Y es que al corazón le disgusta la espera
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| Melancolía. Edvard Munch (1894) |
Cuando Bruno pensó seriamente en ir al médico ya tenía mucho tiempo sintiéndose mal. Esas palpitaciones le habían empezado lentamente. En un principio creyó que era debido a la ristra de años aciagos en los que habían sucedido vaguadas, asesinatos, muchos asesinatos, ¿sabes que secuestraron a la hija de mi prima y también al vecino de ella?, avenidas trancadas por protestas que lo tenían horas interminables dentro del autobús y siempre pensando en que lo iban a atracar, las colas que habían convertido su vida en no-vida, la falta de azúcar, harina, aceite, margarina, café, arroz, papel de baño, crema de dientes, jabón para bañarse, para lavar ropa, leche en cualquier presentación, el kilo de queso a 1/5 de su sueldo, su carro sin batería y sin un caucho, los hongos en los pies porque no hay antimicótico… Qué angustia. Todos los días un rollo nuevo así de eterno. Tantos años sin una alegría. Eso es, se dijo Bruno, necesito una alegría. Adiós tristeza y oyó a Michel Legrand. Adiós tristeza y oyó a Ana Gabriel. Adiós tristeza y oyó a Los Secretos. No mejoró nada. Se fue de vacaciones a casa de familiares pero las noticias le perseguían, se metiera profundo en los páramos merideños o en la costa del cabo San Román, y aunque no había periódicos o televisión y la señal del celular era malísima, la abundancia de otrora había sido sustituida por escasez y eso ya decía cómo andaba la cosa. La de papel higiénico era tan evidente que comer arepa ya ni servía para evitar cagar porque tampoco se conseguía harina de maíz.
Después
–Bruno no recuerda cuándo- el corazón que saltaba desbocado de cuando en vez
cambió al palpitar de un caballo desbocado, de noche, de día, a todas horas, no
importaba en que onda alfa, gamma o beta se pusiera, cuántos programas de
comedia le entretuvieran o cuántos días pasara deprimido cuando Marta -su
esposa- inventaba mil pretextos para evitar estar con él. Dejó de ver los
noticieros, ahogó el celular en el fregadero de la cocina con bastante agua
caliente -no tenía jabón- redujo el café a una taza en el desayuno sin
gran sacrificio - tampoco había café-. No volvió a tomar bebidas de cola pues la compañía que hacía la Coca-Cola se había quedado sin azúcar y odiaba a muerte la uvita y la naranjita
y ni el dichoso té artificial que antes servían en todos lados y ahora era
literalmente impagable. Una ofensa, ese té, se auto-convencía mientras salivaba
abundantemente en pleno calor al ver a los nuevos
ricos-bachaqueros-boliburgueses chupándoselo con fruición a través del pitillo.
El periódico, sólo los domingos cada quince días para el crucigrama de la
revista y la página de farándula internacional: le gustaba ver en qué
malgastaban los ricos su dinero, porque ya ni le daba el sueldo para el periódico
e internet se lo cortaban con más frecuencia que en Zimbabue. El episodio del
Urdangarín, la infanta de España y el desfalco al estado le fascinaba porque finalmente unos
poderosos iban a pagar por sus desmanes. Aquí sólo pagaba el pobre bobo que
denunciaba el robo. Lástima que la cosa era en otro país. En este hay suficiente
para llenar años de revistas Hola, de Wikileaks, de Panamá papers, le decía
a Marta. Fíjate, hasta el peluquero de la hija del finado está en la nómina del ministerio de relaciones exteriores.
Contó
de trescientos hacia atrás –sentía el pum,pum,pum, pumpumpumpum- mientras
oía a la señora a la que se le había quemado el carro y no tenía su cheque del
seguro y llorando a moco tendido le preguntaba desde el otro lado del
escritorio ¿y es que a usted nunca le ha
faltado el dinero? La señora olía a Chanel número cinco y la muy viva mentía como una
bellaca diciendo que estaba pelando cuando probablemente saldría con el cheque
para redondearse el reloj que le faltaba y bachaquear el desodorante que había
traído de Miami. Cuando llegó un corredor que creía tener a Dios agarrado por
la barba y le reclamó que no habían salido a tiempo sus pólizas, aguantó las
ganas de cogerlo por el pescuezo y doblárselo como pollo antes de la cazuela.
Sonrió y le dijo los mejores buenos días que jamás nadie había oído de un
oficinista con la esperanza de que la buena vibra tuviera algún efecto en su
corazón. Después le dio dinero al viejito paralítico del semáforo, acarició al
canino cuasi-monstruo de Tasmania de los vecinos –pum,pum,pum pum-. Le compró tres rifas
de beneficencia a la antipática de la hija de su vecina, la misma que le escupía
el chicle cuando pasaba para que se le pegara en el zapato y finalmente, para
completar su día de buenas acciones, retiró sin rechistar el carro del
comprador previo en la caja del supermercado aunque tuvo ganas de cortarle la
mano mientras el fulano se hizo el loco y coló a tres amigas en la fila. Bruno vio
el reloj pensando en que se le iba la vida en las colas.
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| El gato negro, E.L.Kirchner (1926) |
En
un arranque de amor animal, Bruno adoptó en un refugio al Misu, un gato negro con mirada traicionera, porque leyó que el ronroneo de los gatos creca del cuerpo bajaba la tensión. Se lo
llevó a dormir con él en la cama y se sintió complacido. Era peludito y
caliente hasta que su esposa se quejó que el gato se echaba encima de una de
sus nalgas a afilarse las uñas cuando tenía hambre, a eso de las cuatro de la
mañana, y la verdad, Marta, yo sé que no te gustan los gatos, pero hay un dicho
holandés que dice que desconfíes de las mujeres a las que no le gustan los
gatos. Los holandeses pueden comerse a
los gatos en su salsa y el Misu terminó en la casa de la anciana de al
lado, pero todas las mañanas le recordaba a Marta su existencia rociando las flores de su jardín con una orina espesa, aceitosa, olorosa.
A
Bruno le aconsejaron que leyera libros de autoayuda y porque calmaban el espíritu. Como si éste gobernara el corazón,
pero tenía que intentarlo. Después de todo, los egipcios dejaban el corazón en la momia mientras que sacaban el cerebro por la nariz, pues creían que el corazón era el centro de la razón y la vida. Después de leer el primer libro de cómo ser exitoso se angustió al darse
cuenta que era un fracasado y que tenía que iniciar un negocio nuevo,
pumpumpumpum pum pum. El segundo lo llevó a querer recorrer el Camino de Santiago,
por el cual probablemente nunca transitaría porque no tenía dinero y el tercero
era sobre una vaca del que no entendió absolutamente nada. Por recomendación de
un cura amigo comenzó a leer la liturgia de las horas todas las mañanas, pero
por falta de tiempo lo hacía mientras estaba sentado en el váter. Luego se suponía
debía entrar unos minutos en meditación, en los que no meditaba nada porque la
concentración la necesitaba para que fuera exitoso lo que estaba haciendo. Si meditaba, no pujaba.
Entre
tanta angustia y en la misma onda de espiritualidad, se fue en enero a la
procesión de la Divina Pastora. Entre chicheros, vendedores de limonada y
cepillados, guardias prepotentes que no dejaban acercarse, viejitas con
sombreros de paja, niñitos vestidos de pastores y niñitas de Virgen María se
hincó de rodillas en el asfalto y sin hipocresía, con absoluta ingenuidad, elevó
sus prédicas a la Virgen con las lágrimas cayéndole por las mejillas
mezclándose con el acre sudor. Le prometió a la imagen que se zarandeaba entre
policías, creyentes y portadores que si el corazón no le volvía a echar bromas
iría en peregrinación todos los catorce de enero hasta que se muriera.
- Como
sea, te lo juro. Cada catorce de
enero.
En
la espera del cumplimiento de su solicitud, metió en su billetera con un por si
acaso dos estampitas de José Gregorio Hernández, un escapulario de la Virgen
del Carmen bendecido en catedral y una oración del padre Pío de Pietrelcina,
pero se la robó un malandro unos días después cuando se formó un atajaperros en
la cola para la harina. Fue a las misas de sanación del padre que se vestía de Batman y de las que aparentemente todo el mundo salía sano menos él. Un año después, pues, Marta, fíjate que no, que hasta
las vírgenes y los santos se olvidaron de tu esposo. El pum,pum cardíaco seguía
inmisericorde.
Siguiendo
el consejo de su cuñada, Bruno decidió invocar a los espíritus de la sabana, a
Yemanyá y a María Lionza. Podía haberle pedido a otros seres míticos, pero tuvo
miedo porque al finado presidente se le había ocurrido conjurarlos y mira lo que le pasó. Un conocido le guió en Sorte para que un negro pintarrajeado y medio
desnudo le fumara un puro y lo empapara con un jarabe maloliente mientras
invocaba a los espíritus meneando las caderas encima de su vientre. El
sortilegio no le funcionó porque la fe se le quitó apenas comenzó el ensalme por
el terror de que una mapanare le mordiera un dedo del pie mientras estaba
acostado alrededor del círculo de tiza blanco y porque lo que colgaba de la
entrepierna del brujo olía peor que el jarabe que le había echado. Salió oloroso
y mareado para tirarse vestido en el chinchorro de una choza y cuando a la mañana siguiente se montó en un autobús que se paraba cada diez
minutos a subir desconocidos en la carretera, decidió que ya estaba bueno de
espiritualidades.
Alguna
vez se le ocurrió que el golpeteo cardíaco era otra cosa, como cuando ganaba
un poco en la lotería, el sexo sorpresivo de su esposa los miércoles a pesar de que lo acostumbraban rutinariamente los sábados en la noche, o el aplacado en el baño después que
la espectacular secretaria de la oficina le pusiera los 500 centímetros cúbicos encima de su
escritorio sólo sostenidos por unas cintas finísimas que amenazaban con romperse en un leve esfuerzo de inspiración. Pero después de mucho tiempo y dado que su ritmo cardíaco no se
aplacaba durante eventos serenos ni desgraciados, Bruno supo que sí, que sí le
estaba fallando allá adentro. Más aún, hasta su amigo el Ruperto no se le
paraba como antes. Temía que le diera un infarto, así de loco le brincaba el
corazón cuando su soldado comenzaba a ponerse enhiesto sin orden de su
capitán. Descubrió aterrado que su
corazón no tenía nada que ver con su ánimo, sus deseos, el trabajo en la
compañía de seguros o con las noticias de televisión. Que ese músculo autónomo,
obra maestra de una ingeniería superior con cuatro cavidades, válvulas, tuberías
y electricidad tenía definitivamente una falla mecánica y necesitaba
llevarlo a un taller. Y Marta, ¿a cuál?
El
día en que ya no pudo almorzar sin que percibiera que el corazón golpeaba el
borde de la mesa, como carro con bujías descompensadas y lo sentía en la ingle
y en el alma, se fue a acostar temprano sin avisar. Pero cuando a medianoche se
despertó con los saltos de la corriente sanguínea en la yugular, usualmente
pacífica como un riachuelo en verano e imperceptible como un susurro a menos
que le pongas encima los dedos índice y corazón, zarandeó a Marta dejándole la
saliva espesa pegada al pabellón auricular para decirle que tenía que ir al cardiólogo rápido, Marta,
que ahora si me muero, no es broma. Y Marta, fastidiada, entre sueños, mañana.
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| Hombre ante la puerta, E. Munch(1889) |
Un
tipo muy bueno, pero con muchos pacientes, le dijeron varios en la oficina. La
secretaria del consultorio le informó después de pasar toda la mañana
intentando comunicarse, que se fuera tempranito al día siguiente porque el
doctor sólo veía a diez pacientes los martes y los jueves ¿Y qué es tempranito?,
le preguntó. Pues mire, yo llego a las siete para anotar y ya está el cupo lleno.
Pero, ¿a qué hora? Señor, tempranito. En el trabajo le dijeron que era a golpe
de cinco. Recordó a Laureano, a golpe de cinco significa en Venezuela una hora
indefinida entre las cuatro y las cinco. Que esperanza.
Bruno
se levantó a las tres de la madrugada para bañarse minuciosamente, se puso unos
calzoncillos sin agujeros y nada extravagantes por si lo desnudaban. Tenía unos imitando piel de tigre que se había comprado en un arranque de
exotismo para levantar el ánimo a Marta, pero definitivamente no eran los más apropiados para esto, además que se le salía un testículo por un lado. No tomó
café para que la cosa no le saliera muy alterada y llamó a un taxi de 24 horas
que quince minutos después se pasó de largo. Se paró en mitad de la calle
mirando para todos lados por aquello de inseguridad –en realidad, la sensación
de inseguridad, gobierno dixit- y
gritó taxi botando los pulmones en el
intento, con la esperanza de que el tipo tuviera los vidrios abajo y lo
oyera. Vio como las luces de retroceso
se encendieron y cómo aquel carro aceleró a toda mecha hasta que casi le
aterrizó en los pies –pumpumpumpumpumpum sin pausas-. Dos luces de la casa
vecina se encendieron y oyó otro grito destemplado que no era suyo ¡aquí
queremos dormir, desgraciado! debía ser Rolando el de enfrente que de cuando en
vez le alteraba el espíritu con un reguetón a todo volumen a las cinco de la mañana.
- Me perdí un pelo porque a´sta hora todo es igual
le dijo el taxista desde la oscuridad y es que ni
siquiera encendió la luz interna en un carro que olía a vainilla.
- - A que se va pa´l médico, ¿verdad?
Con un sí resignado, Bruno se preguntó qué cara de
moribundo tendría, pero no, el chófer le dijo con ganas de hablar,
- - Es que a esta hora todos se van para la clínica, ahora
es como en el hospital, hay que madrugar para conseguir una consulta. Y si es
p´al cardiólogo más, a mi mamá le dio un yeyo el otro día con la tensión, mi
hermana nos asustó ayer con una taquicardia que no se le controla y que es el
colesterol que le tapó las venas, dijo el médico. Y menos mal que
el ministerio les paga el seguro allá en la clínica porque en el hospital
tardan un mes en tener la cita y a veces cuando se la dan el médico no va ese
día y le corren para otro mes. Y a usted que le pasa, bueno yo de metiche, si
quiere no me dice.
Pues
nada, que sé yo, me estoy poniendo viejo, le dijo sin mucho detalle.
- - Es que ahora hay que tener cuidado, comemos muy mal, ya
no hay comida, si no hacemos las colas hay que pagarle a los desgraciados de
los bachaqueros, y fíjese que ahora venden aceite frito porque del otro no hay, agarramos mucha rabia, esto de la política nos está matando, respondió el taxista, en un intento de sondear
la orientación de su pasajero.
- - Fíjese que los domingos ya no se podía ver televisión,
una cadena interminable todo el día con el finado y ahora ya ni los domingos,
toda la semana. Y es que el hombre habla puras pendejadas, vive en la isla de
la fantasía o en una burbuja, y nada que se baja de ese puesto, usted no ve
cómo nos tienen muriéndonos de mengua. Y todavía sale la mujer esa a decir en
la onu que hay comida para tres países, será que ella vive en niu yor y le
pagan en dólares y luego mienten que aquí todo está perfecto y usted no ve cómo
nos estamos matando en las colas y los niños se están muriendo por falta de
tratamiento y aún nos tenemos que calar a esos hijos de la grandísima a
mentirnos en la cara. Y los otros países ven esto y hacen como que si nada pasa para que le sigan dando petróleo. Para qué decir más, usted ya sabe. No tengo televisión
por cable, justificó.
Al pasar las
luces del estadio vacío encendidas a esa hora, pero que riñones, y después la
factura me viene con multa porque dejo la luz del baño encendida y me quitan la
luz tres horas diarias y el recibo no baja y no encienden el aire acondicionado
en la oficina y no tengo ni desodorante para el mal olor del sudor. Después de dos o tres banalidades sobre la comida importada que ya
no viene y las disquisiciones de que antes comíamos directo de la tierra y por
eso no nos enfermábamos y de cobrarle el doble porque es extra-horario, el
taxista dejó a Bruno en la puerta de la emergencia donde estaban un vendedor de
café con sus termos y un guardia de seguridad. El resto de la calle sólo tenía
soledad, un letrero de neón encendido de una farmacia con una falla que sonaba
a bichos electrocutados, una tienda de ropa infantil que no tenía ropa, otra de bisutería que sólo
vendía bolsas plásticas y dos buhoneros acomodando sus puestos para el día.
- Buenos días, siéntese en una de esas sillas, la puerta
de acceso a los consultorios la abrimos a las seis, murmuró el vigilante.
Preguntó con
un saludo amable a las sombras de la sala quiénes venían para el doctor
González. Del fondo de una cobija surgió una voz femenina.
- - Usted es el sexto. El señor de allá es el primero,
llegó anoche como a las 12.
Se sentó para
observar alrededor. Una dama cincuentona en mono y zapatos de deporte tejiendo
a dos agujas una bufanda de color morado chillón. Otra vestida de militar
¿reserva? anotando en un cuaderno marca gobierno. El señor de las 12, acostado
a lo largo de dos sillas, goteándole la saliva que ya hacía un charquito en el
piso. De los otros encobijados no acertó a distinguir más que los termos en el
piso y unas bolsas de plástico con papel higiénico y unos pañitos de felpa. No
hay papel en el baño de una clínica privada, pensó, urgido de repente por la
idea de dos horas por delante sin nada que hacer y su escrupulosa costumbre
diaria a las seis y media sin importar lo que comiera el día anterior.
En
la próxima hora se completó el cupo, de manera que cuando abrieron el pasillo
de los consultorios a las seis de la mañana, Bruno pudo ver la cara de sus
colegas de espera. Como si el amanecer despertara también las relaciones,
comenzaron a hablar entre ellos. Bruno extrañó a Marta porque tenía un don
milagroso para enterarse de lo que le pasaba a los demás en las esperas de los
médicos y hasta se abrazaba con la gente al despedirse, como si tal. La señora
del libro comenzó a preguntar para dónde iban los compañeros de la noche. Los
encobijados no venían para el cardiólogo. Estaban a la espera del cirujano que
le operaría un ojo destripado por una tuna al hijo adolescente. Que era
ordeñador, pero muy loco, que agarraba el caballo después de ordeñar y se iba
por esos montes y que en una de esas no vio la tuna y se le clavó en el ojo.
Bruno, compasivo, se atrevió a preguntar si le había dolido. Mucho, le dijo el
muchacho en un decir que sudó por entender, pero más cuando me la saqué y se me
vació el ojo. El señor le paga todo, le dijo la madre. Vinimos ayer noche para la operación a las
siete. De dónde venían ni entendió. La militar tampoco venía para el
cardiólogo. Su madre estaba en terapia intensiva porque le dio un desmayo y
nadie sabía lo que tenía. El señor de las 12 seguía rendido hasta que el
guardia lo zarandeó para avisarle que tenía que moverse al consultorio, tal vez
asqueado por la ya laguna alineada con la silla. El séptimo paciente era un
joven veintitantos con cara displicente que sin nadie le preguntara dijo había
viajado tres horas y le estaba guardando el cupo a su papá que dormía en casa
de un amigo. Los restantes, dos mujeres y un hombre, venían juntos también de
lejos y en la conversación grupal se dieron cuenta que los cuatro últimos cupos
eran de las misma ciudad, por lo que se sintieron en confianza.
Habiéndose
sentado frente al consultorio y con su sexto cupo seguro, la urgencia de Bruno
se completó y se fue hasta el único baño abierto. A diferencia de Marta y la
mayoría de las mujeres, que siempre llevan en la cartera dos metros de papel porque nunca hay cuando lo necesitas y
menos ahora, en aquellas carteras que parecen la de Mary Poppins en la que sale a relucir el lápiz labial, las llaves, la
polvera, la billetera, condones, toallas sanitarias, una agenda, lentes de sol, de aumento, ganchos para el pelo, gomitas, bolígrafos de todos los colores, pero él, ¿dónde iba a
guardar el papel? ¿en el bolsillo de delante? Se acordó de Aquiles Nazoa ¿no ves este bulto tan levantado al lado del
corazón y que parece que en la casaca cargo una hallaca por precaución? Con
la mala suerte que tengo ahora, me hubieran atracado por robarme el papel
detectado en el bolsillo. Un fogonazo de ironía le iluminó el semblante. Y aún hay más: por cada compra que haga de
la gymmaster recibirá papel higiénico para todo un año. No espere más. Llame
ya. La carcajada de Bruno resonó en el minúsculo local.
Sentado
en la poceta y rodeado de olores de los usuarios de la noche, la taquicardia de
Bruno pareció calmarse por un rato y surgieron las dudas. ¿Y será que no es
nada? ¿Qué debo irme a casa? ¿Que el problema es que tengo que
defecar más a menudo? Calculó cómo hacer para limpiarse. ¿Qué adminículo podía usar? Nada, pues la mano.
Con mucho asco, empapó la mano con agua y la pasó repetidas veces por el
orificio inconfesable hasta que quedó mojado y limpio. Mojada también quedó su
ropa, la tapa del váter, el piso del baño, pero no podía hacer más nada. Miró
la papelera del baño por si había quedado un papel un poco limpio pero ni eso.
Sólo había una miríada de restos inconfesables. Es que cada cabeza es un mundo,
se quejó Bruno, ¿qué trabajo cuesta envolver bien los pañales, las toallas
sanitarias y dejar caer los papeles con el sucio hacia abajo? Es como ver la
foto de quien estuvo sentado antes allí. Con el ADN obtenido de los depósitos y
la base de datos que tienen los mormones, facilito se les seguía el rastro
hasta los ascendientes de la séptima generación. Bruno se imaginó haciendo la
anamnesis a los dueños de las excreciones. Sexo: Femenino. Edad, con una desviación
estándar de más o menos 2 años: mayor de 13 años. Color de pelo: negro. Última
comida que ingirió: caraotas negras. Aguantando una náusea espontánea, se lavó cien
veces las manos con abundante agua raspando sin piedad un pegoste que estaba en el lavamanos y
parecía detergente hasta obtener unos microgramos con
que sacarse sus vergüenzas. ¿Y es que cuando pagamos la consulta no incluye
mantenimiento de sanitarios? Se acordó de sus tiempos en el comedor de la
universidad. Hoy, ocnis. Objetos comestibles
no identificados. Hoy serían osnis.
Objetos sanitarios no identificados. Se
sonrió de su propio chiste delante del espejo mellado. El ruido de unos pasos apurados ¿la secretaria? hizo que
terminara.
Pues
no, no era la secretaria. Era la paciente número once cuya cara destemplada al
ver todas las sillas ocupadas hizo que Bruno se sintiera reconfortado por
haberse levantado tan temprano. La señora diez aún de pie con unos tacones
kilométricos, movió sus numerosas y grandes pulseras de moda haciendo un ruido
extraño para tan temprano y con un goce interno que se le transfirió a la cara,
sonrió a la supuesta once para decirle que tendría que venir el jueves. No hay más cupo, chica.
La señora diez reanudó con fruición, muy satisfecha de hacerle perder la cita a la otra, la conversación con los siete, ocho y nueve, de la que Bruno se había perdido por estar en el baño.
- La verdad es que no me trataron mal, me dieron de comer. Es que estuve secuestrado dos meses, decía el séptimo con deleite.
- Pidieron tres millones. Tres qué, le preguntó Bruno inocente. Tres mil millones de los viejos, pero es que mi papá contactó a un alto pana del ejército que también tiene un alto pana en la policía y arreglaron con los secuestradores por la mitad y bueno, también un detallito para los intermediarios. Querían una camioneta cada uno, pero que va, tuvimos que vender unas novillas para pagarle a los secuestradores y no daba para eso. Pero quedaron contentos y se pusieron a la orden para cualquier cosa, ustedes saben, es bueno tener esos contactos. Ahora ando armado y que no se atrevan con nosotros porque les meto cuatro tiros.
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| Tiempo, vida, madurez. H. O. Sohlberg (fecha desconocida) |
La conversación derivó entonces hacia la mafia de los sindicatos y de repente Bruno percibió que sus compañeros pacientes concluían con absoluta convicción sobre la situación del país como si hubieran obtenido un doctorado en políticas públicas en Oxford o si la violencia diaria fuera un pedazo sucio de ese papel del baño que se tira en la basura y ya. El ambiente se puso desagradable para un Bruno impotente, dolido de la indiferencia y la boca del estómago vacío se le contrajo en un espasmo y el pumpumpumpum. Se le torció el gesto para decir que era muy temprano para esos temas y se rieron de él, mostrando los colmillos como vampiros recién alimentados, sorbiéndose el maligno placer de los sucesos violentos con la punta de la lengua. Todos menos el paciente uno que comenzó a tambalearse en el asiento, en un choque convulsivo al que nadie le prestó atención en un principio, pero cuando la tembladera se transmitió a lo largo de toda la fila de asientos adheridos a la pared como si estuviera sucediendo un terremoto, corrieron hacia la salida y chocaron con la secretaria del consultorio que le gritó al guardia trajera al médico de emergencia. Bruno sintió como un tacón de la diez se clavaba inmisericorde en su pie derecho. Entre el agite de los pacientes –que ironía-, el corre-corre de las enfermeras, el camillero y el médico preguntando con quién venía el señor y que nadie sabía y quién va a pagar la cuenta y la mirada estupefacta de las señoras nueve y diez, Bruno cayó en cuenta que tenía un paciente menos por delante. Que saldría de esta pesadilla antes de lo esperado con un récipe reconfortante en la mano para volver a su vida normal.
Después
de averiguar que el paciente uno estaba a buen recaudo en la emergencia -sólo
por buena nota porque no era su problema- y que habían logrado llamar a un
familiar con tarjeta de débito, crédito o
cheque conformable, además de avisarle al Dr. González, la secretaria
regresó y abrió la puerta del consultorio con una buena cola detrás, no sin
antes saludar con un cariñoso buenos días a todos los presentes. Qué extraño,
pensó Bruno, en estos tiempos de amargura colectiva. El amor rápidamente se
transformó en ladrido de perro guardián cuando comenzaron a apelotonarse
desesperados los pacientes del doctor González, de Vallenilla, de Ukumoto y de
todos los demás médicos que veían en el
mismo consultorio cardiológico. ¿Es usted
primera vez? Le preguntó a Bruno sexto-González ¿trajo exámenes? ¿Exámenes de qué? de sangre, orina, heces, radiografías, pruebas de esfuerzo,
tomografías, resonancias magnéticas, eco cardiogramas, eco-estrés, respiró
y siguió electroencefalograma, lo que se
tenga hecho. ¿Pero como los voy a traer si es que no he venido nunca para
acá ni me los ha mandado el médico? ¿Y
usted cree que yo soy adivina? Espérese afuera a que yo lo llame, sin
levantar la mirada. Bruno se fijó en la
lista a través del vidrio quien era el quinto, un tal Celedón Borges
cuyo nombre apareció escrito en el papel sin que hubiera oído mencionarlo y una
cuarta-González, una tal María algo. Así sabría cuándo le tocaba por si volvía
al baño o decidía comerse un cachito en el cafetín. Suspicaz debido a la
volubilidad de la dama, le preguntó a qué hora llegaba el médico. Pues depende, pero generalmente está aquí a
las 9. O sea, cinco horas después que él. Y aún me va a cobrar por
esperarlo. Si yo me tardara ese tiempo para atenderlo en la oficina, el médico pediría
hablar con el gerente para que me despidieran por ineficiente ¿Le costaría
mucho al médico asignar horas específicas de llegada?
Bruno
decidió darse una vuelta por el cafetín después de calcular que a media hora
por paciente y suponiendo que el hombre llegara efectivamente a las nueve, pues
a él lo estaría examinando alrededor de las doce. Haciendo un cálculo rápido,
en ocho horas de espera podía haber atravesado el Atlántico rumbo a Europa o
habría cumplido una jornada completa de trabajo. No había cachitos pero se decidió con unos
buenos días por delante por un sándwich de jamón y queso y un marrón grande por
los que pagó diez veces más que si lo hubiera traído de casa. La cajera le
espetó que no tenía sencillo y por los billetes que le debía haber dado de
vuelto le puso sobre el mostrador tres caramelos de mango, sabor y color
artificial que odiaba a muerte. Tartrazina número 5 con full glucosa. La cajera
no esperó más y le respondió viendo la cara que puso, bueno, mi amor, eso es lo que hay, lo tomas o lo dejas. Muy
temprano para armarle un rollo. Cogió los caramelos y se los metió en el
bolsillo. Se sentó en una mesa tambaleante, con unas gotas de café secas y
añejas pegadas en su superficie y probó el sándwich que estaba escuálido de
jamón y un queso que dejaba mucho que desear, pero el café compensó el resto.
La visión de una niña-madre amamantando una bebé muy pequeña le recordó las
becas pro-embarazo del fallecido presidente-líder eterno.
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| Interior, luz desde la ventana. H. Le Sidaner (1931) |
A
esa hora de la mañana, con el sol fresco filtrándose por las ventanas del
cafetín y las plantas que se colaban sobre un medio techo de vidrio, todo
parecía tan tranquilo y hermoso, hasta que una ambulancia haciendo escándalo
con la sirena le recordó que lo iban a llamar para el electrocardiograma. Se
acercó apurado a la sala de espera para darse cuenta que no había un solo
asiento vacío. Los puestos del neumonólogo, el
endocrinólogo y el cirujano cardiovascular del mismo pasillo estaban completos.
Sobre un escritorio vacío había una hoja de papel con una nota al margen. Por
curiosidad franqueó a un grupo de gente alrededor del escritorio para leer Debido a que el doctor estuvo ausente en un
congreso, esta semana sólo se atenderán los pacientes de la semana pasada por
orden de llegada. Las emergencias se atenderán después de las cinco de la
tarde. Bruno preguntó en silencio un
enredo de palabras a las caras ansiosas de los aspirantes a la consulta. La
próxima semana serán atendidos los de esta semana que serán pacientes de la
semana pasada ¿y cuándo atenderán pacientes de una presente semana?
Después
de la séptima caminata de norte a sur del pasillo y viceversa, vislumbró un
vacío al lado de una anciana en camilla que ocupaba el frente de tres puestos y
se fue presuroso a sentar en el asiento calentado por la larga espera de su
predecesor. La verdad es que las piernas le rozaban el borde de la camilla, pero
estaba tan cansado…Un obrero limpiaba los pisos pasando la mopa por encima de
los zapatos sin pedir perdón, ensimismado con la música que le salía de los
audífonos a sus oídos.