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"Lotus lilies" es de Charles Courtney Curran (1861–1942), impresionista nacido en Kentucky, Estados Unidos .

martes, 15 de marzo de 2016

Una torre de Babel española: la ensalada murciana de un vasco y unos pimientos gallegos

The painted veil (El velo pintado) de William Somerset Maugham (Inglaterra, 1925), es una novela que cuenta la historia de Kitty , una muy bonita dama de clase media alta que a los 25 años disfruta de los eventos sociales y las diversiones, pero que aún no se ha casado a pesar de docenas de invitaciones. Atemorizada ante la idea que su hermana más joven y menos atractiva se case antes que ella, su madre la urge a relacionarse con Walter Fane, un bacteriólogo muy aburrido que está desesperadamente enamorado de Kitty. Ésta acepta con desagrado su propuesta de matrimonio y parten para Hong Kong donde él debe trabajar. Poco después de llegar, Kitty conoce a Charles Towsend, asistente del secretario colonial: casado, guapo, alto y extremadamente encantador, con quien inicia una relación amorosa. Walter se entera calladamente del affaire y la obliga a irse con él al interior de China donde debe combatir una epidemia de cólera, so pena de acusarla de adulterio a menos que Towsend se divorcie de su esposa para casarse con ella, cosa que no ocurre. Kitty, despechada, parte con su esposo a un mundo desagradable e inhóspito para sus estándares de vida. El libro fue llevado al cine en tres ocasiones: la primera (1934) tenía a  Greta Garbo como Kitty. La última (a la que corresponde la imagen)  es del 2006. En Hispanoamérica se conoce como Al otro lado del mundo.

Éramos cuatro los comensales habituales cuando se añadió Antonio, un médico microbiólogo con una tesis doctoral en el agente causante del cólera. A nuestro juicio, demostró en ese primer encuentro una dosis bastante alta de inocencia acerca de la prontitud con la que le iban a pagar su primer sueldo, cosa que causó nuestra hilaridad. Y a diferencia de otros españoles un poco mayores no muy dados a la chanza, Antonio las soportó impertérrito, en esa y múltiples ocasiones. Alguna que otra vez nos atizaba con su verbo, pero eso no hacía más que mejorar el momento. Venía de ser director de laboratorio, de hospital y de una jubilación muy prematura para su vasta experiencia y con tantas ganas de trabajar que se atrevió a experimentar allende los mares, tal cual Walter Fane, pero sin una epidemia de cólera y con un carácter diametralmente opuesto al aburrido del protagonista. 
Los que estuvimos con él le agradecemos su espíritu de aventura porque se constituyó en un ser indispensable en nuestros ágapes. En ellos, aparte de libar con emoción el vino que también queríamos tomar los demás, ponía mucho afán en preparar una ensalada murciana que todos alabábamos, pese a que siempre se le olvidaba quitar el jugo de los tomates y pasábamos un largo rato pescando las aceitunas en la piscina en la que nadaban. Ya sé que en cuanto lea esto va a expresar múltiples epítetos poco halagadores, pero no puedo dejar de relacionarlo con esa ensalada y todas las circunstancias en las que la preparaba, llenas de risas, vino y buena compañía. Como el mismo dice, todo un caballero español.

La ensalada murciana lleva una lata de tomates –que hay que escurrir, Antonio-, dos o tres huevos duros, atún, cebolla finamente picada en juliana y aceitunas, todo regado con aceite de oliva y sal. :)


Para los que estábamos sin familia cerca, los fines de semana eran mortíferos para nuestros ánimos porque no había trabajo que nos distrajera de pensar en los queridos ausentes. Por tanto, en una de hermanita de la caridad y conocedora de lo horrible que es pasar los mediodías de fines de semana en solitario, llamé al Antonio recién llegado para que fuésemos a almorzar juntos. No sé si cometí el mayor error  o el mayor acierto de mi vida, pero aún hoy no pasa fin de semana en que no me acuerde de esas comidas. Esa primera vez apenas hablé porque él tenía tanto que contar… tantos casos clínicos extraños, de bacterias, de diagnóstico microbiológico… y de películas. Porque resulta que el hombre utilizaba las películas en las que había un microorganismo como protagonista para sus clases de microbiología en la universidad. Se las exponía a los estudiantes y luego analizaba con ellos el agente causal, la sintomatología, el tratamiento. Y así, en esa primera comida, me habló con pasión sobre el cólera de su tesis y  El velo pintado.

Antonio es vasco, pero lleva muchos años en Murcia, al sur de España. Muchos. Suficientes para adoptar las costumbres de la región. Murcia es la segunda comunidad con mayor producción de pimiento, con un diez por ciento del total nacional, después de Andalucía. Es asimismo la primera productora del polvo de pimiento rojo junto con la comarca de la Vera en Cáceres, que tiene denominación de origen. Para los españoles y sus descendientes, no hay cocina si no tiene pimentón en polvo.  
http://www.tomatecherry.es

Los pimientos (o pimentones como se les llama en algunos países de América) son consumidos cada día por más de un cuarto de la población del planeta y algunos historiadores señalan que es una de las plantas que cambió el curso de la historia. Pertenecen al género Capsicum y están presentes en muchas partes del mundo. Dentro de ellos hay variedades dulces, como las que usamos todos los días en la cocina o picantes, a los que algunos denominan ají o chile, más circunscritos a ciertas culturas. Se han identificado 25 especies de pimientos tipo ají o chile domesticados por los etnias indígenas americanas; sin embargo, el chile común, la cayena, la paprika y los pimientos dulces han crecido exitosamente en Europa.  

El 15 de enero de 1493, Cristóbal Colón anotó en su diario que había mucho “axí, ques su pimiento” en La Española. Escribió también que era muy saludable y que cincuenta carabelas cargadas de axí podían ser enviadas a España cada año. Colón les dio a probar a los reyes católicos Fernando e Isabel “una especie de axí de las Indias que les quemó la lengua”. Colón puso nombre a la nueva especia, advirtiendo que en algunos casos era picante y por su homología con la pimienta (género Piper) convino en llamarla pimiento. Es probable que una variedad picante haya sido el origen de pimientos picantes (poco/medio/mucho) que se cultivaron posteriormente en Europa. Entre ellos, el pimiento de Padrón.

Pimientos de Herbón 
Este fruto tiene un color verde ligeramente claro, una longitud de entre 3,5 y 5,5 cm y un diámetro máximo entre 1,5 y 2 cm. Entre otras variedades y en muy pequeña proporción, en Murcia se cultiva el pimiento de Padrón, pero Padrón es realmente una localidad de Galicia, al noroeste de España. 


Campesinas trabajando  Georges Seurat 1882-83
El inicio del cultivo de este pimiento en Galicia se asocia a las semillas traídas desde el estado mexicano de Tabasco por los monjes franciscanos al convento de Herbón, localidad perteneciente al municipio de Padrón, en el siglo XVII. Las prácticas para su cultivo fueron transmitidas desde la comunidad monacal hacia los agricultores. Las semillas constituían parte de la dote pero nunca salían del área de influencia del convento, por lo que este pimiento se asocia indefectiblemente con esa región. Los gallegos dicen que esta variedad surgió de la mezcla con pimientos dulces que ya se cultivaban en Herbón. Un dato curioso es que el cultivo y la recolección de los pimientos era y es una tarea de mujeres.

Las suaves temperaturas de la región junto con las escasas oscilaciones térmicas, los suelos de la zona y las prácticas culturales tradicionales han dado como resultado un producto ligado al medio en el que se cultivan. Para evitar la confusión del pimiento de Padrón con el original, el pimiento cultivado en la localidad tiene a partir del 2005 la denominación de origen. 
Sólo los pimientos de esa localidad se denominan pimientos de Herbón. El resto, de la misma genética, pero cultivados en otras partes de España continúan llamándose pimientos de Padrón. Sin embargo, su sabor no es igual...


En algunos de los pimientos de Herbón se expresa la genética del picante original. Como dicen los gallegos “uns pican e outros non”. En un plato de pimientos fritos cubiertos de sal gorda, es un factor sorpresa a quien le toque el que pica horrores. Hasta donde sé, no hay una característica que pueda definir a un pimiento picante. Los especialistas dicen que es el que tiene un color verde mate. En mi casa, sentados ante la fuente de pimientos calientes, recién fritos por mi madre y cubiertos de sal, mi padre empezaba por escoger el picante: el que tiene el rabo largo,  el ápice curvado, el más verde, el menos verde, el más gordo, el más delgado. Nunca supe si lo hacía por broma o porque realmente sabía cuál era el que picaba. Esa tertulia delante de un plato de pimientos de Herbón es obligatoriamente gallega.

En América no hay pimientos de Herbón, pero hay muy buenos pimentones. Así que se fríen a fuego bajo y cuando estén listos se los ponen en un plato y se les echa sal por encima. Se tienen que comer calientes. Los que estén preocupados por el colesterol los pueden poner en un toallín absorbente, pero entonces no habrá aceite con sal para rebañar el plato con un trozo de pan fresco, el que tiene miga y saborearlo hasta morir. No usen un industrial jamás, ni que estén en escasez venezolana.

No sé si volveré a ver a Antonio. Pero desde aquí, desde estas tierras de sol y viento, mi reconocimiento para uno de los mejores seres humanos que he conocido.




sábado, 5 de marzo de 2016

Un error diplomático con aroma a café y los quimbolitos de Lucía

Mesa de café en el lago Stanberg. Óleo de Wilhem Trubner, 1909.
Café. Centenares de libros y películas en las que el acto de tomar café es una línea de un diálogo, un párrafo, una escena. El escribir sobre café es una tarea harto difícil, si se toma en cuenta que una búsqueda en Google con el vocablo en español rinde 540 millones de resultados; en inglés  1.140 millones... Ello no es sorprendente. Algunos expertos señalan que el primer cultivo de café data del año 575 en Yemen, cuando la invasión persa terminó con el reinado etíope. El descubrimiento de la bebida derivó en el cultivo intensivo en Abisinia (Etiopía) y Arabia. Los árabes estaban tan celosos de su nueva y lucrativa industria, que evitaron su extensión más allá de sus fronteras hirviendo o tostando las semillas para destruir la germinación. Eso no evitó que un mercader veneciano escondiera en el equipaje unas semillas viables y así llegó a Europa. Por tanto, una costumbre que data del siglo VI tiene mucha información que ofrecer y más cuando es de fácil acceso.



La primera mención que se hace del café en Venezuela y Colombia proviene del extraordinario libro El Orinoco Ilustrado y Defendido (primera edición, 1741) del sacerdote jesuita José Gumilla, quien vivió en Venezuela durante 35 años: El café, fruto tan apreciable, yo mismo hice la prueba, le sembré, y creció de modo, que se vio ser aquella tierra muy a propósito para dar copiosas cosechas de este fruto.


Se cree que las primeras plantas que llegaron a Venezuela vinieron de Martinica, en donde Gabriel Mathieu de Clieu, un oficial de la marina de Luis XV y quien fue después gobernador de Guadalupe, las había cultivado exitosamente. Hay una historia de vicisitudes detrás del viaje del cafeto traído por el oficial desde París a Martinica en 1720: la planta fue colocada en una caja de cristal para que no la dañara el ambiente salino, el barco fue asaltado por piratas, sufrieron una fuerte tormenta y el oficial sacrificó algo de su agua potable para mantener vivo al cafeto. Ergo, el oficial de Clieu merece un reconocimiento, más aún cuando murió en la mas absoluta pobreza.


Para 1919, Venezuela era el tercer productor mundial de café: produjo 81.454.326 kilogramos que fueron en su mayoría exportados a sus principales consumidores, Francia y Estados Unidos. La producción de café venezolano fue progresivamente disminuyendo a lo largo de los años y el último dato oficial es de 44.000.000 kilogramos en el 2010, menos de 2 kilogramos/año/habitante. Para satisfacer el consumo nacional, hoy se importa de Nicaragua y de Brasil, debido a una enmarañada, inexplicable y larga historia.

No se sabe exactamente cómo llegó el café a Colombia. Parece ser que los jesuitas trajeron las semillas hacia 1730, pero existen distintas versiones al respecto. Gran parte del incentivo a la producción en Colombia se le atribuye a Francisco Romero, párroco de Salazar de las Palmas (Norte de Santander) y ferviente admirador de la planta, quien imponía como penitencia a sus feligreses la siembra de cafetos, según la gravedad de sus pecados. El ejemplo lo adoptaron otros sacerdotes y, de esta forma, se propagó el cultivo. Cierta o no esa historia, Colombia es hoy el tercer productor del mundo. 
El café de Colombia es conocido gracias a la publicidad que utiliza a un personaje ficticio, Juan Valdez, un cafetalero acompañado por un burro cargado de sacos de café. 
Creado en 1959 por la Federación Nacional de Cafetaleros para promover el trabajo de los caficultores colombianos es la imagen más representativa del café colombiano. 


En una película muy original, Dios (encarnado por Morgan Freeman) le da a un humano (Bruce, Jim Carrey) todo su poder por un tiempo. Bruce quiere tomar un café sin tomarse el trabajo de prepararlo y Juan Valdez se lo ofrece a través de la ventana. Según eso, el cafetalero apareció en su ventana de Estados Unidos desde Colombia. Un milagro en el mas estricto sentido de la palabra.

Brasil ha sido el primer productor durante los últimos cien años  (en el 2014, produjo ¡2.720 millones de kilogramos!).  Para los interesados, Vietnam es el segundo productor mundial.  En Vietnam, el café mezclado con leche condensada es la manera tradicional de tomarlo. Manuel, un guapo físico nuclear sevillano, le llama a ese café bombón, como es tradicional en las tierras de Al-Andalus :). 


En Venezuela, pedir un café es un proceso algo complejo. Existen al menos, 11 formas conocidas de solicitar un café. Cerrero, es un café muy concentrado y sin azúcar. Negro o negrito, de sabor fuerte, se sirve en poca cantidad y puede llevar azúcar. Envenenado es el café negro al que se le añade licor, como ron o brandy, pero es muy raro encontrarlo en establecimientos públicos. Guayoyo, es un negro menos fuerte. Guarapo, un negro endulzado con papelón (azúcar de caña), más común en los medios rurales. Marrón, mitad leche, mitad café. Marrón oscuro es el mismo marrón pero con un poco más de café (70%) y leche (30%). Marrón claro, más leche que café. Café con leche, puede parecer un marrón claro pero no lo es; tiene entre 70% y 85% de leche. Tetero, leche con un toque de café. Cortado, café negro con un toque de leche que deja una estela en la superficie.
Acostumbrada muchos años a la calidad del café producido en Venezuela y educada desde pequeña en la idea de un otrora país exportador, cometí uno de los mayores desatinos diplomáticos de mi vida. Cuando llegué a Ecuador, en el apartamento no había cafetera y su dueña me ofreció - mientras tanto-  una manga de color marrón que había conocido mejores tiempos y usos. 

Aterrada ante la idea de colar café en aquella tela, acudí presta a un negocio de artículos para el hogar y pregunté al gerente por una cafetera tipo greca. Me ofreció una de marca alemana de 38$ y una ecuatoriana por 13. Ante mi muy limitada disponibilidad de fondos, opté por la ecuatoriana y para no sentirme tan mal ante mi pobreza pecuniaria me convencí que así también apoyaba la producción nacional (Mucho mejor si es hecho en Ecuador)Confieso que no me arrepentí en ningún momento de esa decisión. 

Le manifesté, no sé por qué en un arranque de soberbia, que necesitaba la cafetera para lograr un buen café ya que hasta el momento el café ecuatoriano que había tomado me parecía agua sucia. Una grosería de la cual me lamento hasta hoy y no creo que vaya a olvidarla. El gerente me sonrió y me dijo: –Cuando quiera venga y le invito un café ecuatoriano para que cambie su opinión. No mucho después volví a la tienda por otra cosa y me volvió a ratificar la invitación. Nunca se la acepté, pero invitaciones como esas surgieron muy a menudo en diferentes situaciones. Fueron tan numerosas  que Lucía y Llanos se anticipaban apenas empezaba a contar la aventura del día:     - Te invitaron un café –decían riéndose. Además de las invitaciones para el café, una vez me preguntaron si me sentía bien en Ecuador. Les dije que sí, pero que tenía mucho frío. Me contestaron que eso no constituía problema alguno, que para darme calor necesitaba un buen macho ecuatoriano. Pero esa es otra novela, la que tiene que ver con la innata amabilidad de los habitantes de la provincia de Loja.

El invitar a un café es, simple y llanamente, un cortejo. Tomar un café  es una invitación al conocerse más, al compartir un momento de colegas, amigos, enamorados, novios, esposos. Al final, es un acto de amor. 


¿Por qué mi error diplomático? Porque Ecuador está produciendo uno de los mejores cafés de América del Sur y es uno de los pocos países en el mundo que exporta todas las variedades: arábigo lavado, arábigo natural y robusta. Y pese a su pequeño tamaño como país (74/196), está en el puesto 17 de los países exportadores. La selección se vuelve una locura porque hay tantas marcas, clases, orígenes, que no se sabe dónde escoger. Los precios generalmente oscilan entre 2,50 a 4$ la libra, económicos si se considera que un Juan Valdés molido cuesta en supermercado 9$ y en el aeropuerto de El Dorado en Bogotá, 12$. Sin embargo, una libra de café de las islas Galápagos puede costar 15$, aunque se dice que debido a su baja producción lo mezclan con el café de Loja.
La enseñanza sobre el café ecuatoriano se la debo a Lucia y a Jacqueline. Lucía me trajo café de Zaruma, del sur de Ecuador, que por su sabor, olor y fortaleza lo catalogué como el mejor. También pude apreciar el excelente café artesanal de Quilanga (mi estudiante Jorge Luis me regaló ¡un kilo!). En el comedor vendían café de máquina comercial y otro al que nosotros los venezolanos llamaríamos guayayo recalentado. Sonia de Bogotá, siempre decía que el café recalentado era un veneno. 
Con la escasez que hay en Venezuela de todo, la gente compra más café del que necesita porque después no hay.  Pero… hay que consumirlo dentro del plazo especificado en el empaque pues luego pierde su aroma y sabor.




Desayuno en el jardín. F. C. Frieseke, circa 1911
Con estas historias del café, siempre me acuerdo de Pilar. Para ella el desayuno es un ritual en el que no falta el café, en una mesa a donde llega todo el sol de unas mañanas siempre frías y sobre la que hay unos mantelitos individuales impecables con tazas y platos de porcelana, mermeladas, bizcochos y pan tostado en una cesta. Es su momento del día, su espacio, su quererse a sí misma. Es la bienvenida a un nuevo día. No ese apuro que tenemos todos en beber un café para despertarnos y porque nos tenemos que ir.

A los que me lean les pediría que si van a Loja en Ecuador caminen hasta Indera, una pequeña tienda de café que queda en la calle 18 de Noviembre unos metros antes de la 10 de agosto si se viene de la puerta de la ciudad. El café que están moliendo detrás del mostrador se huele dos cuadras antes de llegar…Pueden sentarse en el interior colonial muy calientito y pedir un quimbolito con un capuchino. Me lo agradecerán.

El quimbolito es un pastel dulce, hecho con harina de maíz, mantequilla, pasas, azúcar, harina y queso. La masa se envuelve en hojas de achira (Canna indica) y se cuece al vapor. El resultado es una masa muy aireada y liviana.
En Venezuela, la achira es el capacho que sembramos en los jardines y da unas flores de un color intenso. En los pueblos andinos se sabe que la raíz del capacho se puede moler y sale una harina finísima para hacer pasteles.  

La receta de los quimbolitos me la dio Lucía, una excelente dama que es la amabilidad en pasta y a quien le debo un Chimborazo lleno de abrazos por la amistad que aún me otorgaY como ella misma se describe, orgullosamente ecuatoriana. Cuando lean la receta, los venezolanos me van a decir que no hay mantequilla, harina ni azúcar. Pero como algún día el país va a mejorar porque nada es eterno, ahí va. Y además pueden usar las hojas de los capachos, esos que tienen en casa. Y otra cosa... esas hojas las usa Pablo como base en las fuentes para servir parrilla y son excelentes como presentación y para no fregar tanto después...

20 huevos criollos, una libra de manteca de cerdo, una libra de mantequilla natural, una libra de azúcar blanca, dos kilogramos de harina, una cucharada de Royal, un queso oreado, media libra de pasas y las hojas de achira. Se baten las yemas con el azúcar y la mantequilla (mejor a mano) hasta que se disuelva el azúcar; se añade el queso rallado. En otro recipiente se baten las claras a punto de nieve. Se añaden las claras poco a poco a la mezcla de la mantequilla, y luego se va añadiendo la harina cernida poco a poco.
A las hojas se le debe retirar la “vena” y asentarla con un botella o bolillo. Se colocan dos cucharadas de la masa en cada hoja adicionando las pasas (2-3 al gusto) y se envuelve. Se cocina al vapor por 40 minutos a fuego mediano.

Notas: -Ajusten la receta para el número de personas. -Una libra son 454 gramos. -Queso oreado es el queso fresco madurado al aire.  Y un consejo para los venezolanos, como la harina de maíz es muy gruesa, intenten hacerla con maizina para mantener la liviandad de la masa. No se cohíban.