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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

viernes, 30 de octubre de 2020

Por el día de difuntos: Una historia sobre dos ratas, el flautista de Hamelín y la exquisita colada morada

II. 

 Rats! They fought the dogs and killed the cats,

And bit the babies in the cradles,

And ate the cheeses out of the vats, 

And licked the soup from the cooks' own ladle's, 

Split open the kegs of salted sprats, 

Made nests inside men's Sunday hats, 

And even spoiled the women's chats 

By drowning their speaking 

 With shrieking and squeaking 

In fifty different sharps and flats. 

The Pied Piper of Hamelin, Robert Browning (1812-1889) 

 

 II.
 ¡Ratas! Lucharon contra los perros y mataron a los gatos 
Y mordieron a los bebés en las cunas, 
Y comieron los quesos de las tinas, 
Y lamieron la sopa del propio cucharón de los cocineros,
 
 
 
 

THE PIED PIPER OF HAMELIN, Robert Brownig, ilustrado por Kate Greenaway, 1888.

 
Abrieron los barriles de boquerones salados, 
Hicieron nidos dentro de los sombreros dominicales de los hombres 
Y hasta echaron a perder las charlas de las mujeres 
Ahogando su habla 
Con chillidos y chirridos 
En cincuenta diferentes sostenidos y bemoles. 
El flautista de Hamelín, Robert Browning (1812-1889) 

 

En la parte de atrás de mi casa hay un lavadero. Nada extraño porque todas las casas tienen uno. Pero en éste habitaban dos ratas. Inicialmente pensé que era una. Había algo que se movía en la estantería un poco oxidada de cuatro travesaños, entre potes de pintura, cuerdas y paquetes de jabón, pero como no lograba ver, asumí que era un roedor que había venido del callejón. En la vieja urbanización hay un callejón que recorre la parte de atrás de todas las casas. Se hizo originalmente para que el agua de lluvia corriera y no las inundara y para también albergar las tuberías de aguas negras en el subsuelo. La modernidad llevó las tuberías hacia la calle, los vecinos se olvidaron de que existía un callejón, éste se transformó en un ecosistema detrás de la mayoría de las casas, pero en la nuestra existe un acceso por una pequeña puerta y eso nos permite tenerlo limpio. Está delimitado por paredes al este, al oeste y por  los muros posteriores de nuestra casa y la de los vecinos de atrás. Existen unos desagües que salen de las paredes casi a nivel de piso, por lo que hay paso libre para cualquier ser pequeño que los quiere atravesar. Entonces es posible que las ratas puedan haber llegado por ahí al lavadero.

Aparte del ruido que hacía lo que yo suponía era una rata, no me molestaba en demasía tenerla allí mientras no hiciera otra cosa, por ejemplo, depositar especies de Leptospira al orinar, huevos de céstodes zoonóticos al defecar o dejar pelos inmundos e indeseables cundidos de ácaros o pulgas transmisoras de la peste negra. 

Pero como no había garantía de que la rata no dejara algo de lo anterior , hablé con mi gato Pitufo, uno de los felinos que hay en casa. Dado que come, duerme y ejecuta sus necesidades fisiológicas en el patio, era el indicado. Lo cogí en brazos y mirándolo a los ojos en su cara impertérrita propia de un Lord inglés, le manifesté mi deseo de que ejerciera su labor de depredador a cambio de mimo, comida y cobijo. Aparte de merodear sin mucho interés alrededor de la estantería, Pitufo no cumplió su cometido y cada noche al ir al lavadero sentía el corretear de la que yo suponía era una rata. ¿Para qué iba el gato a perseguir a una rata si igual iba a comer cuando me cansara de sus maullidos lastimeros a la hora de su comida?

Decidí ser más drástica la noche en la que sí ví una rata gris encima de la batea y de cómo se lanzó a esconderse en la estantería. La ví encima. Encima. Donde se lava la ropa. Ya que el roedor había roto un acuerdo tácito de convivencia, moví la estantería y comenzó a practicar su deporte favorito, el que ejerció con afán en los siguientes días. De la estantería a detrás de la lavadora, pasando por los mil cachivaches existentes en un lavadero que nadie quiere arreglar, y de la lavadora a la estantería no sé en qué momento del día.  Cual ama de casa de las antiguas pero sin el pañuelo en la cabeza y el delantal, cada día tomé una escoba y comencé a golpear rítmicamente cuanta cosa había en su camino. El día que me amenazó con un chillido agudo, largo y terrorífico, le dije: Hasta aquí llegó el contrato amigable. Con amenazas no establezco relaciones. Y te vas. No me importa si no tienes dónde vivir.

Vacié completamente el lavadero. Descubrí cosas maravillosas perdidas desde hacía años, por ejemplo, el pote de cera para el carro que era una masa seca, tiesa y oscura o una pintura blanca que se había vuelto negra. Y escondidos, en una caja muy envuelta, dos sobres de veneno para rata totalmente nuevos, que yo misma había guardado hacía siglos con mil letreros de VENENO, NO TOCAR, TÓXICO, PELIGRO, por si alguien decidía meterse con ellos o envenenar a un prójimo. Limpiar el lavadero me llevó un día. Y no encontré roedor alguno.No puse el veneno. Si la rata se lo comía y quedaba media tuesca, era posible que Pitufo decidiera decapitarla y devorar algunas partes de ella.

Pasaron unos días en los que asumí que se había largado a recorrer el ecosistema vecino cuando una noche sin energía eléctrica oí nuevamente el ruido en la estantería. Con un bombillo de emergencia, comencé a mover la estantería pero no salió de ahí. Entre la batea y la estantería había un pedestal hueco de un lavamanos que debe ser parte del tesoro doméstico familiar. Y en el fondo del pedestal ví dos largas colas. Dos. O sea, había dos ratas. Moví el pedestal y una de ellas comenzó a quejarse con un grito penetrante. El pedestal le había pisado alguna parte del cuerpo. No duró cinco segundos gritando cuando levanté el pedestal y la dejé ir.  

Tardé varios días pensando cómo echar a las ratas. Usar un cepo era repetir los chillidos del pedestal... El veneno albergaba  la posibilidad de intoxicar al Pitufo. Usar un pegamento terrible en el que las patas quedan adheridas y dejar una rata amputada gritando su dolor, menos aún. 

No me gusta nada la leyenda de El Flautista de Hamelín, en ninguna de su versiones. 

Ni  en el verso de Goethe, Der Rattenfänger (es una traducción al español de una traducción autorizada en inglés por Richard Stokes)

 

Soy ese cantante celebrado

El cazador de ratas tan viajado,

De quien esta famosa vieja ciudad

Seguramente tiene una necesidad especial.

Y por muchas ratas que haya,

E incluso si también hubiese comadrejas;   

En este lugar me libraré de todas,

Una y todas deben marcharse.

Este alegre cantante

Es también de vez en cuando un cazador de niños,

Quien puede domesticar al más salvaje

Cuando canta sus cuentos dorados.

Y por muy desafiantes que sean los chicos,

Y por muy rebeldes que sean las chicas,

Sólo tengo que tocar mis cuerdas

Para que todos me sigan.

Este cantante polifacético

Es ocasionalmente un cazador de chicas;

Nunca llegó a un pueblo

Sin cautivar a muchas.

Y por tímidas que sean las chicas,

Y por mojigatas que sean las mujeres,

Todas ellas se debilitan de amor

Al sonido del canto y del mágico laúd.

Johann Wolfgang von Goethe 1749- 1832

ni el cuento de los hermanos Grimm, Los hijos de Hamelín; 

es escalofriante uno de los poemas más conocidos de Robert Browning, El flautista de Hamelín. 

La historia del flautista no tiene nada de cuento para niños. Es un relato terrible de una invasión por ratas en el pueblo de Hamelín en la Baja Sajonia en 1284: dice la leyenda que un atractivo flautista extranjero vestido de colores las sacó de allí, pero al reclamar su pago y negárselo la gente del pueblo, secuestró a 130 niños del pueblo y los ahogó en el río Weser donde había guiado a las ratas a morir. Las hipótesis más edulcoradas refieren que los niños fueron sacados del pueblo y mudados a una región cercana para evitar su muerte por la peste negra o que fueron reclutados por señores feudales de otras regiones.

 

Tomado de THE PIED PIPER OF HAMELIN, Robert Brownig, ilustrado por Kate Greenaway, 1888.

No voy a contar cómo desapareció de este mundo una de las ratas, un joven macho. Muerto quedó debajo del pedestal sin quejido alguno. Hasta hoy, el otro ejemplar lleva días sin aparecer después de haber consumido dosis de raticida suficiente para tres animales, pero la última ración de ayer desapareció del plato.

Los fantasmas de las ratas no comen ¿no es cierto?

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En Ecuador, como en otros países latinoamericanos, se celebra el Día de los Difuntos el dos de noviembre. Esta celebración va acompañada de una importante tradición gastronómica: la colada morada, una riquísima bebida espesa de color morado que se prepara con frutas típicas ecuatorianas, hierbas y especias. El consumo de la colada morada se remonta a hace más de 5000 años, desde que las culturas precolombinas que habitaban en los territorios de lo que hoy se denomina Ecuador, recolectaban frutas silvestres como el mortiño, las moras, las naranjillas e incluso las piñas de la zona subtropical.

 

 Su acompañante –las “guaguas” de pan–llevan rellenos de dulce y decoraciones externas. La colada morada representa y evoca la sangre del difunto, la “guagua” de pan simboliza su cuerpo. 

 

Para prepararla "se deben ‘parar’ tres ollas al fogón: una de sabores, una de olores, y una tercera olla de colores”. La de olores contiene yerbas; además de naranjilla y cortezas de piña. El “atado” de yerbas que le da aroma a la colada contiene cedrón, hierba luisa, flor de naranja, ataco, arrayán. La olla de sabores, tiene esencias de mora, mortiño y  fresas. La olla de colores, es a base de harina de maíz morado, que una vez molido e hidratado da el color característico a la colada (Villareal y Abad, 2017).

 

Luz Ordóñez de Guzmán ( 2019) preparando la colada morada para su familia en su casa de Loja, Ecuador (Foto: Ghina Espinosa Guzmán).


Preparar la colada morada es una tradición familiar, además de un evento público. En la ciudad de Loja, al sur de Ecuador, la alcaldía organiza la venta de la colada y las guaguas en tres sitios de la ciudad. Es imperdible detenerse en los puestos de la calle Mercadillo entre Bolívar y Bernardo Valdivieso, frente a la plaza de San Sebastián, a degustar la colada en vasos pequeños que ofrecen las vendedoras. Cada quien pone sus sabores en esta tradición y se vuelve a la que más gustó...
 
  
  Foto oficial de la alcaldía de Loja
 
Probé varias veces la colada calientita en la calle Mercadillo, cerquita de la casa de mi familia adoptiva, los Espinosa Guzmán,  y en una tarde de lluvia y frío en el acogedor hogar de los Aulestia, una encantadora familia quiteña. En todos los casos, fue una experiencia memorable y con gusto de volver a repetir.

Las vendedoras de la colada morada y las guaguas en la calle Mercadillo 

(Foto: Ghina Espinosa Guzmán, Loja, octubre 2020)



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Referencias

- The Project Gutenberg. EBook of The Pied Piper of Hamelin, by Robert Browning. 
https://www.gutenberg.org/files/18343/18343-h/18343-h.htm

- El poema de Goethe  lo traduje (humildemente) a su vez de una traducción al inglés de Richard Stokes, autor de  The Book of Lieder, Oxford Lieder (www.oxfordlieder.co.uk)

I am that celebrated singer,
The much-travelled ratcatcher,
Of whom this famous old city
Assuredly has special need.
And however many rats there are,
And even if there were weasels too;
I’ll rid the place of every one,
One and all, they must away.
Then this good-humoured singer
Is a child-catcher too from time to time,
Who can tame even the wildest,
When he sings his golden tales.
And however defiant the boys might be,
And however rebellious the girls,
I only have to pluck my strings,
For them all to follow me.
And then this many-sided singer
Is occasionally a girl-catcher;
He’s never arrived in any town,
Without captivating many.
And however bashful the girls might be,
And however prudish the women,
All of them grow weak with love
At the sound of magic lute and song.

-Villarreal, Karina & Abad, Andrés. (2017). Informe Técnico de Investigación LA COLADA MORADA COMO PATRIMONIO CULTURAL GASTRONÓMICO Y TURÍSTICO DE LA PARROQUIA CALDERÓN, DISTRITO METROPOLITANO DE QUITO. Qualitas. 14. 22-41.

 

 

 

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