los hombres que ya habían comenzado a beber. Nadie se dirigía a ella, como si todos ansiaran que se inmolara rápido para continuar con sus cosas.

Sin saber a cuál fe acudir por ayuda y desconociendo la parranda que ya estaba prendida, Carmen Portillo se fue hasta la mitad del patio y se detuvo debajo del jabillo donde su madre pasaba las horas muertas. Levantó su cabeza al cielo y sintiéndose como un grano de arena en un desierto inmenso, le habló. Se le ofreció al viento de Cuaresma, al viento de Jehová, al viento de Alá.

Oyendo su ruego, el viento le respondió. Carmen dejó que desprendiera la cinta de su cabello, levantara su falda y jugara más que travieso, apasionado entre sus piernas que fue abriendo poco a poco. Permitió que la besara en los labios, le cerrara los ojos, le acariciara la cara. Sin protestar, sintió que le depositaba el polvo del corral, las heces de las gallinas, la bosta seca de las vacas y las gotas de sudor de Abdulllah, que estaba un poco más allá y ya la había visto, sorprendido de su entrega. Agradeció como el viento le dejaba caer miles de hojas sobre su cuerpo como ofrenda de bodas. Serena ante su fuerza, se abandonó ante él sin recelo, sin dolor, sin pudor. En medio del descomunal torbellino que se formó debajo del jabillo, Carmen finalmente le dijo que sí al viento y partió con él.


El viento de la tarde. L. M. Eilshemius (1899)
 
Tres testigos certificaron la ceremonia. El hermano Zacarías que acababa de llegar para la boda que nunca se iba a celebrar. El padre Andrés, que pisaba la finca en su primera peregrinación pastoral y no entendía el gritar de la gente. El musulmán Abdulllah, que comprendió trastornado que tendría que seguir buscando quien le calentara la cama.

Como recuerdo de la entrega, un pedazo del listón blanco que enlazara la cabellera de Carmen y que una vez que todo se acabó y la polvareda se disipó, quedó enredado entre la tierra y la gran rama del jabillo, guardiana de su virginidad.


Fin de La esposa del viento

La esposa del viento es de mi autoría. El cuento resultó ganador del primer lugar en el Concurso de Cuento y Poesía 2013 de la Universidad Francisco de Miranda, Venezuela.

Iglesia del campo es de Paul Gauguin (1848-1903) pintor francés post-impresionista. Su fama se acrecentó después de su muerte.

Ráfaga de viento es de Jean-Baptiste-Camille Corot (1796-1885), pintor francés, destacado por ser uno de los mejores paisajistas de su época.

El arroyo negro (más conocido como El arroyo) es de J. Singer Sargent (1856-1925), pintor norteamericano considerado el mejor retratista de su generación.
El viento de la tarde es de Louis Michel Eilshemius (1864-1941), pintor norteamericano de paisajes y desnudos. Sus pinturas de ninfas voluptuosas y sonrientes poblando los paisajes causaron la consternación de sus colegas de la época.

Las pinturas son de theathenaeum.org