En tal vez el único
cuento con mucho humor e ironía de Edgar Allan Poe, Breve conversación con
una momia (Some words with a mummy) publicado en el American Review en
abril de 1845, un grupo de profesionales responden a la invitación del doctor
Ponnonner para desenvolver una momia egipcia pasada la medianoche.
Al abrir la primera caja, uno de los presentes
puede leer el nombre de la momia, Allamistakeo. Cuando profanan las
dos cajas restantes y descubren finalmente la momia, observaron que estaba bien
conservada. A diferencia de otras de similar origen, estaba cubierta de
papiro en vez de bandas de lino, su piel era de un color rojo y no tenía las
incisiones que usualmente se practicaban sobre el cuerpo para extraer los
órganos y colocarlos en los vasos canopes. Pasadas las dos de la madrugada,
descubierta la momia y nada más llamativo que ver sobre ella, uno de los
asistentes propone aplicar una corriente voltaica a modo de experimento
en diversas partes de su cuerpo. Allamistakeo reacciona ante el estimulo
eléctrico y vuelve a la vida para hacer mofa de sus resucitadores y mantener
una conversación “erudita” con ellos. Aunque no existen registros académicos,
las fiestas para desenvolver momias parecían constituir una
popular y macabra afición en la época victoriana, posiblemente debido a las
maldiciones asociadas a su descubrimiento y al fascinante procedimiento que
involucraba la momificación.
Un grupo de profesionales de las más diversas ramas del conocimiento y nacionalidades solíamos compartir el almuerzo. Paco, un español doctor en química, nos anunció un día que había traído un obsequio de España que a su vez le había llevado un estudiante desde China. El chico le comentó que el paquete contenía un pato y así, éste viajó desde China a España y desde allí a Ecuador sin ser detenido en aduana alguna, en una suerte de título de película La vuelta al mundo de un pato. Suerte que no pasó por Estados Unidos. Paco nos comentó que había decidido regalárselo a nuestro compañero chino, pero éste estaba ausente ese día.
Todos observamos con curiosidad el paquete. Era una
bolsa sellada al vacío, de color amarillo intenso con ribetes rojos, impresa de
arriba abajo con caracteres chinos. A pesar que la exploramos con prolijidad,
no encontramos ni una palabra en otro idioma. A diferencia de los
profesionales que desenvolvieron a Allamistakeo, no fuimos capaces de descifrar
lo que allí decía. Paco, muy al estilo del doctor Ponnonner, nos repitió
que contenía un pato. La bolsa pasó por todas las manos, palpándola
cuidadosamente ante el temor de dañar su contenido. No percibimos ninguna parte
anatómica del animal. Nos embargaba la misma excitación descrita en el cuento
de Poe. ¿Dónde está el pico? ¿Dónde están las patas? Sólo se sentía bajo la
funda de plástico algo duro.
Al menos para mí, ignorante hasta ese entonces de los patos chinos al vacío, de venta en tiendas chinas 24 horas y en sitios claves como e-bay o Amazon, con precios entre 13 y 30 dólares, el desenvolvimiento del pato debía constituirse en un magno acontecimiento.
Al menos para mí, ignorante hasta ese entonces de los patos chinos al vacío, de venta en tiendas chinas 24 horas y en sitios claves como e-bay o Amazon, con precios entre 13 y 30 dólares, el desenvolvimiento del pato debía constituirse en un magno acontecimiento.
No participé en el desenvolvimiento ni en el
consumo del pato, pero si se observa la foto que se tomó para la ocasión, los
neófitos como yo comprenderán la analogía que hice entre el pato chino y una
momia. De hecho, lo denominé muy irreverentemente como la momia del pato de
Tutankamon, por lo que pido perdón a los aficionados al pato y a mis amigos orientales.
Los occidentales que se atrevieron a comerlo me contaron que era de carne un
poco dura, sumamente especiada, pero también que no fue un plato para repetir
en el futuro. También percibieron que Dongh-Shui, nuestro colega de
China, no lo probó. En su descargo, tal vez leyó que tenía demasiada sal o grasa para su
gusto o esa marca no era su favorita. Moraleja, antes de abrir una momia, sea
animal o humana, un especialista debe traducir lo que dice su envoltorio por
aquello de las maldiciones y/o las decepciones.
Durante mi niñez, en casa se consumían algunos
productos de China gracias a unos amigos emigrantes. No había patos, pero si té
de diversas clases que venían en unas cajas muy bonitas. Me acuerdo
particularmente del té de jazmín. Las flores de jazmín se recogen cuando no han
abierto aún sus pétalos y se mantienen en refrigeración toda una noche. Durante
las primeras horas de la mañana, cuando las flores comienzan a abrirse se
mezclan con el té y éste es almacenado el resto de la noche. Durante el florecimiento
nocturno el jazmín emite su fragancia al té. Antes de que esté listo,
este procedimiento se repite cuatro o cinco veces. En China, el té de jazmín es
símbolo de hospitalidad: se toma al concluir una comida o al recibir invitados.
Alguna que otra vez nuestros amigos trajeron
lichís, lichees o litchis en almíbar. Los lichís son las frutas de unos 2,5 a 4
centímetros de diámetro de un árbol originario del sur de China, Litchi
chinensis. Gracias a su sabor floral y a su deliciosa fragancia,
algunos los denominan bombones naturales. Es una fruta en abundancia en los
mercados asiáticos durante los meses de verano pero se pueden conseguir todo el
año en almíbar y son muy ricos. Dependiendo del país, los restaurantes chinos
los incluyen en su menú. Hay una receta de una torta que lleva lichís y
en la que se aprovecha ese almíbar.
Los lichís se cortan en pedazos y se envuelven en
harina para que no se vayan al fondo. Unas 4-6 cucharadas de almíbar se añaden
a una mezcla cremosa de mantequilla y azúcar (160 gramos de cada uno) con dos
huevos. 240 gramos de harina y los lichís enharinados se añaden a esa
mezcla y se hornea durante 30-45 minutos a 180 grados C. Cuando esté lista, se
deja enfriar sobre una rejilla. Se corta un pedazo y se disfruta con el té de
jazmín.
Es lo que menos puedo aportar después de hacer mofa
del pato momia.
La imagen corresponde al óleo "Pórtico del templo de Isis en Philae" (1851) del escocés David Roberts, un pintor
orientalista .



Al leer estas lineas se puede apreciar una riqueza, tanto de cultura como de arte culinario. Estas lineas, al igual que las anteriores, producen en mi un efecto fantastico,me imagino asistiendo al descubrimiento de la momia y a la vez, saboraeando el pie de parchita que nos espera al terminar el examen de la momia o del pato momificado.
ResponderEliminarEnhorabuena, este es un espacio muy delicado, por el gusto exquisito por la historia, arte y cocina.